El androgino como simbolo fundamental de la Tradicion

Ensayo

El andrógino como símbolo fundamental de la Tradición

Sebastián Zambrano Figueroa

Número revista:

8

Tema dossier

Es el Alma de la Escritura lo que constituye la parte esencial y fundamental, ¡ay de aquellos que se hacen culpables pretendiendo que la Escritura no es más que una simple narración!

El Zohar


La vida es una cadena de experiencias, y la síntesis de sus diversas acciones constituye la realización espiritual

Serge Raynaud de la Ferriere


A la memoria de Víctor Madrid



La figura del andrógino, en tanto depositaria (predilecta) del Símbolo, constituye piedra angular del potencial epistemológico de la humanidad y del ejercicio de sus facultades materiales, psicológicas y metafísicas. Ha sido fundamento imprescindible de los modos por los que los seres de todas las épocas le confieren un sentido real, eficaz y trascendente al mundo y aquello que lo compone. Así, la mayor parte de sus atributos ha sido ineludible para intuir, analizar, ubicar, ejemplificar, aclarar, recuperar y entonar los más bellos y reveladores itinerarios por los que se ha desplazado, vibrante e inagotable, la gnosis y el pensamiento sagrado universal.


De manera general, el uso técnico con que se han empleado estos atributos ha permitido representar principalmente dos situaciones ontológicas cuyos sentidos específicos, aunque distintos, responden a las mismas comprensiones y a una misma lógica explicativa de carácter primordial. Ambas son claves para el conocimiento y para cualquier estudio serio sobre la evolución de las ideas. La primera puede testimoniarse claramente en El banquete de Platón. En este caso, Aristófanes se vale del andrógino para ilustrar un estado semiprimigenio del SER (en potentia), donde los principios aún yacen cuasi indiferenciados y sin conciencia de sí, revoloteando, puros, en el vértigo de una eternidad próxima a convertirse en tiempo, en instante, en universo manifestado.


Para mostrar la segunda situación y, por lo mismo, con otra intencionalidad pedagógica, aunque tributaria de la misma fuente de la que se nutre Platón, aparecen los emblemas del Atalanta Fugiens del maestro alemán Michael Maier, en los que los elementos constituyentes simbolizan el aspecto, y al mismo tiempo el resultado, de una operación tradicional que se prepara en la historia concreta. En un intento por sortear el fatum al que lo ha condenado la caída, esta operación se apuntala a través de un voto deliberado de «retorno», alentado por la melancholia y conducido por una fe filosófica y una voluntad individual, cuyo éxito depende de la gracia divina. Es la fórmula por la que el alquimista propugna la religación de esos mismos principios referidos en Platón y es gracias a su concurso y por su intermedio que se cumplen los misterios inherentes a la condición doble (o andrógina) de la naturaleza (como res extensa) y, por lo tanto, de su propio Ser para su inminente reintegración en el TODO.


Lo que separa cualitativamente a ambas situaciones es el hecho de que, entre la una y la otra, un SER ha logrado evadirse del vacío y de la nada; ha irrumpido en el espacio-tiempo; ha transitado por los meandros de la conciencia; ha trabajado incansablemente en pos de su perfeccionamiento y su individualidad; ha entendido el carácter de sus polaridades y de aquello que le constituye; ha burlado la paradoja del tiempo y la contingencia; ha descifrado el verdadero sentido de lo que es el bien y de lo que es el mal y de lo que es causa y lo que es efecto; se ha sometido a la balanza de la justicia; y ha direccionado su impulso para infiltrarse en las inmediaciones de su morada esencial, a punto de disolverse en el Absoluto. Se trata, insistamos nuevamente, de dos instancias muy concretas en el ámbito de un peregrinaje que se efectúa sobre una vía regia o sobre un sendero de iniciación espiritual, y donde una comprehensión completa de esa dualidad (ánimus-ánima) termina siendo condición sine qua non.


Entonces, siempre que sea necesaria una reflexión profunda (o una anamnesis —recuerdo de la eternidad—) sobre el origen y las implicancias de esa dualidad del Ser, ya sea, como se ha comentado, para evocar un momento de premanifestación (Platón) o para ensayar una metáfora de lo que se ha conquistado, como síntesis, a través de la obra alquímica (Maier), símbolos que los enuncian con claridad y pertinencia, han constituido, naturalmente, recursos habituales y casi inevitables de la Tradición, tanto para fijar unas coordenadas epistémicas particulares, como para preservar su herencia sapiencial y asegurar la transferencia —atemporal— de sus tesoros más preciados. En otras palabras, las imágenes y los elementos a los que remite el andrógino, como símbolo, es decir, aquellos que señalan dos fuerzas-principios en tensión-equilibrio, están presentes y pueden ser rastreados no solamente en el testamento espiritual de la Antigua Grecia o del Renacimiento alemán (en su riquísima vertiente hermética), sino en los textos, los relatos, los rituales y las expresiones más elevadas del anthropos y de los Saberes que han reunido y confiado en el tiempo.

En Yoga, estas dos fuerzas-principios se revelan con diferentes matices, según los distintos  planos, aunque siempre concebidas en el marco de un sistema cuya base es la vigencia cosmogónica de una realidad que emana y evoluciona en siete chackras. Por ejemplo, es a lo largo del cuerpo y en torno a siete centros nervo fluídicos, o chakras, que interactúan los tres nadis (o ‘canales’, en sánscrito) principales, los mismos que funcionan como vehículos del prana (o energía vital) y posibilitan el despertamiento y la iluminación de esos centros. Se trata de sushumna, o arteria central, ida, o arteria izquierda (asociada con lo lunar y lo femenino), y pingala, o arteria derecha (asociada con lo solar y lo masculino). Es por medio de diferentes técnicas de abstinencia (yama), respiración (pranayama), posturas (asana), vocalización (mantram), meditación (dharana), entre muchas otras, que el asceta procura entrar en contacto con esas fuerzas-principios (que residen en él y en todas las cosas) para animarlos, penetrarlos y dominarlos.


En la práctica, el yogui es consciente de que, por ejemplo, ida, pingala y sushumna convergerán sublimadas, incluso desde un ámbito estrictamente fisiológico, alrededor del sexto chakra, ajna (identificado con la glándula pituitaria o tercer ojo-entrecejo y en algunas tradiciones conocido curiosamente como «centro de crucifixión»). Realizar ajna implica haber alcanzado un estado físico-mental-espiritual, donde prima la «visión», el «sexto sentido», la clarividencia, y por el que se ha permitido una comunicación activa y real entre el prana proveniente del canal lunar —ida— con aquel que ha sido conducido a través del canal solar —pingala—. En efecto, el yogui verdadero experimentará -en carne propia- ambos fuerzas-principios para armonizarlos plenamente en el sexto. Abrir esa puerta supone, para él, el haber confeccionado un alma andrógina (un cuerpo astral) ad portas de la liberación, el poder creador y la Luz que subyacen, como una promesa, en el asalto final de Sahasrara, el séptimo chakra.


Constructos análogos pueden evidenciarse en la manera en la que se ha venido transmitiendo, prístino, uno de los pilares doctrinales más importantes de la Tradición hebráica, en lo que a su dimensión místico-esotérica se refiere: la Kabbalah. En el  reverenciado Árbol Sefirótico, el kabalista distingue diez sefirot, o emanaciones, que, entre otras cosas, representan diferentes estados de manifestación-ascensión del Ser–No Ser (ain soph). Se encuentran dispuestos en siete niveles (como los chakras), con Malkuth (el reino) en la sección inferior del Emblema Sagrado, y Kether (la corona) presidiendo su cúspide. Entre Malcuth y Kether se tiende una columna central, una columna que se emplaza sobre un flanco izquierdo (llamada Columna del Rigor) y otra que recorre un flanco derecho (llamada Columna de la misericordia o de la clemencia). La Shekinah, o sustancia sutil-influjo divino, tal y como el prana en la enseñanza pan hinduista, inunda esas vías, conciliándolas a la altura de Tiphereth (el sexto zéfiro, denominado la belleza) y Kether (la corona), en un paralelismo que recuerda inmediatamente las posibilidades y las trayectorias iniciáticas trazadas, como se describió previamente, por el Yoga y que, otra vez, aluden planos determinados, donde los seres se vuelven completos, sintéticos y dueños de los principios opuestos que los configuran.


Por su parte, sobre la mesa del alquimista reposan, en peso y medida, el mercurio (principio femenino), la sal (principio neutro) y el azufre (principio masculino). Apela a ellos para transmutar el plomo en oro (en un movimiento equivalente a pasar de Muladhara a Sahasrara o de Malkuth a Kether) y obtener, así, la anhelada Piedra Filosofal. De acuerdo a algunas fuentes que incluyen a Jacob Boehme, uno de los místicos más importantes del renacimiento europeo, la Piedra Filosofal se identifica precisamente con «Rebis, el “ser noble” (literalmente “dos cosas”) o el andrógino hermético, quien nace a consecuencia de la unión del sol y de la luna o, en términos alquímicos, de la unión entre el azufre y el mercurio» (Eliade, 1965). Es el matrimonio sagrado sobre el que Johannes Valentinus Andreae, el célebre Christian Rosenkreuz, compone sus «bodas alquímicas», un tratado minucioso en torno a las circunstancias en que se produce el contrato luminoso entre el Rey y la Reina, justamente en un ritual que comprende siete días.


Con todo estas relaciones en mente, en China, Fohi, a quien se le atribuye el I Ching, es decir, la ciencia de los KOUAS (combinaciones de YIN [Ida] y YANG [Pingala]) que animan e insuflan cada aspecto del universo, suele estar representado por dos hermanos (un hombre y una mujer), entrelazados, compartiendo un solo cuerpo, que se miran directamente a los ojos y que sostienen una escuadra (en alusión directa al cuadrado o a aquello que se manifiesta en cuatro como los elementos que constituyen la materia) y un compás (en alusión al círculo o a todo aquello que está más allá de los cuatro elementos, es decir el éter, el alma, el espíritu), respectivamente. Como se aprecia, las analogías y correspondencias surgen de forma bastante orgánica entre todos estos postulados teológicos, lo que facilita su exégesis y allana el camino para vivirlos como experiencia atingente.


Por supuesto, imágenes y regímenes similares impregnan también los aparatos simbólicos sobre los que se despliega la astrología, el sufismo, el zoroastrismo, la francmasonería, la sabiduría de civilizaciones como la del Alto Egipto, Persia, América, Polinesia, los Esenios y, en general, casi toda tentativa de actualizar, bajo cualquier forma, pero sobre todo por medio del arte, los recursos por los que la Tradición se vuelve patente, siempre en sobrevuelo, por encima de cualquier cronología y a prueba de cualquier dogma. El tratamiento teleológico en torno a los siete planetas de la astrología tradicional; la idea de Fatima-Creador en el Islam esotérico; las relaciones entre Ahura Mazda y Ahriman en el zoroastrismo; los rituales de iniciación entre las sociedades secretas fieles al ideal de la francmasonería (donde de nuevo el compás y la escuadra ocupan un lugar clave); las lamentaciones de Isis, añorando a Osiris, y los contenidos de la Tabla Esmeralda, en Egipto; la iconografía de Wiracocha, creador del cielo y de la tierra, según la tradición de las más grandes civilizaciones de América; y pasajes específicos en la obra de artistas como Balzac, Goethe, Wagner, Ravel, Durero, o del místico sueco Emmanuel Swedenborg, son solamente algunas aunque inequívocas confirmaciones de las maneras en que se imprime y prevalece la Instrucción Suprema.


En tanto tradicional e iniciática, una indicación sobre la coincidentia oppositorum, o de la integración de los opuestos, será parte de un programa de estudios mucho más amplio, que interpela directamente al individuo. Abarcará una realización en torno a todo aquello que puede concebirse en dos: manifestado-no manifestado, consciente-inconsciente, materia-espíritu, denso-sutil, solve-coagula, razón-intuición, ciencia-religión, occidente-oriente. Su ponderación supone que el aspirante vislumbre y se ponga a la altura ética de su virtus, y de poderes que pueden ser útiles para su vida, en presente. Muchos han ostentado y ejercido estos poderes de forma factual, explícita y con propósito. Se pueden constatar estas aspiraciones tanto en el legado de Hatshepsut, quien actuó bajo la divisa de Reina-Faraón durante la dinastía XVIII de Egipto, como en el trabajo de Jorge Elías Adoum, autor libanés radicado en Ecuador, y padre del escritor Jorge Enrique Adoum, quien firmó más de 40 volúmenes sobre ciencias ocultas y masonería, bajo el pseudónimo de Mago JEFA. Empero, la experiencia espiritual ha sido muchas veces secuestrada por el imperio de la razón o deformada por el megalómano, motivado por su soberbia profana o por su interés personal.


La Luz se encuentra deliberadamente oculta. Quienes acceden a ella se enfrentan al dilema de emplearla para deslumbrar o para esclarecer. Su acción puede servir para perpetuar la esclavitud de las almas o para propugnar su liberación. Su uso puede engrandecerlos a ellos a costa de todo lo que los rodea, o elevarlos, siendo parte del UNO. Todo dependerá de su pureza, de su intención, de su sabiduría, de su coraje y de su voluntad.


Las recompensas del yogui verdadero, del kabalista devoto, del alquimista abnegado, del hermeneuta prudente y del artista comprometido que, como parte de su misión, han descifrado los secretos del andrógino hermético, siempre se orientarán en razón de causas mayores. Su finalidad última: la salvación de sus hermanas y hermanos.



Referencia

Eliade, M. (1965). Mefistófeles y el Andrógino. Editorial Kairos.


Sebastián Zambrano Figueroa nació en Quito, de madre chilena y padre ecuatoriano, hace 40 años. Es economista y cuenta con un Magister en Desarrollo y Planificación Urbana. Considera al Arte como la vía más liberadora, digna, existencial, pura y transformadora. Venera la obra de Walser, Yourcenar, Satie, Tarkovski, Corbin, Villon, Van Gogh,Turner y de todo aquel que ha sabido ofrecer su vida, sin demasiadas pretensiones, a los otros.