Fluyan mis lagrimas dijo el ciborg gris anotando algo en una postal

Ensayo

Fluyan mis lágrimas, dijo el ciborg gris anotando algo en una postal

Luis Borja

Número revista:

3

Tema libre

Lo ético (estético (místico)), en este caso en el de Juan José Rodinás (como en el de Miles Davis, David Bowie, Bob Dylan o Tom Waits), lo concibo como un todo que se disuelve dentro de una obra, donde se cifra su misterio primordial. El misterio de la obra. Lo ético (estético (místico)) como una amalgama que da como resultado una auténtica singularidad, una rara forma única, un espacio real, susceptible de ser habitado. Habría que decir que lo ético y lo estético siempre van de la mano y son una y la misma cosa, que son el componente de la búsqueda mística, el ingrediente ultravioleta añadido que conforma la peculiaridad del fenómeno Rodinás.


Al final del epílogo que Eduardo Milán escribió para Stereozen, parafraseando y agregando, afirma que, si se puede hablar de una nueva épica en la poesía, esa épica debe estar hecha de nirvanas digitales, de ciborgs enjugándose las lágrimas, de trannys libélula y suculentos satoris tóxicos en lata, es decir, del conjunto de pedazos que conforman la obra de Juan José Rodinás. Esto lo dice Milán, parecería, porque encuentra que, de algún modo, entre la poesía de este autor y los tiempos que se viven, existe una evidente sintonía radical. El mundo, la época, la tierra y la vida encuentran puertas, ventanas y fisuras por las que entrar y transmutarse en palabras, así, también, transformarse en poemas de Rodinás.


Bien, para llegar a esta conclusión, Milán parte de una reflexión que involucra a la ética, la ética de escribir después del límite o después de que el mundo ha estallado en astillas. Asimismo, parecería decir Milán, y decir bien, que el cumplimiento riguroso de ciertos principios o normas (no estafarse a uno mismo, respetar el dolor de los demás, no conformarse con fórmulas fáciles, poner siempre a la conciencia a luchar consigo misma, descreer de los discursos y las modas, conducirse siempre a través del deseo hacia lo nuevo y desconocido, estar asentado sobre una tradición y permanecer siempre en diálogo con ella, no tener miedo a contradecirse, etcétera), o el rastro de que de ese riguroso cumplimiento se puede constatar en la escritura, es lo que dota a esa poesía de una dimensión ética. Este compromiso con una ética personal tendría, entonces, me parece a mí, una doble dimensión: con la propia escritura y con el mundo en el que se habita, el mundo en el que se sueña y se duerme (y si no el compromiso con el mundo, al menos el compromiso con esa parte del mundo en la que uno quiere creer y por la que uno está dispuesto a trabajar).


Este pacto de íntimo rumor, desde luego, no apareció por primera vez en Stereozen, sino que se manifestó ya en el primer poema del primer libro publicado jamás por Rodinás. El primer poema de Intención de sombra dice así:


Arte poética


Invocar al caballo primitivo

y dejarlo correo frente al espejo.


Así, con esas palabras y todo lo que ellas implican, literalmente y en todos los sentidos, se presenta y parte la aventura poética de Rodinás: su apuesta radical. Una apuesta que, ni llorona (aunque los ciborgs derramen oscuras lágrimas), ni plañidera, ni costumbrista, ni atorrante, ni cándida (aunque sueña), no ha hecho más que seguir radicalizándose a lo largo del tiempo de maneras cada vez más complejas, mutantes y ricas.


En esta aventura sus lectores, tomados de su mano virtual, atravesando turbulentas páginas de “Barrido de campo”, de “Blues de las esferas”, de “Cromosoma”, “de “Estereozen”, de “Anhedonia”, a veces con candor, a veces con espanto, a veces con transparente devoción, hemos aprendido varias lecciones. Entre imágenes absolutamente inéditas, ritmos raros y afinados, tachaduras largas y cortas, atmósferas ultra terrenales y altas dosis de lirismo (neo)clásico, sus lectores hemos aprendido a confundir los sentidos para aclarar y oscurecer la verdad de sus mentiras; a profesar una fe ciega que vea, sorda que escuche y muda que hable en el arte y en uno mismo, que es donde brota el verdadero arte para ir al mundo y luego regresar al ser; a perder la cabeza para volver a encontrarla más perdida y mejor cada vez que se la encuentre y que si no se la encuentra es porque tal vez otra cosa florida está creciendo ahí, o tal vez porque la cabeza está rota y eso es algo que se debe escuchar; que la sagrada memoria es otra forma del sagrado cuerpo y que, al igual que el sagrado cuerpo, a veces nos da dolor y a veces nos da placer y a veces ambas cosas a la vez; que dios está en uno y afuera, aunque uno nunca sea uno y sea nadie y sea siempre, sea todo y parte a la vez; a ir contra la facilidad dada, a dar la contra: encontrar a contrapelo la escurridiza voz.


Esta aventura-proceso, engendradora de pingües frutos en quien la sigue y la persigue, encuentra en Cuaderno de Yorkshire un nuevo punto de inflexión. Un nuevo momento constitutivo dentro de la obra-aventura-proceso de Rodinás; algo así como un retorno a la superficie (aunque la superficie ya no sea la misma, claro está) luego de un viaje rugoso, opaco e intermitentemente cristalino hasta las más altas profundidades.


En el dulce epílogo a Los páramos inversos, Rodinás nos entrega una de sus claves categóricas con respecto al peligroso juego de escribir poesía: este solo vale si tu rostro se deja ver entre las letras muertas. Tu rostro cuando sea de agua, cuando sea de fuego, de diésel, de lodo o de gas mostaza, debe dejarse ver entre las letras muertas.


Y para lograr esto debe tentar lo imposible, hacer lo imposible: regar los campos yermos con gotas de agua salidas de un arpa, confeccionar botas que no toquen nunca el suelo y, si lo hacen, chasqueen como el infinito, o cortarse los dedos fabricando cometas que luego se aprenden a volar sin dedos.


Solo así se puede ver su rostro.


Y el rostro que emergió y sigue emergiendo, violenta y lentamente, como un relámpago, como un glaciar, es un rostro contingente que concentra, compone y descompone, fragmenta, suspira y medita acerca de la ruina, la locura, la derrota, la debilidad, los juguetes rotos, la impotencia, la nostalgia, la carencia, la melancolía y también acerca de la energía, el coraje, la bondad, el valor, la felicidad, la lealtad, la fe, la reciprocidad, la amistad y el amor.


Un rostro nuevo de nuevo: iridiscente y sosegado como nunca; iridiscente y sosegado como siempre.


En una crítica memorable por su corteza de miras y desaciertos, el implacable Edmund Wilson dijo en la revista The New Yorker que no comprendía el revuelo alrededor de la obra de Kafka, que de sus textos no se desprendía ninguna parábola acerca de la condición humana, y que ni de sus personajes ni su persona propiamente dicha se podía obtener ninguna forma edificante de ejemplo para nadie. Pienso, estoy seguro, que con respecto a la obra de Rodinás y a Cuadernos de Yorkshire sobre todo, Wilson hubiera cometido la misma crasa equivocación, pues una razón así de sorda y todopoderosa es incapaz de herirse de lentitud, de quedarse, de tocar las hojas que te tocan, de sentir sentir.