Alabado sea el cielo de la soledad

Ensayo

Virginia Woolf: «Alabado sea el cielo de la soledad»

Fernando Albán

Número revista:

5

Tema libre

...somos cenizas, pero no dejamos restos ni huesos que no hayan ardido...

Virginia Woolf



Epifanía visual. El gesto escritural inaugurado por Virginia Woolf confina, retiene, enmarca definitivamente el acontecimiento sensorial, las olas de la vida impersonal, la lluvia o la dispersión de átomos en el espaciamiento de su archivo. No se trata, entonces, de un ejercicio tendiente a combinar acciones con el fin de instalar una historia. Por el contrario, la puesta en página o en letra de la impresión epifánica equivale a fijarla en el presente de una escena; presente en expansión que se sustrae al imperativo aristotélico del drama que opera en distinciones entre un comienzo, un medio y un fin. Insertada en el tiempo extático del instante, la narración se sumerge en la estofa de lo sensible hasta alcanzar la nitidez del detalle. Es, entonces, que la parte desborda al todo como el único medio del que se dispone para atestiguar que lo que se tiene entre manos o en la línea de mira es la vida y no la representación de una historia consecutiva, plausible, que nos arrastra en el torrente de las cosas que no proyectan sombra alguna, pues se han vuelto familiares.


Flotamos en el río de la familiaridad; en él todo es metódico, ordenado, y las cosas, los seres están sujetos a una finalidad. «El martes sigue al lunes. Luego viene el miércoles. La mente crea anillos, la identidad se robustece» (Virginia Woolf, Las olas). Por el contrario, en la escena narrativa que se configura luego de la implementación del arte epifánico, se intensifica la importancia del detalle superfluo, así como se subraya la presencia de la desnuda singularidad y, con ello, la vida se afirma como la textura, la tesitura de lo inevitable, de lo definitivo, de lo irrevocable. El detalle no debe su presencia en el relato a un principio de razón suficiente y, por lo tanto, el hecho de encontrarse ahí no se justifica por estar inmerso en un orden sucesivo de conexiones causales. Tan sólo está ahí, sin justificación, y su presencia incondicional lo vuelve irrevocable, mas no necesario, pues es un hallazgo regido por el azar.


Mediante la intensificación del detalle, que no alcanza a ser integrado en una estructura que simula ser un todo, la realidad se prueba a sí misma por el hecho de estar ahí por nada y de no haber sido inventada. La poética de la «epifanía laica», como la llama Harold Bloom, lejos de robustecer a la identidad, la fractura. «Pero, ¿cómo describir el mundo visto sin un yo?». Las palabras mienten o simplemente faltan cuando todo se esfuma al estar sometido a una transformación gradual. «Regresa la ceguera cuando uno se mueve y una hoja se repite en otra» (Las olas). La revolución literaria emprendida por Virginia Woolf no sólo implica que la escritura esté permanentemente expuesta a salir al encuentro con lo inconcebible, lo que impide que sea encerrada dentro de la lógica de la composición de acciones, sino que además identifica al gesto escritural con el latido, con la respiración, con la vibración de acontecimientos sensibles, impersonales, anónimos. Entonces, «¿de qué sirve elaborar penosamente oraciones consecutivas cuando lo que se necesita no es lo consecutivo, sino un ladrido, un gemido?» (Las olas).

Precisamente, Borges señala que una de las características esenciales de las novelas de Virginia Woolf es la de no tener argumento; esto, lejos de ser una carencia, conduce a que el sentido mismo de lo real se transforme, modificando la naturaleza de los acontecimientos y la de los encadenamientos temporales a los que están sujetos. La epifanía es éxtasis temporal que concentra en un ahora singular al torbellino de las coexistencias sensibles. Es el todo que se disemina y dispersa en infinidad de «átomos», granos de polvo o de luz, de deseo o de amor, para reunirse y mirarse nuevamente en la puntualidad de un detalle, de un gesto, de una pasión que vibra liberada de las cadenas del orden causal. «El tiempo se afila en un punto. Como una gota cae desde un vaso cargado de sedimentos, cae el tiempo» (Las olas). Solo desde ese punto afilado se puede ver el fondo desnudo. «Ver lo que cubre el hábito». Contemplar, quizá, lo que se halla en la sombra central; abocarse al misterio.


La extraordinaria vivacidad del detalle recuerda al vuelo de la polilla; criatura híbrida y, sobre todo, si es de aquellas que vuelan de día: «ni alegres como las mariposas, ni sombrías como las de su especie». Era imposible no mirarla, señala Virginia Woolf en el ensayo que lleva por título: La muerte de la polilla; el no poder apartar la vista del pequeño espécimen se debía justamente a su extrema vivacidad, la misma vivacidad que compartía con el paisaje que la escritora miraba en ese momento y que le impedía mantener la vista clavada en el libro que tenía entre sus manos. El vigor del paisaje alienta al espécimen en su afán de gozar de sus magras oportunidades al máximo. A su vez, la compasión es el sentimiento que comunica la escena a la ávida espectadora. «Viéndola, daba la sensación de que una fibra delgadísima, pero pura, de la enorme energía del mundo, se hubiera insertado en ese cuerpecillo frágil y diminuto. Tantas veces como cruzó el cristal di en imaginar que un hilillo de luz vital se tornaba visible. Era poca cosa, o no era nada, salvo vida». Todo un mundo yace inserto en ese mínimo cuerpo que revolotea sin tregua y la vitalidad se propaga por contagio, por obra de la contigüidad, de la coexistencia sensible.


Había algo maravilloso y patético en la polilla que, súbitamente, dejó de revolotear. El enemigo contra el cual se debatía era la quietud de aquel mediodía que acababa de sustituir a la anterior animación. «La insignificante criatura ya conocía la muerte. Mientras miraba la polilla muerta, en ese instante caprichoso puro triunfo de una fuerza tan descomunal frente a tan mínimo enemigo, me embargó la maravilla. Así como la vida había sido algo extraño momentos antes, ahora la muerte no era menos extraña». Fascinación que brota del carácter imperceptible de la sucesión o de la transición, pues si hay tanta extrañeza en la vida como en la muerte es porque de alguna manera la una anida en la otra. Epifanía visual, éxtasis temporal por el cual el pasado opera en el presente y el futuro es vislumbre del ahora. Visión extática que marca su triunfo definitivo sobre el poder del argumento y de su ordenamiento causal. El ensayo en Virginia Woolf es, al igual que la polilla que vuela de día, una criatura híbrida, pues es fiel a la descripción sin que medie en ello la verosimilitud. En la descripción anida la compasión: pasión de coexistencia.


«Pero yo hacía una pausa, miraba al árbol y, cuando miraba las ramas que ardían amarillas en otoño, se formaba en mí un sedimento. Me formaba yo. Caía una gota. Caía yo… es decir, había nacido de alguna experiencia completa» (Las olas). Volver a nacer desde una gota que cae y se afila en un punto cargado de sedimentos; cae el tiempo comprimido en un punto, en la presencia extática del ahora. En Las olas, el paso del tiempo —las horas, los meses, los años— es puntuado por la transición que en un solo día se opera entre el amanecer y el anochecer. Transición gradual que se marca por la diferencia de intensidad de la luz que permite que los mismos objetos brillen de diferentes maneras según el paso de las horas. Un solo día alberga en él todos los días. Pausa, paréntesis, quiasmo, espaciamiento, elipsis en la que cae una gota que lleva consigo un mundo que nace nuevamente y renueva la marcha hacia su fin.


Seis son los personajes narradores de Las olas que, como los pétalos de una flor, se mantienen unidos por el tallo. Unidos en la dispersión, pues solo pueden compartir aquello que tienen en común: las soledades. Los seis viven el drama de una intimidad, de una identidad crispada, pues en todo momento las olas amenazan con cubrir sus cuerpos hasta fundirlos en el mar de la vida impersonal. Sin embargo, de entre los seis, es Bernard quien abre y cierra la novela. Al inicio del día, siendo todavía joven, él cree aún en que las frases se suceden unas a otras siguiendo la dirección de un hilo errático. «Tengo que abrir la trampilla y permitir que escapen estas frases unidas unas a otras y que corran juntas, pase lo que pase, de forma que en lugar de incoherencia se perciba un hilo errante, que una con levedad una cosa a la siguiente». Al final de sus días, al borde de la noche, Bernard vuelve a ser alcanzado por la soledad, pero esta vez lo sume en el silencio. «Nadie me ve, ya no cambio. Alabado sea el cielo por la soledad que ha quitado la presión del ojo, la solicitud del cuerpo y la necesidad de las mentiras y las frases».


Al borde extremo de la noche, Bernard al fin logra vencer a aquello que había sido su coartada y que lo colocaba por sobre los otros personajes: la identidad. «Cuando hablaba, lo que sentía era: “Soy tú”. Vencí esta diferencia a la que tanta importancia damos, esta identidad que tan febrilmente apreciamos». Siendo al fin invencible puede precipitarse, como Percival el poeta, aquel que nunca habló, en dirección del atroz enemigo: «¿Qué enemigo avanza contra nosotros, caballo, mientras corremos por la acera? Es la muerte. La muerte es el enemigo. Lanza en ristre, cabalgo contra la muerte, cabalgo con el cabello al aire, como un joven, como Percival cuando galopaba en la India. Pico espuelas. ¡Invencible y decidido, cargo contra ti, muerte!». Y las olas rompían contra la costa.


El lector emancipado. Además de las derivas trazadas desde la posición de quien crea, ¿qué hay sobre el lector? Nadie puede imponer leyes a la lectura, sostiene Virginia Woolf en su ensayo «¿Cómo hay que leer un libro?». La igualdad es entonces la premisa que subyace en todo acto de lectura de un texto literario. El reconocimiento de este imperativo supone, a su vez, que se debe seguir al escritor sin que, quien lee, imponga su propio criterio. Es decir, se precisa dejar de ser juez y bajar al banquillo del acusado para colocarse junto a él; acercarse a cada escritor de forma distinta, modular la lectura en función de la diversidad de los textos y de sus autores. «Ser capaces de leer libros sin leerlos, de saltar y deambular, de suspender el juicio, de vagar y rondar por callejones y pasadizos de letras es el mejor modo de rejuvenecer la propia capacidad creativa».


Leer sin leer es acercarse al escritor al punto de devenir en autor. Se precisa, entonces, salir de la torre desnuda, particular y sin ventanas, y descender a la calle, al aire libre, ser presa de un arrebato que posibilite prescindir de las muletillas y comodidades propias del crítico. El lector emancipado cede ante una suerte de embriaguez, pues lee con los sentidos —así como el escritor imagina con el cuerpo— y no con el intelecto. Sin embargo, una vez concluida la lectura es necesario forjarse un juicio personal sobre los méritos del libro. Sólo entonces puede resultar beneficioso el juicio de los grandes críticos, pues «cuando podemos defender mejor nuestras opiniones personales es cuando le sacamos el máximo partido a las suyas». La emancipación, señala Rancière, significa la ruptura del acuerdo o de la convención que mantiene unidos a una ocupación y a una capacidad que supone la incapacidad de conquistar otro espacio y otro tiempo. El gesto escritural que inaugura Virginia Woolf apela a un lector que, de manera práctica, asume para sí la condición de autor.