Molloy y Mersault antiheroes que se construyen a partir de la figura de la madre

Ensayo

Molloy y Mersault: antihéroes que se construyen a partir de la figura de la madre

David López R.

Número revista:

1

En el presente trabajo se intentará encontrar la convergencia de rasgos edípicos, los cuales constituyen el principio de las motivaciones en los personajes de las obras: Molloy de Samuel Beckett y El extranjero de Albert Camus. En primera instancia, es importante mencionar el inicio de las dos novelas porque, de alguna forma, sus primeras oraciones sirven como una ‘nota de advertencia’ para que el lector pueda hacerse una idea del personaje-narrador que estará en la historia; como si fuera un preludio a la esencia de sus acciones, casi a manera de una breve presentación de quién es. “Estoy en el cuarto de mi madre. Ahora soy yo quien vive aquí. No recuerdo cómo llegué. En una ambulancia, en todo caso en un vehículo. Me ayudaron. Yo solo no habría llegado nunca.” Y también “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo (…)”. El punto de arranque de los dos textos se encuentra en los aforismos[1], desplegados a partir de una acción que comienza por la madre, pero que no llega de orden directa a los personajes; más bien hay una intercesión de un otro (sea persona o institución) que dirigen a Molloy y Mersault  hacia sus progenitoras. O en otras palabras:


(…) para Lacan nuestro deseo inconsciente está dirigido hacia el Otro, bajo la forma de una realidad en última instancia placentera que nunca podemos poseer; pero también es cierto que para Lacan, de alguna forma, nuestro deseo siempre lo recibimos asimismo del Otro. (Eagleton, 1988)


Tan solo con lo anteriormente citado se pueden esbozar algunos de sus rasgos comunes: carecen de empatía, emotividad, y son capaces de expresar, de manera cruda y muy honesta, la intensidad de su desapego. Siguiendo el método lacaniano, estos personajes son un buen ejemplo de forclusión. La ausencia de la figura paterna puede ser un síntoma de que los personajes no reconozcan una ley o una institución de normas, donde se puede elucubrar que la figura de un padre no articuló el despojamiento edípico; como consecuencia, la realidad adquiere un carácter distorsionado para el protagonista. El pasado, presente y futuro están entrelazados por el deseo que navega desde la etapa infantil hasta una mucho más senil. Se podría también sugerir que la antipatía de Molloy y Mersault tiene su origen en que “todo deseo nace de una carencia que continuamente se esfuerza por satisfacerse.” (Eagleton, 1988)


Este somero análisis se sustenta en el hecho de que ambos personajes carecen de un padre; con Mersault es más evidente porque ni siquiera se menciona su nombre. Con Molloy tenemos el dato de que el nombre de su progenitor es Dag; aquí, en cuanto al tratamiento de los nombres, Beckett juega desproveyendo las relaciones ‘normales’ de madre e hijo, reconfigurándolas a tal punto de confundir a Molloy con su padre; este afirma que odia llamar a su madre ‘Ma’, por lo que prefiere llamarla por su nombre para negar su naturaleza familiar, así también, no le incomoda que su madre lo llame como a su padre. Con Mersault, la muerte de la madre adquiere un significado trascendental puesto que, con la desaparición de ella, esto supone la búsqueda de una nueva ‘madre’, en este caso, María. Esta nueva mujer viene a perpetrar el asesinato metafísico de la madre al intentar dejar finiquitada la cuestión edípica, mediante la sustitución irreversible de la figura materna. Con Molloy, es aún más evidente este asunto de la representación de la madre en las relaciones que el personaje mantiene con otras mujeres. “Y, que Dios me perdone, por revelaros el secreto de mi angustia, la imagen de mi madre viene a veces a unirse a las suyas, lo que es literalmente insoportable, como para creerse en plena crucifixión, no sé por qué, ni me interesa saberlo.” (Beckett, 1951)


Para finalizar es importante resaltar que, en las dos novelas (con más fuerza en una que en la otra), los personajes están en un mundo gobernado por las autoridades o dirigencias. Así,  citando a Harold Bloom, quien habla sobre esta dualidad entre el personaje y su entorno en un ensayo sobre la obra de Beckett:


El peculiar triunfo de Beckett es que disputa con Kafka el oscuro Honor de ser el Dante de ese mundo (…) Llámeselo silencio o abismo; tómeselo como la realidad más allá del principio de placer o como la realidad metafísica y espiritual de nuestra existencia por fin expuesta más allá de toda ilusión (…) en el arte de la representación su tarea es más convincente que la de nadie. (Bloom, 2005)[2].


[1] Vale hablar de aforismos en los inicios de las dos novelas porque se tratan de sentencias breves, que en los personajes tienen un orden doctrinal.

[2] Ensayo de Harold Bloom sobre Samuel Beckett en Novelas y novelistas. El canon de la novela. Pág. 601- 610.

Referencias
Eagleton, T. (1988). Una introducción a la teoría literaria. México: Fondo de Cultura Económica.