Este es mi cuerpo

Ensayo

Este es mi cuerpo…

Fernando Albán

Número revista:

6

Tema dossier

A Karla


¿A quién, amada, a quién más que a ti confiar este pesado balance de mi corazón?

Rainer Maria Rilke



I


El cuerpo es frontera, límite, umbral que se pone a prueba fundamentalmente en el gozo, el cual implica siempre estar fuera de sí; impulso que insta a corresponder con el infinito; exceso por el cual el cuerpo se palpa desde una extremidad a otra; movimiento centrífugo que supone un deslizarse por la línea del impulso, por la cuerda floja del deseo. Se trata de El funambulista de Jean Genet, cuyo personaje danza con los párpados grapados para no ver la oscuridad compuesta por miles de ojos que aguardan su caída. Sin embargo, es el reflejo el que baila por él o es la cuerda la que sale a su encuentro para anunciarle que la muerte es la que precede siempre a la caída.



II


Cuerpo catapultado fuera de sí por el deseo: máquina pulsional. Pasión por la escapada fuera de los límites circunscritos por la piel: «el goce es solitario en la medida en que también estoy separado de mí mismo» (Jean-Luc Nancy, El goce). Fractura que abre al distanciamiento en el seno de la identidad; ahí nace la codicia de lo inaccesible a la que solo se accede en lo inalcanzable; ahí anida el secreto que, en palabras de Kierkegaard, consagra al Individuo a la soledad.



III


Conatus, esfuerzo, energía, impulso. No se puede escribir, decía Marguerite Duras, sin la fuerza del cuerpo; esfuerzo que encamina la forma hacia el desaparecer; goce de la forma estética que sucede en la incompletitud, pues únicamente se da alcance al salir de sí misma.



IV


Los cuerpos al gozar se suman en el desvanecimiento de las formas.



V


Confusión extática, nexo con el infinito; sin embargo, la eternidad solo yace en la acuidad de un punto, en la insubsistencia de un instante que no puede durar. Separación en el seno del contacto, respiración marcada, acompasada, amenazada por los latidos del corazón del otro; comunidad que yace al límite de la comunión, confusión que no da lugar a la extinción completa del límite. Solo así el con-tacto subsiste hasta alcanzar la eternidad que duerme en el instante.



VI


Perdido en sus bordes, tentando siempre el desborde, pues, en cuanto al cuerpo, el afuera anida en el adentro. Precisamente, en el umbral del tacto el asilo —la acogida— deviene en exilio, rapto, contrariedad, no coincidencia, gozo. Las leyes de la hospitalidad dictan que el sentido del contacto se extravíe en la infinitización del intervalo que subyace entre dos pieles. Intervalo: apertura originaria del afuera en donde se opera la metamorfosis en la cual el huésped deviene en anfitrión.



VII


El goce ocurre en el umbral de las metamorfosis.



VIII


Esto se opone al secreto de mi vida.

En la medida en que la amada desvía todo acontecimiento

hacia ella, yo dejo, en mí mismo, de ser real; porque

parece que corre, desde ese momento, hacia ella, en la corriente

que dura, incluso aquello de que no puedo disponer. Es, por

una parte, la culpa de su voluntad; por otra parte,

esta usurpación obedece al solo hecho de su existencia.

Ella ha metamorfoseado, en el corazón del amante, el

paisaje y ocupa ahí un lugar muy profundo: el valle,

hacía donde todo fluye.

Rainer Maria Rilke



IX


Consentimiento exasperado del otro, de los cuerpos, del mundo que impide volver a sí mismo. Usurpación del corazón como efecto de una irrupción, sin que se oponga resistencia ni aceptación. Apertura por la cual una corriente se derrama en pura pérdida y vierte el secreto de una vida en el fluir de la sangre. Corazón dilatado —diástole sin sístole—, latido de un sí exasperado: cuerpo.



X


El cuerpo, aun a su pesar, consiente ser topado en el momento en que toca. La reciprocidad del con-tacto instaura un camino de ida y vuelta; movimiento de vaivén que oscila de umbral en umbral. En el gesto que consiste en tocar siendo tocado se anuda una transitividad pasiva por la cual se borra la diferencia entre sujeto y objeto; subsiste, entonces, un mundo sembrado de contigüidades —cuerpos— con sus innúmeros umbrales, pasajes, intersticios, intervalos propiciadores de contactos tangenciales.



XI


Tangente: toque puntual, primero aquí y luego allá; apenas un roce que nunca adquiere una forma definitiva, no se posa; el vaivén de una repetición: ritmo. Caricia, movimiento leve en el que la parte excede los límites del todo; invisibilidad que abre a otro espacio: sinécdoque del amor.



XII


El cuerpo está expuesto, pues su ser yace en el afuera. Exposición desnuda que resulta de estar fuera sí, excediendo su límite, llevando consigo su fin, su borde  o su posibilidad extrema. Ser expuesto a la intemperie, extraño a sí mismo, arrojado en el mundo que ejerce una constante presión sobre él; presión que pulsa a salir fuera de sus confines como si fuese una llamada hacia el exterior. Es entonces que se raya en el cuerpo la herida de la finitud.



XIII


Los cuerpos tocan y son incesantemente tocados en su límite, en su borde. Se sienten y el sentimiento sublime brota cuando la tensión, el impulso es suspendido una vez que el confín es tocado de manera tangencial. Noche dilatada por las manos que, a ciegas, se abren para vagabundear sobre la piel. Entonces, la imaginación cierra sus ojos ante la evidencia que brota en el tacto del límite.



XIV


En La crítica del Juicio de Kant, lo sublime es, en palabras de Nancy, «el gesto del infinito»; el sentimiento sublime desborda, excede los márgenes de la imaginación y, con ello, toca el límite de la re-presentación. Entonces, una estética de lo sublime no es la del estado acabado de las obras, sino la del movimiento de un gesto que escarba en lo ilimitado hasta procurar la disipación del borde en el borde.



XV


Ojos que juegan a toparse cruzándose infinitamente hasta acariciar el abismo que se ahonda en ellos. Narciso al borde del reflejo que yace a punto de caer; sumergirse en la mirada amada que ve más allá de toda reflexividad. Un mundo se abre entonces por el cual se vuelve indispensable caer.



XVI


DEL MAR

Hemos recorrido lo uno y lo quedo,

nos abalanzamos a la profundidad

con que se hila la espuma de la eternidad—

No la hilamos nosotros,

no teníamos libres las manos.

Quedaron entrelazadas en redes—

desde lo alto tiran de ellas…

¡Ojos cercados por destellos de navajas!

capturamos el pez sombra, ¡ved!

Paul Celan



XVII


Descartes señalaba que el cuerpo es movido siempre por algo —el alma— y esto lo llevó a considerar al primero como una máquina: símil, similitud, simulacro. Nada en el cuerpo-máquina está dotado de luz propia, todo en él arde, oscila en reflejos. Por el contrario, la substancia pensante se autodetermina; presencia amurallada en sí como una masa sin soplo. Se mira por su ojo aplastado como una órbita vacía, al igual que la muerte se refleja en su espejo sin azogue.



XIII


Eros es un conflicto de fronteras, señala Anne Carson, y de esto deriva su poder para cautivar y encantar. Eros toca siempre al borde, trastocando los márgenes, desacatando los límites de las cosas. El deseo por adquirir algo de lo que se carece se transforma, al cambiar la distancia, en algo que siempre fue, del todo, suyo: «al ver mi vacío conozco mi todo». Sin embargo, el dios del deseo es fuerza de expropiación; priva al cuerpo de integridad, lo merma, lo excede al exponerlo a la imposible posesión.



XIV


En el cuerpo deseante el límite se anuda con aquello que no tiene límite. Entonces, la prohibición y la culpa dejan de formar parte del dispositivo de la transgresión; así como también en el franqueamiento de la frontera infranqueable el dominio personal deja de ser la medida decisiva del gesto trasgresor. Mientras que la prohibición y la culpa inhiben la potencia, la transgresión erótica es la experiencia de lo que carece de poder; es el imposible en acto.



XV


Poemas

no valientes

sino dulzura

oído de delicia

una voz de oveja bala

más allá va más allá

antorcha extinta.

Georges Bataille



XVI


Voz y gemido se disipan y en su caída va la fragilidad.



XVII


Ex-presión: las cosas con sus propiedades ejercen una presión sobre los sentidos; peso, textura, pliegue, hendija, ruido, olor, color, humedad, goce. El sentido viene del mundo, del afuera, decía Wittgenstein; afuera yace la noche que anida en el tacto.



XVIII


Nada está concluido, todo recomienza. Esta fórmula apela, al igual que en el erotismo, al desistimiento de la voluntad, pues si todo se repite y, en esa medida, cada uno se encuentra siempre en el umbral del comienzo, entonces la voluntad, queriendo lo interminable, la eternidad, se aliena en la impersonalidad del ser, del devenir sin meta.



XIX


El contacto furtivo libera una distancia por la cual los cuerpos —siempre en el umbral del inicio— ensayan nuevas e infinitas exploraciones: toda vez es ya una primera vez. Los amantes gozan el uno del otro separándose y sus manos extendidas no están ahí para medir la distancia que los une, sino para ahondar el vacío de la voluntad.



XX


¿Cuál puede ser nuestra doctrina? Se pregunta Nietszche en el Crepúsculo de los ídolos y la respuesta no se hace esperar: somos necesarios, somos fragmentos de fatalidad. La noción de fragmento no solo recuerda al cuerpo troceado de Dionisos —dios carente de unidad y de centro—, remite también a la relación de adherencia de la parte con respecto al todo; se está en el todo y esto impide juzgar a la parte, pues aquello equivaldría a condenar al todo. El cuerpo-fragmento está marcado por la inocencia y, con ello, tanto la voluntad como la responsabilidad han quedado fuera de la determinación esencial de la vida humana.



XXI


El juego de la fragmentación ocurre también en el cuerpo escritural, que lo libera de las exigencias restrictivas de la unidad. Juego que salva el azar y lleva a que este no pueda ser abolido luego del lance de los dados. La posibilidad de lo aleatorio radica en la discontinuidad, laguna o espaciamiento, en la que el blanco se vuelve cadencia y conjunción. Palabra intermitente que confía su cuerpo a la sombra más que a la luz; las palabras hablan al borde del vacío o al ser sacudidas por el vértigo atrayente del abismo. Palabra del afuera, liberada del lenguaje de la conciencia y de la interioridad actuante.



XXII


Hay abismos morales, sexuales, psicológicos. Hay también abismos

poéticos, versos que caen de barrancos marrones a playas de arena

negra, acompañados de la mirada absorta del poeta que se deleita

con las contorsiones de las sílabas abismo abajo.

Mario Montalbetti



XXIII


Este es mi cuerpo… expuesto todo el tiempo a ser topado por el cuerpo que él toca, a mirarse en los ojos que él mira. Este cuerpo, diría Derrida, que «me pertenece a ti».