Mil y un encierros

Ensayo

Mil y un encierros: 'Sala de psicopatología' de Alejandra Pizarnik

Anita Palán

Número revista:

5

Tema dossier

“¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del

alba,

y esos labios exangües sorbiendo los venenos en la inanidad de

la palabra!

Y de pronto no hay más.

Se rompieron los frascos.

Se astillaron las luces y los lápices.

Se desgarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro

laberinto”

—Olga Orozco, Pavana para una infanta difunta



En estos días donde el encierro es parte de la rutina, las caras que, al igual que los ánimos y la ansiedad, que son las mismas, nos llevan en un bucle constante de desesperación. Uno despierta para usar sus manos como cables enlazados a las máquinas y los ojos como lupas que no pueden desviar la mirada del cuadrado de vidrio luminoso. Es lo que hay y es lo que nos toca, no solo por mil y un decretos, sino por preservar la vida. Así, cada día se ha vuelto una constante paranoia, como si las cuatro paredes de nuestra casa se convirtieran en la “sala 18” que Alejandra Pizarnik describe en su poema ‘Sala de psicopatología’. En cierto sentido resulta irónico: lo que antes era nuestro espacio seguro es ahora la trampa que nos condena a vivir en constante angustia a la fuerza; en cambio, para la poeta no fue obligación. La decisión resultó, quizá, de su lucidez. A pesar de ello, el encierro interno se quedó ahí y solo se calmó el día en que decidió dejar de soportar lo que su cuerpo y lírica contenían.


La poesía implica leer lo íntimo, los más claros y oscuros pensamientos, lo bueno y malo, lo que cautiva y alberga el sentimiento de empatía entre el autor y el lector. Pero resulta más extraño leer cartas y diarios; ese tipo de conexión sobrepasa la intimidad, como una transformación que permite convertirse en el otro. En los diarios y cuadernos no existen ni métrica ni ritmo que te guíen; solo es el lector dejándose caer al vacío de otro interior. El tomo voluminoso que recopila los secretos de Alejandra Pizarnik detalla un sin fin de pensamientos, lugares y personas que se adentran en la piel de la poeta. El propósito de esta escritura privada sería el desahogo —despojarse de lo externo y dar cabida al secreto del adentro—. Así, en su último diario, Pizarnik describe cómo la experiencia de la “sala 18” empieza. La tentativa de albergarse en el hospital Pirovano viene del sentimiento de cansancio, de que nada cambia; las nulas ganas de leer y escribir la sobrepasan —la única salida de lo tormentoso se agota y no funciona más—; estaba perdida como una infanta difunta, como diría Olga Orozco.


Los mil y un encierros no solo se muestran en el poema, sino a lo largo de la vida de Pizarnik. Hay que entenderlo como un laberinto infinito, en el que la vida era la propia prisión, donde había días o meses en que ese sentimiento que la mantenía cautiva se desvanecía, pero siempre volvía a sumirse en la celda interior, como un frecuente ir y venir de la libertad al encierro. De hecho, así empieza el poema ‘Sala de psicopatología’, con una descripción de los lugares en los que Alejandra estuvo, como si el afán fuera hablar sobre el antes y el después —el afuera y el adentro en este punto de la posible reclusión—. Luego de describir lugares conocidos en viajes, el giro que hace el poema se torna extraño y nuevas voces empiezan a hablar; los murmullos van de un extremo hasta su opuesto; la ausencia, la fugacidad y el vacío absoluto se contrastan con lo único que le daría la sensación de plenitud: morir.


A lo largo de los versos y con su tono melancólico, Pizarnik menciona varias de sus influencias literarias y filosóficas: Nietzche, Kierkegaard, Dostoyevski, Kafka y, su figura comprensiva, Freud. Así, se teje una trama que permite la comprensión de su sentir desde una óptica existencial y psicoanalítica. El poema detalla lo que postula Sigmund como fuente para comprender cómo nace el vacío en la ausencia de la madre y el padre:


Lejos de las ciudades en las que se compra y se vende (oh, en ese jardín para la niña que fui, la pálida alucinada de los suburbios malsanos por los que erraba del brazo de las sombras: niña, mi querida niña que no has tenido madre (ni padre, es obvio)

De modo que arrastré mi culo hasta la sala 18,

en la que finjo creer que mi enfermedad de lejanía, de separación         de absoluta NO-ALIANZA con ellos

—Ellos son todos y yo soy yo—. (Pizarnik, 2016, p. 414)


Esta idea no se encuentra solo en este poema, sino en la vasta obra de la poeta. La niña sola, abandonada, la niña ya no tan niña, sigue desatendida e inconsolable entre las paredes del hospital Pirovano, encerrada en su único refugio. Es comprensible que busque resguardo en un lugar tan lejano a lo familiar, ya que el principal amparo —la madre y el padre— nunca estuvo. Así, de la creación se deriva un punto sugerente sobre el tema paternal; el vínculo de carencia que tiene con Kafka sobre la ausencia del padre se refleja en varios fragmentos de los diarios y específicamente en este poema:


Y sobre todo Kafka

a quien le pasó lo que a mí, si bien él era púdico y casto

—«¿Qué hice del don del sexo?»— y yo soy una pajera como no existe otra;

pero le pasó (a Kafka) lo que a mí:

se separó

fue demasiado lejos en la soledad

y supo —tuvo que saber—.

que de allí no se vuelve. (Pizarnik, 2016, p. 416)


Para Kafka la ausencia del padre, para Pizarnik la de los dos progenitores; en ambos, la carencia del encierro. Al final, la muerte del uno por tuberculosis y la muerte de ella a manos de los fármacos. Un vacío de herencia, pero un maravilloso legado de creación y sentimiento, escritos en lírica y prosa que mostraban sus maneras de escapar del encierro de su vida.


Esta creación va desde el verso hasta la narrativa. No tiene métrica, pero está cargado de una melodía penetrante, en la que sentirse cautiva del dolor va desde los ojos de Pizarnik hasta los del lector. La penetrante angustia y el suplicio de sentir que se ha soñado tanto que ya no se pertenece al mundo se instaura entre líneas. Esta forma de reclusión remite al deseo desesperado de no sentirse cautivo, ¿qué calma este anhelo? Para los ojos de Pizarnik, resulta simple la respuesta: morir. Se creería que este deseo la atemoriza, pero la poeta revive la idea entre las páginas; el mundo tormentoso de sus ojos ya no es mundo; esa vida que en algún punto la llenaba ya no lo hace. Ella soñaba tanto que, literalmente, se alejó de esta realidad:


Yo quiero solamente poner fin a esta agonía que se vuelve ridícula a fuerza de prolongarse,

(Ridículamente te han adornado para este mundo —dice una voz apiadada de mí)

Y

Que te encuentres con vos misma— dijo.

Y yo le dije:

Para reunirme con el migo de conmigo y ser una sola y misma entidad con él tengo que matar al migo para que así se muera el con y, de este modo, anulados los contrarios, la dialéctica supliciante finaliza en la fusión de los contrarios

El suicidio determina

un cuchillo sin hoja

al que le falta el mango.

Entonces:

adiós sujeto y objeto. (Pizarnik, 2016, p. 413-414)


Aunque las ganas de despedirse del cosmos se encuentran latentes, la duda permanece. La valentía que se necesita para decir adiós parece tentativa y difícil a la vez; de esto puede nacer un nuevo encierro. Estar preso en el anhelo, sin los medios o la decisión de alejarse, es el debate frecuente de Pizarnik. Así, al final de este largo poema le habla a su adentro —a la existencia carente que refleja su vacío—:


El lenguaje

—yo no puedo más,

alma mía, pequeña inexistente,

decídete;

te las picás o te quedás,

pero no me toques así,

con pavura, con confusión,

o te vas o te las picás,

yo, por mi parte, no puedo más. (Pizarnik, 2016, p. 417)


Al final, la duda se esfuma; la inestabilidad y el vacío, también. La vida volvió a ser vida cuando el descanso se volvió eterno. Los mil y un encierros que se recreaban como un vaivén dentro de la lírica se liberaron por la muerte. Pizarnik no escribió más, la “sala 18” se multiplicó y el hospital Pirovano mantuvo su rutina. Y así, en estos días en que somos máquinas y tenemos cables como extensiones del cuerpo, cuando las cuatro paredes se siguen estrechando en cada una de estas líneas, lo único que nos queda es leer estos poemas para no sucumbir en nuestro encierro.

Referencias

Pizarnik, A. (2016). Poesía Completa. Lumen.
Pizarnik, A. (2014). Diarios. Lumen.