La dictadura del cuerpo perfecto

Ensayo

La dictadura del cuerpo perfecto

Marcos Rivadeneira

Número revista:

10

Tema libre

Nunca fui al gimnasio, ni a ninguna de las salas de desarrollo muscular y físico para tener el cuerpo perfecto. Siempre fui un cuerpo perfecto a mi manera. Algunas veces más gordito que otras, pero estaba bien y me sentía conforme. Una época de mi vida, empezaron a gustarme los cuerpos tonificados de algunas chicas, y me percaté de que estos cuerpos tenían un arduo trabajo de horas al día para mantenerse, pero no solo eso, sino un gran sacrificio a la hora de escoger qué alimentos debían ingerir.


Nunca fui al gimnasio, pero sí hice deporte. En mi tiempo, era uno de los seleccionados del colegio en algunas disciplinas y me destacaba en la barra fija. Luego salía con algún compañero de curso a trotar por el parque La Carolina; ese tiempo tenía un buen estado físico, pero no me esforzaba más que lo que mi cuerpo resistía. Luego, cuando ya estaba casado, solía salir a caminar o trotar en algún parque cercano, sin contar los partidos de fútbol cada fin de semana, los cuales terminaban, la mayoría de las veces, en la cervecería de la esquina.


Dicen los científicos que los hombres solemos fijarnos en las mujeres que evidencian ciertas curvas, porque inconscientemente buscamos una mujer que pueda amamantar y parir con facilidad para conservar la especie, es decir, que tenga mamas grandes y amplias caderas, más o menos como lo que ocurre en la novela Grandes pechos amplias caderas de Mo Yan. En mi caso, más allá de la parte física, me llamaban la atención la inteligencia y otras virtudes, como cierta delicadeza, prudencia, sensibilidad, educación, etc. Pero la atracción física sí, sí era importante porque sabía que al final íbamos a retozar en el lecho y entonces el encuentro sería química y física. La sociedad es un ente crítico que exige a las mujeres (y a los hombres) tener cuerpos “perfectos”, lo cual es irreal. Y, contra esa forma de clasificar, debemos rebelarnos. Nuestros cuerpos son perfectos, tal como son. Como entes inmersos en la sociedad, nos debemos una sexualidad liberada de prejuicios. Ese hacer corporal reiterado que se instala como sostén del género, se encuentra comandado, a criterio de Butler (2007), por un “marco obligatorio de la heterosexualidad reproductiva” (p. 267), idea antes desarrollada por Rich (1980) bajo la categoría de heterosexualidad compulsiva y obligatoria. Ahora bien, tal como aclara Butler, estos actos corporales no son casuales, sino voluntarios.


En un país de opresión, múltiples injusticias y evidente dominación masculina, como la China del siglo XIX, Mo Yan exalta la figura y el cuerpo femenino. La protagonista, Shangguan Lu, una férrea superviviente que da a luz a ocho niñas hasta conseguir al deseado varón que hará perpetuar la estirpe, arriesga su vida en diferentes ocasiones para salvar las de sus hijos y nietos en medio del caos, de las guerras y las penurias de la violenta sociedad china de la época.


Sola, con escasa ayuda y sometida a la agitación política del feudalismo o de la era maoísta, Madre, que fue obligada a crecer con los pies vendados y a casarse con un herrero estéril, representa el homenaje del autor a la resistencia y al universo femenino.


El carácter y temperamento de Shangguan Lu y los de sus hijas contrastan con el del único varón de la familia, el narrador de la historia, el pequeño y mimado Jintong, quien, lactante hasta la adolescencia, vive ensimismado con el seno femenino, una imagen que delata el comportamiento simbólico de cierta masculinidad débil en esta obra épica, cómica y trágica al mismo tiempo, como la verdadera realidad china.


Llegó el siglo XXI con sus demandas y cuestionamientos de los estereotipos, y los que ya rondamos la sextena de años nos empezamos a preguntar sobre nuestra vida, que parecía estar hecha de pensamientos y concepciones aceptables, ahora debatidos. Llegó mi sobrina, la feminista, y con apenas veintidós años un día se plantó en un almuerzo familiar y nos aclaró que nunca se debe hablar del cuerpo de otra persona. Enseguida le di la razón. Era algo que yo había pensado siempre, pero que en mi época no se había considerado una falta social, y muchos nos referíamos a la fulanita como la gordita, o la princesa, o el gordo, o flaco. Una personalización en adjetivo que reemplazaba al individuo.


Tenía una novia, hace algunos años, que tenía un hermoso cuerpo. Una artista cuencana que no necesitaba hacerse ninguna cirugía, ni corregirse ningún defecto. Pero sus amigas y compañeras habían pasado por el bisturí de uno de los más reconocidos cirujanos. En mi trabajo, un día por casualidad, cayó en mis manos el catálogo de los productos de este cirujano; ofrecía mamas, nalgas, extensiones y hasta ciertas prótesis para ampliar la pantorrilla, por ejemplo, o para corregir posturas. Es decir que la imagen corporal de hombres y mujeres podía ser modificada a gusto del cliente. Al principio nos reímos mucho sobre la posibilidad de escoger la copa o las nalgas exageradas. Es decir, la exigencia de la sociedad actual no está tan lejos de las demandas de la China que describe el premio Nobel. No estamos alejados de los prejuicios corporales; de hecho, pienso que ahora hemos normalizado la sacralización del cuerpo y exacerbado su consumismo, de modo que podemos comprar partes del cuerpo como en almacén. El cuerpo humano no necesita de prótesis estéticas.


La contraposición de la vida occidental frente a la vida del siglo XIX que nos relata Mo Yan nos permite reflexionar sobre las necesidades reales y las diferencias culturales en las que vivimos, diferencias en las que yo encuentro similitudes. Sin embargo, la lectura de Grandes pechos amplias caderas no es fácil. Más allá de ser el encuentro con estereotipos físicos, nos lleva a recorrer el mundo de la China del siglo XIX, una época en que las mujeres parían todos los hijos que la tierra les daba: un entendimiento de la reproducción y del cuerpo femenino que es contrario a las demandas de las generaciones actuales con su lucha legítima por un aborto seguro y gratuito, similar a cómo en nuestro tiempo se reclamaban la distribución y el acceso de la píldora o cualquier anticonceptivo. Todo es parte de la misma exigencia que como sociedad nos debemos a nosotros mismos: una corporalidad y, por ende, una sexualidad libre.




Marcos Rivadeneira Silva (Quito, Ecuador, 1963)

Egresado del Máster de Literatura de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Estudió Restauración y Museografía y realizó estudios de especialización en Italia, Chile, Brasil, España, y Japón. Ha publicado Hermano sol Hermana muerte (2013), con el que recibió una mención de honor en el Salón de Nacional de Poesía Juegos Florales de la Casa de la Cultura del Ecuador 2012. En 2014 ganó el Premio Nacional de poesía  Paralelo Cero, con el libro La brazada final. En 2015 publicó Los días de la aldaba en la Colección Sur de La Habana, Cuba. En 2018 publicó FRAGMENTOS y Sombra sobre sombra en Buenos Aires. En 2020 publicó La silla turca. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, italiano y árabe, y publicados en importantes revistas internacionales.