Kafka y el autor literario Perspectivas del fracaso

Ensayo

Kafka y el autor literario: Perspectivas del fracaso

María Belén Bonilla Vallejo

Número revista:

3

Tema dossier

Mas, por realizar el vacío, se crea una obra y la obra, nacida de la fidelidad a la muerte, finalmente ya no es capaz de morir y a quien quiso prepararse una muerte sin historia sólo le vale la burla de la inmortalidad

Maurice Blanchot, De Kafka a Kafka



Enfrentar el fracaso es como enfrentar la muerte inminente que nos adviene en el lugar mismo que erigimos para protegernos de ella. Este es el punto de inflexión en el que residen la literatura y el arte. Al menos cuando hablamos de Kafka, voltear la mirada hacia sus textos, en particular los que se olvidan, es ratificar el fracaso desde la perspectiva de la inmortalidad. Lo que se inmortaliza en el olvido es la cosa olvidada; por eso, cuando se recuerda, se evoca la no presencia que se convierte en la literatura misma, esencia pura, lo que Hegel llamaría “la Cosa misma”.


Traer en la memoria lo olvidado es construir. Qué mejor si ahora nos encontramos en el camino del olvido con La Construcción: relato publicado, como muchos otros, de manera póstuma, escrito entre 1923 y 1924 cuando Kafka estaba muy enfermo y miraba a la muerte a los ojos, acurrucándose en su fracaso. ¿En qué consiste el fracaso en Kafka?


Supongamos que existe esta trasposición: el animal que narra es el hombre que podría ser Kafka. Planteemos que hay una humanización en el animal, en el topo o roedor, que es el narrador y que esa humanización construye un nuevo ser: que no es hombre, pero tampoco es bestia. Lo que lo hace no-bestia es la conciencia de su construcción, de lo creado, que coincide con la conciencia de la posibilidad de morir. El creador tiene temor de ser destruido y, cuando se encuentra con ese miedo, atrapado en su propia construcción, solo espera que la muerte lo encuentre porque en la perfección de su creación ha cometido un error: “Lo sé bien y ahora en su culminación mi vida apenas si tiene un momento por completo tranquilo; allí, en ese sitio, en el oscuro musgo, soy mortal y en mis sueños husmea interminablemente un hocico voraz” (Kafka, 1983).


Este error es el indicio del fracaso. A partir de la conciencia del error, el fracaso es inminente. Al trasponer la voz del narrador con la conciencia del autor Kafka, se despliega en toda su magnitud la perspectiva del fracaso. El malentendido universal es el punto de articulación de la literatura de Kafka. Según Blanchot, es precisamente la intención de evitar el malentendido universal lo que mueve al autor de El proceso a destruir su obra. Sin embargo, el primer fracaso de Kafka es precisamente la no destrucción de su obra y, además, la conciencia de que la destrucción es inminente.


Así como el narrador de la construcción ha trabajado para no dejar grietas en la madriguera, en el hoyo profundo que constituye su espacio de seguridad, el creador ha fracasado al dejar la única salida, el único escape posible en un ocultamiento precario. Ha dejado grietas en su propia construcción; ha dejado poco oculto el único rescoldo por el que se puede acceder a la profundidad de su propio temor.


Ahora bien, para establecer el paralelismo entre literatura y fracaso es preciso comparar la construcción del topo con la construcción literaria, con el trabajo del escritor. Esto nos permitirá poner en evidencia cuál es el fracaso del creador frente a su obra… El fracaso es su propio encierro en la expectativa silente de la muerte.


Desde afuera la construcción se observa como un gran agujero que en realidad no conduce a ninguna parte. Eso constituye un orgullo para su creador; se siente satisfecho con la obra que solo muestra una parte de la excavación en la oscuridad, en lo que Blanchot llamaría “la noche”. La narración es en realidad una confesión, una exposición del autor en su propia obra. Y gracias a esa confesión podemos encontrar la grieta, que traiciona y expone al creador al llamado de la noche, producto de la seguridad de su fortaleza. Es decir, pierde lo creado ante la inminencia del fracaso. El fracaso es, pues, la pérdida de la obra, la exposición de la perfección de la obra al peligro de su destrucción.


«El arte es real en la obra. La obra es real en el mundo porque en él se realiza (de acuerdo con él, aún en la conmoción y en la ruptura) porque ayuda a su realización, y solo tiene sentido, solo tendrá reposo en el mundo donde el hombre será por excelencia. (…) En el interior de la obra humana, cuyas tareas, conforme a la voluntad universal de producción y emancipación, son por fuerza las inmediatamente importantes, el arte sólo puede seguir ese destino general, puede, en rigor, fingir ignorarlo, considerando que en este inmenso cielo que lo arrastra, gira según sus pequeñas leyes propias, pero, finalmente, de acuerdo con sus pequeñas leyes que hacen de la obra su única medida, trabajará lo más consciente y rigurosamente posible en la obra humana en general y en la afirmación de un día universal». (Blanchot, 1992).


El fracaso solo es evidente cuando la obra ha culminado, cuando el creador es consciente de la fragilidad de su construcción. El mismo narrador admite su angustia ante la conciencia de la debilidad de su guarida. Su existencia se enlaza a la de la obra, en tanto teme que la falla quede expuesta, intensificando así la expectativa de la muerte. El creador crea para ocultarse a sí mismo, pero solo consigue permanecer al descubierto. Lo sé bien –nos dice el narrador– y ahora en su culminación mi vida apenas si tiene un momento por completo tranquilo; allí, bajo el oscuro musgo, soy mortal y en mis sueños husmea interminablemente un hocico voraz.


Ese hocico voraz es la materialización del fracaso, pues, parodójicamente, la grieta que lo expone al peligro es su única vía de escape. Así, la única salida ante el peligro de muerte es su exilio en el mundo exterior. Sin embargo, la obra, su mundo interior, torna inmininte el peligro que viene de las profundidades del espacio íntimo. Interior y exterior se tramutan en su contrario.


Queda, entonces, la espera; en ella el creador se debilita. Se siente más vulnerable y sigue calculando, cavando, indagando en la oscuridad, en la noche. El día está cada vez más lejos para él. Se quedará atrapado, destinado eternamente a construir en la noche y, cuando culmine la obra, todo aquel esfuerzo habrá sido inútil ante el inminente fracaso. Pero de todas maneras lo hará, proseguirá ciegamente la ampliación de la madriguera; aun si no tiene un enemigo que lo aceche, no dejará de construir su extraña prisión.


Además de los peligros de la luz, está atrapado en las profundidades porque el peligro también acecha en la oscuridad. Si continúa excavando, construyendo, ampliando la fortaleza, se verá cada vez más expuesto a las amenazas indiscernibles que yacen en la penumbra. No tiene otra opción más que depositar toda su esperanza en la salida que ha dejado atrás. Si lo encuentran los enemigos que vienen de las profundidades, la salida tiene una bifurcación: la esperanza y la resignación. La salida que ha dejado cubierta de musgo es inútil y a la vez es su salvación. Es inútil porque no le permite calcular la llegada del peligro. Entonces, una vez más se expone su propio fracaso: la construcción es infructuosa porque la muerte no se ve venir.


Como el escritor, la obra está expuesta a la muerte y a la destrucción. Es por ello que Kafka pidió a Max Brod que destruyera su obra, pero dejó una salida inútil, precaria, pues su amigo la publicó completa. Dejó una entrada cubierta de musgo que le expuso al día, por la que pretendía escapar, aunque sabía que por ella se podía, al mismo tiempo, penetrar en la fortaleza para destruirlo. La relación entre el escritor y su literatura es similar a la del topo encerrado en su sistema de túneles: habita el no-mundo, pero deja una salida hacia la luz porque en la oscuridad perece. Un escritor en la oscuridad perece. Una obra que no corre el peligro de ser expuesta es inútil: morirá esperando morir. Cuando la obra se ha culminado, solo se espera morir… ahí el fracaso.


La asunción del fracaso es el nacimiento del autor, pues implica su destrucción. El fracaso no es solo frente al mundo y a las pretensiones de salvación del arte. Kafka no es un autor fracasado en su intento de salvación. Su literatura no provee las bases que cimientan la edificación de la sociedad; es, por el contrario, la que pone de manifiesto las grietas, las fisuras de la sociedad; es resquebrajamiento a partir de su propio resquebrajamiento. Mira la luz sin poder mirarla, porque la ha visto desde la oscuridad. Escribir desde el fracaso, construir desde la incertidumbre, desde el cálculo fallido. Según Blanchot (1993), “Así dicen Hegel y Marx, se forma la historia, mediante el trabajo que realiza al ser negándolo y lo revela al término de la negación”.


El fracaso es la condición de pérdida de las pretensiones del autor y la literatura; es, desde esta perspectiva, su más pura expresión. No será la visión que reivindica el fracaso y que se mantiene atada a la pureza del arte. Ni tampoco la noción de que es un fracaso porque la obra carece de un ideal. Solo queda palpar la muerte inminente ante la cual no hay salvación. No importa si la muerte yace agazapada junto al hocico voraz en medio de la luz del día, o si se encuentra acechando en la oscuridad; no se sabe si la muerte vendrá desde la luz o desde la oscuridad, o si simplemente llegará en medio de la espera que ya no sabe esperar.


El fracaso es también el cuestionamiento de la propia obra. El trabajo empleado en ella y los fragmentos calculados con ingenio interpelan a su creador sobre la justificación de la existencia de la obra. Y entonces se pierde en su propia construcción en el momento mismo en que la pone a prueba:


«El suplicio de este laberinto debo superarlo también corporalmente al salir; me disgusta y conmueve a la vez el hecho de extraviarme por un instante en mi propia creación, como si la obra se esforzara todavía en justificar su existencia, ante mí, que desde-hace mucho tiempo me he formado un juicio definitivo a su respecto». (Kafka, 1983)


La idea de que el único punto de salida constituye el mayor peligro mueve al topo una y otra vez a probar la salida. Mira el día con ojos de la noche y pone a prueba su propio fracaso al salir, al escapar de la madriguera. Fuera de ella, no la posee, como tampoco posee el día, pues se siente atraído hacia la noche de su madriguera. El triunfo de no haber sido descubierto en su escape es efímero y cede ante el llamado laberíntico de los túneles. Pero una vez dentro vuelve el temor y renace el deseo por estar afuera. El escritor no está fuera, como tampoco está dentro de su obra. En ello radica la razón de su fracaso; el escritor no está en la noche, pues transita hacia el día, en el cual tampoco puede permanecer. Solo queda la obra.


«Tampoco estoy predestinado y expuesto a la vida libre, sino que sé que mi tiempo está medido, que no estaré obligado a cazar aquí indefinidamente, sino que en cierto modo, cuando lo quiera y me canse de esta existencia, alguien me llamará hacia sí, alguien cuya invitación no podré rehusar. Y así puedo disfrutar por completo de este tiempo aquí, y pasarlo sin preocupaciones, es decir, podría, porque no puedo. La obra me tiene demasiado atareado». (Kafka, 1983)


El topo ha pasado por el proceso de interacción del autor literario con el “mundo exterior”. Lo curioso es que el “mundo interior”, que parecería ser la obra, resulta no serlo. Su mundo interior es el temor a la muerte, tanto en el día como en la noche. Su fracaso es construir una fortaleza que no le da seguridad y luego huir de ella hacia el exterior, donde tampoco se siente seguro. Precisamente, habitar el lenguaje es este paso continuo del interior al exterior, que Blanchot (1993) traduce como lo imaginario:


«Lo imaginario no es una extraña región situada más allá del mundo, es el propio mundo, pero el mundo en conjunto, como un todo. Por eso no está en el mundo, pues es el mundo, aprehendido y realizado en su totalidad por la negación global de todas las realidades particulares que se hallan en él, por ser puestas fuera de juego, por su ausencia, por la realización de esa propia ausencia, con la que empieza la creación literaria que, cuando insiste en cada cosa y cada ser, se hace la ilusión de que los crea, porque ahora los ve y los nombra a partir del todo, a partir de la ausencia de todo, es decir de nada».


El escritor solo existe en esta paradoja: no puede crear la fortaleza sin abandonarla, no puede abandonarla sin construirla. Ahí habita, en la paradoja. Y la paradoja es el fracaso. No hay respuesta, solo pregunta. El escritor vive en la pregunta –que es la angustia por la muerte– y la pregunta hace que la respuesta se espere indefinidamente. Finalmente, el topo –o el autor– se expone a vivir en la pregunta, por lo que se muda al lugar del fracaso: al lecho de musgo que es inseguro y habita la intranquilidad del silencio que precede su muerte. Pero, una vez más, fracasa porque sigue en la espera: su construcción no puede ser probada más que por él mismo, ya que lo que lo amenaza no existe, no sabe si existe; existe en tanto pregunta que subsiste en el indiscernible sonido que irrumpe en su silencio expectante. Su enemigo inexistente –porque no lo ha visto, no lo ha palpado– se aleja y lo deja solo. La bestia –o el escritor– ha transitado el temor, la noche, la oscuridad, la luz y el día para seguir preguntando y esperando, en la pregunta, la muerte.


«Mientras no supe nada de él no pudo oírme en absoluto, pues permanecí silencioso –no hay nada más silencioso que el reencuentro con la obra–, luego, cuando hice las excavaciones de exploración, habría podido oírme a pesar de que mi manera de cavar produce poco ruido; y si me hubiera oído yo habría notado algo, porque al menos habría tenido que interrumpirse con frecuencia en su trabajo para escuchar.


...Pero todo permaneció sin alteración...» (Kafka, 1983).

Referencias

Blanchot, Maurice; El espacio literario, Barcelona, Paidós, 1992
Blanchot, Maurice; De Kafka A Kafka, Buenos Aires, Fondo De Cultura Económica, 1993
Kafka, Franz; “La construcción” En Obras completas, Madrid, Teorema, 1983