Puede la poesia salvar el mundo

Ensayo

¿Puede la poesía salvar el mundo?

Ana Blandiana

Número revista:

9

Tema entrevista

No creo que la Academia Mundial de la Poesía siga existiendo y, para ser sincera, no estoy segura de que haya existido nunca. Lo único que sé es que se fundó, de una manera casi exaltada, con un entusiasmo y una pompa que no se me borran de la memoria. Una iniciativa casi romántica de la UNESCO coincidió con las ambiciones de una ciudad por convertirse en capital cultural europea. Dicha ciudad era Verona, y la ambición pertenecía a su alcaldesa, una mujer joven y enérgica para la que, obviamente, ganar el codiciado título habría significado llegar a la cúspide de su carrera. La UNESCO se encargó de invitar a los sesenta poetas seleccionados de todo el mundo como miembros fundadores y elaboró el proyecto marco que definiría la futura institución, mientras que el ayuntamiento de Verona hizo el resto. Unos y otros realizaban sus tareas de forma un tanto exagerada, casi absurda, como si fuera natural prescindir de los rigores del mundo circundante o de los límites de la realidad. O, más exactamente aún, como si, sabiendo de antemano que todo iba ser censurado por la realidad, se entregaran con una especie de voluptuosidad a una libertad que escapaba a las riendas razonables de lo posible.


Ese texto fundacional y misterioso, puesto que nadie pudo averiguar quién era el poeta que lo escribió y nadie creía que lo hubiera compuesto un funcionario de la UNESCO, intentaba responder a la siguiente pregunta: ¿qué finalidad y qué sentido tiene esta nueva y tan extravagante institución? Y la respuesta en frases aladas rezaba: el mundo debe ser salvado a través de la poesía y la poesía puede salvar al mundo. Y a este optimismo, sin pizca de duda y tal vez de mesura, se sumó la inesperada idea de que no basta con escribir poesía, sino que hay que trasladarla al centro del mundo. Todavía recuerdo los sentimientos contradictorios que ese texto despertó en mí, asombroso porque provenía de una institución. Se podría creer que si las instituciones internacionales empezaran a pensar en estos términos, entonces no todo estaba perdido en el mundo. Además, el hecho de volver a colocar a la poesía en el centro del mundo presuponía que alguna vez había estado allí, lo que obliga a preguntarse: ¿cuándo? Y, después de haber superado con una sonrisa propia de este tiempo la suposición de que se trataba de una figura retórica, de repente te venían a la memoria épocas anteriores a todas las culturas y civilizaciones, los mundos ancestrales construidos en torno a creencias mágicas formuladas en conjuros, en palabras que existían por sí mismas y lo resumían y dominaban todo. Así pues, la fórmula no era aberrante, y la poesía había sido originalmente la fuente en la que se encarnaban las fuerzas físicas y los poderes morales de una humanidad en ciernes. Recordé que los antiguos legisladores se expresaban a menudo en verso: en Crotona, por ejemplo, las leyes pitagóricas se consideraban sagradas y se formulaban en tropos. La cuestión es si recurrieron a los tropos porque eran más fáciles de recordar o para transmitir parte del sobrecogedor misterio de la poesía.


Y al otro extremo del tiempo, ¿no escribió Dostoievski que la belleza salvaría al mundo?


Los debates se desarrollaron con una especie de desconcierto entre las paredes de palacios medievales pintadas al fresco, donde los micrófonos hicieron su deber, avergonzados por su inoportuna presencia. De hecho, la mera circunstancia de que sesenta de los poetas más importantes del mundo estuvieran reunidos creaba una especie de inquietud, y los propios poetas se sentían obviamente impresionados por el papel que se les asignaba, así como por la situación y el escenario en el que se encontraban.


El hecho de que la Academia Mundial de la Poesía se quedara solo en un sueño –que, increíblemente, existió durante tres días, en la realidad de la UNESCO y de Verona– no significa que las ideas que entonces se encendieron en las mentes de los sesenta poetas reunidos bajo las llamas de la U-topía no siguieran ardiendo. Tampoco significa que la idea de situar la poesía en el centro del mundo como medio de salvación sea utópica.


Intentaré referirme a tres situaciones en tres periodos diferentes de la historia contemporánea en las que la gente ha recurrido desesperada a la poesía como poder salvador.


La lista final del futuro programa de la Academia, compuesta por propuestas para que la poesía volviera al centro del mundo, era en sí misma un poema escrito en un sueño colectivo.


Recuerdo la amplia escalinata de mármol con sus peldaños desgastados por las pisadas de cientos de años por la que bajamos desde la sala de conferencias hasta el jardín, a su vez con terrazas rebosantes de árboles y flores, a orillas de una cascada que descendía serena a lo largo de unas gradas de piedra. En su extremo inferior, paralela al borde del estanque, había una larga mesa que brillaba blanca bajo el sol poniente, iluminada no solo por las velas encendidas sino también por sus reflejos en los cristales. Todavía recuerdo la última cena, la conclusión festiva, la calle peatonal que conducía al palacio cubierta por una alfombra roja, flanqueada a cada paso de pajes con trompetas y banderas heráldicas.


En los salones con estucos ajados y paredes pintadas al fresco con ángeles regordetes casi desvanecidos en el tiempo, refulgían mesas de cuatro o seis personas con flores y velas sobre el blanco de la vajilla. El contraste entre la vetusta nobleza del edificio de cuatro siglos y la suntuosa frescura de la cena añadía un refinamiento adicional al lujo. En la cartulina dorada ante el Sr. Mario Luzi, al lado del cual me senté por casualidad, bajo el nombre del gran poeta estaba escrito senatore. Tratando de disimular mi asombro, no sin una sombra de decepción, pregunté a mi compañero de mesa a qué partido pertenecía, y él respondió, asombrado a su vez por la pregunta, que no pertenecía a ningún partido, y añadió con cierto reproche irónico: "¿Quién ha visto alguna vez que un poeta milite en un partido?". Avergonzada, me disculpé por la pregunta, cuyo efecto resultó ser casi insultante, y para justificarme le mostré la tarjeta dorada con el infame título. Y me explicó, con naturalidad, que era senador no por ser político sino poeta, que el Parlamento italiano incluye varios escaños asignados de manera honorífica a personalidades de la cultura. Me dejó sin palabras. De hecho, Mario Luzi ni siquiera esperaba mi respuesta. Me dio una información que consideraba natural. Pero durante el resto de la noche yo traté en vano de imaginarme una situación similar en el Parlamento de Rumania. O, si a pesar del absurdo, este hubiera sido capaz de inventar una situación así, me imaginé –sin ningún esfuerzo esta vez– la escena en la que un poeta trataba de llamar la atención desde la tribuna a la violación política de algunas reglas elementales del sentido común, mientras toda la sala vociferaría con sorna coreando: "¡Eso es poesía!".


A menudo me he preguntado si el importante papel desempeñado por la poesía en las cárceles comunistas de Rumania tiene algo que ver con la legendaria afirmación de Vasile Alecsandri en el siglo XIX de que "el rumano ha nacido poeta". Si el extraño mecanismo de resistencia mental, intelectual y espiritual basado en la composición, transmisión, memorización y recitación de poemas que funcionó durante dos décadas en nuestras prisiones no ha sido un fenómeno específicamente rumano.


Un fenómeno literario extraño y colectivo, ya que la ausencia de lápiz y papel hacía que el nacimiento de cualquier poema supusiera la implicación de varias personas: el que lo componía, el que lo transmitía en código Morse y los que lo memorizaban para que no desapareciera. Y aunque el autor del poema realizaba también otras operaciones, a su alrededor centelleaba el aura de solidaridad y de emoción de los que lo recibían al pasar de muro en muro y de cárcel en cárcel.


Recuerdo cuánto me impresionó cuando leí por primera vez, en un libro de memorias de detención, la escena de la llegada de nuevos reclusos trasladados desde otras prisiones –parte del implacable movimiento browniano para aumentar el sufrimiento e impedir la organización de la resistencia–, cuando los que se reunían intercambiaban con avidez no solo información sino también poemas. Es evidente que no somos lo debidamente conscientes, ni, desde luego, estamos lo bastante orgullosos de la originalidad e importancia de este fenómeno sorprendente que dice tanto sobre quiénes somos.


Unas décadas más tarde, en los años setenta y ochenta, las tiradas de los volúmenes de poesía alcanzaron varias decenas de miles de ejemplares, y en algunos casos en los que los poemas tenían o solo se intuía que pudieran tener algunas alusiones a la rebeldía, se copiaban a mano y se distribuían. Pero no se trataba de una rebelión, sino de una defensa: la poesía era el lugar donde persistían las últimas moléculas de libertad que los lectores intentaban respirar a fin de salvarse tanto intelectual como espiritualmente. Puesto que, a diferencia de otras formas de expresión, la poesía tenía como herramienta principal la metáfora, un símil que carece de un término de comparación y que el lector podía imaginar, el texto lograba pasar ante las mismas narices o sobre la cabeza de la censura.


Recuerdo mi sorpresa cuando Pierre Emmanuel (que me invitó a un recital de poesía en París) me preguntó cuántos ejemplares se habían editado de mi último volumen de poesía y le contesté avergonzada que 3000, pensando que era poco, y solo después de comprender que al famoso poeta francés la tirada de la poetisa principiante que yo era le había parecido enorme, le confesé con orgullo que el libro se había agotado a los pocos días y que esa era una situación habitual en Rumania. Además, no solo en Rumania, sino en todos los países comunistas, el estatus de los poetas se parecía más bien al de los cantantes de rock o de música pop que al de los poetas en Occidente. Nichita Stănescu era visto como un monstruo sagrado, y como él había innumerables poetas de Polonia, Bulgaria, Hungría, Rusia, la República Checa, Rumania, cuyos difíciles y complejos poemas eran memorizados por miles y miles de personas, que quizás ni siquiera los entendían, pero que comprendían que estos albergaban las semillas de la libertad que necesitaban. Curiosamente, los libros de poesía se agotaban en las librerías en cuestión de días, las presentaciones de libros de poesía atraían a multitudes, en los recitales de poesía se acababan todas las entradas, los encuentros de los poetas con los lectores llenaban los clubes estudiantiles y las casas de cultura, y el culto al día del aniversario de Eminescu se convirtió en enero, el mes del cumpleaños del dictador, en un acto subversivo. Recuerdo –y esos recuerdos aparecen en muchas memorias de los colegas de mi generación– que durante los recitales y en los encuentros con los lectores, la poesía parecía nacer del aire, a mitad camino entre el poeta y los lectores, de modo que la alusión, la metáfora, el significado pronunciado a medias por el poeta se completaba en la percepción subversiva del público; y unos inocentes poemas líricos se cargaban de significados electrizantes y eran premiados con largos aplausos en aquella atmósfera propicia para la poesía. La única forma de solidaridad que se podía alcanzar en el comunismo –tanto en el mundo carcelario del estalinismo como en la falta de esperanza de los años 80– era, pues, la solidaridad a través de la poesía. Así que, si por colocar la poesía en el centro del mundo se entiende hacerla vibrar en el corazón de la gente sin esperanza, entonces la fórmula celebrada por la UNESCO no es tan descabellada.


La tercera situación que ilustra la fuerza de la poesía en la historia reciente está más próxima al presente, hasta antes de la pandemia: me refiero al crecimiento exponencial del número de festivales de poesía en todo el mundo, y en Europa más que en otros lugares. Este fenómeno comenzó hace diez o quince años, cuando a los festivales consagrados que habían entrado en la conciencia pública, como el de Struga en la antigua Yugoslavia o el de Rotterdam, comenzaron a sumarse otros focos de irradiación literarios.


La forma en que los festivales de poesía se han multiplicado en Europa en las últimas dos o tres décadas, o incluso el modo en que sus organizadores se han multiplicado y profesionalizado, convirtiendo las lecturas en eventos y los eventos casi en negocios, puede ser un tema interesante para el estudio sociológico relacionado con la poesía como forma de supervivencia, la poesía como forma de ponerse en el punto de mira, la poesía como medio de socialización, la poesía como objetivo turístico.


No me he propuesto nunca contar los festivales de poesía a los que he asistido, pero si lo hiciera, estoy segura de que no los recordaría todos. Mientras algunos son pequeñas obras maestras de organización que se han convertido casi en obras de arte, otros presumen de su carácter bohemio y alocado, y otros son simplemente una serie de recitales rigurosos en los que no interviene nada que pueda enturbiar la atención de los que escuchan los versos. Sin embargo, la verdadera diferencia entre ellos no es ni el formato ni la importancia de los poetas, sino el número de oyentes, su impacto público. A algunos festivales de poesía asisten decenas de espectadores, a otros cientos y a otros miles de personas. Algunos de ellos casi no tienen público y ni siquiera pretenden tenerlo, están concebidos simplemente como una forma de encuentro y acercamiento a los poetas.


Independientemente de su envergadura o de las razones locales que los sustentan, la proliferación de festivales de poesía en las últimas décadas se explica por un profundo fenómeno psicológico: la fatiga de tanto consumir.


La gente no puede vivir eternamente solo de la materialidad, trabajando más y más, para ganar más y más, para comer más y más, para hacer más y más curas de adelgazamiento... El retorno a la espiritualidad se produce casi sin su voluntad; casi sin que se den cuenta. Y aunque no se consiga, tras siglos de secularización, retornar a lo religioso, el regreso a la poesía puede ser un intento de salvación espiritual.


En las últimas décadas del siglo pasado se citaba obsesivamente la frase de André Malraux de que "El siglo XXI será religioso o dejará de existir". Si excluyo la posibilidad de que el novelista francés predijera la actual escalada del islamismo, creo que podemos considerar la asombrosa proliferación de los festivales de poesía a principios de este nuevo siglo como la confirmación del presentimiento del autor de La condición humana (una condición que claramente necesita el apoyo no solo de lo "visible visto por todos" sino también, por extraño que parezca, de lo "invisible").


Decía que me resulta difícil contar en cuántos festivales de poesía he participado, lo cual, antes de decir algo sobre mí, dice algo sobre los festivales: que son numerosos. Y así llegamos a la conclusión (y a la pregunta) del principio. ¿Qué particularidad, qué desesperación en nuestra época impulsa esta búsqueda de salvación mediante un aura cuya definición se desconoce y cuya existencia al igual que la de Dios no se puede demostrar que existe?


La extraña respuesta es que no se trata de una rareza ni de una solución sorprendentemente original descubierta por nuestra época a fin de salir de un callejón sin salida. No se trata de una decisión racional mediante la cual la gente haya decidido cambiar de mentalidad, sino de un instinto de supervivencia espiritual en un mundo sobresaturado de materialismo y tecnicismo. En el momento en que han llegado a construir robots superiores a ellos, los hombres han empezado a sentir que el tiempo puede ser dinero, a diferencia de la eternidad, se han dado cuenta de que tienen que volver al sueño, al anhelo, a la nostalgia, a la compasión que solo ellos pueden tener y que han representado siempre la esencia de la humanidad, ese misterio indefinible e inconmensurable en cuya ausencia dejamos de estar vivos y que solo la poesía consigue conservar en su obstinación por expresar lo inexpresable.


No olvidemos que, en la antigua Grecia, las olimpiadas que sirvieron de modelo a las actuales contenían también concursos de poesía. Y “esa cosa liviana, alada y sagrada” como nombró Platón la poesía, es capaz de poner en juego el valor en lugar del miedo, porque no se sitúa en el ruido de las palabras sino en el silencio entre ellas.


Es evidente que ni los poetas ni sus lectores representan una mayoría en el mundo que pudiera imponer una forma de salvación democrática. Lo importante es el recuerdo misterioso, casi subliminal, de unos tiempos en los que, a través de la poesía, la gente supo ser más sabia y tal vez más feliz, un recuerdo que los poderosos del mundo suelen valorar como un título suyo, de nobleza.




Ana Blandiana (Timișoara, Rumania, 1942)

Ana Blandiana (seudónimo de Otilia Valeria Coman) es una poeta, ensayista y activista rumana por los derechos civiles en su país. Blandiana es una de las figuras literarias de Rumania, crítica del aparato político y de la censura comunista de Nicolae Ceaușescu. En 1982, recibió el premio Herder de la Universidad de Viena por el conjunto de su obra literaria. En 2005 ganó en Italia el Premio Literario Giuseppe Acerbi, premio especial de poesía, por su obra Un tempo gli alberi Aveva gli occhi (Editrice Donzelli, 2005). Ha recibido también el Premio Internacional de Poesía Camaiore (2005), y el premio Poeta Europeo de la Libertad (Gdansk, Polonia, 2016) para el libro de poemas Mi Patria A4 (2010). En 2017, fue galardonada con el Griffin Excellence in Poetry Award (Toronto), un premio que consagra el reconocimiento de los logros poéticos de toda la obra. En 2019 recibió el premio La Corona de Oro de la Academia de Artes y Ciencias de Macedonia de Norte (Struga); el Premio Internacional de Poesía Jan Smrek (Bratislava Eslovaquia) y, en 2020, el Premio Internacional Fondazione Terzo Pilastro (Roma). Como novelista, su libro Applausi nel cassetto ha sido finalista del Premio Strega Europeo 2021.


Fue presidenta de la Alianza Cívica y directora del Museo Memorial de las víctimas del comunismo en Sighet. Es autora de más de treinta libros de poesía, ensayo, narrativa fantástica y novelas. Su obra se ha traducido a 24 idiomas. Es presidenta de honor del PEN de Rumania, miembro de la Academia Europea de Poesía, de la Academia de Poesía Mallarmé y de la Academia Mundial de Poesía (UNESCO). Doctor Honoris Causa de la Universidad de Salamanca 2021.