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Cuento

El seto

Marcela Ribadeneira

Número revista:

5

¿Te acuerdas cuando el mundo era un océano infinito que rompía contra la ventana de tu cuarto, cargado de promesas y de posibilidades, de una expectativa salina que te erizaba la piel y encendía una llamita en tu estómago? ¿Cuando dejabas las cortinas descorridas para que la luna se decantara sobre tu cara? ¿Cuando soñabas con ser alguien que no fueras tú? ¿Te acuerdas de las noches de tu adolescencia? ¿De sus coágulos de niebla, de las chispas del otro lado del cristal? Cielo abajo, luciérnagas. Cielo afuera, estrellas que aún no habían sido difuminadas hasta la invisibilidad por el esmog y el resplandor fluorescente que transpiraba el valle.


Había retazos de pastizales, retazos de bosques en ese valle, donde aún era posible ver directamente las pupilas de vacas, mirlos, gorriones y gallinazos. ¿Te acuerdas? Donde aún podías encontrar matas que —dobladas por el peso de docenas de moras diminutas y ensanchadas, como granos a punto de reventar— rasguñaban la tierra.


Sostuviste nidos en tus manos, hija. Nidos hilados con pajillas resecas y plumas, con restos de hojas y de plástico. A veces caían de los pinos o de los jacarandás. Los sostuviste y me los enseñabas. Que un pájaro teja te parecía un descubrimiento increíble y no entendías por qué el mundo parecía no notarlo, por qué no se detenía, por qué no estaba borracho de fascinación.


El mundo está borracho de indiferencia, quisiera habértelo podido explicar.


A veces los nidos caían del seto, del abrazo entre la supirrosa y el ojo de tigre. Un sistema circulatorio de ramas y tallos, de pulpa, savia y néctares. El cerrojo de casa; un condominio para las abejas y los gorriones. El borde vivo donde terminaba el hogar y empezaba el mundo, donde terminaba yo y empezarías tú.


Yo no saldría de ahí nunca, hija. Aún años después, cuando la casa fuera puesta en venta y demolida, cuando los árboles fueran arrancados de raíz, cuando el abrazo de la supirrosa y el ojo de tigre se partiera. Aún cuando muriera.


Yo no saldría de ahí nunca, hija, pero tú sí.


Te hablo de los nidos porque esas eran las cosas que te delataban. Yo podía ver que no serías parte de nuestra estirpe, que te escindirías de ella. Tu hermana entraba corriendo a la cocina. Revolvía la despensa y los mesones hasta encontrar lo que buscaba: un salero de vidrio cuyo interior resplandecía cuando lo levantaba en señal de triunfo bajo el sol del jardín. Ella despeinaba la hierba en el punto donde había visto a la babosa. Seguía las hojas lamidas por su abdomen, un rastro húmedo que zigzagueaba y se torcía abruptamente hasta desvanecerse o desembocar en un montículo de carne viscosa y resplandeciente, en un montículo de criatura sobre el que tu hermana lanzaba una tormenta de sal, un gran diluvio que acababa con la vida.


La muerte de la babosa era el fin de un juego y el inicio de otro. Después de dejar el salero en la cocina, corría a su cuarto y sacaba varias muñecas del baúl de juguetes, todas delgadas, rubias, maquilladas y de pechos duros. Sacaba también una pequeña piscina; en el fondo y en cursiva, grabado en el plástico celeste, se leía Barbie.


A pocos pasos de la piscina, sobre la hierba del jardín y bajo el sol, el cuerpo de la babosa se endurecía y el agua de la piscina se calentaba.

¿Te acuerdas, hija, dónde estabas, cuando tu hermana jugaba a las barbies? ¿Cuando la babosa se retorcía y la sal dejaba de matar y volvía a la cocina a salar tortillas de papa, locros y filetes de carne apanada? ¿Cuando tu hermana soltaba esa risita rasposa? ¿Cuando en el pelo sintético de las muñecas se ataban nudos irremediables después de decenas de zambullidas?


Intento recordarlo. Los días del seto son blancos, luminosos. Tanto, que sobreexponen muchos de los recuerdos que debería tener.


Pero de los nidos sí me acuerdo, hija.


Y también me acuerdo de la mañana en que tomaste todo lo que quedaba en el frasco de pastillas de ergotamina y cafeína —quedaban unas cuatro o cinco y las tomaste todas—. ¿Te acuerdas por qué? Tomaste del gabinete del baño el pequeño frasco de vidrio que yo guardaba para cuando la corona de diamante bajara desde las nubes más altas hasta mi frente y me presionara las córneas, desgarrándome los vasos extracraneales, haciéndolos explotar.


Ahora puedo ver tus dedos delgados, hurgando el algodón del frasco con la precisión de pinzas y extrayendo cuatro o cinco de esos pequeños discos amarillentos y amargos. Ahora puedo ver cómo te los llevaste a la boca, uno por uno, empujándolos esófago abajo con la ayuda de un vaso de jugo de tomate de árbol, o de papaya, o de leche. En ese entonces no te vi hacerlo, solo te vi después, cuando te botaste boca abajo en el césped, junto al jacarandá, y dejaste que por tu boca saliera la saliva que brotaba de tu estómago lacerado.


Te dije y me dije que había sido culpa de las uvillas que crecían enredadas en el seto. Que quizás no habían estado maduras. Y estuviste de acuerdo en que hiciéramos esa presunción porque no dijiste nada, aunque no las hubieses comido. Aunque las que colgaban de la mata, en esos días, fueran pesadas en dulzor y fragancia, blandas por dentro, con la vaina protectora lista para rasgarse y excretar su oro. Más tarde llorabas sobre tu cama de una plaza, envuelta en el edredón, pero habías dejado de salivar. Eso tampoco lo vi entonces pero lo veo ahora, y también me veo a mí misma del otro lado del seto, caminando a la farmacia de la esquina para reponer el frasco perdido, dejando atrás —por unos minutos— el seto, la mata de uvillas y la habitación que te contenía.


Hija, si te acuerdas de los nidos y las pastillas, entonces también te acordarás del día de la ceniza. Tu hermana ya no vivía con nosotros y nunca nos quedó tan grande la casa y tan apretado el seto a su alrededor. Pero había paz, el tipo de paz en la que se refugian las personas tristes, las que se encierran en sí mismas y ven a los otros como sombras y ruidos. No era paz, era silencio. ¿Te acuerdas?


La garganta invisible, escondida detrás de los labios de roca volcánica, tras el páramo, gritó.


Como ocurre con los gritos, no es el sonido que se emite, sino las sustancias que emanan de adentro lo que afecta y transfigura lo que está alrededor; lo que lo infecta.


La ceniza raspó los ojos de las vacas, de los mirlos, de los perros, de los gatos, de las gallinas, de los gorriones, de los cerdos, de los conejos, de los niños, de las mujeres que colgaban la ropa en los tendederos de sus patios y terrazas y de los hombres que trabajaban en las construcciones. Volcó sobre las casas su peso y gris, haciendo que la gente, con un apuro inversamente proporcional a la fortaleza del material del que estaban hechos sus tejados, trepara con escobas, y con trapos sobre narices y bocas, para dispersarla. La materia caída ya había vencido algunos techos de eternit de la zona, que se partieron como cáscara de huevo, como bombillo de Navidad, como huevo Kinder con sorpresa.


En el valle, la ceniza espolvoreó los jardines, los huertos, los autos y los patios de cemento de las escuelas. En sus afueras fue letal. Asfixió los cultivos brotados, amargó aguas y cerró las gargantas de las ovejas, vacas y cerdos que no tenían dónde refugiarse, que bebieron de los riachuelos y comieron la hierba emponzoñada.


El sufrimiento individual, como el de un perro que ladra, herido, a la distancia, deshilachaba tu corazón. Pero las tragedias de gran escala —en las que las pérdidas y el sufrimiento se diluyen en números y estadísticas que ningún cerebro puede realmente asir—, te dilataban las pupilas en fascinación. Latías con la intensidad del nuevo pulso del mundo, del mundo que se sacude y reajusta sus piezas para no colapsar sobre sí mismo como una torre de Jenga. Lo supe cuando te vi en el patio, tumbada boca arriba sobre el cemento, con las medias y la falda del colegio tiznadas, con las piernas largas y los brazos largos, trazando ángeles de nieve sobre la ceniza. Con la lengua deslizándose por fuera de tu boca para recibir esa negra comunión. Sonriendo, hija. Tú, que tan pocas veces sonreías.


Eres así, solo te sientes viva cuando los demás finalmente perciben la muerte como tú la percibes. Cuando adopta un color, un olor y un cuerpo y empiezan a sentir su peso sobre la piel. Cuando todos pueden ver que ha estado siempre mirándonos a los ojos, como tú mirabas a los mirlos y gorriones a través de la ventana de tu cuarto.


¿Era la muerte lo que buscabas en el fondo del frasco? ¿Era la muerte lo que buscabas en la punta de la lengua, esa tarde de erupción?






Encontraste al gorrión sobre el cemento del patio, ojos y pico abiertos, plumas apelmazadas con un engrudo gris hecho de rocío y ceniza.


El nido, incrustado en el corazón del seto, estaba vacío.





Más que como pensamiento articulado, se me presentó como una oleada de certeza. La crueldad estaba ahí, tan pura y potente como la mía, como la de tu hermana. Pero tú no la liberabas sobre otros cuerpos, sino sobre el tuyo. No precipitarías sal sobre un cuerpo para herirlo letalmente de sed. No. Pero sí explorarías cualquier sustancia con olor a muerte, hija. Te la untarías por fuera y por dentro hasta que la imagen de los demás —que no puedes dejar de ver en ti misma y que desprecias—, se extinguiera.


Seto adentro y ya sin tu hermana, yo era todo lo que penetraba del mundo, hija. Yo era el reflejo de los demás, la placa de Petri donde florecía tu desprecio.


Seto adentro, en tierra de mirlos, gorriones y enredaderas, en tu tierra, yo era la estirpe que rechazabas, de la que querías amputarte.





Tu hermana se fue a estudiar el último año del colegio en otro país y el seto apretó un poco más sus nudos a nuestro alrededor. El empedrado que cubría las calles de nuestra esquina había desaparecido; sus rocas angulosas fueron removidas por una volqueta que las arrojó junto al lecho. El río volvía al río, a lo que quedaba de él. El río volvía al río a morir. Un pavimento oscuro y poroso ahora rodeaba la casa y su valla viva.


Mudaste a tu cuarto a Cleo, el único sobreviviente de la diminuta pecera redonda que tu hermana dejó atrás. Cuando se la regaló un pretendiente, cinco o seis pecesillos trazaban círculos apretados y claustrofóbicos en el agua. Sobre el escritorio de tu hermana, la pecera y su agua turbia eran un florero macabro que evitabas mirar, hija. Pero el día en que tu hermana se fue, abriste la ventana de su cuarto y te llevaste a Cleo al tuyo. Luego me pediste dinero para un acuario nuevo y una bomba de aire. Yo te llevé a la tienda de mascotas, donde también compraste plantas acuáticas y piedras. Necesitabas construir un ecosistema. Hiciste mucho  énfasis en esa palabra.


¿Te acuerdas de lo que pasó después de que pusiste a Cleo en ese cubo de cristal abierto, hija? Pocos días después de que se mudó a su nueva pecera empezaste a llamarle Cleopatra. En el nuevo ambiente su cuerpo se distendió y dejó escapar un racimo de bolitas translúcidas. Acurrucadas en sí mismas, las bolitas empezaron a desenrollarse y a separarse del racimo. Muchas nadaron hacia las aguas más cercanas a la superficie, pero otras se hundieron. Cuando está estresada o se siente en peligro, la hembra de los peces guppy dilata su embarazo, lo leíste en la enciclopedia Océano, en el tomo de biología, y me lo contaste. Lo hiciste con los mismos ojos que tenías cuando encontraste el nido el día después de la erupción.


Cleopatra había estado constipada de vida. Con la partida de tu hermana, el seto alrededor de su vientre se aflojó.


Hija, muchas veces sentí que la casa era una extensión de mi vientre.





Enterraste a Cleopatra en una caja de palillos de dientes, encima de un colchón de algodón marca Sana. Antes de cerrar la tapa hiciste llover corolas de supirrosa sobre su cuerpo hinchado.


Un tiempo después hice construir un bordillo, una especie de vereda que rodeara la casa, protegiéndola de la humedad que hacía transpirar las paredes y la pintura. Te gustó la idea de que la tumba de Cleopatra estuviera resguardada por una chapa de concreto;  habías enterrado la caja de palillos junto a la pared exterior de tu cuarto, por donde pasaría la vereda. En ese tiempo ya no tomabas frascos de pastillas que no te pertenecían. En ese tiempo ya sabías hacerte daño en silencio y con discreción, evitando hospitales y cicatrices visibles, y tenías todo un repertorio de métodos para ello.


En ese tiempo ya estabas escindida y lo único que nos mantenía gravitando una hacia la otra era la valla viva. El encierro compartido, la densidad de los cuerpos de cada una. El mundo seguía reventando en olas contra la ventana de tu cuarto, pero las posibilidades se habían convertido en terrores y querías salir a su encuentro porque ya no gravitabas solo hacia mí, sino también hacia tu propia extinción. Y saliste a su encuentro, con el recuerdo de peces muertos, babosas secas, ríos y pastizales enflaquecidos; de tu vientre lacerado; de una madre que recuperaba su corporeidad solo cuando cruzaba al otro lado del seto; una madre que se había convertido en el fantasma de todas las mujeres de su estirpe, condenado a gravitar en torno a una casa que la había tragado hace mucho.




¿Recuerdas que plantamos juntas el seto y que esperamos con entusiasmo su floración? ¿Que lo vimos espesarse a través de las semanas, los meses y los años? ¿Recuerdas que me ayudabas a regarlo? ¿Recuerdas dónde estaba tu cuarto, la casa, la supirrosa y el ojo de tigre? ¿Pudieras recorrer la autopista que ahora se levanta por encima de ese mismo terreno y señalar el punto exacto?