El encierro de Borges

Ensayo

El encierro de Borges

Abdón Ubidia

Número revista:

5

Tema dossier

Cuando leí el hermoso ensayo de Daniela Alcívar Bellolio sobre Borges ─publicado en Elipsis─, pensé que podría unir el tema del encierro y la extraña experiencia vital y literaria del célebre escritor, si acaso, la una y la otra, no son lo mismo.


No se me ocurre una metáfora mayor para mostrar un Encierro existencial, que la vida de un hombre, deliberadamente cercado por los libros, obligado a la sabiduría y a la erudición por razones que me propongo aclarar.


En principio, quiero recordar algunas presunciones que he dicho y escrito varias veces; algo olvidadas, quizá con justicia. La primera, que la literatura borgeana es única, distinta de toda la que le precede porque, a diferencia de todos los escritores que en el mundo han sido, su poética no proviene “de la vida”, como ocurre con la de todos ellos –y no en vano los formalistas rusos, la definían como “la ciencia de la vida”–, sino de los libros. Quiero decir: que no nos remite al mundo sino a la escritura, no a la experiencia vital sino a los textos; o sea que juega con signos que no provienen, de modo directo, del mundo, sino de otros signos. Así, Borges se diferencia de sus congéneres —llámense Tolstoi, Proust, Hemingway— cuando forja, con una infinita paciencia, una literatura de la literatura. Además, una literatura de la filosofía.


Frágil, frugal, ascético, abstemio, interpuso entre su cuerpo y la vida vivida —que decía Malaparte—, una muralla de libros, saberes y escritos que le protegieron de las lujurias del mundo y sus tentaciones, y lo aislaron de él.


El famoso verso del Poema de los dones: Yo que me figuraba el Paraíso / bajo la especie de una biblioteca, delata, de un modo dichoso, lo que también fue su tristeza, condena, prisión, su encierro necesario.


Nosotros, los simples mortales, acostumbrados al Borges público y notorio, estrella de todas las celebraciones literarias, los auditorios repletos, los honoris causa, los exaltados homenajes que le dedicaban los mayores escritores y filósofos de la época, Umberto Eco o Michel Foucault, entre tantos, hemos olvidado casi al retraído escritor de los cenáculos cerrados de Buenos Aires, que no logró hablar en público, hasta cuando cumplió los cincuenta años, y después del auxilio del psicoanálisis.


Pero ese fue el otro Borges, el de carne y hueso, el habitante solitario de una ciudadela eterna y fría, una fortaleza perfecta, esplendorosa, hecha de la sabiduría universal, que edificó para sí mismo, y de la cual fue su rey y único prisionero.


Una ciudadela única. En el Encuentro Borges y yo (Buenos Aires, 1999), organizado por María Kodama y Horacio Salas, tuve el honor de compartir una mesa —y no me lo podía creer—, con escritores a quienes había admirado desde mi adolescencia tzántzica: Noé Jitrik y Abelardo Castillo. En dicho Encuentro, arriesgué mis tesis acerca de la singularidad extrema de la obra borgeana: la condición de ser una literatura de la literatura, claro, pero, además, lo que, por fuerza, venía con ella y que puede verse, con mayor nitidez, en su narrativa.


Quizá lo que más sorprende es su carácter no ético. Así, con todas sus letras. Sus historias no defienden ningún Bien, ni condenan ningún Mal. No existe la tensión entre ética y estética. No conllevan un mensaje moral que las sostenga –la osadía, los códigos de honor de los orilleros son motivos literarios–. Sus personajes no tienen conflictos internos: actúan lo que piensan. Son unívocos. No son héroes problemáticos, como definieron Lucaks y Goldman a los protagonistas del relato moderno. Las neurosis del Rastignac de Balzac, del Raskolnikov de Dostoievski, de la Madame Bovary de Flaubert, del Quentin de Faulkner, el Oliveira de Cortázar, desgarrados por conflictos íntimos, les son ajenas. Los personajes de Borges no dudan, cumplen con rigor el destino que les asigna el Narrador: ser la encarnación de sus ideas. Y aquí nos espera otra sorpresa. Ese Narrador también es único. Sea omnisciente o hable en primera persona y, a veces, como en El Aleph, se llame Borges, impone al lector, un piso de verosimilitud en el que triunfa el idealismo más subjetivo de Zenón, Platón, Schopenhauer y, sobre todo, del obispo Berkeley. La realidad material no existe. Todo es idea. Lo comprueba el protagonista de Las ruinas circulares. Ese mago que creía haber soñado a un hombre, su hijo inventado, y lo encarna y lo pone a vivir, real, concreto, en el mundo, comprueba, hacia el final del cuento, que también es inmaterial, que él también ha sido soñado por otro.


Pero esa literatura única exigía, por cierto, un estilo obviamente único. Más allá de los ecos que podamos encontrar de Marcel Shwob o de Quevedo, la escritura de Borges está edificada con la voluntad de ser distinta y con precisas reglas que no se deben violar. Como su creador, es austera, nada sensual, nada erótica ni sexual. Con la excepción juguetona de Ulrika —uno de sus últimos cuentos—, no hay en ella descripciones de un cuerpo apetecido, de un deseo carnal, aunque fuere reprimido, menos aún de una cópula, rara aversión que comparte con Kafka, según puede leerse en los diarios del checo.


A estas características, debemos juntar otras, también únicas, como su impecable estilo, trabajado acaso con un cuidado extremo, excesivo a ratos, como el de un orfebre. El uso de frases rotundas que se repiten, como leitmotivs, a lo largo de su obra, plenas de sentidos, giros inesperados,  adjetivos asombrosos, metáforas y metonimias borgeanas, siempre intempestivas: Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche; Entre emanaciones de brusca sangre; Vivía en el resentimiento y la insipidez de la decencia pobre; Le cruzaba el rostro una cicatriz rencorosa; El Tigre, esa aciaga joya; La noche cargada de leones; La muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo y seguiría sucediendo sin fin; Hay quien busca el amor de una mujer para olvidarse de ella.


Que muchos autores buscan la perfección –palabra de la que recelaba Borges, pero que nosotros entendemos como la voluntad de encontrar la forma óptima en una pieza de arte– lo sabemos. Que pocos la logran, también. Al menos, en las obras extensas, siempre podremos encontrar páginas mediocres en escritores célebres. En Borges, no. Hubo un momento de su formación en el cual “decidió” que así fuera. Y nos dejó pruebas: mejor, las ocultó. Son hasta tiernos los esfuerzos que hizo para desaparecer, literalmente, sus tres primeros libros: El idioma de los argentinos, Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza. Cuando comenzaron los reconocimientos, y su obra empezaba a llegar a las grandes bibliotecas, nuestro genio se dio el trabajo de pedir, a veces con pretextos ingenuos, a sus colegas bibliotecarios que, contradiciendo conocidas normas del oficio, le reenviaran tales libros, por suerte, publicados en ediciones pequeñas. Quizá debió pasarle por la cabeza, al creador de tantos cuchilleros, asesinos y traidores, el crimen que estaba cometiendo: borrar de la faz de la tierra esos tres títulos, para él, ilegítimos.


Cuando María Kodama, ya viuda, decidió contrariar la voluntad de su excelso difunto y darlos a conocer al mundo, me apresuré a leerlos.


Un amigo me hizo la pregunta inevitable: ¿Y qué te parecieron? Le respondí con una broma presuntamente borgeana: ─Encontré a un jovencito, pedante e inseguro, empecinado en plagiar mal el estilo de Borges ─le dije. Al cabo de los años, creo que, entonces, no exageré.


El gesto de suprimir, de modo tan drástico, esos tres libros iniciales, nos muestra la clara conciencia que, tempranamente, nuestro autor tuvo de la formidable empresa que debía acometer para entregarnos, por una parte, una obra única y, por otra, la espléndida morada en la que habría de vivir, solitario, alejado del mundanal ruido —lo decía Fray Luis de León— como los pocos sabios que en el mundo han sido. Palacio de mármol, templo de oro, ciudadela exclusiva, fortaleza elegida, esa morada que habría de preservarlo a lo largo de los siglos, fue, mientras vivió, también una prisión. Y no es casual que el motivo de muchas de sus invenciones recrearan el tema del encierro o, lo que da igual, del prisionero: La escritura del dios, El zahir, Deutches Réquiem, La casa de Asterión, Funes el memorioso.


Otra característica, exclusiva de muchos de sus cuentos, es su apariencia de ser ensayos o informes, colmados de citas eruditas de libros y autores, algunas veces desconocidos e, incluso, inventados. Con paréntesis y hasta llamadas de pie de página, tienen el deliberado propósito de mostrar su naturaleza especial, diferente de las ficciones a las que estamos acostumbrados. No debemos dudar. Estamos ante otra literatura. O, como suelen decir los críticos de las obras muy originales: una literatura otra.


Algunos de ellos piensan que ese afán de exclusividad, solo fue la consecuencia del destino de escritor que le impusieron sus padres: el abogado, traductor y maestro de sicología Guillermo Borges, quien quiso ser un literato y hasta llegó a publicar un par de libros y, por cierto, doña Leonor Acevedo, amante de las artes y las letras.


Una manera de decir que el hijo cumplió bien los deberes encomendados. O, borgeanamente hablando, que fue el sueño cumplido de otro.


Acertada o no, esa sospecha no alcanza a explicar la ascesis de su vida, el rechazo a todo hedonismo, su encierro existencial.


Quizá debamos apelar a una idea sartreana para explicarnos mejor: si la existencia no tiene otro sentido que el que uno mismo le dé, hemos de aceptar que la voluntad de encontrarle un sentido conlleva una elección radical: el compromiso de elegir hasta los últimos resquicios de una existencia para afirmarla, cabal, firme, inequívoca, en el mundo.


En sus formidables estudios sobre Baudelaire, Genet (San Genet) o Flaubert (El idiota de la familia), Sartre no nos deja dudas: contenido y forma; ser y aparecer ─gracias a su visión fenomenológica, heredada de Husserl─, son lo mismo. Diríamos que, en Borges, también, vida y obra son lo mismo.


La pereza hedonista de Baudelaire (en toda su vida solo escribió 150 poemas), la opción por el Mal de Genet, el obsesivo perfeccionismo de Flaubert (la palabra justa) no fueron solamente productos de una decisión intelectual. Todo lo contrario. Fueron, por la gracia de una trasmutación desesperada, la secuela de un suceso atroz que los marcó al final de sus infancias, el rayo que partió sus vidas. Así, las flagrantes elecciones existenciales a las cuales se vieron abocados, tuvieron el propósito de reconstruir su ser, devolverlo a su unidad perdida, después de la catástrofe individual que lo había pulverizado cuando niños.


En cada caso, se trató de una agresión brutal de la vida contra la vida para afirmar la vida. De otra manera, claro está.


La pregunta viene sola: ¿En qué momento se quebró la vida de Borges?

Las biografías más conocidas: Borges de Horacio Salas; Borges. Esplendor y derrota de María Esther Vázquez  ─tan odiada por María Kodama─; Los dos Borges, de Volodia Telteinboim, lo cuentan con detalle. Pero ninguna más sincera y vívida que Borges a trasluz, de Estela Canto, escrita años antes de las que he mencionado.


A la sazón, joven intelectual porteña, autora ya de cuentos y novelas premiadas, bella, comunista, con varios idiomas, Estela Canto fue, como tantas, otra de las novias perdidas de Borges. Como tantas, terminó rechazándolo, cuando comprobó que su admiración por él no llegaba a ser amor, o al menos deseo.


Yo que tantos hombres he sido / no he sido nunca aquel en cuyos brazos desfallecía de amor Matilde Ulbrach, escribió nuestro autor, en el gran tono de lamento íntimo que solo se permitía en los poemas, pues su prosa no admitiría nunca ningún sentimentalismo, y estos versos parecen resumir sus eternos amores contrariados. Pero con Estela sí: hubo abrazos, besos y arrumacos. Y una implorante petición de matrimonio que ella, un poco a la ligera, casi acepta, pero con la condición de que antes, mujer liberada al fin, tuviesen una relación sexual probatoria.


La contra propuesta de Borges debió provocarle una risueña sonrisa. Sí, se acostaría con ella, pero luego de que conversaran con el doctor Cohen-Miller, el psicoanalista cuyo tratamiento le había permitido hablar en público.


Así, Estela conoció al célebre doctor y, gracias a él, se enteró del gran secreto y la gran vergüenza que Georgie ─como le llamaban en familia─ había guardado en su corazón durante casi medio siglo.


Ocurrió en Ginebra, cuando tenía 18 ó 19 años y su padre le preguntó, de pronto, si ya había estado con alguna mujer. El chico que, al parecer, solo se interesaba en los libros y hasta tartamudeaba de la pura timidez, dijo que no. Don Guillermo Borges, todo un porteño muy culto y mundano, pero imbuido de los más caros valores del machismo y la educación cuasi militar de los argentinos de entonces, se escandalizó. Quizá el fantasma de una posible homosexualidad de su hijo le cruzó la mente. No podía ser. Aquel retraso sexual había que remediarlo de inmediato. Llevó al adolescente virginal a donde una dama conocida suya, acaso prostituta, para que lo iniciara bien con sus evidentes experticias. Georgie pensó ─según Estela─ que su padre se acostaba con ella. Y pasó lo peor. Georgie quedó mal. Muy mal. No cumplió con la orden paterna. No hizo nada de lo que se esperaba de un porteño viril. Lloró ─según Esther Vázquez─ durante tres días. Él, quien escribirá luego: Desdichado el que llora, porque ya tiene la costumbre miserable del llanto. Entonces empezaron las preocupaciones familiares, los reconstituyentes y medicinas –hasta para el hígado– para que reaccionara y se normalizara.


En el encuentro de Estela con el doctor Cohen-Miller, quien había asumido, como un deber cívico, la salvación del escritor que tanto admiraba, dejó en claro algo que Estela ya sabía: Georgie no era impotente. El problema era el deseo. Porque, a partir del triste suceso de Ginebra, había desarrollado un miedo y un rechazo a la cópula que le impedían consumarla. El símil que asomaba en algunos textos: El Espejo y la cópula son abominables porque multiplican el mundo, tenía su razón de ser.


El doctor, muy seguro de su ciencia, creía que, en cuanto se casara con ella y el sexo se volviera cotidiano, todo se resolvería. “Tendrá un hombre para muchos años”, le dijo. Y añadió: “Piense en la patria, piense en la literatura argentina”.


Pero, como dice la canción, el destino dijo no. El sabio psicoanalista, cruzado de la cultura universal, patriota a tiempo completo, lector convencido de la grandeza de su paciente, no tomó en cuenta, en su entusiasmo, dos factores importantes: la falta de pasión de Estela por Georgie y, sobre todo, la presencia avasallante de doña Leonor Acevedo de Borges.


Aquí estamos hablando los dos, escribió Borges a su madre, en la dedicatoria de sus profusas obras completas.


Y es profunda y verdadera su declaración. Doña Leonor fue la mujer más importante de su vida. Nunca se permitió contrariarla. Fue el hijo perfecto. Dócil, sumiso, se sometió a su vigilancia implacable. Otra novia escritora, María Esther Vázquez, en Borges. Esplendor y derrota, un libro cargado de anécdotas muy curiosas y en las cuales nunca falta el humor refinado, la retrata como los ojos y las manos de su hijo. Menuda, aristocrática, delicada, muy culta, elegante, a pesar de la pobreza real en que vivían, aprobó o censuró, desde una mirada de alta clase, las amistades y amoríos de Georgie. Aún más, lo controló hasta en horarios y actividades. Él siempre la informaba, de modo puntual, cada paso dado. De modo que el matrimonio con Estela Canto, a quien Bioy Casares llamaba “chusma”, no podía tener su aprobación.


Pero dejemos ya dolores y traumas, demasiado humanos, como diría Nietzsche, y volvamos a la alta fortaleza de símbolos y esplendores verbales que, curiosamente, dada su abigarrada sabiduría y tropos insólitos, cobra la forma de un laberinto en el cual su señor y prisionero, nunca se va a perder, porque lo conoce a la perfección y, porque como el minotauro Asterión, nunca quiere salir de él.


Tiene tres puertas que conducen a galerías distintas pero paralelas y convenientemente comunicadas: a) La poesía, b) El cuento y c) El ensayo. En otro momento deberemos enunciar identidades y diferencias. Por lo pronto, diremos que son tres tonalidades distintas de la misma voz las que resuenan en ellas. La del poeta que se permite la queja, el espanto, el canto y el clamor (Poema de los dones, Los espejos, La luna, Religio Medici, etc.); la del cuentista que arma artefactos perfectos, y narra sus fantasías más estrambóticas, con la serenidad y el aplomo de quien, supuestamente, las ha vivido, como ocurre en El Aleph, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius o en El otro. Y la del ensayista admonitorio que habla siempre desde una posición de poder, sea para ponderar o alabar, interpretar a su manera, o zaherir textos y autores en los que siempre encontrará motivos para la paradoja, el análisis deslumbrante, sobre todo, en los temas metafísicos como La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga, El idioma analítico de John Wilkins o Nueva refutación del tiempo, y decenas más; o la exaltación reverencial a los suyos: Shakespeare, Cervantes, Quevedo, Stevenson, Kafka, Chesterton, Coleridge; o la condescendencia respetuosa para con sus amigos: Lugones, Cansinos Assens, Bioy Casares, Alfonso Reyes; o, en ciertas reseñas, hasta la permisión del escarnio.


En mi tomo de Emecé, al final de Tres versiones de Judas, cuando joven, bajo el Imperio de la conmoción estética más sincera, he anotado: Un monumento, una catedral. Borges puro. La erudición al servicio de una alta tesis, el apretado discurso al servicio agobiante de un sujeto metafísico al fin atrapado.


Al término de estas notas sobre un Encierro literario, entre tantos vacíos, solo me queda defender el uso que hago de términos que hoy asoman deslucidos como perfección (el mayor logro artístico posible); genio (categoría desprestigiada por una mala lectura de un texto de Benjamin que nos impide disponer de un rubro para incluir a Beethoven, Shakespeare, Cervantes, Leonardo, o Borges); conmoción (tan bien explicada por Adorno) y, desde luego, originalidad, esa obligación imperiosa y abusada por todo el arte moderno.