Leer Frankenstein

Ensayo

Leer Frankenstein

Pablo Ferraioli

Número revista:

7

Tema libre

En 1818, una joven mujer creará una de las figuras más potentes y perdurables de nuestra cultura y la plasmará en un libro que, con el paso de los años, será cada vez menos leído. Una paradoja que está siempre a nuestro alcance resolver: se trata de leer Frankenstein.


¡Maldito creador! ¿Por qué formaste un monstruo tan espantoso que incluso tú te apartaste horrorizado?


Las pesadillas de Mary Wollstonecraft Shelley


Mary Wollstonecraft afirma, en el prólogo a la edición de 1831 de su novela, que la idea para Frankenstein o el moderno Prometeo se le presentó en una pesadilla (Shelley, 1991). Surgido de la materia de los sueños, Frankenstein es un libro fascinante. Que sea más conocido que leído es un motivo para esa fascinación: hoy, es más probable tener una idea acerca de los personajes y su historia a través de versiones cinematográficas o parodias animadas que por acceso directo al texto.


Por alguna extraña razón, es un libro que ha quedado además confinado al estante de la literatura juvenil, donde el texto original compite con incontables versiones adaptadas, resumidas, ilustradas y procesadas de una u otra manera. Tal vez se lo conciba hoy como un libro de iniciación a la lectura. Es curioso porque es una obra que brilla tanto más cuanto más recursos asociativos pueda uno poner en juego, lo que lo hace interesante también para el lector experimentado.


Y es fascinante también porque fue escrito por una mujer feminista y anarquista cuando estaba por comenzar esa era que llamamos «victoriana» y que tan poco asociamos con el feminismo y el anarquismo. Y porque, si damos crédito a quienes afirman que Sor Juana Inés de la Cruz escribió ciencia ficción (Lépori, 2018), contribuye a situar en plumas femeninas el mérito de haber creado uno de los géneros más productivos de nuestro tiempo.


Porque Frankenstein, aunque se apoyó en los procedimientos de la novela gótica y romántica, inauguró los de la ciencia ficción, ese nuevo género que caracterizaría al siglo XX. Dice Mary Wollstonecraft en otro prólogo, el de la primera edición: «The event on which this fiction is founded has been supposed, by Dr. Darwin and some of the physiological writers of Germany, as not of impossible occurrence (...).The event on which the interest of the story depends is exempt of the disadvantages of a mere tale of spectres and enchantment» (Shelley, 1991, p. XXVII). Pero, sobre todo, Frankenstein o el moderno Prometeo es fascinante porque inaugura sin dudas un linaje que encontrará su lugar en el cine y eclosionará en el Roy Batty que reformula Ridley Scott, pero también en el Edward Scissorhands creado por Tim Burton. «...me familiaricé con la ciencia de la anatomía, pero esto no bastaba. También debí observar la descomposición natural y la corrupción del cuerpo humano (...). Ahora tenía que estudiar la causa de esta descomposición y me veía obligado a pasar días y noches en criptas y osarios. Atraían toda mi atención los objetos más insoportables a la delicadeza de los sentimientos humanos. Vi cómo se degradaban y se perdían los finos rasgos de un hombre. Contemplé cómo la corrupción de la muerte reemplazaba a la mejilla viva. Observé cómo heredaba el gusano los prodigios del ojo y el cerebro…» (Shelley, 2018, p. 46).


Un odioso moderno Prometeo


Wollstonecraft concibió un personaje egoísta, narcisista, pusilánime, cobarde. Víctor Frankenstein, el científico, el creador, acumulará ignominia sobre ignominia y despertará nuestra repulsa. Al menos, podemos imaginar que, a los ojos de un lector de hoy, la manía victimizante del científico, su convicción de que nadie sufre como él (ni siquiera una joven condenada a muerte por un crimen que no cometió y a la que él mismo podría haber salvado) y el inocultable placer morboso que encuentra en la culpa, la angustia y la indecisión, se tornan auténticamente insufribles. «...¿quién puede concebir los horrores de mi tarea secreta mientras removía la húmeda oscuridad de las sepulturas o torturaba a un animal vivo para intentar animar la arcilla inerte? (...) Recogía huesos de los osarios y con dedos profanos perturbaba los tremendos secretos de la constitución humana (...). La sala de disección y el matadero me proporcionaban muchos de mis materiales y con frecuencia mi naturaleza humana detestaba mi trabajo al tiempo que, empujado por una emoción que aumentaba sin cesar, mi tarea se aproximaba a su fin…» (Shelley, 2018, p. 49)


Personaje característicamente romántico, presa vapuleada de emociones extremas, Víctor Frankenstein ocupa la mayor parte del relato. Es él, y no su criatura, quien fue concebido como personaje principal. Así lo manifiestan el título de la novela, que toma su nombre, y el subtítulo, «el moderno Prometeo», que hace referencia a la insolencia del científico de arrebatar a los dioses la llama misma de la vida. Ciertamente, Wollstonecraft habría pensado que nos contaba la historia de la caída de un hombre de genio imprudente y que nos advertía de los peligros de una ciencia arrogante, pero de hecho nos estaba legando al mismo tiempo un monstruo de estatura mítica que aún hoy habita en nuestros propios sueños.


La forma en que Mary Wollstonecraft organiza su novela es de por sí interesante: se inicia con una serie de cuatro cartas que un narrador, de nombre Walton, le escribe a una hermana suya. El relato se presenta como una novela epistolar que deriva hacia la forma de la bitácora: Walton es un explorador del Ártico que cuenta de este modo las circunstancias en que encuentra a un viajero solitario perdido en los hielos próximos al círculo polar. Procura comunicar la fabulosa historia que el viajero, al borde de la muerte, le refiere. Para ello, agotados los prolegómenos y establecido el marco, cede la palabra al propio viajero, Víctor Frankenstein, cuyo relato abarca los capítulos siguientes.


En la forma de «memorias», Victor Frankenstein narra en primera persona los hechos que lo terminarán llevando al polo y al encuentro con el explorador. En los primeros capítulos, nos cuenta el proceso tortuoso y febril por el cual logra desentrañar el secreto de la vida y animar un demonio confeccionado con multitud de restos cadavéricos.


Humano, demasiado humano


La creación del monstruo como tal tiene lugar en el quinto capítulo (que sería de hecho el noveno, si contamos las cuatro cartas introductorias). La criatura es apenas entrevista tras su creación y se pierde inmediatamente. En el octavo capítulo sabremos de su primer crimen, pero seguirá siendo más una presencia evocada e imaginada que vista o percibida. Cerca de la mitad de la novela transcurre en realidad entre las dudas, pensamientos torturados, especulaciones más o menos delirantes, angustias y malestares de Victor Frankenstein.


No es sino hasta el décimo capítulo que el demonio, como preferentemente lo llama el científico, reaparece por fin y confronta a su creador. Es entonces que el narrador vuelve a cambiar. En el capítulo 11, el propio engendro toma la palabra, que conservará hasta el capítulo 16. Es él quien, por ese espacio de seis capítulos, evoca lo vivido tras su creación y rememora la cadena de desprecios que lo convirtieron en un resentido.


Esta estructura general de cajas chinas resultará simétrica: Frankenstein volverá a tomar la palabra luego, hasta completar 24 capítulos, para volver otra vez a Walton, quien, en una carta final, nos contará el desenlace de la historia. Con este artilugio, que supone involucrar un testigo, Wollstonecraft nos hace saber que su relato no es el cuento de un loco.


Pero en definitiva, es recién hacia la mitad del libro que la bestia innominada atrapa, con su propia voz, nuestra atención y, tal vez, nuestro afecto, ya que la humanidad del monstruo resulta sobrecogedora: «...esperaba este recibimiento -dijo el demoníaco ser- Todos los hombres odian a los infelices. ¡Cuánto no me deben odiar a mí, que soy el más desgraciado de los seres vivientes! Sin embargo tú, que eres mi creador, detestas y desprecias a tu criatura a la cual tu arte vinculó por lazos que sólo romperá la desaparición de uno de nosotros. ¿Quieres matarme? ¿Cómo osas jugar así con la vida? Cumple tus deberes conmigo y yo cumpliré los míos contigo y con el resto de la humanidad…» (Shelley, 2018, p.95).


Ya ha sido señalado por muchos autores: la envergadura de la figura encarnada en el monstruo es tal que no solo ha perdurado en nuestra imaginación, sino que ha usurpado el nombre de su creador, incluso al punto de convertirse en un sustantivo común: al menos en el habla del Río de la Plata. Cualquier engendro contrahecho compuesto con los restos de otras cosas bien puede caracterizarse como «un frankenstein». Como puede observarse, la metonimia se refiere al engendro, no al hombre que se llamaba así.


Mary Wollstonecraft solo necesitó seis capítulos y el epílogo para que la voz del monstruo diera lugar a ese nuevo mito: «...recuerda que soy tu criatura. Debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído que apartaste de la alegría sin motivo. Yo veo la felicidad allí donde miro y me siento irremediablemente excluido de ella. Yo era benévolo y afectuoso, pero el sufrimiento me ha convertido en un demonio…» (Shelley, 2018, p. 96).


El linaje de los monstruos que sufren


¿Qué es lo que hace tan potente al demonio que Mary Wollstonecraft entrevió en sueños una noche de verano a orillas del Lac Leman?


Cuando Víctor Frankenstein se presenta ante el explorador que lo rescata de los hielos del Ártico, dice de sí mismo: «Soy ginebrino de nacimiento, y mi familia es una de las más ilustres de esa república. Mis antepasados habían sido consejeros y síndicos durante muchos años y mi padre había ocupado diversos cargos públicos con gran honor y buena reputación» (Shelley, 2018, p. 27). Frankenstein basa la imagen de sí mismo en la certeza de pertenecer a un linaje: soy ginebrino, soy hijo de un hombre ilustre, soy heredero de personas importantes. Cree saber quién es. Y aquí está el gran contraste con su monstruo y el rasgo de desesperada humanidad que Mary Wollstonecraft amplifica con visión certera. Hace decir a la criatura:


«Mi persona era horrenda y mi estatura gigantesca. ¿Qué significaba esto? ¿Quién era yo? ¿Qué era? ¿De dónde venía? ¿Cuál era mi destino? Estas preguntas me asaltaban sin cesar, pero no era capaz de hallar respuesta» (Shelley, 2018, p.125).


«...¿y qué era yo? Ignoraba todo sobre mi creación y creador, pero sabía que no poseía dinero ni amigo, ni ningún tipo de propiedad. Además, estaba dotado de una figura horriblemente deformada y odiosa. Mi naturaleza no era siquiera como la del hombre. Era más ágil que ellos y podía subsistir a base de una dieta más tosca. Soportaba mejor el frío y el calor extremos. Mi estatura superaba con mucho a la suya. Al mirar a mi alrededor no veía ni oía hablar de nadie como yo. ¿Era entonces yo un auténtico monstruo, una lacra sobre la Tierra de la que todos huían y a la que todos los hombres repudiaban?» (Shelley, 2018, p. 117)


Por mucho que el demonio devenga criminal, es él, y no su creador, quien se formula las angustiantes preguntas que lo hacen nuestro contemporáneo.


El engendro que imaginó Mary Wollstonecraft sufre. Sufre a causa de la soledad y el rechazo. No está movido por una maldad constitutiva, no es la encarnación de la esencia del Mal, que no tiene ni necesita explicación, ni es intrínsecamente depravado, como en general lo son otros espantos típicos de la novela gótica o de terror. La criatura de Frankenstein es, como ella misma se encarga de decirle a su creador, un ángel que ha caído, y por una causa que le impone la sociedad: porque se le niega la posibilidad de ingresar al mundo humano.


En el lapso de dos años, que es el tiempo que transcurre en la novela desde que Frankenstein anima a su criatura y hasta que se reencuentran en una montaña de los Alpes suizos, el monstruo sigue un derrotero en el que rápidamente aprende que está excluido de la comunidad con los hombres. Comprende, rechazo tras rechazo, desprecio tras desprecio, humillación tras humillación, que no tiene un semejante que le devuelva su rostro transfigurado.


Dar vida, inspirar amor


«Si no estoy ligado a nadie por lazo alguno ni amo a nadie, el odio y el vicio deberán ser mi objetivo. El amor de otra persona destruiría la causa de mis crímenes y me transformaría en una cosa cuya existencia todos desconocerían. Mis vicios son hijos de una soledad forzosa que aborrezco, y mis virtudes surgirían forzosamente si viviera en armonía con un igual. Sentiría los afectos de otro ser sensible y me incorporaría a la cadena de existencia y de sucesos de la que ahora estoy excluido…» (Shelley, 2018, p.145)


La criatura comprende que es un proscripto y cifra su redención en una sola y desesperada condición, la única capaz de pacificarlo: «Los hombres no quieren relaciones conmigo, pero alguien tan deforme y horrible como yo no se apartaría de mí. Mi compañera debe ser como yo y tener los mismos defectos. Debes crear a ese ser» (Shelley, 2018, p.141).


Frankenstein accederá. No obstante, no podemos dejar de advertir una enorme candidez en la fantasía que inspira la demanda del monstruo. En eso se diferencia de sus sucesores, como Roy Batty, que no aspira al amor sino a la libertad y el poder, o Edward Scissorhands, que sí encuentra el amor pero comprende que es imposible.


Y es aquí donde llega el momento verdaderamente trágico de la novela: con todo y su enorme narcisismo, Victor Frankenstein advierte que aunque bien puede animar la materialidad de un cuerpo, no puede insuflar el amor. Entiende que la tarea que ha aceptado realizar está, en lo más importante, fuera de su alcance. En eso, comprendemos nosotros, no se diferencia de otros dioses.


«...estaba a punto de crear otro ser cuyas inclinaciones desconocía igualmente, Esta mujer podía ser incluso mil veces más diabólica que su compañero y solazarse en el crimen y la desgracia. Él había jurado que abandonaría la compañía de los hombres, pero ella no. Dado que con toda probabilidad ella podría ser un animal pensante y capaz de razonar, tal vez se negase a acatar un compromiso alcanzado antes de su creación. Incluso podían aborrecerse uno al otro. El ser que ya vivía detestaba su propia deformidad. ¿No podría ocurrir que la odiase todavía más al tenerla ante sus ojos en versión femenina? A su vez, quizás ella también lo despreciara y lo abandonase con repugnancia buscando la belleza superior del hombre y él se encontraría nuevamente solo, pero despechado…» (Shelley, 2018, p.163)


Víctor Frankenstein decidirá destruir su nueva obra antes de completarla y desencadenar las consecuencias de romper su promesa. La suerte de todos los personajes quedará sellada.


Y Mary Wollstonecraft habrá dejado abiertas como heridas las preguntas que volverán a surgir una y otra vez, en especial, en boca de los renovados engendros de la ciencia ficción: ¿Qué significa esto? ¿Quién soy yo? ¿Qué soy? ¿De dónde vengo?


¿Cuál es mi destino?




Referencias bibliográficas


LÉPORI, R. (2018). Sor Juana y la ciencia ficción (1a ed.). La Plata. Libros de Casa Violeta.

SHELLEY, M. W. (2018). Frankenstein, prefacio de Martín Kohan, traducción de Mario de León (1a ed.). Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El Ateneo.

SHELLEY, M. W. (1991). Frankenstein (2a ed.). New York. Bantam Books.



*Una versión de este ensayo fue publicada anteriormente en la revista Clave de Libros.