El limite como condicion humana

Ensayo

El límite como condición humana

Daniela Zurita

Número revista:

9

Tema dossier

Las niñas (2016) puede leerse como una novela o como un libro de relatos; es decir, puede ser o no ser una novela. Su autor, Adolfo Macías Huerta (1960), no define el género de esta obra, sino que confía en que el lector lo podrá hacer por sí solo después de haber recolectado pieza a pieza los argumentos para decidir qué es lo que finalmente absorbió.


A lo largo de los cinco relatos que conforman el libro, los entrelazamientos, algunos evidentes y otros muy sutiles, van colmando la lectura de migajas de historias dentro de otras historias. Poco a poco nos vamos dando cuenta de que todos los relatos se contaminan y construyen entre sí. Para la mente lectora constituye una especie de juego de asociaciones, como sacar las fichas de un rompecabezas al que no pertenecen para llevarlas a otros conjuntos donde estaban faltando, y cada conjunto forma parte de una pieza universal.


En Las niñas, los personajes habitan sus propios escenarios y narran sus historias, pero también transitan y forman parte de las historias de otros, afectándolos y afectándonos. Por ejemplo, a pesar de que el ingeniero Lema tiene su propio relato, aparece como figura y escenario en las dos primeras historias.


En el viaje del fotógrafo David a Montañita, Lema surge como una posibilidad, pero luego no llega a ser nada más que una ausencia: “Entonces recordé que, en aquella vía, antes de llegar a Quevedo había un pequeño paradero de autos junto al cual vivía el ingeniero Lema, un expedicionario de los Llanganates al que quise hacerle una entrevista años atrás. Ahora se presentaba la oportunidad de completar mi tarea” (Macías, 2016, p. 33). La imagen de Lema también se cuela en el viaje que la enfermera Nelly Hurtado hace a su pueblo natal después de haber cometido un par de acciones reprobables en el hospicio de ancianos en el que trabajaba: “Mientras esperaba el desayuno en el comedor, vi unas fotos en las paredes, donde el propietario había colgado recuerdos de sus expediciones a los páramos de los Llanganates. Un hombre alto, moreno con una pistola y chamorros, y varios indios, frente a un muro blando en una casa de hacienda” (Macías, 2016, p.104). Estas fotografías afectan a Nelly de tal manera que termina confesándonos y confesándose a sí misma la sensación de vacío y desolación que siempre la ha acompañado.


Los relatos están construidos con un lenguaje sencillo, cercano y familiar. Los escenarios por los cuales transitan los personajes también se sienten próximos. Nos encontramos con paisajes conocidos como la ruta que une la Sierra con la Costa, los fríos pueblos ubicados entre montañas, los barrios de Quito, el páramo de los Llanganates y el pueblo más remoto del mundo perdido en alguno de los bosques nublados y subtropicales de Ecuador. Aunque en una primera instancia estos paisajes apelan a una conciencia local, su descripción vívida instaura atmósferas que pueden ser universalmente habitadas y recreadas. “Nos gustaba visitar los barrios alejados, como Toctiuco y El Tejar, y mirar a las personas habitar sus calles sencillas y sus veredas rotas, con hierbajos y autos de tercera mano” (Macías, 2016, p. 123). Toctiuco y El Tejar podrían ser barrios tradicionales de cualquier urbe latinoamericana.


El autor centra toda la fuerza de la narrativa en develar la psiquis de los personajes, sus mundos internos, sus viajes entre la cordura y la locura, el frágil equilibrio de los límites entre lo normal y lo aberrante. Conforme avanzamos en las historias, vamos descubriendo que el presente de los personajes está determinado por las heridas de la infancia vulnerada, que ha minado su capacidad afectiva en la adultez, condicionando sus formas de relacionarse con los otros y con ellos mismos.


Gradualmente, la esencia de cada personaje se va mostrando mediante los viajes al interior que hacen para manejar las crisis existenciales. Su presente contradictorio y su condición humana se comprenden al conocer su pasado. Esta comprensión termina por confrontar al lector con sus propios límites: sus juicios, su empatía y sus prejuicios.


La primera parte del libro aborda la historia de David, quien desarrolla una obsesión estética por fotografiar a las niñas que viven en su condominio: “Había algo en la desnudez de esas niñas que resultaba perturbador y limitaba con lo desconocido, también algo poético, una inocencia primitiva” (Macías, 2016, p.12). Esta es la primera transgresión que Adolfo nos propone: el fotógrafo no las toca, pero las observa con una mirada estética que captura la desnudez de la infancia, escenas llenas de ambigüedad. El personaje transgrede y no la inocencia. Según sus propios límites, el lector deberá decidir si condenar a David como lo hacen sus vecinos o seguir manteniéndose en el borde antes del juicio.


Algunos tenemos los bordes más maleables, somos más flexibles y nos movemos con mayor comodidad en la ambigüedad, resistimos más antes de llegar al límite de lo inadmisible. Esta postergación del juicio es lo que permite continuar leyendo la historia de David para terminar comprendiendo sus luchas y heridas. Al final del relato, lo descubrimos sencillamente humano: sufriendo en el presente por la partida de un amor: “Ella había sido ese espejo simple en el cual yo podía mirarme, ese único ser que podía mostrarme una parte de mí que era buena y desprendida, capaz de amar y entregar a otro algo que no fuera tóxico” (Macías, 2016, p. 66). Pero David también carga un pasado herido, terriblemente doloroso, que se camufla entre excesos de todo tipo que lo llevan al límite de la cordura, cerca a la muerte, donde comprende su dolor: “… entendí el dolor en que había vivido desde la muerte de mi hermano, cuando me eché al mar para fastidiarlo y fingí que me ahogaba, porque me gustaba sacarlo de casillas, él tan serio y enojado con todo, con papá y mamá, con todo el mundo. Y cuando salí del agua lo dejé dentro y corrí al hostal sin esperarlo. Y se ahogó” (Macías, 2016, p. 69).


Precisamente es un hospital psiquiátrico el escenario donde David y otro personaje, Javier, se encontrarán a sí mismos para recobrar el equilibrio y retornar al lado de la cordura. Este espacio que representa el límite alberga no solo a aquellos que lograrán el retorno, sino a quienes ineludiblemente no volverán jamás. Es el caso del doctor Orejuela, quien dentro del texto no es más que una sombra. “… luego un interno me dijo que se trataba de un doctor de apellido Orejuela. Había ingresado por depresión aguda. La medicina que le propiciaban era extrema. Su mujer había matado a su bebé y luego se había suicidado, dejándole una nota, pero el hombre ya estaba mal desde antes” (Macías, 2016, p. 69).


A pesar de su nula agencia sobre sí mismo y el mundo, Orejuela conecta con David y Javier (segundo relato) conmoviéndolos con su existencia y, así, volviéndolos más humanos. David, a pesar de su autodeclarada incapacidad para empatizar, le regala al enfermo un sombrero perfectamente confeccionado; más que el objeto, le deja esperanza: “Le advertí de cerca, en el oído. ―Es un sombrero que cura el alma y usted no volverá, nunca más, a estar solo, sino unido a ella tan íntimamente como en el más maravilloso de los amores―” (Macías, 2016, p. 71).


En la segunda parte del libro aparece la enfermera Nelly, quien también vive al borde: entre la contención de sus impulsos y la liberación de ellos, entre la ejecución del odio y la compasión por el otro. Es un personaje contradictorio que nos reta constantemente; también pone a prueba nuestros límites en la decisión de si juzgarla o no. Puede envenenar a un perro o sobremedicar a una anciana y, después de unas páginas, defender encarnizadamente a un animal rabioso o sentir un extremo dolor por la agonía de la monja que la cuidó en la infancia. “Sin embargo, había momentos en que hacía cosas inexplicables, como salar el arroz o meter veneno de ratas en la comida del perro, que yo misma no podía entender por qué las hacía” (Macías, 2016, p. 84).


Nelly es la representación exagerada de la contradicción humana. Sus impulsos la llevan a cometer acciones que ella misma reprobará; esta conciencia desata la crisis que la confronta consigo misma: “Era verdad, la verdad es que había estado asustada, tal vez por mucho tiempo, sin siquiera notarlo” (Macías, 2016, p. 112). Este transitar también resalta la infancia vulnerada por la muerte trágica del hermano menor, el maltrato de la madre y el abandono.


En el tercer relato, “Visiones”, Adolfo nos narra otro viaje, uno más sensible y místico, que adquiere forma en una relación pasional. Junto a Javier, el protagonista, atravesamos las etapas de la vinculación amorosa con Oddette, una mujer intrigante, bella, interesante, mayor que él, pero casada. Todo este viaje está condicionado por la subjetividad tremendamente sensible del personaje, quien ha vivido columpiándose en el límite de la locura exacerbada por la experiencia del amor: “Desde mi primera juventud empecé a tener la tendencia a salirme de cuerpo y contactarme con presencias del mundo anímico. Todo comenzó cuando sufrí un revés amoroso con una mujer nueve años mayor que yo…” (Macías, 2016, p. ). Como los otros personajes, Javier también carga una herida de la niñez causada por la ausencia de la madre y la falta de afecto. Este dolor sale a la superficie cuando su relación termina y la crisis desata un episodio psicótico-religioso, otra forma de la locura.


“Visiones” está en la mitad del libro y es el único en el cual la locura y el miedo a ella se hacen presentes de manera evidente: “Pero con el miedo a la locura se abre aquel espacio donde la locura será permitida” (Macías, 2016, p. 127). Esto quizá sucede porque Javier, entre todos los personajes, es el más consciente de su vulnerabilidad frente a los límites de la razón. Cruzó el borde y volvió, pero no dejó atrás la locura, tanto es así que su hija será una extensión de ese estado.


“Una pequeña acordeonista” es el cuarto relato del libro. El escenario, Aguas Verdes, adquiere especial importancia. Al igual que el sanatorio, esta localidad termina convirtiéndose en un espacio donde conviven la cordura, la locura y la muerte, pero sin prejuicios; un espacio donde cruzar el borde está permitido. “La gente venía en un anhelo romántico de llegar al pueblo más remoto del mundo para morir pacíficamente por su propia voluntad” (Macías, 2016, p. 175). En los tres primeros relatos, los protagonistas se acercaban peligrosamente a la muerte, mientras que en Aguas Verdes la muerte ajena se vive todos los días.


Desde la memoria de la hija de la dueña del hostal del pueblo que recibe a los viajantes suicidas. Nos acercamos a los últimos días de almas próximas a desaparecer. Entendemos los métodos y los protocolos de los rituales que los viajantes deciden para sí mismos. “Ignoro cómo pude crecer en este sitio y respirar su dolorosa inercia, su fanatismo de muerte y abandono, sin darme cuenta” (Macías, 2016, p. 184).


En el quinto relato, “El pastor de truenos”, el aura de la muerte rodea al ingeniero y expedicionario Lema desde el inicio. Él ya ha sido descrito en los relatos anteriores; ya lo conocemos y lo hemos juzgado. En esta última parte, se vuelve más difícil no juzgar al personaje, incluso para los más permisivos. El abuso e incesto que Lema ejerce sobre su hija Alejandra se hace evidente.


La empatía que sentimos por David, Nelly o Javier desaparece con Lema. El límite, antes maleable, ahora es un muro alto y sólido. No basta saber las razones de los actos del personaje, no interesan, porque antes de empezar su historia ya lo hemos condenado. Todos tenemos nuestros límites y hay transgresiones que no podemos comprender ni aceptar; al final de cuentas, nosotros también somos humanos que atravesamos nuestra propia crueldad.


Las niñas, novela o no, nos recuerda las contradicciones humanas, los dolores profundos del ser, y nos confronta con nuestros propios límites. ¿Qué estamos dispuestos a aceptar y con quién no estamos dispuestos a empatizar? A la final, esta decisión también implica abrazar nuestra propia humanidad, como dice Javier: “Esto me hace sentir esperanza en la humanidad, creer que todos podemos tener lugar en el mundo, sin importar las individualidades” (Macías, 2016, p. 149).




Referencia

Macías, A. (2016). Las niñas. Seix Barral




Daniela Zurita Herdoíza (Ambato, Ecuador, 1984)

Comunicadora y gestora cultural, especialista en arte, cultura y patrimonio, con experiencia en las áreas de educación artística y gestión de proyectos culturales. Magister en Museología en la Universidad de Lisboa. Actualmente incursiona en el arte sonoro en el Programa de Residencias Artísticas del Centro de Arte Contemporánea de Quito.