Lo que entra no se queda

Ensayo

‘Lo que entra no se queda’: la paradoja del hueco y su vacío en Sanguínea

Anita Palán

Número revista:

4

Tema dossier

“Esa niña estaba destinada a perderlo 

todo para encontrarlo todo, porque solamente 

alguien que se vacía puede ser llenado de nuevo.”

-Laura Esquivel


La vida se remite a la fluidez de los actos y al deseo de llenar cierto vacío. Cada quien tiene un hueco, un espacio, que se mantiene por el anhelo de sentir la llenura, lo cual muchas veces no sucede. Leer Sanguínea de Gabriela Ponce es compartir la vida de la protagonista para descubrir cómo llenar su hoyo, esa incompletitud que en ocasiones se puede asemejar a nuestra propia oquedad. Esa mujer sin nombre nos devela una historia atestada de fluidos que salen del hueco, pero que nunca retornan; de sueños extraños que reflejan las ansias, imágenes y experiencias que la construyen incompleta. Cada página de esta obra no solo advierte la posibilidad de la orfandad, sino que consolida la pérdida y la carne como huéspedes en ese vacío con el que vive la protagonista de la trama. 


Para empezar, es preciso destacar una oportuna sugerencia que Virginia Woolf da a los lectores sobre cómo se puede leer un libro: “El único consejo, en verdad, que una persona puede dar a otra acerca de la lectura es que no se deje aconsejar, que siga su propio instinto, que utilice su sentido común, que llegue a sus propias conclusiones” (2009, p. 124). De esta forma, el propósito es divagar en torno de una de las tantas nociones —el hueco y su huésped en este caso— que puede evocar Sanguínea; cada mente y cuerpo son diferentes, el sentir de las páginas recae en una subjetividad y deducciones propias —o eso es lo que se espera— que lleven a recrear la historia. 


La protagonista de la novela mantiene un pacto con el lector en el que se develan sus más profundos pensamientos. Por los detalles y la profundidad con la que se expresa, no se podrían encasillar con epítetos formales —la literatura en sí repudia las formalidades—. Por esto, prefiero no catalogar la estructura de la novela con tecnicismos; mi propósito es tan sencillo como un «secreto», eso que se comparte, se entiende, pero no se divulga o se dice. La única forma de saberlo es ser parte de él. 


Ahora bien, para hablar del huésped se precisa hacerlo en relación a la hospitalidad, proceso que puede favorecer o perjudicar a quien acoge a una figura extraña. Por un lado, la historia presenta una paradoja: la invitación que busca que esa figura ajena se instale en el adentro, provoca en el acto mismo de la recepción su rechazo. Lo que entra nunca se queda. Por otro lado, lo que se crea en el interior —que resulta de los fluidos naturales— se lo expulsa, sin posibilidad de retorno. Por eso, el vacío se mantiene como lugar deshabitado y brinda la posibilidad de hospedaje, lo cual provoca un ciclo que se repite; un proceso que transita por la oquedad, la llenura momentánea y la carencia. 


Con base en esta noción, es necesario destacar los distintos huecos y vacíos que acoge la figura protagónica. En primera instancia, se distingue el hoyo natural, propio de la feminidad, que es susceptible de albergar al otro; cavidad interna, por donde también se expulsa lo que se crea. En segundo lugar, el vacío emocional —agujero que se desea colmar con mayor anhelo— se produce por varios acontecimientos que vive el personaje principal. Por último, los agujeros situacionales: los lugares en los que se desea estar y que llenan esa incompletitud, los cuales son ocupados por la narradora.  


A continuación, para facilitar la lectura de este ensayo, se plantea que el personaje protagónico, anónimo en la historia, tenga un nombre: A. Entonces, se puede decir que A tiene un hueco, el cual se encuentra simbolizado por su sexo y feminidad; el hoyo permite la creación y que la ciclicidad de esta mujer se consolide con la sangre que brota desde el orificio. El agujero está presente como un vacío y el sentido de la falta se intensifica por distintos acontecimientos de su vida: la infancia, el presente de la historia y el embarazo. Según esto, la ciclicidad perdura en el inicio, el desarrollo y el retorno al vacío. 


A nos cuenta hechos de su niñez y juventud, y cómo se ve ligada a la privación y creación del hueco: “Mi tutú de bailarina con huecos, por primera vez el escalofrío frente a los huecos de la tela” (Ponce, 2020, p. 87). Así, el tutú, metáfora de la infancia, representa la época en la que se construye en hoyo. Pero ¿cuáles son las circunstancias que refuerzan el sentido de la falta, de la incompletitud? Por un lado, esta resulta de la ausencia de su padre, el primer vacío y despojo que vive, el cual es una constante en la obra: “Le digo mi papá ha sido cualquier cosa, menos mi papá. Le digo en la infancia, las casas para mí eran lugares en los que creaba escondites para, al atardecer, poder llorar en paz y, a veces, ahí, en esos escondites, me quedaba dormida” (Ponce, 2020, p. 130).


Así, dicha falta se vincula a la ausencia de su progenitor. Por otro lado, A tuvo un hermano que tristemente falleció —las causas y los motivos nunca se revelan—. Esta pérdida hace más ostensible la carencia o abandono que ya existía en su hogar, pues esta muerte agudiza la hondura del vacío: “Le digo mi hermano fue siempre la persona que más quise en el mundo y se murió. Iba a contarle detalles del entierro, de cómo frente a la imagen de su féretro, bajando a la tierra, yo sentí que me arrancaban, despellejándome desde el pecho, un trozo de cuerpo —mi tórax: de ahí la sensación de la herida debajo de las tetas—” (Ponce, 2020, p. 131). 


Una vez señaladas las premisas del vacío emocional, resulta más fácil entender la vida adulta de A, su presente y el de la historia. Para esto, se toman en cuenta algunos aspectos importantes que marcan el devenir de la trama. En primera instancia, la relación con sus parejas sentimentales o sexuales tiene una conexión directa con el deseo de llenar del orificio natural. En este sentido, lo que marca un antes y un después es su divorcio, uno de los sucesos que complementa la lista del vacío emocional. Ella está consciente de la complejidad de su relación en el pasado, por los engaños, las discusiones y el maltrato. “Los sueños con él son lo peor (...). Los sueños son espejos, son animales, otra vez son huecos, y son los dos diciéndonos siempre es un alivio estar juntos, la pérdida ha sido insoportable. Levantarse después de esos sueños es imposible (...). Me encuentro diciendo ahora entiendo que la gente se aguante con el muerto o con el malestar o con la fetidez o con el error porque todo eso es mejor que soñar que volvemos a estar juntos y despertarse y de golpe sentir el dolor de la realidad” (Ponce, 2020, p. 81-82).


En segundo lugar, la aparición de otra pareja da cabida a una intensa intimidad. A conoce al hombre de la cueva una noche en la que disfrutaba de sus patines. Libre y volátil, su relación se sostiene por el acuerdo del placer mutuo —sin compromiso o ataduras—. Ahora, es interesante cómo se cataloga a esta figura: «El hombre de la cueva», la cueva, otro hueco. A visita este lugar, el sitio principal que se destaca entre los vacíos situacionales. Ella sueña en el sitio con niñas y animales extraños, como en una cueva —algo raro y misterioso—. Lo interesante de todo esto es que A, la mujer que hospeda al otro, a lo extraño, pasa a ser huésped del lugar también —sin perder su deseo de albergar al que visita su hueco—.   


Por último, se destacan dos opuestos que, a su vez, se encuentran ligados. A lo largo de la historia que nos cuenta A, se detalla la menstruación, la sangre que sale del hueco y no vuelve. Ella tiene un placer extraño por ver su sangre —creo yo que es la mejor forma de verlo: el placer y el aprecio—, ya que esta representa la vitalidad y una fertilidad catalogada por estereotipos, a pesar de que los biomas de su interior la condicionan a no ser madre. Así se consolidan dichos opuestos, la sangre es la creación o la falta de ésta; sin la existencia del fluido la posibilidad de procrear pierde sentido. Esto sustenta la idea de que lo que nace de dentro no retorna. No obstante, A, por una extraña razón que no dice y tampoco entiende, crea vida en el profundo hoyo de su útero y el vacío se llena en cierto sentido. 


A no sabe qué debe hacer, con quién hablar o cómo callar. Empieza una nueva etapa, no solo de su vida, sino del huésped: la gestación. A acepta que crece algo dentro de ella, intuye que morirá como las veces pasadas, aunque no es el caso. El feto empieza a crecer y su cuerpo a cambiar, pero sabe que no puede quedarse con él; el vacío debe quedar vacío, el hueco debe seguir siendo hueco. Esto, con la finalidad de que la paradoja —lo que acoge o recibe no se queda en el interior— se mantenga. A decide que lo mejor es dar al niño en adopción: "Ahora el cuerpo ya no es mío, se impone el otro cuerpo al que pronto voy a dejar. Ambos nos vamos a dejar" (Ponce, 2020, p. 148). Se cumple la idea de que lo que sale del hueco no vuelve y lo que entra no se queda. 


Estamos ante un ciclo infinito de huéspedes, que llenan un espacio o un vacío. Son estos los que rechazan la invitación de una estancia perdurable. Es por ello que, para que A exista, se debe mantener la carencia. Si el hueco termina lleno, si lo que sale de él vuelve a entrar, la posibilidad del desarrollo de la trama se anula. A es el testimonio vivo de la ausencia y la falta; si no existe esto, el secreto que nos comparte no sería tan íntimo y cautivador. Por esto, la historia y la forma en que se comparte, este lado oculto de ella, se ven ligadas al hueco, a conservarlo carente, de tal manera que fluya lo que pasa y sale de él: “Luego, en un cuarto frío, con otras paridas, con accidentados y operados, sigo sintiendo alivio y digo cómo puedo hacer esto y, al mismo tiempo, es lo único que puedo hacer, mientras siento que me salen ríos de sangre por la vagina. Vuelve la sangre” (Ponce, 2020, p. 158).


Mi acercamiento a Sanguínea fue muy íntimo; las descripciones, los sentimientos profundos y su proximidad natural, al detallar sin tapujos lo que se refugia en el interior, atrapan en cada página. La comprensión que recibes, porque con o sin intención relacionas tu propio vacío —tu propio hueco—, es abrazadora y humana. Todos estamos carentes de algo: la falta nos consume en ocasiones y esperamos dichosos hospedar a un todo y ya no a la nada. Sanguínea se hospeda en ti y tú en ella; tú acompañas a la protagonista a llenar su hueco y ella a ti para que te des cuenta que albergas uno.

Referencias
Ponce, G. (2020). Sanguínea. Severo.
Woolf, V. (2009). El lector común. Lumen.