Tejedora de historias punto por punto hilera por hilera

Ensayo

Tejedora de historias: punto por punto, hilera por hilera

Alejandra Vela Hidalgo

Número revista:

2

Tema libre

Sonia Manzano en su relato “Ariadna” habla de la escritura y la reescritura, como tejido, para crear nuevas feminidades.


Cuando leo sobre la literatura del Ecuador en diferentes épocas, siempre encuentro unas dos líneas referenciales a la literatura de mujeres. Parece que siempre es considerada una categoría aparte, desviada de la importante escritura verdadera de aquellos a los que nunca nos referimos como “hombres”. No decimos “literatura de hombres”, pero sí “de mujeres”, como si el hecho de que una mujer escriba fuera un acto excepcional. Así, en un sin número de libros, artículos y reseñas de literatura, queda una deuda con estas escritoras que no han podido ser estudiadas en dos líneas.


Seguía en estos días las nominaciones al premio Eugenio Espejo en la categoría de Literatura y la queja de un escritor y su grupo de seguidores que reclamaban que no se lo incluyera en la terna de candidatos que había seleccionado la Casa de la Cultura Ecuatoriana. En la terna están Sonia Manzano, Lupe Rumazo y Juan Valdano. Si bien el escritor excluido tiene grandes méritos y un trabajo de vida en la literatura y, sin duda, se merecía ser incluido entre los escogidos, me llamó la atención que uno de los argumentos del reclamo al Ministro de Cultura fuera que los integrantes de la terna eran una suerte de descubrimientos literarios de último momento. Dice en la carta pública que circula en redes sociales: “No hay porqué [sic] poner en tela de juicio los méritos de los integrantes de la terna para afirmar que -a menos que el premio galardonase la ‘revelación del año’ (un escritor o escritora joven y/o desconocido/a cuya pluma deja a los comisionados boquiabiertos al unísono), lo cual no es del caso- se requeriría poca discusión para admitir que si de lo que se trata es de premiar el conjunto de obras que hacen una trayectoria, sería muy difícil para buenos o excelentes escritores ecuatorianos ser admitidos al panteón de ‘los principales’…”. Parece que los que respaldan esta carta olvidaron que esas grandes trayectorias de estos escritores (vamos a decirlo) “hombres” que se encuentran en el Panteón de los Principales, es decir, el Canon literario, están sustentadas por una ideología social, en la que la escritura literaria, como muchos otros ámbitos de conocimiento, es masculina y que ignora que las escritoras “mujeres” también escriben, aunque no les publiquen las grandes editoriales, ni sean leídas masivamente, ni reciban halagos frecuentemente. Así, en silencio, como tejiendo, escriben a pesar de que solo se les dé dos líneas en las referencias a la literatura ecuatoriana. Las nominaciones de Sonia Manzano y Lupe Rumazo al Premio Eugenio Espejo son un reconocimiento que es una deuda con la labor constante y dedicada de estas escritoras. Son autoras que escribieron durante los setenta, ochenta y noventa, pero que recién dos décadas después del inicio del siglo XXI empiezan medio a sonar en el mundo de la crítica literaria. ¿Qué su nominación es política? Pues claro que sí, como también el no hacerlo lo sería. Para saldar esta deuda, los que escribimos de literatura tenemos que hablar también sobre estas y otras autoras y autores (además de los heteros blanco-mestizos) para darles un espacio en la historia literaria del Ecuador y América Latina. No porque sean revelaciones del año, sino porque siempre han escrito desde su silencio público.


El cuento del que voy a escribir es “Ariadna” de Sonia Manzano (Guayaquil, 1947) publicado en el libro Flujo escarlata (1999) y ganador en 1989 del premio único del Concurso de Cuento Feminista Ecuatoriano. Quiero analizar este relato porque justamente habla de una forma de escribir en la constancia y desde el silencio, que resignifica la escritura desde lo femenino. Si bien hay una sola protagonista en la historia, Ariadna encarna tres personajes clásicos: Aragne, Ariadna y Penélope. El cuento es una actualización de los mitos helenos en una era de fin de siglo XX caracterizada por migraciones masivas a los grandes centros de desarrollo. El novio de Ariadna, como muchos ecuatorianos, ha decidido migrar a Nueva York con la promesa de volver en seis meses para casarse con ella. Vemos que Manzano vuelve sobre el motivo clásico del viaje, pero esta vez la perspectiva no se proyecta desde el héroe, sino que se ubica en la mujer que se prepara para quedarse en la patria aferrándose a su promesa de regreso. La narración entera gira en torno al tejido de un suéter. Ariadna, además de ayudarle con las diligencias previas al viaje, decide, en un acto que muestra la gran preocupación por el bienestar de su héroe, tejerle el mencionado suéter para protegerlo del frío invierno de Manhattan.


Tejer ha sido una actividad tradicionalmente femenina, una labor que requiere paciencia y, a veces, silencio o conversaciones pausadas con otras tejedoras. Tejer es confeccionar algo para el otro; muestra aquella preocupación tan “femenina” por el bienestar del otro: “Le escogí una lana muy suave para que así, cada vez que lo usara, sintiera que alguien lo abraza sin apretarlo”. Es una preocupación que trata de no incomodar al otro, que intenta ser discreta, casi invisible, como lo hace la araña, en silencio y soledad, desde una esquina no muy vistosa. Dice Ariadna, que parece más Aragne: “Mi abdomen secreta (de secretar) un hilo sedoso que no se termina nunca: y tejo los hombros, y tejo el antepecho, y tejo la coyuntura pensadora de los codos, y tejo el enhiesto cuello de tu esbeltez de fauno, y tejo los costados de tu talle de arquero, y tejo tu caja toráxica de levantador de troncos, y tejo tu mirada de cazador frente a la pampa, y tejo tu suavidad gacela… tejo porque mi destino es tejer sin descanso y caer en la propia red que tejo” (p. 519). Ariadna teje el cuerpo del héroe y sus características masculinas que la seducen: sus hombros, su inteligencia y su fuerza. Ella es la creadora de esta imagen idealizada del personaje héroe que fascina y que le fascina, pero que es imagen al fin. Agrega luego: “Mi tejido compite con el de los dioses y por ello recibiré el castigo de repartir mi cuerpo hacia ocho patas que amarán sin descanso pero que no serán amadas ni siquiera por los de su propia especie”. Ariadna se convierte en Aragne y su tejido o más bien su historia, como las de otras, entrelazada en lo cotidiano, es tan bella como las tejidas por los dioses, quienes le castigan por el “atrevimiento”. Por eso, tanto la araña como ella siguen tejiendo desde donde no llaman la atención, como la noche o la casa, así como muchas mujeres han escrito siempre. Tejer para Ariadna es escribir la historia. Manzano conecta poéticamente la conocida relación de la etimología de las palabras “texto” y “tejido”: “Así como cuando el carro de la máquina de escribir llega a su tope y suena el ‘ring’ para indicar que hay que pasar a reglón seguido, así yo llego hasta el final de cada hilera y paso a la siguiente” (p. 519). En la oficina con el lápiz, la agujeta o la máquina de escribir, Ariadna escribe lo que le dictan los otros, pero con su tejido hilvana, con igenuidad, su historia y su propio héroe. Se teje a ella como mujer cuidadora de su hombre, como mujer que espera que él regrese para el matrimonio y también teje a su héroe, aquel que conseguirá ahorrar el dinero para volver junto a ella.


La protagonista también es Ariadna, como lo indica el título del relato. Su Teseo ecuatoriano se va a aventurar a ese gran laberinto urbano que es Nueva York. Le dice que, con el suéter que le está tejiendo, “no sentirás frío cuando pasees por Manhattan, en medio de palomas rastreras y rascacielos con apariencia de palomares, en medio de tanta gente que viene y va sin mirar para ningún lado… Tú serás uno entre esos miles de miles; esa combinación lila chocolate hará que no pases desapercibido” (p. 519). El peligro no es perderse en la soledad de una construcción laberíntica, sino que está en extraviarse en la masa de gente de la ciudad cosmopolita. Y el hilo que lo va a salvar de desaparecer en la muchedumbre indiferente es el suéter con colores únicos (lila y chocolate) que llamará tanto la atención. ¡Ay, Ariadna! Te tejes irónicamente como la salvadora de tu héroe migrante, que se arriesga en el laberinto a encontrarse con cualquier minotauro.


Para sorpresa de Ariadna y el lector, cuando el Teseo ecuatoriano llega al aeropuerto, no lleva puesto el suéter: el hilo salvador. Ante la insistente pregunta de Ariadna, le explica que el suéter está en la maleta y que se lo pondrá allá todos los días. (¡Spoiler alert!) Cuando él se da cuenta de que se ha dejado los documentos en casa, le pide a ella, y no a su madre o hermanas porque ella es la heroína del héroe, que le llame a su hermano para que venga en moto con ellos. El hermano, el buen “Adriano o Hermes” (p. 522), llega al aeropuerto luciendo nada más y nada menos que el saco de color lila y chocolate.


Ariadna, ahora una moderna Penélope, en vez de resignarse y justificar a su Odiseo, desteje el suéter en su mente mientras desteje al héroe idealizado y su propio papel de mujer que cuida y espera: “Enredada en alguna saliente debe haberse quedado la puntada final del suéter. Punto por punto, hilera por hilera -mientras el avión se perdía en lanas insondables; primero se hizo nada el cuello de tortuga, luego desaparecieron los hombros, seguidos por el entorno del torso. Después siguió desenvolviéndose la cintura y, posteriormente, la disolución llegó hasta el borde acampanado de tus pantalones de poliéster” (p. 522). Nótese la delicada relación de ambigüedad entre texto y tejido: “punto por punto, hilera por hilera”. Ariadna, Aragne y Penélope han destejido esa feminidad de cuidadoras de otros a quienes lo les importan sus cuidados o los dan por sentados; han destejido la masculinidad idealizada del héroe; han destejido el sueño de casarse cuando él regrese.


Después del evento tragicómico del aeropuerto, dice Ariadna: “Por la noche sentí la imperiosa necesidad de volver a coger mis agujetas. Como no encontraba ningún sobrante de lana, me puse a tejer lo poco que podía secretar mi vientre casi exhausto de tejedora de intrigas” (p. 522). Penélope ya no teje y desteje para esperar a Odiseo, sino para crear nuevas tramas e inesperados tejidos. Tejer, destejer y volver a tejer se resignifican en la contemporaneidad en este relato como la posibilidad infinita de escribir historias sobre las historias. A través de la escritura, como en un tejido, Sonia Manzano y otras autoras destejen y tejen la literatura de este país.