Lectura soplo de vida

Ensayo

Lectura, soplo de vida

Aída López Sosa

Número revista:

7

Tema libre

“De todas mis penas me he consolado

siempre con una hora de lectura”.

Montesquieu



Mucho se ha dicho y escrito del poder de las palabras –de lo cual abundaremos más adelante-, pero también del poder del pensamiento. Anoche me dormí reflexionando acerca de “El arte de la lectura”, tópico que debía escribir al día siguiente. Coincidencialmente, en el chat del whatsapp, al revisarlo a primera hora, encontré que dos contactos compartían sendos videos de distinta naturaleza, pero que tocaban el tema. El primero, un cuento donde se narra la historia de una niña que vive en la sierra en condiciones paupérrimas, pero que hace un esfuerzo para no faltar a clase, en la que, por su aspecto, era motivo de bullying. Su maestro se cuestionaba qué importancia podían tener los cuentos en esos niños cuyas vidas necesitaban lo indispensable para sobrevivir, sin embargo, el cuento de la Cenicienta fue lo que hizo a la niña creer en la magia de un hada que podría cambiar su destino, esto sin abandonar el tesón que la distinguía de sus compañeros. Como podrá colegirse, alcanzó su sueño de ser médica y, para la satisfacción de su maestro, quien retornó a la sierra años después, consiguió una beca en el extranjero superando cualquier expectativa. A partir de ese momento, el tutor quiso ya no ser solo quien enseñara, sino aprender cómo “evoluciona una oruga hasta convertirse en mariposa”.


El segundo video es el mismo Carl Sagan reflexionando acerca de lo impresionante que es el libro, definiéndolo como “un objeto plano hecho de un árbol, con partes flexibles en donde se imprimen muchos garabatos graciosos, pero si le echamos una mirada, nos encontramos dentro de la mente de otra persona. Quizá alguien muerto hace miles de años. A través de milenios, un autor hablando clara y silenciosamente dentro de tu cabeza, directamente a ti. La escritura es, quizá, la mejor invención humana. Une a personas que nunca se conocieron, ciudadanos de épocas distantes. Los libros rompen las barreras del tiempo. Un libro es prueba de que los humanos son capaces de hacer magia”.


Ambos  discursos nos hablan de lo que significan las palabras, su escritura y lectura, capacidades que nos hacen humanos, ya que nuestra especie es la única en el reino animal cuya biología lo permite. ¿Pero qué es un libro sin un lector? El filósofo y escritor estadounidense Ralph Waldo Emerson da respuesta: “un libro geométricamente es una cosa entre tantas, es hasta que lo abrimos, hasta que el libro encuentra a su lector que ocurre el hecho estético”. El mismo libro, a través del tiempo, cambia para el mismo lector, lo que se asemeja al río de Heráclito: “El hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana”. De esto se desprende la pertinencia de la relectura para renovar el texto con la frescura de una nueva mirada, a su vez cambiante como el río del filósofo griego.


La Real Academia de la Lengua (RAE) le otorga al verbo transitivo legêre ocho definiciones que van desde pasar la vista por lo escrito, entender o interpretar, las concepciones de oralidad de un texto, su decodificación, hasta el acto de enseñar con base a un escrito. También incluye prácticas esotéricas como cuando se lee la mano o las cartas, y la lectura que podemos hacer de los sentimientos o pensamientos de las personas cuando las tenemos tête à tête.


Cuando pensamos en un escritor contemporáneo, lector por antonomasia, viene a la memoria Jorge Luis Borges, quien no podía imaginar un mundo sin libros y reconoce la influencia de todos los autores que leyó en su personalidad. Su orgullo era por los libros leídos, no por los escritos. Consideraba que la lectura nunca debe ser obligatoria, sino placentera; a nadie se le obliga al placer. Tampoco debe ser culpógeno no leer, aunque el Estado, en su afán de democratizar la lectura, se valga de campañas que terminan responsabilizando al ciudadano por no hacerlo.


Borges, al final de su vida, “pidió prestado ojos” para seguir leyendo. Cuando lo nombraron director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina en el año de 1955, estaba prácticamente ciego, apenas lograba distinguir los lomos de los libros y algunos colores como el amarillo, al cual le dedicó el poema “El oro de los tigres” (1972), reminiscencia de su infancia cuando acudía al zoológico en compañía de su hermana: …Con los años fueron dejándome los otros hermosos colores y ahora solo me quedan la vaga luz, la inextricable sombra y el oro del principio”. En el cuento “La biblioteca de Babel” (1941), describe una biblioteca que en apariencia es infinita, aunque en la realidad es finita: cada libro tiene 410 páginas, 40 renglones y 80 símbolos por renglón: “…Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto…”.


El niño Borges, a los ocho años, leyó el relato de la marioneta de madera Pinocho (1882/1883, Carlo Collodi); más adelante comprendería que lo fascinante de la historia eran las aventuras de la educación. Un muñeco que quiere ser “un niño de verdad”, un ciudadano que lo más probable es que no sea lo que la sociedad espera. El ser que yace debajo de la madera pintada, ni él mismo lo conoce. El autor del cuento deja el aprendizaje a medias, ya que se detiene en el primer paso que se requiere para convertirse en ciudadano: leer. Sí, Pinocho aprende a leer, pero nunca se convierte en lector, tarea peligrosa y difícil cuando se está expuesto a una serie de tentaciones, celos, burlas y maldades, como le sucede cuando, en uno de los pasajes, sus compañeros de clases arrojan sus libros al mar y los peces emergen para mordisquearlos. No siendo ajeno al hambre, fantasea con tener 100 mil monedas para hacerse de un palacio con una biblioteca de confites, pasteles y bollos con crema, ya que los libros no sacian su estómago.


En este contexto, podemos disertar acerca de lo que significa leer para encontrar que cada quien tiene diferentes motivaciones, significados y resultados. Lo ejemplificaré de manera convencional sin considerar la época del personaje en cuestión. La literatura alude a tiempos remotos; en los siglos XVIII y XIX existían leyes que prohibían a los esclavos aprender a leer. La Biblia fue también vetada para el vulgo que no hablaba ni leía latín, el clero la daba a conocer a su modo. La primera Biblia en inglés apareció en 1395, después de 13 años de traducción, interrumpida por el intento de un proyecto de ley para prohibirla en ese idioma y encarcelar a quien tuviera una copia: clara manifestación de la correlación entre la libertad civil y religiosa, y el poder del lector.


Virginia Woolf, en su ensayo “Un cuarto propio” (1929), puntualiza la importancia - casi imprescindible- de que las mujeres cuenten con dinero –no para una biblioteca de confites como Pinocho– y un espacio para leer y escribir. A menos de un siglo del texto, advertimos que la situación de las mujeres ha mejorado; ahora encontramos cierto equilibro entre ambos géneros en el universo literario. La lectura y la escritura han servido a las mujeres para, en primer término, emanciparse intelectualmente, lo que hubiera sido imposible sin las condiciones conquistadas. Ha sido una larga lucha por demostrar que “la inteligencia no tiene sexo”, como aseveró Sor Juana Inés de la Cruz, a quien su pasión por el conocimiento la llevó a tomar el Hábito. La joven de Nepantla nació y murió en el siglo XVII, cuando la mujer solo tenía dos opciones: casarse o irse de monja, antes de que el Santo Oficio la acusara de bruja, amante del diablo y terminara en la hoguera. Vicente Riva Palacio, en dos tomos de “Monja y casada, virgen y mártir” (1868), aborda el tema a cabalidad del oscuro pasado colonial.


Retomando a Virginia Woolf en “Un cuarto propio”, crea un personaje ficticio: la hermana de William Shakespeare, llamada Judith –metáfora del femenino del dramaturgo–, quien, teniendo la misma capacidad intelectual, es relegada por su género. En este juego de roles, Woolf imagina la genialidad que hubiéramos perdido si William hubiese sido mujer y, por este designio de la naturaleza, no hubiera accedido a la educación a pesar de sus inquietudes literarias. El personaje ficticio, para evitar el matrimonio, no se va a un monasterio como Sor Juana lo hizo a los 15 años, sino que escapa del hogar para terminar suicidándose al tirarse bajo las ruedas de un camión.


La ficción de Woolf, dos siglos atrás, fue una realidad para Maria Anna Mozart, la hermana de Wolfgang Amadeus Mozart, quien tocando el piano como Wolfi, solo acompañó a su hermano en el primer periplo por toda Europa organizado por su padre. Maria Anna se destacó como su hermano en las cortes francesas, sin embargo, Leopold decidió que se enfocaría en promover el virtuosismo de su hijo y no el de ella.


En contraste a la emancipación intelectual del género femenino, la lectura y la escritura al Marqués de Sade le sirvieron para sortear los largos encierros en la cárcel y el manicomio, donde finalmente murió a una edad avanzada para la época. La creación de su vasta obra solo se concibe en esos períodos donde combinaba la fantasía con la realidad para escribir sus ensayos, cuentos, novelas y dramaturgia. La cárcel también sirvió al mexicano José Revueltas para concebir la novela “El apando” (1969) –la cárcel dentro la cárcel-,  inspirada en una experiencia personal durante el año que fue preso político en Lecumberri. Revueltas fue capaz de plasmar en su escritura el ambiente enloquecedor del hacinamiento y crueles torturas. El pintor David Alfaro Siqueiros, durante su estancia en el mismo presidio, también se refugió en el arte dejando un mural, otro tipo de escritura y por ende de lectura. El dolor no solo se narra o se pinta, también se poetiza; el español Miguel Hernández luchó contra el franquismo con la pluma empuñada, motivado por sus lecturas de escritores como Federico García Lorca y Pablo Neruda. Cambió su vida armoniosa en el campo para unirse al ejército republicano español y emprender la lucha por la libertad: “Se da contra las piedras la libertad, el día,/ el paso galopante de un hombre, la cabeza,/ la boca con espuma, con decisión de espuma,/ la libertad, un hombre./…”.


En esta variedad de acontecimientos y circunstancias, hemos hecho un breve recorrido de las motivaciones que han tenido algunos de los personajes de la historia para leer y escribir, considerando que la lectura es el alimento de la escritura y no se concibe sin ella. Algunos quieren otorgarle al acto de leer una connotación subversiva, aunque se produzca una paradoja pues el mismo sistema es el que la promueve. Si el libro es marginal, una de las razones para leer es el deseo de ser marginal; abandonar en algún momento la masa, a través del poder que da la literatura.


Francisco de Quevedo se ufanaba de haber leído todos los libros existentes, algo creíble en los siglos XV y XVI cuando no abundaban las ediciones impresas y mucho menos los diversos formatos de la actualidad. Por esos mismos siglos, Doménikos Theotokópoulos, “El Greco”, tenía la rareza de una biblioteca con poco más de 130 títulos, solo para contextualizar la presunción de Quevedo. Sor Juana, un siglo después, tenía cerca de 4000 volúmenes en el Convento de San Jerónimo. Al final de su vida no está claro si ella entregó sus libros a favor del Arzobispado de México para su venta y repartición de las ganancias entre la gente pobre. Borges al final de su vida se quedó, por su voluntad, únicamente con 100 títulos elegidos.


Entre las posturas de los fomentadores de lectura están los que aseguran que ahora hay más facilidad para leer, esto es por la variedad de formatos como los libros electrónicos, audiolibros, digitales, entre otras innovaciones que la acercan a quien tenga el ánimo. Hay mayor variedad de traducciones y de dispositivos traductores. La poesía continúa siendo el género más difícil de pasar a otras lenguas, considero que así seguirá siendo. La mayor oferta ha derivado en cuestionamientos acerca de la calidad literaria, ya que no todos se pueden considerar buenos libros, más allá del volumen de ventas. Otros dirán que lo importante es que se lea, con la esperanza de que, en un futuro próximo, el criterio seleccione mejor. En México seguimos disfrutando la experiencia del olor, los colores y la textura de los libros en papel.


Lo cierto es que la lectura es catarsis, un bálsamo en momentos de incertidumbre como este del COVID. No es exageración decir que la lectura salva vidas, eleva el espíritu, abre el entendimiento, nos ayuda a interpretar el mundo, a conocernos e imaginar. Libera la mente del claustro, disuelve barreras, ignora fronteras, tiende puentes, se anticipa a la vida, dijo Wilde; crea diálogo y cuestionamientos, también encuentra respuestas y propone. Nos acompaña, arropa. Los terapeutas aseguran que cura o alivia las penas, según Montesquieu.


¿Cuántas razones más se necesitan para tomar un libro y comenzar a leer?