Fragmentar el cuerpo en tres etapas para descifrar el deseo

Ensayo

Fragmentar el cuerpo en tres etapas para descifrar el deseo

Iskra Sashenka

Número revista:

8

Tema libre

Quisiera desmenuzar al deseo, desarmar su andamiaje para después colocar, con delicadeza y cuidado, cada pieza en su lugar. También quisiera que se presente de forma corpórea, tangible, y así trazar con la punta de los dedos su espalda y mecer mi cuerpo en su regazo. Aunque, más importante que las divagaciones anteriores, quisiera tener la capacidad de entenderlo. (Me) Pregunto ¿de qué otra forma se puede desmontar al deseo sino es por medio de la disección del cuerpo?


Quiero –no más imperfecto– tomar un hilo naranja, dividir mi cuerpo en diferentes secciones y hurgar en cada una de ellas.


Primera etapa: La piel que reconoce lo otro


El cuerpo es frontera, territorio de terminaciones sensibles, expansión de materia blanda, surcos en la piel que se asemejan a los caminos de un pueblo, terreno de poros diminutos por donde la sal del mar se escabulle, huesos cincelados con precisión, lunares de panela, vello encrespado y uñas que guardan tierra húmeda.


Luego, el cuerpo delimitado por lo que está a su alrededor: sábanas nuevas, un gato lamiendo la planta de los pies, la leche que hirviendo encoge la lengua, embadurnarse de crema después de que el agua de la ducha calcinara el cuero cabelludo. Lo que se toca y lo que se siente vomitan pulsaciones en cada recoveco de la carne. La epidermis almacena todos los tactos en compartimentos diminutos; tiene memoria propia.


Enunciarse vulnerable ante los placeres del sentir implica despojarse del temor absurdo de lo otro. Ahogarse, pues, en la neblina espesa que se dispara de las texturas, sabores, formas y cuerpos. Dejarse entero al imperio del sentir inaugura un alba en donde se pueden percibir a las figuras puerilmente. No queda, entonces, otra manera de habitar(nos), sino como cuerpos hechos de una masa tibia a punto de estallar.


Segunda etapa: La carne que se cocina (o los dolores que atraviesan al cuerpo)


Construidos solo con arcilla, somos blanco fácil para enfermedades y sentires que maltratan la piel. Un cuchillo lacerando los dedos deja una llaga carmesí que recuerda la fragilidad de nuestro caparazón, que es reflejo exacto de nuestras vísceras de plastilina y sus incontables tejidos. El cuerpo nunca está más presente y punzante que cuando siente dolor; solo en ese momento de pura agonía somos llamados al presente, anclados al aquí.


Las caídas en el pavimento, los malestares de los músculos o las articulaciones que chillan con soberbia son pruebas tangibles de cómo, indudablemente, el sentir siempre estará ligado al doler y al dolor. En el nacimiento, la luz del sol carboniza los ojos de los recién nacidos, en la infancia debemos arrancarnos los dientes y más adelante, en la adolescencia, empezamos a comer abismos que lesionan al cuerpo. Luego, los amores-fantasma, las amistades de madera que se pudrieron con la lluvia, o la vida golpeando el estómago, traen consigo ardores diferentes, desgarramientos invisibles que bullen en el pecho.


Sentir, del latín sentiō, que significa ser sensible a, manifiesta que estamos condenados a ser frágiles por excelencia, atravesados por lo bello y doloroso en un bucle espeso cargado de heridas que hacen que el corazón bombee sangre desesperado. Al final, el dolor que se cola por los relieves de la piel nos metamorfosea por completo, nos quita la piel de caimán para ponernos la coraza de una tortuga.


Tercera etapa:  El órgano más grande y el más hambriento


La contemplación es el mecanismo que nos desarma frente al otro; nos presentamos vulnerables en un mar lechoso donde el cuerpo se desvanece sin pedir permiso. En el proceso, entran en contacto la yema de los dedos junto con la saliva y el aliento tibio de ese otro ser, esa chispa fucsia que titila a nuestro lado. El hambre desemboca en palpitaciones desesperadas que deben ser calmadas con carne. Solo el sudor es bálsamo, solo las respiraciones entrecortadas calman, solo la médula dulce de la que sorbemos sacia al animalito interno.


Nos transportamos a un no-lugar donde somos un conjunto de extremidades: amalgama de puntos y rectas que chocan y aúllan. Las manos crecen, desgarran muslos y hombros; chisporrotean miradas mientras el tiempo se reduce a agitaciones temblorosas. Mirar, mirar, mirar, mirar y perderse en el abismo que se nos abre al frente, sentir que falta aire, aunque lo estamos respirando todo, ensanchando los pulmones con una sustancia cítrica exquisita.


Después -tomo la estancia del yo- deshacerme, ser devorada de a poquito, engullida por la marea negra que huele a azufre y menta. No despertar nunca, habitar este espacio que existe al margen de todo lo real, envejecer con los hombros abiertos de par en par y mis pupilas extendiéndose por todos lados. Ser este animal indefenso buscando un hogar construido con carne, no pensar de nuevo y dejar que ese calorcito suave recorra mis adentros. Ser animal y olfatear al otro, ser animal y utilizar la lengua como pincel, ser animal y gemir, ser animal y no pensar, no pensar, no pensar.


Ser un cabrito cansado que se recuesta al borde de la cama con las piernas temblando y el corazón latiendo despacio.


Tomo –ahora solo presente– al hilo naranja entre mis dedos. Observo que está teñido de rojo y tiene una costra que luce como una capa de saliva y sudor. Contemplo mi cuerpo frágil y pequeño, miro como el deseo ha zarandeado mis extremidades y empiezo a besar mis párpados. Pero también huelo la ternura que el deseo dejó impregnada en mi torso, lamo la miel espesa que se desliza por mis piernas. Dulce, solamente dulce.


El deseo es luz abrasadora, el puente hacia el reino del tacto, del fuego, la sed y el hambre. En la selva del Deseo somos animales, nos despedazamos enteros, devastamos al otro y también nos embriagarnos de afecto. El deseo somos nosotros en la piel de un gato, olfateando alfombras, saboreando carne y leche, trepando paredes y aterrizando, desde cualquier altura, en cuatro patas.


Es decir, desentrañar al deseo es un ejercicio de ronroneo.




Iskra Silva (04 enero, 2000). Estudiante de Lingüística en la PUCE, sede Quito. Sus intereses giran en torno a políticas lingüísticas, el lenguaje como una herramienta para la construcción de identidades, lingüística comparada y cine.