El Prisionero de las Lomas

Ensayo

La casa como nación y el encierro como convivencia en El Prisionero de las Lomas

Andrés Ruíz

Número revista:

5

Tema dossier

El prisionero de Las Lomas es una de las cinco novelas cortas que conforman Constancia y otras novelas para vírgenes del mexicano Carlos Fuentes. Escrita a finales de los ’80 por un Fuentes maduro, la obra sigue un argumento bastante simple: el joven abogado Nicolás Sarmiento hereda con chantajes una mansión churrigueresca en la que se recluye primero voluntariamente para levantar un emporio comercial y luego obligado por su servidumbre, que lo mantiene preso como acto de justicia. La historia recuerda bastante, por el motivo de la reclusión, al Ángel exterminador de Luis Buñuel, cuya personalidad influiría notablemente en Fuentes. Si bien es cierto que en ambas historias el encierro se impone de formas particularmente fantásticas, sucede que en la cinta de Buñuel el grupo de burgueses protagonistas queda confinado dentro de una sala por una fuerza sobrenatural, mientras que en la novelita de Fuentes el encierro se construye como un mecanismo doble de justicia y dominación social ejercido tanto por Nicolás Sarmiento como por su servidumbre. El texto teje sin reticencias las dinámicas de una sociedad reflejada en la vida hogareña de un magnate, al tiempo que rebosa la alegoría de todo un país en la metáfora de una casa, un espacio arquitectónico que representa la historia de un pueblo.


La mansión fue originalmente residencia del general Prisciliano Nieves, héroe de la revolución mexicana, y representa con su delirante neobarroquismo una época de bonanza para la nación durante la segunda guerra mundial. “No sé cuántas vacas hubo que matar en Sonora para que este caserón se levantara en Las Lomas”, reconoce el propio Sarmiento e ironiza sobre el contrabando de los materiales de su construcción; así deja patente que la opulencia de la vivienda capitalina se debe a la explotación de la riqueza del México rural. La decoración desbordante y recargada de la vivienda refleja una actitud de apego cursi y festivo por los tiempos mejores del pasado; la elección de este estilo churrigueresco, actualización del barroco colonial, es rica en alusiones a cierta idiosincrasia, así lo acepta Sarmiento: “Adentro [de la casa] reproduce afuera: otra vez”.


El primer acto que realiza Nicolás Sarmiento como nuevo propietario de la casa es deshacerse de todos los sirvientes y criados que convivían con el anterior dueño. Al hacerlo da algunos motivos entre los que se cuenta la dificultad económica para mantener a todos los empleados domésticos: “no fui el primer heredero que no pudo ocuparse del batallón de criados metidos en la casa que heredó”; y la decisión de alejar a toda persona que haya conocido al general Nieves y que por ende pudiese conocer su secreto. A pesar de esto, Sarmiento es enfático al aclarar que los sirvientes de la casa eran invisibles, que simplemente “no existían”; relata que ellos mismos se ocultaban: “Oigo un ruido. Pregunto: –¿Quién anda ahí? – –Nadie, señor–”. Con el tiempo decide ir renovando su servidumbre de modo que nadie conviva con él por mucho para poder perpetuar este anonimato. Curiosamente, Sarmiento, como aficionado a la información, comienza a llevar un registro demográfico de sus criados, choferes, mayordomos, apuntando sus datos personales y de procedencia. Este acto recuerda incómodamente a los datos levantados por los servicios estadísticos de una nación.


Nicolás Sarmiento no pertenece a ningún linaje prominente, de joven fue un abogado principiante que se desgastaba en un buffet de lo más sencillo. Sin embargo, lograría cambiar su situación usando como carta de triunfo la información o, mejor dicho, la conciencia de la información. Era la información de lo que había pasado realmente durante la Revolución en la hacienda de Santa Eulalia aquello que le había valido de chantaje para quedarse con la casa y fortuna del general Nieves; y posteriormente sería la información de las redes telefónicas aquello que le permitiría comprar patentes estadounidenses para levantar un emporio comercial en México desde su mansión. Sarmiento se conecta al mundo sin salir de su casa, en la que se ha recluido, con una intrincada red de telecomunicaciones; una alegoría interesante para describir una sociedad que se va haciendo más tecnócrata a un tiempo que anticipa al internet. Otra señal clara de esta afición suya sería el interés por las computadoras. “He traído a México todas las novedades de la computación”, había llegado a afirmar.


Sarmiento compara a las mujeres con las computadoras, pues divide a sus conquistas románticas, efectuadas desde la comodidad de su casa, por generaciones de mujeres que van desde dos generaciones de nobleza europea o hijas de empresarios norteamericanos que lo habrían pulido para presentarse en sociedad; el paso por una tercera generación de mujeres depresivas amantes de Marcel Proust y su posterior elección por mexicanas de una cuarta generación de profesionales a quienes, según Sarmiento, había tenido que aleccionar tal y como él había sido aleccionado por las mujeres precedentes.


“Las viejas, señoras y señores, son como las computadoras: han ido pasando de las operaciones más simples como sumar, restar, almacenar memoria y contestar preguntas en fila, sucesivamente, a la operación simultánea de la quinta generación.”


Esta comparación, sobradamente machista, también es reveladora al momento de identificar la relación que tiene Sarmiento con la feminidad, es decir, la metáfora del poder y su relación con el aspecto femenino de una Nación.


Cabe destacar una curiosidad sobre Nicolás Sarmiento: su completa inutilidad para realizar las actividades más básicas como alimentarse o vestirse, llegando al extremo de no saber cómo amarrarse los cordones de sus zapatos. La exageración es proverbial, Sarmiento encarna la actitud de una burguesía que depende de su servidumbre. Aunque en el caso de sus amantes, Sarmiento reporta más bien empatía y sentimientos de protección, casi maternales, ante la inutilidad suya para las actividades más cotidianas. Esta dependencia es contradictoria ya que tanto con sus amantes como con sus trabajadores siente una necesidad de deshacerse de ellos periódicamente; siendo esta su manera de ejercer sobre ellos su voluntad y control.


El punto de inflexión para Sarmiento será su última amante: Lala, una muchacha de la quinta generación, sin pasado ni origen, que según él reuniría cualidades de las cuatro generaciones anteriores siendo políglota, existencialista e independiente. “Nacolás Sarmiento” fue como ella se había referido a él, ironizando su origen, cuando se habían conocido. La fascinación de Sarmiento por ella era total y por esta razón había decidido ignorar toda información personal sobre ella. Así es como durante una fiesta en su propiedad, Lala es presentada en un provocativo vestido solo para ser abordada por uno de los criados anónimos de Sarmiento que comienza una escena de celos. Solo entonces, Nicolás Sarmiento caerá en cuenta que su novia al parecer también es novia de alguien más, de un sirviente suyo. Al día siguiente de la fiesta, Sarmiento se despierta con resaca y encuentra al cuerpo sin vida de Lala sangrando en su piscina. Inmediatamente se aprehende a Dimas Palmero, mayordomo y aparente pareja de Lala, como principal sospechoso. Estos hechos dejan profundamente consternado a Sarmiento, al tiempo que lo hacen reflexionar sobre la identidad de su servidumbre, puesto que ahora uno de sus criados tiene para él un nombre: Dimas Palmero.


Luego de pasar varios días de duelo, Sarmiento decide ir a visitar a Palmero en la cárcel, pero se encuentra con que varias familias campesinas han ocupado los exteriores de su casa y le impiden salir de la propiedad. No son hostiles con él, de hecho se la pasan comiendo, festejando y bebiendo mientras causan destrozos en sus jardines. Entonces Sarmiento le pide a su mayordomo que se deshaga de ellos, pero su empleado le explica que no se van a levantar de ahí hasta que su “hermano” Dimas salga libre. Lo maravilloso es que Sarmiento acepta su nuevo encierro, esta vez no voluntario, pues por un lado sabe que si trata de denunciar su situación será muerto por sus captores y por otro lado reconoce que su vida cotidiana había cambiado más bien poco; “toda esta fantástica situación era simplemente una calca de mi situación normal”, afirma.


Al final, Sarmiento decide hacerse cargo de las delegaciones de familias que vienen desde Morelos para ocupar su residencia por turnos y también decide proteger a Dimas Palmero en la cárcel. Toma esta resolución al descubrir que la gran familia que lo tiene cautivo provienen de la hacienda de Santa Eulalia y que de hecho ellos recordaban que en dicho lugar habían muerto el entonces capitán Prisciliano Nieves y su oficial Andrés Solomillo tras una disputa por querer fusilar tanto a patrones como criados. Así era, la casa del general Prisciliano Nieves, algún anónimo que se apropió de su identidad, era el lugar donde todos estaban encerrados ahora. Sarmiento reconoce que la identidad en México es algo oculto, él mismo debe su éxito a usurpar la fortuna de un usurpador de identidades. La metáfora llega a formas barrocas; la casa como un país les pertenece a todos, pero son los señores quienes usan la información que poseen en su provecho.


Las alusiones son ricas en la novela, primero las delegaciones de campesinos ocupando la casa capitalina son tanto un refrescante recuerdo de la lucha armada de Emiliano Zapata como un adelanto de la Gran Marcha que encabezaría el Subcomandante Marcos desde la selva Lacandona a inicios del presente milenio. Luego, la referencia a la Revolución como punto de inflexión, pues los campesinos recuerdan que tras la masacre en sus tierras: “nos quedamos sin patrones primero y en seguida sin jefes […] y no nos sirvió para nada”; refleja de esta manera la situación de pobreza persistente para todo un sector de la población pese a los movimientos revolucionarios y la respectiva violencia. Entonces, llega a un presente en el que tanto señores como sirvientes viven presos en el mismo espacio, una mansión churrigueresca, el espacio arquitectónico como una nación y el encierro como convivencia. La casa les pertenece a ambos, pero solo los señores son conscientes de su situación, por eso Sarmiento al aceptar su situación termina afirmando: “No soy yo el prisionero de Las Lomas, no, ellos son mis prisioneros, un pueblo entero…”, la convivencia se vuelve dominación. Hacia el final de la novela, la dialéctica entre señores y sirvientes por sus pugnas y necesidades se resuelve primero en un intercambio cotidiano y luego en un reconocimiento, Sarmiento reconoce que su mismo origen es tan incierto o común como lo fue el origen del impostor Prisciliano Nieves o el de su amante, Lala. Se reconoce por tanto que la diferencia entre dominados y dominadores es en términos últimos nula, pero se recuerda también que el verdadero poder es la información, reflejo de una sociedad cada vez más tecnócrata. Al finalizar su relato, Sarmiento desconecta sus líneas de telecomunicaciones para que su discurso traspase la memoria, representada por la oralidad, y se convierta en una verdad; recordando así la importancia que han tenido hasta nuestros días la tecnología y las redes de información que se han tejido en las últimas décadas.