Siberia entre la corporeidad paisajes y metonimia

Ensayo

'Siberia': entre la corporeidad, paisajes y metonimia

Aitana Samaniego

Número revista:

8

Tema libre

“Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,

con una forma clara que tuvo ruiseñores

y la vemos llenarse de agujeros sin fondo”.

Federico García Lorca


“Hay solo una línea corta pero infinita que me surca afuera y adentro,

que ha abierto mi cuerpo y lo ha dejado partido y vacío”.

Daniela Alcívar



Siberia (2019) de Daniela Alcívar es una novela atravesada de principio a fin por la corporeidad femenina. El cuerpo de la protagonista se muestra en cada tramo de la historia como una construcción metonímica ligada a un proceso constante de transición, en el que el amor, el deseo, la familia, los recuerdos, la literatura, Quito y Buenos Aires disponen de una diversidad de vínculos que dibujan —en todos sus sentidos— la experiencia de la muerte junto a la intensidad de lo que aún vive. Así, la cruda realidad de la piel, como entidad espasmódica, confusa, fragmentaria y, al mismo tiempo, vital, acompaña al lector y lo sumerge entre pliegues que se desfiguran en el paisaje.


El cuerpo, menciona Alva (2014), es un espacio en constante cambio que se ve envuelto en la metamorfosis del tiempo. Es decir, no es un sitio imperecedero o que pueda controlarse; más bien, es el lugar habitado por la persona que responde a cuestiones biológicas y posteriormente acaba junto a esta. Por ello, el cuerpo se representa comúnmente como aquella casa por la cual salimos al mundo y a la que siempre regresamos. Esta pugna que se establece en mitad del puente que separa el habitar y el ser habitada exhibe las diferentes formas en que la corporalidad, en la novela, se ve marcada por las memorias de felicidad que se tornan, de pronto, en experiencias cargadas de violencia. Así, la obra presenta a una mujer que, ligada al tránsito interno de la escritora, se encuentra en una constante deuda carnal (desolación absoluta del cuerpo), que atraviesa la hinchazón de sus tobillos, la piel roja de sus manos, un vientre vacío y unos pechos que, en ocasiones, le resultan inútiles. De esta forma, su conflicto con el cuerpo es la secuela de un ensueño convertido en el desencanto de una realidad que lo transgrede.


Las huellas del cuerpo en el mundo


“Una montaña es un cuerpo, es una arruga en un cuerpo vasto sin cabeza” (Alcívar, 2019, p. 88). En Siberia (2019) se instaura un mundo ficcional lleno de paisajes bellos y en decadencia, que llegan a ser parte esencial en la vida y narración del personaje principal. Lo corporal se mezcla con el entorno natural y urbano, lo que desemboca en una traslación metonímica. En otras palabras, escapar de la piel se torna imposible y esta, más bien, va tomando forma en los pliegues de los Andes, en el mar y en los adoquines de El Quinche. De ahí que el paisaje alcance un protagonismo crucial en la novela, en virtud de que posee una estrecha relación con la geografía de la ciudad de donde parte la narradora (Buenos Aires) y la ciudad a la cual llega (Quito) —lugares eclipsados por el duelo—.


Alcívar narra un panorama mucho más amplio que la simple descripción de una serie de territorios. La escritora presenta una mirada terriblemente aguda hacia los lugares que se desgarran y destruyen para que la protagonista, no sin esfuerzo, se cuestione y sobreviva a lo cotidiano e imprescindible de estos:


Las casas de barro, oscuras y húmedas, siempre a medio destruir, con las rejas rotas o ausentes, con la cerrada negrura de los interiores, tenían siempre a alguna anciana en la puerta, sobre un banco, pidiendo caridad. Luego de esa caridad iría ella a dejarla a la iglesia para que la virgen la ayude. ¿Para que la ayude con qué? Ya no había nada con qué ayudar [...]. Tanta devoción y las paredes brillantes de esa iglesia que iluminaba el hedor de la plaza, su mugre de siglos adobada por el sol inclemente y por las lluvias de la tarde. Entonces pensaba que preferiría estar en Siberia. (p. 98)


Por consiguiente, se instaura un conjunto de lugares que no poseen ninguna moraleja o mensaje, sino que se establecen como apariciones silenciosas que terminan por transformarse en hilo conductor del relato. Como ejemplo de esto tenemos a Siberia, lugar que en el imaginario social es una de las regiones más apartadas, frías y desiertas; y que en el libro se presenta como un lugar de purificación y destierro, donde el mundo revela su lado cruel. En este sentido, es posible comparar el sitio en el que la mujer se encuentra, o cualquier otro donde la vida avanza entre la soledad y el vacío, con un paisaje que se muestra inmutable e indiferente.


El paisaje domina, en varios sentidos, los recuerdos y se instaura como un mecanismo que maneja los entramados de la historia. En múltiples ocasiones, la narradora está presa en su entorno, pero, al mismo tiempo, es una presencia dominante en cada escenario; de esta manera, el imaginario y los entornos en la novela se relacionan con un misterio visual vinculado a la singularidad de un mundo que se ofrece a la vista, pero que no emite ningún juicio, aun cuando ejerce su acción sobre los personajes.


El recuerdo y sus imágenes caminan a cada lado de la vereda, reptan por las paredes y se esconden para saltar de nuevo ante los ojos de la protagonista. En consecuencia, las periferias de la obra, todo eso que se mantiene en movimiento continuo y hace del cuerpo de la narradora un huracán, se constituyen tanto en las ciudades, los infinitos valles y el verdor disparejo del Pichincha, como en las comparaciones con el cuerpo y el dolor.


La metonimia, el cuerpo y el tiempo


Esta novela implementa un lenguaje metonímico, afianzado en las relaciones entre las partes del cuerpo y su posicionamiento en diversos ámbitos a lo largo de la narración. Esta  capacidad de evocar toda una serie de conexiones y prolongaciones de la corporalidad en elementos como las ciudades, los animales, las heridas, entre otros, requiere la fuerza expresiva del lenguaje figurado. Esta modificación del significado entre conceptos podría conjeturar un proceso metonímico del tipo la parte por el todo.


Al utilizar la metonimia, los efectos estilísticos provocados por la relación de contigüidad se vuelven discretos, en la medida en que interpretan estos “juegos semánticos” que precisan de los vínculos entre conceptos contiguos (Sánchez). Es decir, la forma en que la protagonista establece dichos nexos permite la creación de cierto simbolismo que se encuentra sujeto a la figura femenina, su entorno, sus memorias y su cotidianidad. Este posicionamiento del cuerpo como eje de la obra activa contextualmente otros significados secundarios a medida que la trama avanza.


En cuanto a esta transferencia conceptual, Bonhomme (1987) explica que el uso de este tropo desencadena una serie de efectos pragmáticos que se encuentran ligados a la activación de funciones denotativas. En otros términos, la metonimia tiende a una denotación pertinente de lo narrado mediante una cadena discursiva que contenga una vasta densidad referencial. Un ejemplo de esto se encuentra en Siberia (2019) cuando el entorno se presenta como una extensión de lo corpóreo, igual a un espejo que refleja las curvas, hendiduras y heridas de la protagonista. La metonimia termina cumpliendo, así, una función diegética en cada segmento de la  novela.


El tiempo del relato se aferra también al ritmo del cuerpo que rememora y se hunde de a poco, de este cuerpo materno que evoca los momentos de su formación: la tirantez en la piel de la barriga, el crecimiento de los senos, las estrías, las alergias y el reflejo de aquella figura desbordada, cambios que llenaban lo cotidiano. El tiempo, que debería seguir su curso, se mantiene quieto, sin disturbio alguno en la herida; se convierte en sinónimo de lo corporal, de un ser lleno de cortes que duelen y escuecen al tacto. El instante se convierte, así, en el generador de un  tiempo discontinuo y roto, que trata de rehacerse en cada página. Tiempo prensado y enredado en la escritura: “Pero es cuando acaece la desgracia, tan intensa como la dicha, que descubrimos de qué impertérrita duración está hecho el dolor, de qué pétrea materialidad está hecho el tiempo de la angustia'' (Alcívar, 2019, p. 75). El tiempo es un elemento que asalta la cronología de la historia y la vuelca en una telaraña.


Este componente narratológico, además de guardar relación con el cuerpo, también establece un vínculo con el duelo de la protagonista mediante una noción que pareciese guiarse por un eterno retorno al dolor. “Y las tardes que se repiten, el mundo que vive como si todos sus goznes no hubieran estallado el día en que mi hijo murió después de haber vivido un día fuera de mí” (Alcívar, 2019, p. 60). Se produce un rememorar constante que permite contemplarlos aun en medio de la catástrofe.


Por último, es pertinente destacar que la novela cuenta con una red de imágenes que en conjunto retratan una vida cuyo centro circunda con la nada y con todo aquello que se establezca como inconcluso: “Todo está incompleto. El inacabamiento es la más cruel de las desgracias humanas. Incompleta la herida en mi vientre que no sostiene un hijo que la justifique” (Alcívar, 2019, p. 59). Existe un lugar, una cavidad en la cual se instaura el vacío, un espacio desocupado por su pequeño habitante, en el cual la remembranza aflige:


Llevo en el vientre un hueco infinito de dolor. Un vacío literal de vida, ahí donde mi hijo hasta hace una semana nadaba olvidado de todo, tibio y lleno de futuro. Ahí: un hueco interminable de desesperanza. Ahí: pérdida encarnada en el centro de mi cuerpo. (Alcívar, 2019, p. 59)


Es precisamente este “Ahí”, en donde el cuerpo transgrede la literatura con una contundencia que posibilita trabajar este vacío como el cimiento de una escritura vivencial. “Ahí” presenta la pérdida como el comienzo de la cicatriz, el motivo principal que se encarga de turbar todo lo que ocurre. Justamente, es en este espacio donde la protagonista define no solamente su experiencia y consternación, sino también la configuración de su aquí y ahora. De esta suerte, el instante concentra el tiempo vivido y el evocado.


Siberia es una novela que habla de la pérdida progresiva del cuerpo, de un lazo carnal que se esfuma antes de celebrar su venida al mundo. Y es el cuerpo de la narradora el que encarna estos hechos en su escritura. De ahí lo fragmentado de la narración, lo humano de la pérdida, lo tangible de aquella masa corpórea que dislocada se convierte en guía para quien la lee. La protagonista se encarga de retratar esta trágica pérdida y sus repercusiones. El trauma que habita permanentemente el cuerpo se traduce en la vida de esta mujer, en la metonimia impuesta en su cuerpo y en el paisaje diario —como un lenguaje sensorial que llega a dislocar la realidad y la vuelve fantasía—.




Referencias

Alcívar, D. (2019). Siberia. Un año después. Editorial Candaya.

Alva, M. (2014). Memoria y escritura del cuerpo: Un estudio sobre sexualidad,  maternidad y dolor. Bonilla Artigas.

Bonhomme, M. (1987). Linguistique de la métonymie.  Editions Peter Lang.

Todorov, T. (1970). Las categorías del relato literario. En Dorriots, B. (ed). Análisis estructural del relato. (pp. 155-192). Editorial tiempo contemporáneo.

Sánchez. C. (s.f). Funciones pragmáticas de la metonimia.



Aitana Samaniego (Quito, Ecuador, 1999)

Escritora independiente. Colaboradora activa en Elipsis Revista Digital. Egresó de la carrera de Comunicación con mención en Literatura de la PUCE.  Forma parte del Área de Género del colectivo Tremendas EC. En el ámbito editorial, le interesa la escritura creativa, así como la corrección y edición de textos.