La totalidad en los cuentos de El Aleph

Ensayo

La totalidad en los cuentos de “El Aleph”

Lucía Mestanza

Número revista:

3

Tema libre

Para R. Á.


“En su profundidad vi que se encierra,

cosido con amor en un volumen,

todo lo que despliega el universo…”


Dante, Paraíso, Canto XXXIII.



Emprender una lectura borgeana es emprender una derrota implacable a la que se acude con total conocimiento de causa y, además, con entusiasmo. ¿Cómo me derrotará Borges esta vez? me pregunto cuando me acerco a alguno de sus textos. Ya sé que estaré expuesta a la bofetada de la erudición, al despiste de la burla flagrante, a una cátedra historiográfica (real o apócrifa, eso no importa) y, por supuesto, al peso del universo en el cuestionamiento de la identidad. Este sentir es exponencial cuando, en mi pretensión de ilusa seguridad por haber leído un poco, bajo la guardia; a partir de ahí, la derrota está consumada. Una nunca vence cuando baja la guardia con Borges.


El Aleph, publicado originalmente en 1949 en el dossier ‘Literatura fantástica’, expone juegos narrativos de argumentación doble que equiparan elementos de lo real con lo imaginario; como teoría, perfecto, mas guarda entre sus páginas un código de insurrección que alcanza acaso a prefigurar el universo de ‘la obra total’, valiéndose de la imposibilidad del lenguaje para abarcar el universo, al cual termina paradójicamente, evocando: “Lo que vieron mis ojos fue simultáneo, lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré” (Borges, 2014, p. 205). La disposición de los elementos lingüísticos –en tanto sintagmática y secuencial– es incapaz de arribar a esa totalidad –de lo paradigmático y simultáneo– que precisa el universo.


¿Cómo significar la totalidad entonces? En El Aleph ello se verifica a través de varios procesos que involucran la narratividad y su contexto:


Borrar identidades. En los cuentos de El Aleph la utilización del verbo ‘borrar’ es frecuente. Se hace en un sentido amplio que supera la acepción de desaparecer aquello escrito o dibujado; interviene más bien un proceso de anulación, eliminación o destrucción de los personajes como signos de la individualidad para erigirlos como significantes del todo. Por ejemplo, en “Abenjacán el Borají, muerto en su laberinto” se lee: “le ordené al esclavo que le deshiciera la cara con una roca” y, más adelante: “Como ahora me borras te borraré” (Borges, 2014, p. 158); en un acto reflexivo en el nivel de la fábula, se describe la desfiguración como un ‘problema de identidad’. En “La espera”, lo crucial se deja ver en su última línea: “En esa magia estaba cuando lo borró la descarga” (p. 177), y en “El inmortal” aparece: “Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren” (p. 24).


En “La escritura del Dios”, el mismo verbo apunta más bien al olvido: “y un carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana…” (Borges, 2014, p. 145); la intención es la misma: el recurso del ‘olvido’ –tan usual en el autor– es otra forma de describir el proceso de la totalidad a través de la destrucción de toda huella de identidad en los personajes. Otras palabras que suscitan el mismo fin son ‘desdibujamiento’, ‘muerte’ y ‘silencio’.


Universalidad del texto y de sus personajes. La transtextualidad descomunal en Borges me hace ahora arribar, por ejemplo, hasta Homero, un nombre que emerge cual personaje emblema; llego a la Ciudad de los Inmortales (“El inmortal”) para descubrir esa universalidad que remite a lo homérico, no solo como símbolo de todo el pueblo griego y su cultura legada, sino también en el nivel mismo de la ficción de este y otros relatos del compendio: la apertura del texto como muestra universal de la voluntad de los hombres, con su infinita disposición de personajes, tiempos y lugares. La vastedad de la obra da cuenta de una narración que precisa ser caótica para sugerir las propias imposibilidades que abarca, para las que no es necesaria una solución –como en el relato policial tradicional– sino que en la inmanencia del caos cuestiona precisamente para abrir posibilidades. Así, para cuando una ciudad ha sido derribada en el texto, ya se ha prefigurado la construcción de la siguiente en un planteamiento circular: “Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve seré todos: estaré muerto” (Borges, 2014, p. 28).


Esa universalidad, relacionada en El Aleph a obras como la de Dante y que describe la unión de su vista con el infinito (en Paraíso, p. 806), es lo que hace que el individuo, en su visión, se autoelimine para fundirse con el universo. Lo inconcebible de incorporar su descubrimiento a un soporte limitado –el de lo lexicográfico– lo hace permanecer en un estado de inmanencia o perplejidad: “la divinidad sólo conoce las leyes generales del universo, lo concerniente a las especies, no al individuo” (Borges, 2014, p. 117); así, “decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron” (p. 148) y toda la cadena que coliga su evolución hasta llegar a la misma instancia del infinito.


Anversos y reversos de lo posmoderno. En El Aleph las posibilidades ficcionales se entretejen desde la lógica conjetural de una realidad dual que se presenta confusa y en ascenso desde lo vano o cotidiano hacia lo profundo o universal (idea lucaksiana). Desde la familiaridad de una calle o el recuerdo de una conversación, las verdades no son sino versiones de la realidad que proyectan relatividad en los hechos definidos por las circunstancias y el contexto. De esta manera, los cuentos son ejemplos de esa plasticidad que problematiza las paradojas de las lecturas de identidad. Olea (1999), aludiendo a Greimas [isótopos diferentes] y a Foucault [desorden de lo heteróclito], reelabora el concepto de lo caótico fragmentario en Borges, quien “nos descubre un terreno nuevo al juntar conceptos que chocan de manera inquietante porque pertenecen a procesos mentales diferentes” (p. 155).  Los recursos de la yuxtaposición y la enumeración asisten a esta idea en la disposición de un oxímoron estructural que multiplica las posibilidades de interpretación.


Por lo tanto, la mayoría de los relatos de la obra deben ser entendidos desde lo posmoderno, puesto que sus personajes, o sus narradores no fiables, lo son. Al mostrar la subjetividad de las dos caras de la historia, memoria y olvido posibilitan esa dualidad. Por ejemplo, en “Emma Zunz”, la dicotomía víctima/criminal en un mismo personaje revitaliza la cuestión, toda vez que el narrador nos dice que ‘la historia es increíble, pero que sustancialmente es verdadera, y que solo son falsas las circunstancias’ (Borges, 2014, p. 79).


“El Zahir” y “El Aleph” son cuentos que plantean la totalidad; las muertes de Teodelina y Beatriz, respectivamente, son hilos conductores que aluden al pretexto que en este caso es el del amor y su idealización, en principio individual, cuyo proceso se narra a través de la banalidad del desarrollo de los hechos en un barrio cualquiera de Buenos Aires y que se ve interrumpido en la mitad de cada relato cuando las circunstancias cambian de manera sorpresiva. En “El Aleph”, Borges –el narrador– nos anticipa que ‘arriba ahora al inefable centro de su relato’ (Borges, 2014, p. 204) para significar, ya en la segunda parte del cuento, ese mismo pretexto, pero convertido en totalidad y en la imposibilidad de ser narrado; la idea se ubica en ese pequeño espacio que encuentra en el escalón 19 de la calle Garay, donde ‘puede entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz’: el “infinito Aleph” (p. 204), donde cada “cosa era infinitas cosas”, visibles “desde todos los puntos del universo” (p. 205). En “El Zahir”, la irrupción de la moneda como objeto, en principio simple, deja de serlo para Borges –el narrador– que se ha enamorado, con la persistencia obsesiva de la moneda en su mente. Lo esférico representa lo absoluto, la inabarcabilidad de un lenguaje que exprese la totalidad, un objeto inolvidable que perturba hasta la locura. El “desdén por la muerte” (p. 133) en Teodelina representa el carácter de lo inolvidable y su persistencia en la memoria a través de esa moneda cuyo ‘anverso y reverso son visibles simultáneamente’ (p. 140), tal vez porque “detrás de la moneda esté Dios” (p. 141).


Diálogo escritor-lector. Todos conocemos con asiduidad la identificación y el orgullo de Borges como lector antes que cualquier otra cosa y creo que quizá es ello lo que decanta su afán por establecer en su escritura un diálogo que invierte los signos escritor-lector para fundamentar la idea de erigir en sus lectores cierta complicidad y predisposición hacia la creación, para convertirlos en lectores activos, pues “Según Borges, el lector usurpa la tarea del escritor” (Manguel, 2004, p. 81); es el perceptor quien desde la construcción de ‘su lectura’ creará la fábula. Quizá Borges tuviera la visión del lector como un alter ego de sí mismo, ya que sostuvo que “todo hombre es capaz de todo libro, de todo cuento y de todo verso” (en Manguel, 2004, p. 56) y que en tantas ocasiones refirió, aludiendo a las posibilidades de lo inverso, a quien sueña que está soñando o a quien es en realidad un personaje aunque pretenda ser un escritor; esas inversiones como propuestas hacia el lector-cuestionador sugieren un “desafío a su capacidad de creación” (De Olaso, 1999, p. 133). Es un ensayo de lectura y relectura con el fin de elaborar interpretaciones ulteriores y, luego, reinterpretaciones.


En El Aleph, las historias en escalada predisponen al lector hacia una instancia –un poco antes del final– que deshace la lógica con la que el lector hasta ese punto había manejado la interpretación de lo posible; es cuando el narrador echa abajo las posibilidades de todo cuanto el lector había construido tanto en el texto como en el subtexto. Presiente que la ficción enmascara una doble historia que juega con las posibilidades entre Platón y Aristóteles, entre Oriente y Occidente, entre la Comedia dantesca y su propio Aleph. Estos guiños referenciales son propuestas lúdicas pero a la vez ontológicas para el lector, a quien el autor cuestiona casi socráticamente, no para que dé un veredicto, sino para significar la imposibilidad de deducir un texto que es caótico porque precisa serlo, en el que al final no se llega a obtener la historia real o la identidad de quien realmente narra esa historia, puesto que eso no importa. Además, es una respuesta de mucha riqueza adjudicada a cada lector que hace que cualquier personaje sea todos los personajes, ‘que un hombre sea todos los hombres’. En “Historia del guerrero y de la cautiva” propone: “Acaso las historias que he referido son una sola historia. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales” (Borges, 2014, p. 61). En “La busca de Averroes”, Abulcásim contesta al ser increpado: “¿Qué podía referir? Además, le exigían maravillas y la maravilla es acaso incomunicable” (p. 121). Estos fragmentos me increpan acerca de lo que yo misma podría decir cuando, como humana, estoy limitada por el lenguaje.


A modo de conclusión acudo a las palabras de Dante (2018): “soy como el geómetra empeñado en mesurar el círculo, que piensa una vez y otra sin resolverlo”. Mis ‘propias alas no bastan’ (en Paraíso, 2018, pp. 808-809).


Entiendo El Aleph como una alegoría que termina evocando, con encadenadas (¿simultáneas?) metáforas, el infinito, el universo, la verdad divina o la eternidad; no el tiempo secuencial: “hay quien ha visto a Dios en un resplandor… o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos… sino en todas partes, a un tiempo… infinita… la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total… Vi el universo” (Borges, 2014, p. 149). El autor nos cuenta en esta obra sobre los anhelos de la imaginación, del deseo inmenso de una mente; es decir, nos habla de lo universal y no de hechos, pues estos son circunstanciales, mientras que la construcción de la mitología Borges abarca el infinito.


La idea final de “La muralla y los libros” comenta que la música, los estados de felicidad, la mitología o los rostros que trabaja el tempo, así como ciertos crepúsculos y lugares, intentan transmitirnos algo que se escapa pero que es posible presentir en la inmanencia de una revelación (Borges, 2011, p. 154) que no termina de producirse. Intuyo que ese algo, abarca la totalidad.

Referencias

Alighieri, D. Comedia, Acantilado, 2018.
Borges, J. Inquisiciones Otras inquisiciones, Penguin Random House, 2011.
________. El Aleph, Penguin Random House, 2014.
________. La literatura fantástica (Conferencia), versión web, 1949.
Caneiro, X. Jorge Luis Borges, 2003.
Manguel, A. Con Borges, Alianza, 2004.
Olaso de, E. Jugar en serio. Aventuras de Borges, Paidós, 1999.
Olea, R. Borges: Desesperaciones aparentes y consuelos secretos, Colegio de México, 1999.