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La narrativa es la búsqueda de la experiencia poética

Entrevista a Mónica Ojeda por Yanko Molina

Número revista:

2

Al otro lado de la pantalla, Mónica Ojeda se muestra sonriente, perfectamente distendida. El verano español le da una aire relajado. Hasta ahora, solamente la había visto dos veces, siempre en eventos oficiales: la presentación de su segunda novela, Nefando, en la feria del libro de Quito; y en una mesa que compartimos con Esteban Mayorga en el Centro Cultural Benjamín Carrión. Siempre había mostrado una seguridad distante y una solvencia sin fisuras al interactuar con el público. Más adelante, dirá lo mucho que le incomodan las entrevistas, las presentaciones… Ahora, en la mínima ventana del monitor, se siente mucho más próxima. Solamente se logra ver a sus espaldas una pared beige y las hojas palmeadas de una planta de interior, alumbradas por una luz que parece natural. ¿En agosto, a las 9 de la noche, aún brilla el sol en España?

M: Eres una escritora profesional, en cuanto estudiaste para serlo. ¿Qué peso tiene la técnica narrativa, aquello que se puede aprender en una escuela de escritura creativa, en tu escritura? En tus novelas noto múltiples narradores, perspectivas, un excelente manejo del suspenso.


O: Fíjate que aprendí más a manejar la tensión escribiendo fan fictions de adolescente que en mi máster de creación literaria… Y ojo que no hablo mal del máster del que ahora soy profesora. Lo que pasa es que yo me vine a Barcelona para hacerlo en busca de huir de Guayaquil, de una situación en la que yo me veía ya un poco asfixiada. Estaba trabajando y notaba que si seguía por la línea en la que estaba, no iba a escribir. Me conseguí una beca y fue la excusa perfecta para ser solo estudiante de escritura creativa y lo que significaba para mí era que podría escribir a tiempo completo, y ese es un privilegio que casi nadie tiene. Ese máster es excelente para dos tipos de personas: quienes están comenzando a escribir y tienen ganas de compartir sus trabajos, y luego para personas que necesitan hacer contactos porque tus profesores son escritores, editores, en fin… Yo diría que lo que saqué de ahí fue mi mejor amiga y, luego, la calidad de profesores con quienes tuvimos unas discusiones literarias tremendas, fascinantes. Pero de técnica no diría que realmente lo mamé de ahí. El máster fue más de teoría y luego la escritura ya la haces por tu cuenta. Yo ya vine con una estructura mental en torno a la técnica y aquí lo que hice fue envalentonarme. Fue un ejercicio de autoestima, como cuando eres adolescente y te miras al espejo y dices “oye, no me gusto”, pero más adelante dices “mira, es mi imagen y tengo que convivir con ella”. Yo ya vine con un desarrollo de la técnica… que para mí es importante en cuanto pueda estirarla hasta que sienta que puedo romperla. Me gusta manejarla y luego tirar de ella hasta lograr algo diferente.


M: En tu obra, la violencia nos sobrecoge, no se oculta o se deja sugerida, al contrario, se expone en toda su abyección. ¿Crees que este tiempo nos permite exponer la violencia sin tapujos? ¿Estamos siempre sumergidos, por los medios, Internet, etc., en un mundo que no puede narrarse sino a través de la violencia?


O: Hay un problema ético ahí… Es curioso, a veces se asume que esa es mi forma de escribir y que así lo haré siempre, pero, no sé, son solo dos novelas… Yo no me he casado con ningún tema. Pero voy a hablar de lo que ya tengo publicado y dentro de lo que, en realidad tienes razón, hay esa exposición de la violencia. Fue una decisión ética. Por supuesto, yo, cuando me pongo a escribir, decido cuáles son las cosas que eludo, cuáles las que digo por su nombre… Todas esas son cosas que me planteo. Cuando se trataba de la violencia, sentía que me ensuciaba cuando trataba de eludirla. Yo pongo en duda que hacer literatura sea siempre decir sin decir… Eso es elegancia, pero la literatura no siempre es elegante. En esos libros, lo que pretendí es explorar hasta qué punto se podía narrar sin ser elegante, nombrando las cosas, tratando de reproducir la violencia a través de la palabra. Convertir algo físico en algo que pueda estar dentro de un libro. Lograr que la escritura te interpele de tal manera que te sientas violentado cuando lees. En ese momento me interesaba eso, lo que no significa que vaya a seguir haciéndolo en todos mis libros.

Mi ética, no solo en estos libros, sino en todos los demás que pueda escribir, es no privarme de ningún tipo de abordaje, sin importar lo sucio, sórdido o incómodo que pueda ser. Encuentro la escritura como un espacio de libertad extrema. Eso no significa que no sea consciente de que, en determinadas circunstancias, puedo dañar, puedo ofender… Con Nefando me ocurrió que algunas personas me escribieron diciéndome que estaban muy enfadadas por cómo yo había tratado el tema del abuso infantil. Está bien, me parece fascinante que un libro pueda generar eso… La escritura, incluso en esa libertad extrema, genera reacciones distintas a las que el autor quiere.


M: Tus novelas están armadas a partir de la suma de voces. Son sin duda polifónicas. ¿Son también dialógicas? ¿Exponen distintas versiones del mundo o proyectan una sola?


O: Cada novela, para mí, refleja un tema y una realidad que en ese momento he querido abordar. No me interesa la novela como mosaico. Me interesa abordar una situación. Los personajes se relacionan entre ellos y tienen una situación en común. No son tan disímiles. Pero, claro, una novela no es un tratado. Cuando yo escribo, pretendo llevar al extremo una situación. No pretendo generalizar, sino mostrar una realidad, una de las tantas posibles, y ya está. En Nefando, hay muchas voces, pero lo que quería hacer notar es cómo cada una de ellas tiene una relación conflictiva con su cuerpo… Me enfoco en algo que quiero explorar. En Nefando quería explorar el daño, el dolor y cómo colinda con el placer… Los personajes son una excusa para explorar eso. En Mandíbula, también. Quise explorar la violencia entre mujeres, en lugares de represión…

Por Mandíbula, alguna vez me preguntaron si yo pensaba que las mujeres se odian entre ellas… Pues no, si yo soy súper feminista…. Solamente es una pequeña realidad; yo no pienso que todas las mujeres se violenten entre ellas. Es en la novela en la que casualmente todos los personajes son mujeres y se violentan entre sí. Y ya está. Para nada diría que una novela sirve para defender una tesis.


M: En tu narrativa, y es un elemento que compartes con otros autores ecuatorianos actuales, está muy presente la cultura pop. Hay referentes inmediatos y reconocibles de la música, el cine, la cultura digital… ¿Qué papel cumplen? ¿Cómo se transforman esos referentes de lo que podríamos llamar, siguiendo a Eco, «baja cultura» en un objeto artístico?


O: Para mí no existe alta cultura o baja cultura. Leo y me fascinan los cómics de Allan Moore tanto como la Comedia de Dante… Naturalmente, encuentro en el cine, en la música, incluso en los fan fiction, en los creepypastas, cosas que me disparan creativamente, que me hacen imaginar, que me hacen pensar, que me hacen relacionar cosas… Todo para mí está conectado. De esa manera escribo. No es que yo me siento y digo “voy a meter cosas pop”, sino que todos los referentes se me mezclan. El proceso creativo es como una red que se va ampliando y en la que no me privo de meter todo.


M: Está claro que en tus novelas existe la presencia de referentes pop como paisaje, pero también, no sé si estés de acuerdo conmigo, en la estructura. Yo siento que existe una similitud con lo mejor de las creepypastas, de esos subgéneros excluidos de la gran literatura… En Mandíbula la estructura y los ambientes son de cuento de terror. Hay una cabaña en medio de un bosque, una fiesta de adolescentes, un edificio abandonado…


O: Es curioso… Me encantaría decirte que fui una genio y que lo planifiqué todo desde antes… No, la realidad es que mi proceso de escritura es muy desordenado. No suelo planear mis novelas antes de ponerme a escribir. De hecho, lo que hago es tener una intuición temática, de tono, que quiero explorar; por ejemplo, estaban el daño, la violencia del cuerpo y así es como empecé Nefando.  Con Mandíbula, tuve una idea atmosférica, casi de tono mental. Luego, ya al escribirla, fui descubriendo poco a poco, haciéndome preguntas sobre lo que quería escribir. Hay una chica secuestrada en medio de un bosque por su profesora. La pregunta es: ¿cómo carajo ha llegado ahí y por qué la profesora ha decidido secuestrarla? Ahora tengo que jugar a responder esto. Empiezo a pensar: vale, personajes; vale, me voy a saltar temporalmente de un capítulo a otro, voy a ir del presente al pasado; quiero conocer más de este personaje, por lo tanto, voy a dedicarle más dentro de este capítulo… Si no escribo de esta manera, me aburro. Para mí el proceso es muy importante. Lo que me entusiasma de la escritura es poder jugar a las posibilidades mientras estoy escribiendo. Luego, por supuesto, viene un trabajo de oficio muy duro que es pulir, sacar, ordenar… Pero mientras estoy escribiendo es esa cosa excitante de que todo puede ser posible… Me divierto mucho, me la paso bien.


M: En este momento es común oír “el nuevo boom latinoamericano es femenino”. ¿La mecánica editorial busca personajes en los escritores? ¿Cómo te sientes siendo retratada como una figura entre otras para vender tus novelas? Luego de años de injusta e injustificada postergación, las mujeres escritoras empiezan a notarse, a estar en el sitial que les corresponde. ¿Las editoriales se sirven de ese proceso para crear nuevas figuras literarias?


O: Sí, claro, hay una parte de mercadotecnia. Es algo que siempre he encontrado un poco incómodo. Lo que más disfruto de la escritura es escribir. Luego, todo lo que viene después, que implica que tienes que mover el libro, las entrevistas, las presentaciones, a mí me pone muy nerviosa. Se supone que debes ser interesante. Viene la gente, te está mirando y tienes que entretenerlos. Sin embargo, todo esto tiene que ver con la imagen del autor. Pareciera que es la imagen del autor lo que valida la obra… Me parece un poco triste que no estemos en un tiempo en que la obra pueda volar por su propia cuenta. Hoy, las editoriales te dicen “vamos a vender el libro con tu nombre, con tu imagen… es parte de…’’. No creo que las autoras que están consideradas en este momento dentro del nuevo boom quieran esto necesariamente, pero cómo evitarlo si está todo programado así: las librerías te venden así, las editoriales, los festivales. Lo mínimo que puedes hacer es ir, estar ahí y decepcionar a la gente cuando no eres tan interesante como te han vendido (ríe). Tiene su parte buena si afortunadamente con todo esto ganamos lectores para escritoras que son fascinantes. Por otro lado, pienso que esto afecta a las dinámicas entre lectores, escritores, libreros editores… no es una dinámica ideal.

Además, lo del boom es una fantasía. Nos han querido unir a autoras que tenemos universos narrativos totalmente distintos. Es como un poco forzado todo. El tema de la violencia: no sé desde cuándo las autoras han estado escribiendo sobre temas violentos… Dios mío, han leído a Charlotte Perkins, a Clarise Lispector, Armonía Sommer. Toda la vida hemos estado escribiendo sobre cosas sórdidas… Si lo único que tienes para unir a las autoras es eso… es un poco pobre. Pero bueno, yo qué sé, así son los mercados.


M: Ahí se podría ver una paradoja: por un lado, tú preferirías que te lean únicamente por los contenidos de tu obra; y por otro, he leído que reivindicas la posibilidad de que se lea a más autoras mujeres…


O: Claro… tiene que ver con que hay una realidad sociocultural, sociopolítica, incluso, que es tangible: por mucho tiempo no hemos leído autoras. Mientras estudié en Guayaquil, con suerte, leíamos a una autora en una clase… Luego, había muchas clases en las que no se leía a ninguna autora. Mi biblioteca, por lo tanto, estaba compuesta básicamente por autores. Por tanto, yo tenía la idea de que, si nos llegaba una autora, era porque esa sería la buena… Entonces, había más autores que escribían bien. Y esa es la mentira. La realidad es que por años fue más fácil quedar en la historia de la literatura si eras hombre. Por supuesto que la obra es lo más importante y si viviéramos en un mundo ideal en donde no importara si tienes vagina o si tienes pene cuando escribes, ocurriría eso, que es lo que yo más anhelo. Pero no ha sido así durante muchísimo tiempo. A mí misma, se me negó la lectura de muchas autoras que yo tuve que buscar por mi propia cuenta porque en mi carrera de literatura no aparecían. La obra es lo que más importa, eso es verdad; pero no es verdad que siempre ha sido así: han importado otras cosas, temas sexogenéricos y, más allá, temas raciales, geográficos; y eso hay que tenerlo en cuenta.


M: En Mandíbula está siempre rondando lo animal, también en Colmillo… Los híbridos entre ser humano y animal son uno de los arquetipos de lo monstruoso. ¿Tus personajes, más allá de su humanidad, son monstruosos?


O: Yo no diría que más allá de la humanidad. Justamente parte de lo humano tiene que ver con esos lados telúricos, salvajes, que están dentro de nosotros en lo que la gente llama las “bajas pasiones”. La figura del monstruo siempre ha tenido que ver con la otredad. El monstruo es el otro. Si lo pensamos racialmente, por ejemplo, los “blanquitos”, hablando de nosotros o de los asiáticos o de los africanos, siempre creaban monstruos. Si pensamos en el feminismo, la cantidad de monstruos femeninos que tienen que ver con la menstruación, con cosas que no se entendían… Lo que a mí me interesa no es el monstruo per se, sino por qué creamos monstruos, qué pasa con ese miedo que le tenemos a la diferencia, al otro, a las pasiones. Me interesa estudiar el miedo. Si pensamos en nuestros miedos, creo que entenderemos mucho de nosotros mismos.


M: En tus novelas, especialmente en Nefando, se siente un profundo trabajo de investigación. ¿Cómo es tu trabajo antes de escribir? ¿Crees que la investigación, el deseo de transmitir el saber que has adquirido a los lectores, a veces podría sentirse como un peso que impide el avance de la trama?


O: Esto no ocurre antes de que escriba, sino mientras estoy escribiendo. Cuando estoy trabajando me van surgiendo temas, empiezo a investigar, una cosa me lleva a otra, leo, voy hilando ideas. Investigo mientras escribo. En el caso de Nefando, hay un tema que me parece fundamental, que es la tensión narrativa.  Una vez lograda la tensión, puedo extender el límite de lo “permitido” en una novela “perfecta”. Este trabajo me permite mantener a mi lector leyéndome y que me aguante después el rollo (ríe), que ya requiere una lectura distinta. Pasa voluntariamente: manejo la tensión en Nefando, me aguanto lo del videojuego, lo que les pasó a los hermanos, para lograr crear la tensión. Pero eso es lo menos importante, lo más comercial, es la parte más técnica, pero lo que realmente me importa es que se me vaya de las manos la novela. Lograr un lenguaje que linda con lo poético, llegar a un estadio que sea revelador y develador. Todo lo demás es mi excusa: crear una trama, crear unos personajes, manejar la tensión. Lo más interesante, sin embargo, es lo que carece de tensión.


M: En ambas novelas, hay momentos en que se introducen otros géneros, otras historias dentro de la misma novela. En Nefando está la novelita pornoerótica que escribe uno de los personajes; en Mandíbula, el ensayo donde se explica el terror blanco. ¿Para qué este recurso de incluir textos menores dentro de las tramas?


O: En esos momentos me gustaba la idea de jugar con distintos formatos. En La desfiguración Silva tengo un guión de cortometraje metido ahí. Quizá tenga que ver que cuando estoy tejiendo la trama, dentro del descubrimiento de la forma, me ha surgido en esos momentos específicos la manera de incluir estos textos que funcionan en relación con los demás capítulos de la novela. Y no me limito. Me gusta la idea de jugar con introducir textos diferentes y, si funciona, lo mantengo.


M: Pronto, va a aparecer tu primer libro de cuentos. ¿Cómo podrías diferenciar el proceso de escritura de una novela y el de un cuento?


O: Tengo mucho miedo. En las novelas me siento confiada con lo que yo quise conseguir, pero con el libro de cuentos esta es la primera vez. He intentado experimentar, extender el límite de lo que puedo hacer con un cuento. Ahora que salga el libro, no sé si va a gustar o no. Por supuesto, me hace mucha ilusión poder hablar de los cuentos con gente a la que le gusten, aunque a lo mejor no sea así. Pero bueno, yo he hecho lo que he querido hacer. Con eso, yo creo que puedo quedarme tranquila, incluso, si me hacen pedazos los críticos.


M: También escribes poesía…


O: En algún punto me veo, no lo sé, dejando de escribir novelas, pero no me veo sin escribir poesía. No necesariamente para publicar, pero sí mis propios ejercicios poéticos.

Para mí la poesía es la razón por la que escribo narrativa. Y creo que en la narrativa hay poesía. Un buen párrafo puede llegar a ser poético. Si yo escribo novelas, no es por la trama, que es lo que menos me importa. Escribo por una experiencia con el lenguaje. Si desarrollo una determinada trama con un tema que a mí me apasione, que me impulse, que me obsesione, empiezo a entrar en un tono mental, en una atmósfera, en un estado de ánimo, que me permite desarrollar una relación con el lenguaje muy específica que solo ocurre en ese libro, y esa relación se convierte en un experiencia emocional que me hace llegar a unos momentos con el lenguaje que me parecen muy reveladores. Escribo por esos momentos. Todo lo demás es el ejercicio para llegar ahí. Para mí, la narrativa es eso: la búsqueda de la experiencia poética. Cuando escribo poesía, también es eso, pero directamente en el formato poema.



Al cerrar la reunión virtual, la pantalla se vacía y me veo sumergido de inmediato en la cotidianidad. La ausencia se ha vuelto tan violenta como frecuente durante la pandemia. Poco antes, hemos hablado de la posibilidad de volver a encontrarnos en Quito, de compartir, con amigos comunes, un café, una cerveza… un futuro que se siente lejano. Por ahora, los mejores encuentros se realizan en la intimidad insuperable de los libros.