Entropia

Ensayo

Entropía

David Barreto

Número revista:

3

Tema libre

a Edith



1


La invitación de Elipsis me ha permitido borronear un puñado de apuntes sobre poesía. Son eso, borradores desordenados de ideas a las que les falta articulación y tiempo, pero espero que pueda mostrar, aunque sea someramente, lo que me interesa de cierta práctica de lo que entendemos por poesía. He venido escribiendo sobre poesía, de una u otra manera, desde hace casi dos décadas. Toda una vida. Sin embargo, pese a que he escrito sobre poesía, o más concretamente sobre poetas y su labor poética, y la compleja heterogeneidad de los orígenes de la lírica en la modernidad atlántica, he pospuesto exponer lo que —para mí, menos como investigador y más como creador, aunque dudo que se pueda establecer una frontera teórica o práctica que señale dónde empieza lo uno y termina lo otro— ha llegado a significar la poesía, o la práctica, el hábito (que es un ethos) poético.


2


Poesía. Como digo, he pasado dedicado casi por entero a investigar y pensar, desde la filosofía, a la poesía. (Me parece un buen momento para recordar que Ludwig Wittgenstein decía que la filosofía debía tener el ser de una composición poética, y tenía razón, como lo supo Platón, que también fue poeta). A pesar de eso, no tengo ninguna certeza de lo que es la poesía, o la vida, pero diría que ambas señalan una ambigua identidad que nombra lo mismo. Claro, nunca nada es lo mismo, y que el tiempo, que lo muda todo, sea “la metáfora móvil de la eternidad” no evita que podamos entendernos cuando digo que algo es lo mismo, aunque sepamos —por experiencia (¿y es que se sabe de otro modo?)— que nunca nada lo es. Borges, dialogando con Spinoza y Lucrecio —y este con los neoplatónicos— dice que el universo es el poema. Lo que se resume en una idea sencilla, pero asombrosa: la poesía es la vida. Y todo lo que hay, y todo lo que no hay, son catálogos de catálogos del poema infinito. Pero ¿no es un lugar común eso de que poesía es vida? ¿No es, esta frase, de sentido común?


3


Sentido común—sensus communis: lo subrayo para visibilizar la idea de comunidad que lleva preñado el sentido (o sea, la razón: la medida (ratio) con que nos incorporamos al mundo de los entes) que se vuelve un lugar común. Como una plaza, una calle, o una catedral: un lugar común. Algo que genera y sustenta una comunidad —invisible—. La poesía, por eso, solo puede ser de la ciudad; la metáfora del desierto o del mar, la metáfora de ultramuros, de lo Real, de que la poesía procede de un más allá, de la cosa-en-sí, es una noción seductora, pero limitada. Si el poema es el universo, nosotros, lo que hagamos, lo que no, son apenas ocasiones para el poema mayor, que es la vida.


4


Sucede que olvidamos que el yo, como substancia del solipsismo cartesiano, no existe como unidad o sistema continuo (como escribe Borges, anticipándose a su encuentro con Spinoza, en Inquisiciones), sino que nombra una inextricable intimidad del individuo plural con el mundo, del que es, en su heterogeneidad, parte. (Pienso, al escribir esto, en el ensayo del filósofo norteamericano John Haugeland “Mind Embodied and Emdebbed”). Por eso José Luis Pardo dice que la poesía, que llega en la madrugada despejando la indiferencia de las sombras, es como un manantial o un oasis que puede albergar la vida ordinaria de una tribu, o sea, de una comunidad. El poeta nombra —lo que sea, por ejemplo, aquello que llamamos luna o aquello que llamamos amor— y nosotros, que venimos por la tarde, después del poeta, podemos usar esa palabra para comunicarnos. Y hacer sentido: hacer del sentido algo común. Cada vez que hablamos, nos cantamos el relato de nuestras historias. Historias de quiénes somos, de cómo hemos llegado hasta aquí, por qué caminos, quiénes son nuestros aliados y quiénes nuestros enemigos, cómo leemos las estrellas y los granos de la arena. Cada vez que escribimos, cualquier y toda palabra, lo que hacemos es participar del ritual de lo mismo —de la palabra luna, por ejemplo—, aunque sepamos en el fondo que cada vez que la decimos, aunque sea idéntica, nunca lo es.


5


Otro ejemplo de lo que estoy diciendo tiene que ver con lo que el filósofo Stanley Cavell, siguiendo a Wittgenstein, identifica como propio de lo ordinario. Lo ordinario, diría, es comparable a la idea anterior de la poesía como sentido común, pero la explicación técnica es matizada y nos llevaría por otros senderos. Así que aquí solamente diré que lo ordinario, para ambos, Cavell y Wittgenstein, es un modo de reconocer (literalmente: volver a conocer, que es lo que Platón entiende es ámbito de la filosofía: ayudar a recordar lo que ya se sabía, sin saberlo, nosotros todos, esclavos, como Menón, condición nuestra que desconocemos hasta que alguien, que puede ser incluso yo mismo en el futuro, nos lo recuerda: es ahí, cuando se da y donde se dé, que se cumple el reconocimiento de la malla ontológica de la que somos parte). Ese reconocimiento de saberse uno más en una casi infinita cascada de átomos, ese asombro cotidiano que se produce cuando consideramos que el sabor de una manzana no está en la boca ni en la fruta, sino en el contacto, es otro modo de considerar lo que puede ser la poesía: el asombro de sabernos, pese a todo, vivos.


6


Doy ahora mismo una clase de literatura a adolescentes. Para poder provocar (producir o hacer: ambos verbos de la familia de la poesía que hace del poeta un hacedor o un productor) el sentido de poesía que busco evocar —es decir, aquel manantial en torno al cual se convocan y hablan de cualquier cosa (y es que es en torno a la res, Thing, que la comunidad se reúne y, de haber suerte, prospera habiendo hecha pública la cosa que es de todos, como el lenguaje, y los casi infinitos imaginarios que nos atraviesan dándonos, aún en su precariedad, algo de sentido para mantener el equilibrio y no caer desplomados al vacío meta-físico) los humanos—; y ya que según el currículo nos tocaba leer El perro del hortelano del Félix, Lope de Vega, los he animado a explorar el sentido barroco del decoro. No me demoro con la explicación del término, basta decir que lo que tengo en mente es la subversión disensual del régimen estético de las artes de Jacques Rancière. Lo que me interesa es el hecho de poder mostrar, a partir del uso de la palabra decoro, y del conjunto galáctico de iteraciones de sentido que se cruzan, entrecruzan y multiplican en los círculos concéntricos detrás de la voz decoro, una de las casi infinitas historias de quiénes somos. La comunidad nos brinda la posibilidad de hablar, con una metáfora —es decir, con una llave (Sánchez Ferlosio) que abre y cierra la puerta de un sentido invisible de comunidad—, un lenguaje común, un código que nos permite ahora rasgar el velo que recubre, como barniz, el hábito de lo ordinario. La poesía marca ese momento cuando lo ordinario se visibiliza, y se visibiliza porque nuestra tarea es reconocer lo ordinario. Cuando percibimos el mundo, cuando abrimos los ojos y reconocemos que somos, como el resto, cualquier persona (pessoa), o sea, Nadie. Poesía.


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No digo nada nuevo. Más bien al contrario, repito lo que recuerdo haber aprendido de otros. Por eso, la idea de “originalidad”, que proviene de una compleja sistematización romántica de la orientación escatológica del individuo en la historia hegeliana en el sentido de progreso, no tiene mayor relevancia para mi práctica de poesía. Cada combinación es asombrosa solo por el hecho de existir—hay, claro, algunas combinaciones que nos complacen más que otras, pero esto también tiene su razón de ser. Cada vez que hablamos, que escribimos, que texteamos, combinamos metáforas que todos compartimos y sin cuya frágil universalidad en la comunidad sería imposible comprendernos. Y muchas veces lo es. En esta clase de literatura que estoy dando —y en la que estamos leyendo a Voltaire—, hay códigos que aún no comprendo, hay signos y combinaciones de signos que solo entienden aquellos que pertenecen a la comunidad. Yo acabo de llegar, y todavía soy forastero. Veo sus hábitos, pero aun no entiendo del todo sus significados, y no puedo reconocerme en ellos. Eso sucede en toda comunidad. En la casa de familia (como sea que pensemos que sea esa familia: yo la imagino como lo hacía Wittgenstein: como un network que puede unir o desunir entes y fenómenos); en círculos de amigos, de enemigos; donde se comparta algún tipo de sentido común. Para un explorador o para un extranjero estos signos y sentidos son casi secretos hasta que aquellos, en la práctica habitual de ese secreto, lo incorporan en sí mismos: y aunque nunca dejan de ser extranjeros, aprender los rituales de lo mismo les permite entender la poesía y el canto de esa comunidad. Ese casi imperceptible salto de no ser (no ser parte de la comunidad) a ser (ser parte de la comunidad), se parece al salto del niño al adulto, y del no saber al saber. Aprender, dice Pardo —y Aristóteles y Platón—, de quien parafraseo en este párrafo, es a lo mejor la tarea —porque acaso no haya otra— de la filosofía según me interesa pensarla y practicarla.


8


Cuando digo filosofía, digo también poesía. Aquello que escribimos y consumimos en los libros de “poesía” tiene apenas un par de siglos. Poesía, por quedarnos solo en castellano, ha tenido una suerte diversa, pero predecible. Antes de que la palabra literatura tomara el sentido disciplinario que tiene en las primeras décadas del siglo 19, poesía era el nombre genérico del arte de la escritura. Me gusta pensar que, si el universo es el poema, y todo es parte de un único canto plural —que es la vida—, el encuentro con la poesía es el encuentro con nuestra habitabilidad más inmediata. Cuando el obispo Berkeley se pregunta dónde reside el sabor de la manzana (o, en física cuántica: ¿dónde reside la realidad: en el observador o en el protón que pareciera solamente actualizarse cuando el observador abre los ojos?), en la boca o en la fruta, está preguntándose también por la naturaleza de la realidad. Mostrar que el sabor está en el contacto, pero que el contacto se da siempre, abra o no abra la boca el observador, es, en última instancia, lo que me interesa aprender de la vida, es decir, la poesía.


9


Agamben, hablando sobre Deleuze, dice que la filosofía que le interesa a él es aquella que parece decir algo, pero lo abandona, dejando —dice Agamben— para otros la tarea de completar esta imaginaria malla de ideas. Si todos somos Nadie, Nadie, entonces, es el autor de todos los libros. Estos fragmentos quedan, no solo por eso, inconclusos. Como todo en la vida, supongo. El reconocer que estos fragmentos, como la vida, está siempre inconclusa, que, de alguna manera, siempre empezamos in medias res, es también poesía…