Silenciosa algarabia del corazon

Ensayo

Silenciosa algarabía del corazón

Andrés Ruiz

Número revista:

3

Tema dossier

Blanca Varela (1926-2009), poeta peruana, limeña, dueña de una facilidad para la poesía y el sutil equilibrio que representa elegir entre lo que se dice y lo que se calla. En el fino juego que Varela teje en cada poema se hace presente la noción de que escribir es en realidad dejar muchas cosas por decir. El poema se construye en base al silencio, calca a su alrededor y lo hace hablar al incorporarlo a su voz. La poética vareliana demuestra desde muy temprano este interés por la existencia y el lugar inestable que ella ocupa en su interior, no retrocede al momento de abordar esta temática, esa duda ante lo que la rodea; pero curiosamente no se deja embriagar tampoco por la magia del lenguaje poético. Será su principal fortaleza este equilibrio entre las distintas fuerzas creativas y discursivas que van surgiendo de su interior.


Varela creció en la zona pesquera de Puerto Supe, localidad a la que le dedicaría tempranamente un sentido poema que atestigua su infancia en un entorno marino. Expresa su vivencia, pero no llega a la confesión; la sinceridad se encuentra con la reflexión. Escribe Varela:


«En esa costa soy el que despierta

entre el follaje de alas pardas,

el que ocupa esa rama vacía,

el que no quiere ver la noche.»


Varela se decide por dudar; el observar engendra también su rechazo por mirar y el propio recuerdo de su infancia lleva tanto el recuerdo añorante como también el deseo de superarlo al destruirlo. Más arriba había escrito:


«Allí destruyo con brillantes piedras

la casa de mis padres,

allí destruyo la jaula de las aves pequeñas.»


Lo destacable en esta poesía temprana es la claridad al momento de ser consciente de sí misma y del sacrificio que representa indagar en este conocimiento, siendo Mediodía la clara expresión de esta decisión por retratar de manera impresionista el momento extático del sacrificio ritual. Este poema a su vez reconcilia la marea revuelta del mundo interior con la desconcertante calma de un mundo exterior que se muestra indiferente.


Posteriormente, su discurso poético se convertirá en un escenario de encuentro entre la abstracción reflexiva y la conciencia despierta del mundo que la rodea; de esta manera escribe en el poema en prosa Del orden de las cosas:


«Hasta la desesperación requiere cierto orden. Si pongo un número contra un muro y lo ametrallo soy un individuo responsable.»


Siempre diciendo más de lo que se dice, Varela se aproxima a una sincera desesperación pero logra disecarla con frialdad. Se permite trazar los límites claros de una noción tan abstracta como la angustia y la asienta hasta llegar a la sociedad y sus problemas más prácticos. Curiosamente este armónico ir y venir en su discurso mantiene una llamativa fuerza que le permite abordar temas graves como en Antes del día:


«¡Cómo brillan al sol los hijos no nacidos!

¿Qué clase de sueño traerán? Primera estrella destruida,

primer dolor, primer grito.»


Se muestra entonces un discurso poético que aprehende las profundidades de la existencia y su propio origen al unificar en su metáfora la creación biológica con las fuerzas naturales en su desbocado caos como escribe al finalizar:


«Hacer la luz aunque cueste la noche, aunque sea la muerte el cielo que se abre y el océano nada más que un abismo creado a ciegas.»


La obra vareliana progresa hacia una naturalidad para trazar puntos en común entre lo que se observa y lo que se intuye, lo que se siente y lo que se reflexiona; la decisión de mantenerse en ambos con el tiempo va refinando su discurso hasta versos sencillos como los de Frente al pacífico:


«Las cosas hablan entre ellas,

se mueven hacia ellas mismas.

El viento cuenta y ordena.»


Este lenguaje magro abandona la solemnidad habitual de los grandes temas pero permite claridad y espacio para una mutable voz que admite duda y razón a un tiempo que puede sondear los más penosos choques entre ambas con una sencillez natural. Como escribe en Máscara de algún dios:


«Tal vez el otro lado existe

y es también la mirada

y todo esto es lo otro

y aquello esto

y somos una forma que cambia con la luz

hasta ser sólo luz, sólo sombra.»


Esta condensación del discurso se consolida en una forma notable en el poema posterior Ejercicios, donde Varela traza una serie de reflexiones-revelaciones sobre el conocimiento del yo y las trampas de la conciencia y la «luz» que la ilumina respectivamente. Este complejo juego de claro oscuros entre lo que se percibe y lo que se es consciente toma la forma de pequeñas estrofas sucintas a modo de coplas o aforismos. Ahora, el diminuto espacio del poema permite en su interior el devenir casi infinito de lo desconocido o ignoto.


En un momento ya posterior de la obra de Varela, se enfrentarán en cambio como opuestos la sensación de corporalidad con la fuerza razonadora desarrollada hasta entonces. El poema Secreto de familia es ejemplo del encuentro de la vivencia corporal con el ensueño, aparece así en este fragmento:


«arde desaparece la piel humana

sólo la roja pulpa del can es limpia

la verdadera luz habita su legaña

tú eres el perro

Tú eres el desollado can de cada noche

sueña contigo misma y basta»


El encuentro entre ambos es potente por su disparidad inicial y precisamente este reconocimiento de la corporalidad se desarrollará con la sordidez que se observa en poemas como Ejercicios materiales o Ternera acosada por tábanos. Este interés por aferrarse a la existencia llegará a un punto muy interesante en el que la vivencia del cuerpo sea, mediante la unificación de la metáfora, la expresión misma de ideas o pensamientos, los límites se hacen tenues entre uno y otro, se observa así en Supuestos, al final:


«y suenas suenas suenas

gran badajo

en el sagrado vacío de mi cráneo»


En este itinerario, llegará la voz poética de Varela hasta un punto culmen en el que ambas experiencias, del mundo personal de la carne y del mundo del espíritu en un plano cósmico, logran expresarse en sintonía como sucede en el poema Incorpóreo paseo… donde escribe:


«bajo la alta cúpula sonora

en este colosal simulacro de nido

toco el vientre marino con mi vientre

registro minuciosamente mi cuerpo»


Y es que la poética vareliana, por su naturaleza equilibrada, es capaz de hablar desde una genuina posición humana, una cualidad importante en la poesía peruana. En poemas como Canto villano o Curriculum vitae retrata la condición de las personas a estas alturas de la historia, destacando temas como el hambre, tanto espiritual como físico, o el enfrentamiento con la propia conciencia y su sombra. Al mismo tiempo, Varela se permite aferrarse a las ideas o dudas enormes que surgen con el encuentro del cosmos, llegando a ámbitos casi místicos al escribir:


«La mano de dios es más grande que el mismo.

Su tacto enorme tañe los astros hasta el gemido.

El silencia rasgado en la oscuridad es la presencia de su carne menguante.»


Esta característica de su poesía casi parecería llegar a la clarividencia, la lucidez de no confiarlo todo a la luz, a lo que se dice o se observa; la aprehensión del envés de la realidad. La poesía de Varela es gratificante por la ambición de sus tanteos, de sus aproximaciones. Así se puede leer en su temprano poema La lección:


«y lo veré todo

y la sorpresa no quemará mi lengua

y comprenderé el crecimiento de las plantas

y el cambio de pelaje en las pequeñas crías.»


La aproximación termina deviniendo en un conocimiento y aceptación de la negatividad, como lo expresa más adelante:


«…cada movimiento engendra dos criaturas

una abatida y otra triunfante.»


Afortunadamente gracias a este equilibrio, trabajado en cada momento, es que la poesía de Blanca Varela se puede convertir en un punto de encuentro para los contrarios, sean estos del cuerpo o del espíritu, de lo que se dice o de lo que se calla. La poesía actúa como un oxímoron que los unifica, se calla para decir, se conoce gracias a lo desconocido y el cuerpo expresa sin barreras al espíritu; por esta razón es que Varela se refirió a la poesía como «Orina. Sangre» a un mismo tiempo que la llamó «Silenciosa algarabía del corazón».

Para esta reseña se utilizó el siguiente texto:

Varela, Blanca. (2005). Como Dios en la nada. Madrid. Visor Libros