La dualidad como condicion del arte en Muerte en Venecia

Ensayo

La dualidad como condición del arte en Muerte en Venecia

Melanie García Robles

Número revista:

1

La belleza y lo abyecto, el deseo y lo repulsivo, la disciplina y la transgresión, el orden y el caos, la salud y la enfermedad, la vejez y la lozanía, lo íntimo y lo exterior, la huida y la quietud, la eternidad y lo efímero, lo apolíneo y lo dionisíaco y, por supuesto, la vida y la muerte —la pista que deja Mann en el título de la obra—. Existe una constante dualidad en Muerte en Venecia; sin embargo, cada extremo forma parte de un todo (exactamente como la metáfora de los dos lados de una moneda); ninguna es buena o mala y, sin uno, el otro perdería sentido. Es así que Thomas Mann, al construir los personajes, no descuida nunca alguno de sus lados; empero, para que esto se perciba hay un narrador que describe constantemente, de manera minuciosa, detalles sobre cada parte de la dualidad. El narrador en Muerte en Venecia es un elemento clave para seguir el argumento; además, genera confusión porque al inicio parece omnisciente y en otras ocasiones parece que es un desdoblamiento. Aschenbach, el protagonista también tiene su dualidad; es un narrador equisciente (un tipo de narrador omnisciente que solo persigue el hilo de lo que piensa y siente un personaje, en este él mismo). Es solo hasta el final de la historia que el lector alcanza a desligar al narrador del protagonista.


En cuanto a los personajes, se puede contrastar lo bello y lo abyecto, gracias al contacto visual que Aschenbach tiene con el viejo de traje amarillo —que es lo repulsivo, para Aschenbach, y aun así se siente la atracción— y Tadzio, el joven angelical del que Aschenbach se enamora, es descrito como si fuera una obra de arte. Este es un factor imprescindible para que Thomas Mann desarrolle, como motivo en el arte, el tema de la dualidad; siempre existe en Aschenbach un lado disciplinado, que demuestra el deber ser (y por eso nunca habla a Tadzio) y por otra parte el lado oscuro, que le hace desearlo (de ahí que incluso lo llegar a seguir, a acosar ocultamente). Sin embargo, pareciera que siempre el lado apolíneo y prudente predomina, salvo casos excepcionales, como el escape del trabajo o las caminatas en que perseguía a Tadzio, en los que predomina el lado dionisiaco en Aschenbach. Precisamente, los momentos de fracaso son imprescindibles para apuntalar la esencia del arte y así celebrar la pérdida que consagra los seres a la muerte.


La propuesta de Thomas Mann en Muerte en Venecia es la amalgama de todas las dicotomías; es que la condición del arte es el caos entre lo apolíneo y lo dionisíaco:


“los poetas, no podemos andar el camino de la belleza sin que Eros nos acompañe y nos sirva de guía; y que si podemos ser héroes y disciplinados guerreros a nuestro modo, nos parecemos, sin embargo, a las mujeres, pues nuestro ensalzamiento es la pasión, y nuestras ansias han de ser de amor. Tal es nuestra gloria y tal es nuestra vergüenza. ¿Comprendes ahora cómo nosotros, los poetas, no podemos ser ni sabios ni dignos? ¿Comprendes que necesariamente hemos de extraviarnos, que hemos de ser necesariamente concupiscentes y aventureros de los sentidos?” (Mann, p. 46).


Porque, aunque lo dionisíaco (el escape, lo grotesco, el deseo, la enfermedad, lo efímero) es por antonomasia el camino del artista, no se hubiese alcanzado sin el lado de lo bello, de la disciplina, de lo digno. Es así que Aschenbach, simboliza a el artista en sí y es Tadzio el camino (lo divino, la tentación, la belleza, la enfermedad, lo efímero y lo corrompido); así como en el narrador y los personajes hay varios elementos que simbolizan el eterno oxímoron como condición del arte.