Rumor de una colmena

Ensayo

Rumor de una colmena

Edmundo Mantilla

Número revista:

2

Tema dossier

Para Ana


¿Cuántos olvidos nos adhieren a una realidad que quizá sería insoportable si la habitáramos con nuestras imágenes íntimas: sueños y pesadillas? ¿De qué manera, cuando crece en nuestro oído el fragor de una abeja desorientada y necesitada de néctar, que quizá vuela sin distinguir por completo nuestras formas, apresando con sus ojos compuestos una parte de estos cuerpos monstruosos que somos, podemos intuir que la vida nos acerca por igual al néctar y al aguijón? A medida que nos acercamos al fin de nuestro camino, las longitudes de la luz son más cortas y se desplazan hacia el azul, como el índigo del espliego que frecuentan las abejas, como el sonido, semejante al rumor de una colmena, que vociferan los autos al cruzarse en direcciones contrarias a gran velocidad. Sopla, silba el viento sobre las colinas y entre las carreteras que hemos trazado. En las islas Andamán, el lagarto monitor es la diosa del viento del nordeste que trae los ciclones cuando se enfada. Tres cosas suscitan su furia: cortar o desgarrar ñames y otras raíces en épocas determinadas del año; matar una cigarra o interrumpir con ruido el canto de las cigarras en la mañana o cuando anochece; fundir o quemar la cera que trabajan las abejas.[1]


Año tras año, cuando los alimentos maduran para ser comidos, el olor de la cera de una colmena que se quema acompaña una tormenta de violencia extraordinaria. Así comienza una estación en una isla del golfo de Bengala y también, lejana por muchos kilómetros, en la isla de Manhattan, donde un semanario estadounidense de izquierda, The Nation, publicó un día 7 de abril de 1926 un poema que contemplaba el secreto crecimiento de una pera, escondida entre las hojas que una brisa levantaba, llevándose con ella el rocío sobre las hojas, pintando de rosado la mejilla de la fruta demasiado firme todavía para caer, reservada para el lecho oscuro, también amarillo, de las hojas de otoño, para ser pulpa de abejas tardías que volaban ferozmente y en el fruto se ahogaban.[2]


¿De qué lágrimas nacían aquellas abejas si no provenían de las de Jesús cuando vivía en Egipto ni de las que derramó Ra, dios del Sol? Para explicar el origen de las vibraciones en ese poema de un 7 de abril de 1926, habremos de presenciar veinticinco años atrás un parto difícil, en el que la madre sobrevivió con suerte. Su padre era ilustrador; vestía con un kimono cuando estaba en casa y hablaba en pocas ocasiones. La gente asumía que eran franceses por su exotismo. En el monte Kunlun, donde se encuentra la capital terrena del Dios Supremo Di, existe un animal con la forma de una abeja, llamado Quinguan, que, si pica a un pájaro u otro animal, aquel muere y, si clava su aguijón en un árbol, este se marchita. ¿Qué silencio del cielo fue arrojado, como la congelación de la nieve, sobre aquella familia semejante a un árbol?[3] Después de que el padre abandonó el hogar por un amante, la madre y sus hijos (tenía un hermano llamado Dickie) dormían en un cuarto cerrado con llave, apoyado un escritorio contra la puerta, la madre con un hacha junto a la cama, Vivian (aquel era el nombre del poeta de las abejas ahogadas en la pera) descansaba su cabeza sobre una almohada bajo la cual escondía una navaja. Aquel niño realizaba de día largas caminatas por los bosques. Escuchaba las voces lejanas de los pájaros y el zumbido del enjambre en la ribera. Aprendía francés, alemán, español, griego y latín. Balbuceaba en indostánico, farsi, gaélico, rumano y ruso. Saboreaba una leve materia, mas no leve gloria, en las tabillas asirias de escritura cuneiforme, organizadas como celdas de panal, que lambican sentidos, significados y también olores.[4]


Casa exigimos las abejas y las personas: un sitio defendido de los vientos que Puluga, el lagarto monitor, despliega con furia;[5] no un silencio en desacuerdo con el mundo, sino un silencio que es el mundo mismo;[6]una blancura sobre la cual pintar franjas negras y amarillas; un pentagrama del cual colgar notas graves, una pradera que solo requiere de un trébol y de una abeja, una página para escribir. «Nada», dice la voz de Virgilio en la novela de Hermann Broch, «era más urgente que estar solo, para recoger una y otra vez todo el ser en sí, para poder asechar […]».[7] Se dirigen, poeta y abejas, a las montañas, a las grutas y a las cuevas; por ejemplo, una gruta sagrada dedicada a las ninfas en la ática Hymeto, famosa por su miel. El poeta como abeja que, luego de su vuelo sin rumbo por Estados Unidos, encontró su colmenar y un nuevo nombre. Buscaba la soledad de las obreras que con sus escopas transportan el polen, que en celdas, como monjes, escuchan sonidos de baja frecuencia, las voces de sus dioses. En 1920, Vivian se registró en la Universidad de Columbia como Whittaker Chambers. Allí descubrió en sí mismo al cantor, al rapsoda. De igual manera, encontró el comunismo. Louis Zukofsky le prestó una copia del Manifiesto. Tres años después fue expulsado con motivo de la publicación de una obra de teatro atea en la revista de la universidad. Acompañado por Meyer Shapiro, estudiante de historia del arte, viajó a la Europa de fragantes flores.[8]


A su regreso, no lograba formar una colmena: sin importar que juntara cortezas cavadas y mimbres flexibles, el frío excesivo cristalizaba la miel y el calor intenso la derretía. Pero, como el Polifemo de Góngora, con cera y cáñamo unió cien cañas para su zampoña de bárbaro ruido que las selvas confunde y los mares agita. Los poemas que Whittaker Chambers publicó en el semanario The Nation en el breve periodo de 1924 a 1926 son a veces crueles y terminan de manera abrupta. Luego de varios intentos de suicidio, su hermano Dickie fue encontrado muerto, su boca todavía cantando en la noche. Un año antes, en 1925, el poeta se había convertido en miembro del Partido Comunista. La pregunta de su amigo Zufosky fue: «¿Juegas en un sótano con ametralladoras?». Llama el ronco bronce del enjambre a la guerra; su quejido zumba cuando las abejas se agrupan en tropel y su aguijón afilan, listas para morir muriendo ellas.[9]


¿Qué guerra devota y tumultuosa era aquella que retumbaba en el sordo éter y en los abiertos campos? Whittaker Chambers preparó narraciones y poemas para las publicaciones comunistas The Daily Worker y The New Masses. En 1931 escribió varios cuentos acerca de la vida proletaria y su revolución. Su historia Can You Make Out Their Voices? fue celebrada y adaptada en rincones, en colmenas de todo el mundo. La revista moscovita International Literature encontraba en su prosa preguntas correctamente formuladas. Fue por aquellos años que tradujo al inglés la célebre novela de Felix Salten titulada Bambi, una vida en el bosque. ¿Qué piensan los animales salvajes? Aquella es la interrogante que atormentó a Salten. ¿Cuáles son los pensamientos de la abeja obrera, símbolo de Manchester? Las abejas de Góngora liban inquietas, ingeniosas labran cual si la miel rubia fuera los rayos del sol.[10]Las de Quevedo tienen ingenio geométrico, pero también son vengativas, aborrecen los malos olores y no pueden residir en lugares donde se oyen ecos de voces.[11]Las de Salten cantan desde la mañana hasta la noche a través de la perfumada quietud.[12]En la poesía de Elizabeth Bishop, los antófilos deslizan sus aguijones fuera de los párpados como lágrimas del hombre-polilla, que entregará aquel manantial subterráneo y puro para beber.[13]Las abejas de John Greenleaf Whittier escuchan la triste noticia de que su cuidador ha muerto y cada colmena se cubre de un velo negro.[14]


Al año siguiente de su célebre traducción, Chambers fue incluido por Louis Zufosky en la revista Poetry como “objetivista” junto a poetas como George Oppen, Charles Reznikoff y, de manera más tardía, Lorine Niedecker, quien describió la confusión de las abejas megachílidas golpeadas por el polinio de la orquídea Cypripedium reginae. Aquellas abejas volverían a navegar con su mapa de luz polarizada, el sol como su brújula interior, trazando círculos en su danza para señalar la cercanía o distancia de las flores, danzando incluso en la oscuridad de la colmena como parte de un mundo donde solo el movimiento tiene sentido: las masas de nubes perseguidas por el viento, los buques en los muelles, los carros que se alejan por carreteras. Siguen un camino los poetas y las abejas. Chambers dejó la literatura en 1932 para unirse a una sociedad más secreta que aquellas devotas de la poesía. Aquel año fue reclutado por una célula comunista dirigida por Harold Ware y organizó, como el zángano a las obreras, a numerosos comunistas en Washington y actuaba como enlace para la entrega de documentos robados a Boris Bykov, del GRU, servicio de inteligencia militar de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa.


En 1938, Whittaker Chambers abandonó el comunismo y lo sustituyó por una apasionada búsqueda de Dios. Veía el mundo en dos colores: quizá el negro del absoluto bien y el amarillo del mal absoluto. Luego del pacto de no agresión entre Hitler y Stalin, reveló la información que sabía, en un zumbido furioso, de los agentes comunistas en los Estados Unidos. Alger Hiss, su hermano Donald Hiss y Laurence Duggan, quienes eran funcionarios del Departamento de Estado, fueron algunos de los nombres que entregó. Poco después se unió al personal de la revista Time, para la cual realizó numerosos artículos, uno de los cuales comenta el Finnegan’s Wake de James Joyce y lo relaciona con la idea de Hawthorne, mientras vivía en Salem, de escribir un sueño que fuera semejante al curso real de un sueño, con sus inconsistencias y sus transformaciones. ¿Qué tránsito líquido como las mieles que exhalan las flores de tomillo continuó en la mente del poeta? ¿Qué piensan los poetas, como los animales?


Las abejas solitarias, los abejorros carpinteros, las abejas cortadoras de hojas y las abejas albañiles no producen miel ni cera. Pienso así en Whittaker Chambers, en su progresiva lejanía de la colmena, cuando dejó atrás bosques y poesía para redactar reseñas junto a James Agee y Calvin Fixx, para escribir ensayos sobre Marian Anderson y Arnold J. Toynbee, para hundir la carrera de Alger Hiss e impulsar la de Richard Nixon, para cesar todo movimiento y significación con su autobiografía Testigo, celebrada por Ronald Reagan como el libro que inspiró su conversión a republicano. Sin embargo, vislumbro una esperanza. En el último año de su vida, escribió a su amigo William F. Buckley sobre el oro derretido de su amor por Lorca, quien halló en la colmena una estrella, un pozo, un seno, donde se condensan alma y sangre de las flores y la miel de la poesía.[15]


Camino por el pasillo central de mi casa. Es de noche y afuera la niebla atenúa las luces amarillas como el humo que aturde a las abejas. Contemplamos cada día las abejas pacificadas por el polvo que levantan nuestros pasos agitados, envenenadas por los pesticidas con que crecen y florecen las flores, abrumadas por la destrucción de lo diverso en los monocultivos, engañadas, ahogadas por el humo de las fábricas y los autos, sin ganas de pelear entre la densas bombas lacrimógenas: abejas y poetas abatidos, dos veces obreros, pero solo una vez esclavos. La promesa, sin embargo, es la miel, el zumbido, el rumor de la colmena que nos cuenta de numerosos fantasmas que recorren el orbe: el de Whittaker Chambers y los de las abejas que habitan en las lágrimas del mundo.



[1] Ver: Eliot Weinberger, Algo elemental.

[2]Cfr. Whittaker Chambers, “Fruit of the pear”, The Nation, Abril 7, 1926.

[3]Cfr. Whittaker Chambers, “Blow, whitles, blow”. En: Whitness, New York: Random House, 1952.

[4] Cfr. Virgilio, Geórgicas, Libro IV; Luis de Góngora, Fábula de Polifemo y Galatea.

[5]Ver: A. R. Radcliffe-Brown, The Andaman Islanders.

[6] Cfr. Ramón Andrés, No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio.

[7] Hermann Broch, La muerte de Virgilio, Madrid: Alianza Editorial, 2009, p.85.

[8]Cfr. Eliot Weinberger, Works on Paper 1980-1986, “A Spook in the House of Poetry”.

[9] Cfr. Virgilio, Geórgicas, Libro IV.

[10] Cfr. Luis de Góngora, Fábula de Polifemo y Galatea.

[11] Cfr. Francisco de Quevedo: Providencia de Dios; Paranaso Español, XIV; Introducción a la vida devota.

[12] Cfr. Felix Salten, Bambi, una vida en el bosque.

[13]Cfr. Elizabeth Bishop, “The Man-Moth”.

[14]Cfr. John Greenleaf Whittier, “Telling the Bees”.

[15] Cfr. Federico García Lorca, “El canto de la miel”.