La ciencia en El alienista discurso y poder

Ensayo

La ciencia en El alienista: discurso y poder

Andrés Cadena

Número revista:

3

Tema libre

1.

Si encauzamos un intento de reflexión sobre El alienista desde su título, podemos establecer dos consideraciones: se trata de una biografía (un texto cuya anécdota sigue la vida de un personaje), o un relato que se centra en el aspecto profesional de un personaje (el hombre-científico-psicólogo). Quizás lo prudente sea considerar ambas posibilidades como una codependencia. Así, podremos decir que esta novela breve del brasileño Joaquim Maria Machado de Assis, publicada por primera vez en 1881, trata sobre la vida de un hombre que se define por su cualidad de alienista; algo evidente desde el momento en que el personaje, Simão Bacamarte, declara: «La ciencia es mi único empleo»[1]. Y, si seguimos lo que Julio Ramos ha mencionado sobre la narrativa de Machado de Assis a partir de 1880,


“No cabe duda, entonces, que la problemática del yo fue fundamental para Machado; problemática de los deseos del sujeto en tanto eje de la acción, así como de su sometimiento a las responsabilidades que consigna la enunciación[2],”


podemos decir que una entrada válida a El alienista es seguir el papel de la ciencia en relación a los acontecimientos de la trama, pues es desde ese ámbito que Bacamarte/científico desencadena la acción de la novela, en fin, se hace el sujeto protagonista de la obra. La construcción de su yo será la construcción del relato.



2.

En un inicio, los propósitos del doctor Bacamarte se presentan como puramente científicos: «estudiar profundamente la locura, sus diversos grados, clasificar los casos, descubrir, por fin, la causa del fenómeno y su remedio universal»; y tienen una carga ética positiva para la sociedad: «Creo que con esto presto un buen servicio a la Humanidad» (Machado de Assis, [1881], 2011: 19). Enseguida, estos postulados teóricos se materializan en la creación de un ámbito propio; por ello, la «casa de orates» es explicada así por el alienista: «La Casa Verde —le dijo al vicario— ahora es una especie de mundo en el que hay el gobierno temporal y el gobierno espiritual» (Machado de Assis, [1881], 2011: 24). Se constituye de tal modo un espacio de excepción, con su autonomía frente al resto de la sociedad de Itaguaí (pueblo en donde se desarrolla la trama), basado en la postulación de las bondades y promesas de «avance» por parte de la ciencia.

He ahí el primer deslizamiento de la ciencia desde un ámbito teórico (inicialmente conocimiento o búsqueda-de-conocimiento) hacia uno práctico, social: político. Y en tal proceso lo científico adquiere un estatuto de discurso, entendiéndolo según Michel Foucault:


“(…) el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse”.[3]


Por ello es que, de allí en adelante, el alienista y su discurso tendrán consecuencias directas sobre la vida del pueblo de Itaguaí. En esa perspectiva, cuando Bacamarte, en sus primeros descubrimientos, explica el método para estudiar la «locura», se sientan las bases de lo que sobrevendrá: una categorización maniquea, general y muy amplia que, aunque fácil de aceptar como verdadera desde el punto de vista lógico, puede dar pie a una serie muy variada de interpretaciones (realizaciones) del discurso:


“Suponiendo al espíritu humano como una vasta concha, mi finalidad, señor Soares, es ver si puedo extraer la perla, que es la razón; en otros términos, demarquemos definitivamente los límites de la razón y de la locura. La razón es el perfecto equilibrio de todas las facultades; fuera de ahí, insania, insania y sólo insania”. (Machado de Assis, [1881], 2011: 36)


La metáfora que usa Simão Bacamarte para anunciar sus avances científicos —«La locura, objeto de mis estudios, era hasta ahora una isla perdida en el océano de la razón; empiezo a sospechar que se trata de un continente» (Machado de Assis, [1881], 2011: 33)— se relaciona con la ampliación o conquista de nuevos territorios, lo que nos hace pensar en el tradicional motivo de conflictos bélicos entre pueblos y culturas. Se deja claro, de este modo, que el estatuto del discurso científico, es —otra vez, con Foucault— el de la disputa de poder.



3.

Es así que pronto se verán las tensiones derivadas de la acción política. Esto ocurre primero a nivel del registro: la biografía «documentada» (que el narrador ha venido elaborando mediante supuestas referencias bibliográficas) empieza a intercalarse con anotaciones marginales, breves, que recogen los rumores del pueblo frente al acontecer científico/político de Itaguaí:


“Nadie quería acabar de creer que, sin motivo, sin enemistad, el alienista trancase en la Casa Verde a una señora perfectamente juiciosa, que no había cometido otro crimen que el de interceder por un infeliz. Se comentaba el caso en las esquinas, en las barberías, y se armó una novela con unas galanterías amorosas que, otrora, el alienista le había concedido a la prima de Costa, la indignación de Costa y el desprecio de la prima. Por eso la venganza”. (Machado de Assis, [1881], 2011: 43)


Sin embargo, el narrador enseguida desestimará estas versiones no oficiales, recogidas por unos «cronistas» anónimos o inciertos; pese a que el anotarlas tangencialmente ya implica registrar, entre líneas, un discurso contra-hegemónico, poner sobre la mesa posibilidades alternativas de caracterización de la historia: «La Casa Verde es una cárcel privada —dijo un médico sin consultorio» (Machado de Assis, [1881], 2011: 48).

Julio Ramos ha encontrado que en las novelas de madurez de Machado de Assis, en las cuales es recurrente la ficcionalización de las autobiografías o del diario íntimo, la inclusión de la conjetura opera como una desconstrucción de los narradores y, por extensión, de dichos géneros textuales, y que deviene en una parodización de ellos:


“La parcialidad de la conjetura transgrede las normas básicas de la confesión y de todo discurso autobiográfico: la sinceridad y probabilidad de lo dicho. En tales desajustes radica el carácter anticonfesional y paródico de estas «confesiones»: el poder del confesor, función de la autoridad, ha sido relativizado”. (Ramos, 1996: 115)


En El alienista, la conjetura, o la duda entre diversas versiones de la historia, también termina por relativizar no sólo el carácter del texto o del narrador omnisciente; sino que se sumerge en la trama para desarmar, a través del humor, la condición misma del alienista, su «ética profesional» y, por ende, sus intenciones. La ciencia estatuida como discurso de poder adquiere, entonces, una cualidad de epidérmica, mera apariencia, una moneda falsa que (ya) no vale por lo que dice sino por su capacidad de esconder intenciones no expresadas. De esa forma, no es que en la obra la ciencia vaya perdiendo protagonismo, sino que pierde densidad en cuanto reflexión, pierde espesura en cuanto búsqueda, para convertirse en una estratégica política de distracción, apariencia o elusión. En otras palabras, una posible herramienta de manipulación social.


“El alienista decía que sólo se admitían los casos patológicos, pero poca gente le creía. Las versiones populares se sucedían. Venganza, codicia de dinero, castigo de Dios, monomanía del propio médico, plan secreto de Rio de Janeiro con el fin de destruir en Itaguaí cualquier germen de prosperidad que pudiera brotar (…), mil otras explicaciones que no explicaban nada, tal era el producto diario de la imaginación pública”. (Machado de Assis, [1881], 2011: 49)


¿Cómo reaccionaría el pueblo ante ello, tomando en cuenta que, pese a no ser ilustrados ni científicos, personajes urbanos de la cotidianidad no se dejaban engañar y tenían su propia versión (marginal) de la política emanada de la Casa Verde? Con la rebelión.



4.

Frente al «despotismo científico del alienista» (Machado de Assis, [1881], 2011: 59), el descontento del pueblo crece, e incluso algún clarividente se pregunta: «¿quién nos asegura que el alienado no es el alienista?» (Machado de Assis, [1881], 2011: 61). La ciencia, en este momento un recurso del autoritarismo, es repudiada, y en su rechazo el pueblo se articula alrededor de un líder de proveniencia, justamente, popular: Porfírio, el barbero. Se organiza una asonada para manifestarse en contra del «tirano», en un movimiento que se denominará rebelión de los Canjicas, tomando su apelativo de un tradicional plato de comida de cierta región de Brasil, remarcando su origen popular.

En ese contexto, ¿cómo reacciona la ciencia (el discurso, el protagonista/científico)? Escuchemos lo que responde Bacamarte a los manifestantes:


“Señores míos, la ciencia es cosa seria, y merece ser tratada con seriedad. No doy razón de mis actos de alienista a nadie, salvo a los maestros y a Dios. Si queréis corregir la administración de la Casa Verde, estoy dispuesto a escucharos; pero no ganaréis nada si exigís que me niegue a mí mismo. Podría invitar a algunos de vosotros, en representación de todos, a venir conmigo para ver a los locos reclusos; pero no lo hago, porque sería daros cuenta de mi sistema, lo que no haré ni con legos ni con rebeldes”. (Machado de Assis, [1881], 2011: 67)


La ciencia, en este postulado, regresa a su esencia: la verdad. En una sutil maniobra, la búsqueda-de-la-verdad se convierte llanamente en la Verdad. Por eso el alienista sólo responde a sus maestros y a Dios —yuxtapuestos en un mismo nivel—; por eso no puede revelar la Verdad a los no iniciados; por eso el destruir el «escondite» de la Verdad sería negarse a sí mismo, el símbolo de la ciencia, la ciencia corporizada: porque la ciencia oculta y administra la Verdad. He ahí el mecanismo de su poder.

Pero, ¿por qué puede resultar jocosa la respuesta del alienista a la rebelión de los Canjicas? Posiblemente, lo es gracias a otro mecanismo que ya ha detectado Julio Ramos en la obra de Machado:


“La ficción machadiana, a primera vista, mimetiza la forma individualizadora de la confesión, erigiendo el espacio del yo como utopía. Y (…) ese ejercicio aparentemente mimético relata el fallo y la imposibilidad de la utopía, desarmando así los postulados básicos de la ideología liberal que representa o, más bien, parodia”. (Ramos, 1996: 99)


Al develar la pretensión de Verdad de la ciencia, Machado critica (y parodia) su puesta en juego, su realización discursiva y su agencia política. El yo aquí no es el individuo liberal, sino el símbolo de la ciencia, como habíamos dicho, representado en Bacamarte. Así que la ciencia adquiere entonces el carácter de utopía: es impensable, inviable. Pierde la lucha, y la rebelión llega al poder.

Es notable cómo Machado logra dar un giro a este tópico mediante la ironía, el advenimiento de lo inesperado (como la respuesta del alienista), el humor. Porque de lo que está hablando, finalmente, es algo «serio», es lo que Foucault ha llamado «voluntad de verdad» y que, según el francés, ha atravesado los siglos de la historia occidental en forma de un sistema de exclusión, «sistema histórico, modificable, institucionalmente coactivo» (Foucault, [1970], 1999: 19).



5.

El episodio de la rebelión de los Canjicas puede resultar humorístico en sí mismo: desorganizado, carente de discurso y de un líder claro, a punto de diluirse si no es porque el batallón de los Dragones, enviados a controlar a los manifestantes, sin explicación, se cambia de bando. No obstante, episodios así eran corrientes en el momento histórico en que vivió el autor.

En efecto, José Murilo de Carvalho señala que durante el siglo XIX en Brasil, tras la independencia y pese a que en lugar de una república se instaurara una monarquía, en muchas regiones del país se dio un proceso que denomina «ciudadanía en negativo». Es decir que, por variadas razones, era común que el pueblo se uniera en manifestaciones populosas para pelear por determinada causa. Claro que la mayoría de las (numerosas) revueltas que se dieron, sobre todo a partir de la década de 1830, carecían de programa o de


“ideas muy claras sobre sus reivindicaciones. Esto no quiere decir que los rebeldes no tenían discernimiento, ni que lucharan por nada. Lucharon por valores que les eran caros, independientemente de que pudieran expresarlos claramente. (…) Lo importante es comprender que poseían valores considerados sagrados, que percibían formas de injusticia y que estaban dispuestos a luchar hasta la muerte por sus creencias”.[4]


De aquí colegimos que el «valor» por el que luchan los Canjicas no solamente es la libertad —pues no se manifiestan los confinados en la Casa Verde—, sino, por lo dicho antes, reivindican su derecho a participar en la pugna por la Verdad. Si la ciencia era el mecanismo para dominar la expresión de la Verdad, la rebelión es una reacción ante ello, es la más explícita crítica (pues se da a nivel de la trama del relato) al discurso maniqueo del alienista. Los Canjicas representan esa «ciudadanía en negativo» que conocía Machado de Assis de primera mano.



6.

Una vez en el poder, el líder de la revuelta, Porfírio, mantiene una reunión con Bacamarte, en la que el flamante caudillo menciona:


“La generosa revolución que ayer derribó un Ayuntamiento vilipendiado y corrupto pidió a gritos el arrasamiento de la Casa Verde; pero, ¿puede caber en el ánimo del gobierno eliminar la locura? No. Y si el gobierno no la puede eliminar, ¿está al menos apto para discriminarla, reconocerla? Tampoco. Eso es materia de la ciencia. (…) demos alguna satisfacción al pueblo. Unámonos y el pueblo sabrá obedecer”. (Machado de Assis, [1881], 2011: 82-83)


Este acto demagógico se relaciona con prácticas conocidas y extendidas en todo el Brasil y, más, en toda Latinoamérica. Los arreglos entre los sectores aventajados en la sociedad, las famosas componendas, fueron claves en la implantación del sistema monárquico en Brasil y, probablemente, en la consolidación de su unidad nacional. De hecho, según el historiador Richard Graham, para mediados del siglo XIX no había una conciencia nacional brasileña, sino diversas pertenencias locales y regionales. En tal circunstancia, el Estado central se sirvió de los caciques locales, adhiriéndolos para articular su control, en una situación de codependencia con lógica clientelar:


“El cacique local se aprovechaba del sistema nacional, del mismo modo que los situados a nivel nacional se aprovechaban de él. (…) Conseguir y conceder empleos dotados de una autoridad local: sobre esa doble acción reposaba el aparato estatal, y en ella encontraba su razón de ser”.[5]


De ese modo, autoridades judiciales, militares y políticas recaían en los miembros de las familias pertenecientes a los círculos de poder económico y territorial en cada región. Así, el poder de las clases afortunadas no se contraponía contra el poder público, sino que se expresaba a través de él; es más, eran lo mismo (cfr. Graham, 2003: 643).

En tal perspectiva, la propuesta del barbero Porfírio al doctor Bacamarte es un acto de corrupción representativo de la época, por dos razones: al disfrazar sus intereses privados bajo las formas del gobierno; y al buscar establecer acuerdos entre los diferentes sectores de poder (el discurso científico y el liderazgo de las masas), para gobernar al pueblo en lugar de representarlo.

Graham menciona que los hacendados rurales en Brasil reconocían el valor de la autoridad central porque esta reforzaba su propia autoridad; y que «el reconocimiento de esta realidad es lo que hizo al Brasil surgir como nación» (Graham, 2003: 643). Con estas premisas, ¿no se puede leer El alienista también como una parodización, una puesta en duda de la conformación de la nación brasileña? Quizás sería muy ligero afirmar tal idea, pero lo que remarca este nexo entre el contexto social y un relato profundamente irónico, es la voluntad de someter la idea de gobierno y poder, nuevamente, al ámbito discursivo, en donde los contenidos de la ciencia se pervierten: Profírio no quiere curar la locura, sino aliarse con el estamento capaz de definir la locura: el alienista; el discurso del gobierno, así, quiere disfrazarse del científico. Era, en su tiempo, una invitación a dudar de la palabra proferida desde el poder, ya fuera local o nacional.



7.

Tras sucesivas manifestaciones y cambios de mando en Itaguaí, la guardia de la Corona pone orden y restaura en el poder a la «ciencia» del alienista. En este punto, dicha ciencia se aleja de su estatuto teórico para manifestarse directamente en su faceta más práctica: la venganza, la radicalización del régimen: «De ahí en adelante fue una recogida desenfrenada. (…) Todo era locura» (Machado de Assis, [1881], 2011: 89). Y en tal expresión, se instaura un sistema de reclusión (o rehabilitación) basado (legitimado) por la mentada voluntad de verdad:


“(…) un conjunto tan prescriptivo como el sistema penal ha buscado sus cimientos o su justificación primero naturalmente, en una teoría del derecho, después, a partir del siglo XIX, en un saber sociológico, psicológico, médico, psiquiátrico: como si la palabra misma de la ley no pudiese estar autorizada en nuestra sociedad más que por el discurso de la verdad”. (Foucault, [1970], 1999: 23)


Cabe señalar que aunque leamos aquí diferentes momentos de expresión («más teórica», «más política» o «más discursiva») de la ciencia, en verdad estas características se presentan como tendencias, ya que las tres posibilidades están imbricadas con lógicas de sustentación o causalidad: la ciencia (teórica) de Bacamarte se vuelve ley (política) porque discierne lo sano de lo insano, porque dice saber lo que es verdadero (discurso), etc. Pero ¿qué ocurre cuando la ciencia (personificada en el alienista) retoma su carácter inicial de búsqueda-de-conocimiento, de método al servicio del descubrimiento? Y si para ello pone en duda lo preestablecido, ¿qué puede ocurrir? Lo impensable. El mundo al revés.

Aquello acontece cuando Bacamarte, al constatar que cuatro quintos de la población están alojados en la Casa Verde, decide «declarar al Ayuntamiento que iba a dar libertad a los reclusos de la Casa Verde y a hospedar en ella a las personas» que hasta entonces se consideraban cuerdas (Machado de Assis, [1881], 2011: 96). El argumento es un perfecto silogismo que lleva al absurdo: si la locura es lo no-normal; y si lo normal es lo más común; cuando lo más común es lo no-normal: entonces lo normal es lo no-normal.

Tal paradoja constituye una nueva ironía que desarma la univocidad y la coherencia del discurso de Verdad. En tanto discurso, la Verdad se vuelve maleable, cambiante. De ese modo, las curaciones que se efectuaban en la Casa Verde demuestran hasta qué grado puede llegar dicha maleabilidad del método: «Toda belleza moral o mental era atacada en el punto en que la perfección parecía más sólida; y el efecto era seguro» (Machado de Assis, [1881], 2011: 111). La puesta al revés del mundo se evidencia en que el objetivo inicial del alienista, «prestar un buen servicio a la Humanidad», se ve subvertido por una maniobra enunciativa, lógica, discursiva. Es una muestra más patente, más extrema, del poder político del discurso (científico, en este caso).

Es tanto este poder, que puede ser autodestructivo. De hecho, cuando la Casa Verde ya había «curado» a todos los virtuosos infundándoles todo tipo de antivalores y desviaciones, Simão Bacamarte encuentra «en sí mismo las características del perfecto equilibrio mental y moral», como la sagacidad, la paciencia, la perseverancia, entre otras, concluyendo que es un «acabado mentecato» (Machado de Assis, [1881], 2011: 116), y decide internarse a sí mismo en la Casa Verde, donde finalmente morirá.

La ciencia cierra así su ciclo fagocitándose a sí misma: «La cuestión es científica —decía él—; se trata de una teoría nueva, cuyo primer ejemplo soy yo. Reúno en mí mismo la teoría y la práctica» (Machado de Assis, [1881], 2011: 118). Para ello, ha abandonado su trinchera en tanto discurso de poder, y se ha materializado en la disciplina de estudio, que para Foucault es «un principio de control de la producción del discurso. Ella le fija sus límites por el juego de una identidad que tiene la forma de una reactualización permanente de las reglas» (Foucault, [1970], 1999: 38). En el caso desbordado de Bacamarte, las propias reglas de la teoría (científica) se reactualizan sobre sí mismo, el sujeto (político) y, al dar con la paradoja, lo anulan, lo destruyen.



8.

Este sesgado recorrido por El alienista no devela mayores novedades sobre la obra, ya que el eje de lectura propuesto, la ciencia como discurso (y, en cuanto tal, manifestación del poder), es bastante evidente en el texto. De todos modos, es posible aún seguir reflexionando a partir del diálogo que se ha establecido, entre la visión irónica y, por consiguiente, profundamente crítica frente a los sistemas de gobierno y dominación, y la teoría que en torno a esa problemática ha construido el pensador francés Michel Foucault.

Resulta muy notable que entre el texto de Machado y el de Foucault medien casi nueve décadas, y ocurran en contextos culturales diferentes. Quizás una coincidencia de ambos momentos sea un nivel de agitación popular o incluso el encontrarse en un momento de cambios sociales y políticos: a finales de la década de los 80 del siglo XIX, Brasil dejará el sistema monárquico y se constituirá en una República (aunque con sentido nacional incipiente); y el discurso de Foucault se da apenas dos años después de Mayo del 68. En ambos escenarios, los sistemas de poder se ponen en cuestión, y nuevas formas de activismo social se gestan fuera de los tradicionales círculos hegemónicos. No podemos dejar de relacionar lo que Murilo de Carvalho calificó como la «ciudadanía en negativo», y las propuestas subversivas de los estudiantes franceses que «prohibían prohibir».

En este sentido, el texto de Machado se redimensiona. Si pensamos que la propuesta de Foucault propone fijarse en las discontinuidades de los discursos para desarmarlos desde ahí, en lugar de aceptar fácilmente su hegemonía, es difícil no ver que la crítica mordaz de El alienista opera justamente de esa manera. Como cuando Borges relee a los «precursores» de Kafka a partir de Kafka, es posible rastrear aquí la vigencia del relato machadiano en propuestas tan actuales y revolucionarias como la de Foucault y, seguramente, otras más recientes aun. El tema de la relación entre el discurso y el poder, lejos de acabarse, reclama siempre nuevas re-consideraciones.



[1]Joaquim Maria Machado de Assis, El alienista, [1881], traducción de Remy Gorga, filho, con la colaboración de Fernando Balseca, Quito, Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, 2011, página 12.

[2]Julio Ramos, «Anticonfesiones: deseo y autoridad en Memórias póstumas de Brás Cubas y Dom Casmurro de Machado de Assis», en Paradojas de la letra, Caracas, Ediciones eXcultura - UASB Subsede Ecuador, 1996, página 98.

[3]Michel Foucault, El orden del discurso, [1970], Barcelona, Tusquets Editores, 1999, página 15.

[4]José Murilo de Carvalho, Ciudadanía en Brasil. El largo camino, La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2004, página 65.

[5]Richard Graham, «Formando una nación en el Brasil del siglo XIX», en Antonio Annino y François-Xavier Guerra (coordinadores), Inventando la nación. Iberoamérica siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica, 2003, página 636.

Bibliografía
Foucault, Michel, El orden del discurso, [1970], Barcelona, Tusquets Editores, 1999.
Graham, Richard, «Formando una nación en el Brasil del siglo XIX», en Antonio Annino y François-Xavier Guerra (coordinadores), Inventando la nación. Iberoamérica siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica, 2003.
Machado de Assis, Joaquim Maria, El alienista, [1881], traducción de Remy Gorga, filho, con la colaboración de Fernando Balseca, Quito, Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, 2011.
Murilo de Carvalho, José, Ciudadanía en Brasil. El largo camino, La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2004.
Ramos, Julio, «Anticonfesiones: deseo y autoridad en Memórias póstumas de Brás Cubas y Dom Casmurro de Machado de Assis», en Paradojas de la letra, Caracas, Ediciones eXcultura - UASB Subsede Ecuador, 1996.