El americanismo en America de Bolivar a Marti y el ecuatorianismo de Adoum y Donoso

Ensayo

El americanismo en América, de Bolívar a Martí, y el ecuatorianismo de Adoum y Donoso

Mario Campaña

Número revista:

10

Tema libre

1. Es sabido que Francisco de Miranda y Simón Bolívar fueron los primeros en concebir América como una sola entidad política. Antes de terminar el siglo XVIII Miranda soñó con una sola patria americana, y antes de las guerras de independencia Bolívar pensó América como un nuevo eslabón en el proceso universal de la civilización. Hombre del siglo XIX, Bolívar abrazó la idea de progreso; creyó que los seres de la América hispana estaban llamados a construir un mundo que sucedería a Oriente, Roma y Europa, a tomar la antorcha que le entregaría esta y de ese modo hacer una contribución a la historia de la humanidad, sobre cuyo sentido ascendente no albergaba dudas: él también, como hombre de la Ilustración, vio las civilizaciones como eslabones anudados unos con otros, sin la incertidumbre de la discontinuidad. Quiero destacar el planteamiento de la relación de sucesión entre Europa y América, que en 1815 no era ni mucho menos evidente; Bolívar vio precozmente que el papel de Europa ya había terminado, y no concibió otra alternativa para la humanidad que no fuera la América hispana: «toda la tierra –escribió en 1815, en la Carta al editor de la Gaceta Real de Jamaica– está ya agotada por los hombres, la América, sola, apenas encantada»5. Bolívar, gran admirador de George Washington, imaginó Hispanoamérica como «un imperio poderoso» [1], «la más grande nación del mundo» y en relación de continuidad con Europa, pero al hacerlo únicamente predijo, sin proponérselo, el futuro de Estados Unidos, un país que se fundamenta enteramente en valores europeos y que en efecto tomó el lugar de Europa en el liderazgo del planeta.


En cuanto a América del Sur, todas las expectativas de la primera independencia quedaron frustradas. Bolívar solo imaginó América como una entidad política, no cultural, y en ese sentido su americanismo fue limitado. Hijos de españoles, los libertadores eran criollos, es decir, europeos por su conciencia; ninguno de ellos llegó a imaginar América como una civilización diferente, ninguno pudo pensar en independizarse de la cultura de sus ancestros, en un corte con el mundo del que habían aprendido las nociones que sustentaban su lucha. Bolívar se sentía europeo «por derecho». Y lo era, en efecto. Nada más claro que el Discurso de Angostura:


«Nosotros –dijo allí Bolívar– no somos Europeos, no somos indios, sino una especie media entre los Aborígenes y los Españoles. Americanos por nacimiento y Europeos por derechos» [2]. He aquí la primera formulación del mestizaje. ¿Mestizaje étnico o cultural? No está claro. En cualquiera de los casos, ¿de quién habla Bolívar cuando dice «nosotros»? ¿De todos los americanos? De los indígenas, no; los indígenas son solo indígenas, y eso no deja de ser cierto porque en su vida religiosa, por ejemplo, haya una fuerte presencia del relato, la imaginería y los dogmas del catolicismo. De los negros, tampoco. Sintiéndose europeo «por derecho», Bolívar no consiguió hablar en nombre de todos los americanos, sino solo en el de los criollos, los descendientes de europeos nacidos en territorio americano: «Americanos por nacimiento y Europeos por derechos». Es posible que esta concepción del mestizaje haya sido la principal limitación de su americanismo, y tal vez algún día los historiadores puedan probar que esa idea de América basada en la extensión al continente del mestizaje cultural de los criollos, esté vinculada con su afirmación final según la cual «América es ingobernable».


2. Es cierto que algunos de los próceres y precursores de la independencia imaginaron el futuro de América mirando hacia lo originario. Entre estos, sin duda Francisco de Miranda fue quien más severamente enjuició a la corona española por su papel en el Nuevo Mundo, y quien hizo las más altas valoraciones de las antiguas civilizaciones americanas, en primer lugar reconociéndolas como tales civilizaciones, y describiendo como verdaderas naciones a los pueblos de Perú, Chile, México y Bogotá. Le parecían ejemplares la dignidad y el valor  de los indígenas, «atrincherados en sus desfiladeros y selvas» para no someterse a «los verdugos de sus familias». En la ‘Proclamación a los pueblos del continente colombiano. Alias Hispanoamérica’, dejó dicho: «Es preciso que los verdaderos acreedores entren en sus derechos usurpados: es preciso que las riendas de la autoridad pública vuelvan a las manos de los habitantes y nativos del país, a quienes una fuerza extranjera se las ha arrebatado» [3]. Acerca del lugar de los indígenas en el futuro del continente americano, es notoria la diferencia entre Miranda y Bolívar. Pero, como sabemos, Miranda murió en un calabozo en la provincia de Cádiz, y la suya no fue la orientación triunfante. Triunfó la línea criolla, y Bolívar terminó sintiendo que «el que sirve a una revolución ara en el mar». Desde luego, no insinúo ningún reproche. La independencia política era la tarea de los próceres y de su época. Europa y Estados Unidos, el mundo de Occidente, aún no habían demostrado todo su poder destructivo: aún no se había llegado a fase del exterminio industrial. Hoy las cosas son distintas. La independencia intelectual es tarea de hoy y de mañana.


3. Parece que fue Andrés Bello el primero en proclamar la necesidad de la autonomía cultural americana. En la misma época de la independencia, Bello llamó a inaugurar «un tiempo positivo del mundo americano, independiente hasta en el ámbito literario», como ha resumido Giuseppe Bellini. Su Gramática, no está de más recordarlo, está dedicada a sus ‘hermanos, los habitantes de Hispanoamérica’ («no tengo la pretensión de escribir para los castellanos», declaró en el Prólogo). En la ‘Segunda Silva’, llamada ‘La agricultura de la zona tórrida’, pensó en América como un mundo radicalmente nuevo, llamado a ser guía de la humanidad del futuro; los últimos versos, en los que se inclina por un género de vida distinto al industrial y comercial de Europa, lo confirman: «honrad al campo, honrad la vida simple / del labrador, y su frugal llaneza. / Así tendrán en vos perpetuamente / la libertad morada, / y freno la ambición, y la ley templo / Las gentes a la senda / de la inmortalidad, ardua y fragosa, / se animarán, citando vuestro ejemplo. / Lo emulará celosa / vuestra posteridad» [4]. Así veía Bello a América: basando su historia en la vida simple, la libertad, el freno a la ambición y el imperio de la ley.


4.  Después del paso tan importante dado por Bello, Martí es el pensador que más lejos ha llegado en la concepción de la independencia americana, que él alcanzó a ver en su dimensión intelectual y cultural. En su obra, la separación respecto a Europa queda muchas veces destacada («Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria»). Para Martí la ‘salvación’ no estaba en imitar lo europeo, sino en crear. «¡El vino –exclamó– de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!».


Pero hay ambigüedades importantes en Martí, quien, según sus propias palabras, tenía a «Bolívar de un brazo y Herbert Spencer del otro». De Bolívar tomó su noción del mestizo americano: «extraño, no español, porque la savia nueva rechaza el cuerpo viejo; no indígena, porque se ha sufrido la injerencia de una civilización devastadora». Según él, en tierras americanas se creó «un pueblo mestizo en la forma», «un pueblo original   y victorioso anticipado por sus héroes», un pueblo «en esencia distinto», formado por «una raza original fiera y artística», un pueblo ‘precoz, generoso y firme’ [5]. Aparte del triunfalismo justificable en quien escribe a distancia relativamente escasa de las exitosas guerras de independencia, debe ser subrayada la fascinación de Martí por los criollos, por la ‘raza original’ capaz de vencer al colonizador. Como en Bolívar, el mestizaje en Martí tiene en efecto visos de criollismo, y la razón es, creo, política: el criollo, que lideró la revolución independentista («la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo», dice del movimiento libertario), estaría también llamado, por su condición, a liderar la construcción de la nueva América.


Dejo de lado algunos aspectos del pensamiento martiano que ofrecen mucho margen para la discusión, como el que se refiere a los indígenas, a quienes veía ‘estancados’. La imagen del mundo y el sentido de la vida de los indígenas, ajenos a toda noción de progreso, resultaron indiferentes a Martí, que no vio allí ningún elemento valioso para la construcción de un mundo auténticamente nuevo. Dejado de lado ese aspecto, quisiera insistir en el carácter ‘original’ y «en esencia distinto», que el prócer cubano atribuía al hombre americano, que formaría «una raza fiera y artística». Siendo el de Martí uno de los aportes mayores que ha recibido nunca la cultura hispanoamericana, su americanismo, en una interpretación superficial, resultaría problemático si alguien, partiendo de las líneas recién citadas, llegara a creer que en la América hispana ya existe ese pueblo ‘robusto’, ‘nuevo’, ‘en esencia distinto’; que esa «raza original, fiera y artística» es una realidad.


Roberto Fernández Retamar, un atento lector de Martí, refiriéndose precisamente a esa América fabulosa destacó la diferencia entre un discurso público y otro privado en Martí [6]. Fernández Retamar observa que en una anotación hecha en Caracas en 1881, Martí escribió: «no habrá  literatura  hispanoamericana  hasta que no haya Hispanoamérica», y que ese mismo  año, en una carta dirigida a Aldrey, declaraba que iba a consagrar su vida a la «revelación, sacudimiento y fundación» de Nuestra  América.  Fernández  subraya el último término. Sólo se puede fundar, dice, lo que no existe o no existe aún. La observación es valiosa:  en 1881, Martí había dejado atrás la visión romántica del hombre americano que entrevió de los años setenta del siglo xix. La diferencia es clave: de ella depende la envergadura de las tareas que nos impongamos. Si América ya es «al fin» «lo que se quería ser», como proclamó Martí en 1877, entonces la tarea que tenemos por delante sería de orden político inmediato: solo necesitamos gobiernos adecuados, basados  en «los factores reales del país», acorde con sus «elementos verdaderos», con «métodos e instituciones nacidas del país mismo», y no en modelos «de Francia o Alemania», como Martí recomendaba. Pero si ese continente nuevo aún no existe, si debe ser «fundado» como creía el Martí de 1881, entonces la tarea es mucho mayor. No es únicamente política ni exige solo un gobierno basado en la realidad local, sino algo más, algo distinto, nuevo, que debía aún ser ‘revelado’.


¿Existe esa América originaria? Hoy basta con recorrer el panorama político, jurídico, económico, el cuadro de instituciones, los diarios, las calles y las casas de cualquier ciudad de Sudamérica para saber que esa América todavía no existe. Lo que vemos es, por una parte, predominante, lo originario de Europa, o, lo que en gran medida es lo mismo, de Estados Unidos, en sus múltiples adaptaciones locales; es, por otra parte, en un lugar secundario, la ruina, los restos, las prolongaciones y adaptaciones de las civilizaciones aborígenes originarias o africanas sin legitimación suficiente. Sería un error creer, como ha hecho cierta inteligencia americana, que la América nueva, diferente, está aquí, y solo necesitamos verla y estudiarla; que ya tenemos una identidad y que si llegamos a conocerla podremos salir adelante, impulsados por la fuerza de esa identidad. Creer eso sería creer que la trasformación es solo ‘cuestión de tiempo’, como se dice. Óscar Arias, por ejemplo, ha dicho en la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe, desarrollada en Cancún este año 2010, que «[América Latina] corre riesgo de aumentar su insólita colección de generaciones perdidas. Corre el riesgo de desperdiciar, una vez más, su oportunidad sobre la Tierra» [7]. Para Arias, la solución de los problemas americanos es cuestión de buenos gobiernos y de nuevas generaciones.


Sin embargo, como no existen leyes de progreso en la historia, los latinoamericanos podemos pasar décadas y hasta siglos en un estado similar a aquel en que nos encontramos ahora, o aún peor, perdiendo generaciones sin cesar. Porque somos, al menos en las esferas dominantes, en una medida importante, una entidad ‘pre-figurada’ por Occidente, un proyecto que en estas tierras ha tenido resultados más conflictivos que en Europa y Estados Unidos. No de nosotros sino de Europa y de Estados Unidos han venido, en gran medida, nuestra educación regular y nuestras ambiciones, nuestros anhelos e ideales, nuestros métodos y nuestras ideas, modas y metas. No existe aún esa América, y mientras no exista, mientras no logremos su fundación, nuestra tarea no será solo de orden gubernamental. Si no conseguimos una victoria en la batalla de la independencia intelectual, todo gobernante bien intencionado terminará repitiendo con Bolívar que ha arado en el mar y que América es ingobernable.


Ecuador


Un notable investigador ecuatoriano recordaba hace poco que en Ecuador no existió un Miranda, un Bolívar, un Andrés Bello, un Sarmiento, un Martí, un Rodó, un Vasconcelos, un Mariano Picón Salas. Se equivoca: existió un Juan Montalvo, tan admirado por Martí, por Rodó y Vasconcelos… También Montalvo, tanto en Los siete tratados como en la Geometría Moral, defendió la existencia de una «raza americana»; también él creyó en una especificidad del hombre de este continente, a quien le atribuía asimismo una calidad superior a la de los demás prototipos humanos. La conciencia americana y la supuesta –y curiosa– ‘grandeza’ del destino americano, tienen en efecto en Montalvo otro defensor. Pero no nos engañemos: Montalvo también era un admirador apasionado de la civilización europea y de España y su lengua, por mor de la cual jamás estuvo dispuesto, por ejemplo, a contemporizar con la lengua americana, que a él le parecía innoble, por impura, por contaminada por el francés y el quechua.


Ante la ausencia de una tradición intelectual americanista, dos escritores, Jorge Adoum y Miguel Donoso, escribieron en los años noventa sendos libros orientados a incidir en el tema de la identidad nacional. En lo esencial, sus posiciones son parecidas: los dos anclan su pensamiento en la idea del mestizaje, estimando que Ecuador es un país mestizo. Los dos confían en el mismo método, el de la observación empírica, para averiguar cuáles son las señas de identidad de los ecuatorianos. Visiblemente, los dos escribieron esos libros por amor al país, pues no de otro modo puede entenderse que siendo esencialmente escritores hayan abandonado su obra creativa para acometer temas de orden antropológico  e histórico, sociogenéticos y psicogenéticos. Antes de referirme a ellos, debo advertir que es un error asociar las reflexiones sobre la identidad con el pensamiento y la acción política progresista. El pensamiento sobre un pretendido ‘espíritu nacional’ es de raigambre conservadora. Sin ir tan lejos, me limitaré por ahora a repetir la advertencia que el ensayista británico Paul Gilroy hizo hace pocos años acerca de la identidad: «sería equivocado –escribió– imaginar que el concepto de identidad pertenece exclusivamente al pensamiento crítico, o que está entregado únicamente a los proyectos emancipatorios intelectuales y políticos… ese estar-de-moda [de la identidad] también ha sido reflejado por el pensamiento conservador, autoritario y derechista» [8]. No todo pensamiento sobre la identidad debe, pues, ser validado por nosotros.


Adoum


Publicado en 1997, Ecuador, señas particulares fue el libro más leído en Ecuador en los años 1998 y 1999. En el 2000 llevaba seis ediciones. Su  autor,  Jorge Adoum, apela al recurso de la historia como sustento de la identidad ecuatoriana, de su presente y su porvenir. Si el discurso histórico nos dice que los antecesores de los actuales ecuatorianos no levantaron imperios ni grandes civilizaciones como la azteca o la maya, sino solo cacicazgos, señoríos étnicos dispersos, curacazgos; si ese discurso deja a los ecuatorianos huérfanos de un origen mítico, heroico y grandioso, que tal vez hubiera podido proveerles de una dignidad superior, Adoum expresa una resignada nostalgia: «No tuvimos el comienzo que habríamos querido», dice en el capítulo titulado «De la necesidad del héroe a la destrucción del mito». El ‘nosotros’ de la frase citada queda claro en seguida: «Me refiero –dice– a los que aún andamos averiguando de dónde venimos para saber quiénes somos». He ahí una declaración de principios. De dónde venimos nos dirá quiénes somos: a simple vista, la fórmula parece sensata. «Buscando un momento preciso donde situar el comienzo de nuestra identidad», dice Adoum, «necesitamos el héroe –más que otros, y no tenemos muchos».

Si alguien se pregunta por qué Adoum piensa en la necesidad del héroe, no obtendrá una respuesta clara, y tal vez se sienta inclinado a creer que para Adoum el héroe podría sustituir al mito como guía o ‘referente’.


En todo caso, parece evidente que la apelación a la historia que hace Adoum resulta problemática, sobre todo porque a él parece no gustarle el lugar «de dónde venimos»: la pacífica discreción de los pequeños pueblos de estos territorios se le presenta casi deshonrosa y en todo caso insuficiente para fines fundacionales. Como los grandes pueblos, insinúa Jorge Adoum, los ecuatorianos necesitan también un mito para su fundación, para su identidad; un mito o un héroe; la intervención de una deidad en el origen, o un Mío Cid Campeador en la reconquista de un país, por ejemplo. Es decir, los ecuatorianos no necesitarían de un mito cualquiera, modesto, como el que suelen tener las sociedades totemísticas, sino uno glorioso. La humildad, la orfandad –orfandad de grandeza, se entiende, porque padre y madre humildes no le faltan a la historia precolombina– tiene que ser sustituida por algún hito heroico, un mito que otorgue grandeza.


Detrás de esta apelación me temo que hay algo desconcertante y determinante que puede ser llamado mentalidad aristocrática y competitiva, y viene de la aristocrática y guerrera tradición europea, que también en esto, según se ve, nos ha influido. Efectivamente, la gran Atenas fue fundada por la diosa Atenea, la del valor, las artes, la filosofía y la sabiduría. El origen mítico y glorioso de Roma, obra conjunta de Augusto y Virgilio, tiene un monumento universal que se llama La Eneida, que lo celebra y conmemora. Cada una de las grandes naciones de Occidente tiene un origen mítico y su correspondiente monumento cultural: allí están El poema del Mío Cid, La Canción de Roldán, Los Nibelungos, para España, Francia, Alemania, respectivamente. Restablecimiento y apoteosis de la vieja nobleza guerrera. He ahí la identidad que se busca: identidad  de emperadores, reyes y condes, como Carlomagno y Roldán: identidad de aristócratas. Cultura, ideales de aristócratas, que mide el valor de un pueblo no por la paz, no por su laboriosidad, no por sus virtudes humanas, sino por sus conquistas territoriales, sus capacidades guerreras, su imposición sobre otros pueblos, por la formación de reinos e imperios poderosos y crueles. ¿Es esa la identidad que añoramos?


Desgracias de la idealidad aristocrática: quisiéramos que alguien nos dijera que somos eso que queremos ser: grandes y gloriosos. Y si la historia no ayuda, nos sentimos frustrados. Porque la falta de grandeza en el origen, según Jorge Adoum, ha provocado «en el espíritu del pueblo» de Ecuador una supuesta «inseguridad ontológica, un resentimiento latente y duradero». Extrañas palabras en un hombre de izquierda. Si existe inseguridad en el ecuatoriano, no creo que se deba a la falta de un pasado grande sino a la legitimidad que los poderosos han dado a la espuria escala de valores de la antigua aristocracia. Al final del artículo mencionado, Adoum insiste en la primera fórmula: «andamos –dice– en busca de algo en nuestro pasado en donde podamos aferrarnos para ser lo que queremos ser». Lo que ‘queremos ser’, está claro, es «una patria grande por sus aspiraciones y realizaciones». He ahí la respuesta a la pregunta sobre por qué es necesario un origen mítico: se busca algo grande en el origen porque de   esa manera se puede esperar algo grande del porvenir. Tal vez alguno de los lectores concordará conmigo en que a esta visión se la puede llamar ‘mesianismo del origen’.


Como he dicho más arriba, al mencionar los monumentos literarios europeos, este mesianismo del origen es sólo otro lugar común en la cultura occidental sobre cuya falacia no hace falta insistir. Se engendró en Europa y se inoculó en el pensamiento de numerosos intelectuales latinoamericanos, entre ellos Jorge Adoum. Insisto: en Latinoamérica la nómina de escritores, educadores, pensadores y gobernantes adscritos a esta teoría de la grandeza no es escasa. Mencionaré de paso una muy curiosa, la del gran Salomón de la Selva, tal vez el poeta nicaragüense más importante después de Rubén Darío. De la Selva fue un patriota, no hay duda. Amó a su país. Amó a México, a América. Reivindicó a los reyes, los sabios y los poetas prehispánicos. Y cuando, en 1958, publicó su ‘Poema en tres tiempos clásicos’ titulado Acolmixtli Nezahualcolyotl en honor del rey-poeta de la antigua Tetzcoco, lo dedicó al presidente de México, a quien en el envío final del poema le pedía que levantara a México «a la altura de Roma»: «(Roma del Nuevo Mundo su destino)», escribió. Así pues, ¡hasta los espíritus más finos han estado  durante años en América imbuidos del espíritu aristocrático y grandilocuente de la vieja Europa!


Volviendo a Adoum, no está de más preguntar: ¿qué ocurriría si la historia ayudara y un descubrimiento arqueológico, por ejemplo, endilgara a los ecuatorianos algún origen grande y heroico? ¿Serían los ecuatorianos por eso mejores, un pueblo sano y feliz? ¿Se dispondrían a realizar un elevado destino? Evidentemente, no. Y lo que se dice de Ecuador y los ecuatorianos se puede decir de toda Latinoamérica y de los latinoamericanos, y aun de todos los pueblos. A Grecia, su origen ‘divino’  y su empeño en revivirlo no le impidió ser derrotada y humillada por Roma, primero, y por el imperio turco, después, y no le libró de la ocupación anglo-francesa  ni de la invasión alemana ni de ninguno de los dolorosos infortunios por los que ha tenido que pasar ese pueblo mediterráneo después de su edad dorada.


Aunque los latinoamericanos tuviéramos también un origen ‘divino’ (como a lo largo de los siglos han dicho de sí mismos los europeos) no seríamos distintos de lo que somos. Porque los siglos de la colonia habrían sido los mismos y los de la república también, y la explotación que han infligido los grupos de poder serían igualmente oprobiosos. Para responder a la pregunta de dónde venimos no es necesario acudir a mitos de grandeza; es más útil recordar las consecuencias de la invasión española, la esclavización de los aborígenes, la imposición de una cultura violenta, rapaz, jerárquica, homofóbica, machista y racista. Es mejor conocer al dedillo los trescientos años de colonia y los ciento ochenta años de blanqueamiento y explotación republicana.


Lo más sorprendente es que cuando Adoum aún parece estar buscando la identidad, por no haberla encontrado, naturalmente, y por no saber cuál es, y por haber hecho de esa búsqueda una «hermosa obsesión», asegura al fin, de modo injustificado, que «Nuestra identidad está constituida, en su mayor parte, por factores positivos que olvidamos». Es decir, primero no sabemos cuál es nuestra identidad, desconocemos de dónde venimos, y repentinamente parecemos saberlo tanto que hasta aseguramos que nuestras características son todas positivas y que Ecuador, por su identidad, es «un país esplendoroso». A estas artes de magia lleva el patriotismo y su búsqueda de la identidad, que nos hace parecer a los latinoamericanos seres megalómanos, obsesionados por la grandeza. El mismo Óscar Arias, en el discurso de Cancún, antes mencionado, la invocó: «Espero un futuro de grandeza para nuestros pueblos», dijo. En realidad, no tenemos necesidad de grandeza. A un pueblo no le hace falta ser grande para ser feliz. Más que grandeza, un pueblo necesita paz, justicia, unidad, solidaridad, un mundo de todos.


Donoso


También el novelista guayaquileño Miguel Donoso firmó un libro sobre la identidad ecuatoriana. Se llama Ecuador: identidad o esquizofrenia, y fue publicado en 1998. Como Adoum, Donoso se afilia a las teorías de la identidad y del mestizaje. La diferencia más importante es que Donoso no busca el origen para saber qué o quiénes somos. Se abstiene de toda divagación sobre el tema. Se limita a afirmar: «Somos, sin la menor duda, mestizos». Como Donoso no es ciego, y tiene la costumbre de observar en las calles, ha podido ver en su ciudad y en todo el país ecuatoriano a negros e indígenas andinos y amazónicos, así que, inspirado en Vasconcelos, se apresura a matizar, amparándose en la profecía (¿o en el deseo?): «un día, por selección estética y sexual, no habrá más indios, negros, blancos o amarillos porque se habrá forjado la raza cósmica», escribe. A ésta antes la ha llamado, con Alcides Arguedas, «raza de bronce». Después, incomprensiblemente, transcribe una  cita de Vicente Rocafuerte, en la que el ex presidente ecuatoriano, un prohombre de la historia guayaquileña, aboga por la fusión entre ‘ingleses, holandeses, alemanes y suizos» –«porque tienen una sangre muy hermosa, un color muy blanco y muy rosado»–, por una parte, y las «preciosas indias de las montañas equinocciales, que tanto se distinguen por la elegancia de sus contornos, y perfección de formas», por otra. ¿Cuál es la meta de esta unión con que soñó el ex presidente de Ecuador Vicente Rocafuerte, y cita Donoso en apoyo de sus ideas, porque «le da la razón»?


La respuesta provoca vergüenza: «Blanquear nuestra población», dice el mismo Rocafuerte. Me pregunto ¿qué pensarán los blancos, los indios, los negros», a quienes Donoso, en estas oscuras líneas, parece que preferiría ver desaparecer a favor de la «raza de bronce»?


Pregunto: mientras no se produzca esa fusión profetizada por Rocafuerte, Vasconcelos y Donoso, ¿cómo se entiende que se llame mestizos a esos seres reales que vemos a diario en las calles de Latinoamérica y que son, o al menos lo parecen, blancos, negros e indígenas? ¿Qué hacemos con ellos?


En cuanto a la identidad, Donoso reconoce: «Es posible que no sepamos cuáles son los rasgos específicos de esa identidad, pero por ahí anda…». Con esta sencilla fórmula abandona la reflexión en que estaba comprometido. En realidad, parece decir, la identidad no es un problema sino que «aparece de manera natural y fluida». Él la encuentra en el orgullo por lo bueno de lo nacional, en comidas, en quichuismos, en los localismos, en expresiones idiomáticas, en deportistas que compiten en el extranjero, hasta en un equipo de fútbol… Si se le pidiera explicaciones sobre cómo es posible que la identidad de un país dependa del estado físico de sus deportistas, por ejemplo, o de la sobrevivencia de sus crustáceos, de sus cangrejos, por poner un caso, porque comer cangrejos es para Donoso parte de la identidad ecuatoriana, seguramente respondería que habla así porque «no tenemos nada más de qué agarrarnos»…


¡Bonita manera de responder, pero impropia de un intelectual! Sin embargo, el libro de Donoso tiene un mérito excepcional, que da la que creo es hasta ahora la mayor pista para orientarnos en el galimatías de la identidad y el futuro. Donoso recomienda: «seamos nuestra propia invención». A esta sabia consigna volveré en las páginas finales de este artículo.


Como se ve, ni Donoso ni Adoum parecen americanistas. Ninguno de los dos elabora crítica alguna acerca de los efectos de la cultura occidental en los comportamientos que censuran. En los dos las ideas de nación y patria son muy sensibles, recibidas acríticamente, como si fueran una herencia inconsciente de sus años escolares. ¡Y Adoum incluso reclama mayor respeto hacia los símbolos patrios! Donoso se abstiene de ello, pero también de cualquier crítica al rol que los grupos dirigentes han hecho jugar a esos símbolos. Esencialista es la búsqueda de identidad de Adoum, que la quisiera basada en un origen mítico y glorioso; anecdótica es la de Donoso, que la encuentra en lo cotidiano y contingente. Los dos parecen desear un pueblo grande, «capaz de rebasar los límites, hacer lo que parece imposible, lo excepcional, lo mejor», en palabras de Donoso. Los dos suscriben la tesis del mestizaje.

¿Mestizaje étnico o cultural? Ninguno de los dos lo aclara: mestizaje a secas. Es evidente que hablar de mestizaje étnico supone negar la existencia real de la población indígena, de la negra  y la blanca. Esa negación resulta difícil de entender sin tener en cuenta la operación intelectual ideada en Ecuador en los años treinta y reforzada en los sesenta para afrontar el problema de la construcción del país, para lo cual estimaban necesarias la construcción de una nación y una cultura nacional. ¿Cómo hacer una unidad gobernable, se dijeron, de qué manera tener una patria sin un mito fundador que la unifique, y con una heterogeneidad étnica y cultural tan profunda como la ecuatoriana? La respuesta, la solución, la encontraron en la teoría del mestizaje.


El sociólogo Agustín Cueva creyó, extrañamente, en la realidad del mestizaje étnico, pero supo destacar, en cambio, que el mestizaje cultural «en el momento presente, es más bien una expectativa, un proyecto, una posibilidad; una meta a la cual tenemos que llegar». Una construcción ideal, pues, que tiende a poner todas las diferencias en un solo yunque, de donde saldrían no todas las razas que entraron sino una sola, la del mestizo, la raza de bronce. En Ecuador, entre los años treinta y setenta, Benjamín Carrión, primero, y Agustín Cueva, después, hicieron del mestizaje la piedra maestra, la base del edificio patrio y de su destino, un proyecto orientado a «la fusión en un todo orgánico y coherente, estructurado» de lo indígena y lo europeo, según palabras de Cueva en su libro Entre la ira y la esperanza [9]. No es difícil ver en todo esto el modelo jacobino francés de estado, que a favor de la unidad sacrificó todo lo diferente (lenguajes minoritarios, formas locales de gobierno, costumbres…). Centralizador, fuerte, el modelo ideado por los revolucionarios franceses de los siglos xviii y xix, que tanto ha influido en la historia política de Francia y en muchos otros países europeos, y sin duda en los americanos, sólo fue capaz de idear un proyecto nacional sobre la base de la negación de la realidad. Benjamín Carrión y Agustín Cueva asumieron ese modelo, y Adoum y Donoso lo repitieron, sin mostrar interés en pensar en su país sin esa doctrina que nos induce a negar lo que vemos y tocamos y con lo que vivimos a diario. Por eso concuerdo con Iván Carvajal cuando sostiene que las posturas de Adoum y Donoso son reaccionarias [10].


Felizmente, no ha pasado lo mismo en otros dos países andinos. En Perú, Antonio Cornejo Polar escribió en 1998: «el concepto de mestizaje, pese a su tradición y prestigio es el que falsifica de una manera más drástica la condición de nuestra cultura y literatura». En Bolivia, como lo ha recordado el profesor Michael Handelsman en un artículo reciente, citando a Javier Sanjinés, «el paradigma del mestizaje no es más que el discurso letrado de las clases altas, cuyo propósito es justificar la dominación continuada del sector de los mestizo-criollos que asumieron el poder después de la Revolución Nacional de 1952» [11].


Quien dice hoy que Ecuador es un país mestizo, que América es un continente mestizo, mencionando con ello una unidad y no una multiplicidad étnica y cultural tal vez contradictoria, es un soñador o un embustero, y en los dos casos encubre el dominio y la explotación que la mayoría de la población blanca, descendiente de europeos, y sus imitadores mestizos o indígenas, inflige a sus congéneres.


Cuando intento entender a intelectuales como Carrión, Cueva, Adoum y Donoso y sus teorías de la nación, su falso mestizaje, su destino y su grandeza, me pregunto si no será cierto eso que creía Jean Jacques Rousseau, que la cultura y las artes, aún sin quererlo, aún con las mejores intenciones, pueden llegar a poner «guirnaldas de flores en las cadenas de hierro» sobre los hombres, sobre todos los hombres, sean de donde fueren, que «así aprenden a amar su esclavitud».




1. Simón Bolívar, Escritos políticos, Editorial Orbis, Barcelona, 1985, p. 91.


2. Obra citada, p. 99.


3. Francisco de Miranda, Diarios de Viaje y Escritos Políticos, Ed. Nacional, Madrid, 1977, pp. 364 y 369.


4. Citado desde Antología, edición de Giuseppe Bellini, Castalia, Madrid, 2009, p. 117.


5. Martí, José, Obra citada, pp. 12, 13 y 24.


6. Fernández Retamar, Roberto, Para el perfil definitivo del hombre, editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981, pp.  295-296.


7. Óscar Arias, ‘Que cada palo aguante su vela’, en El País, edición de 27 de febrero de 2010, Madrid, página 33.


8. ‘Los estudios culturales británicos y la trampa de la identidad’, en Estudios culturales y comunicación, Barcelona, Paidós, 1998,  p. 65.


9. Agustín Cueva partió de la consideración de que «la cultura de este país no es firmemente mestiza en cuanto no ha logrado  un verdadero y sólido sincretismo». Las dos citas de Cueva están tomadas de Teoría de la cultura nacional, pp. 302 y 307, selección de Fernando Tinajero, Corporación Editora Nacional, Quito, 1986.


10. Iván Carvajal, ‘¿Volver a tener patria?’, en el volumen colectivo La cuadratura del círculo. Cuatro ensayos sobre la cultura ecuatoriana, Corporación Cultural Orogenia, Quito, 2006, p. 261. En el mencionado artículo, Carvajal anota, con toda pertinencia: «La responsabilidad crítica del intelectual, el examen descarnado de los ídolos (para remontarnos a Bacon) o de las ideologías (para recordar a Marx y Engels), hubiese demandado de Adoum y Donoso Pareja la puesta en cuestión de los conceptos-imágenes centrales de su discurso: nación, identidad nacional, el Ecuatoriano, el personaje «Ecuador» o «el país».


11. «El mestizaje y la (con)fusión de la nación: una (pos)lectura de Mama Pacha de Jorge Icaza», en Guaraguao. Revista de cultura latinoamericana,  Nº  31-32, Cecal,  Barcelona,  p. 115.




Mario Campaña. Nació en Guayaquil en 1959. Reside en España desde 1992, aunque ha vivido también en Francia, Reino Unido, Estados Unidos y México. Es poeta, narrador y ensayista. Ha escrito cinco libros de poesía, tres de ellos publicados en España bajo el sello editorial Candaya. En 2018 su Poesía Reunida 1988-2018 fue publicada por Festina Lente. Ha preparado varias antologías de poesía hispanoamericana contemporánea, entre las que se puede destacar Casa de Luciérnagas. Antología de poetas hispanoamericanas de hoy (Barcelona, Bruguera, 2007). Durante varios años dirigió la revista Guaraguao, función que ha reemprendido este 2022. Entre otros libros de ensayos, escribió Francisco de Quevedo, el hechizo del mundo (Barcelona Omega, 2003); Baudelaire. Juego sin triunfos (Debate, 2006); Linaje de malditos. De Sade a Jim Morrison (Debate, 2014); Una sociedad de señores. Dominación moral y democracia (Jus, 2017). Tradujo Pour un tombeau d’Anatole (Bassarai, 2005) de Stéphane Mallarmé. En 2017 obtuvo el Premio Municipal de Poesía Jorge Carrera Andrade.