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Cuatro poemas de El país de Amanda

Carmen Rosa Orozco

Número revista:

5

1.


Es de madrugada,

mis dos manos hablan en las sombras

temen a los ruidos en la noche,

solo se oyen los perros,

los grillos conciertan una cita a ciegas con el silencio,

nunca hay claridad en la demencia,

veo venir a la oscuridad como un mar negro sobre mi cama

la sobreabunda y me saca a flote

como una piedra astillada por la memoria

donde florecen los nardos de la violencia

y los jóvenes muertos en las protestas.

Robert Redman levanta a Bassil Da Costa

hacia la muerte,

después él viene a buscarlo

con la sangre saturada de huesos.

Génesis Carmona estalla el cielo con su última mirada,

una moto que galopa al compás del último acordeón,

ella es cargada por los brazos prestados de su madre.

No regresarán jamás.

La oscuridad baña mis noches de sangre.





2.


Mr. Trump, debe terminar esta pesadilla, como dice usted. Ha sido agónica, interminable, de dimensiones bíblicas como se escribió en un informe de la ONU. Pero ningún mar se abrió para tragar a nuestros captores. Ellos caminan con calzados Balenciaga de mil dólares sobre nuestros cadáveres. Se burlan de nuestra tragedia en cadenas televisadas. Odio el rojo invasor de mis días. Los servicios públicos desangran las rutinas. Quién devolverá lo perdido. Invaden casas y los corazones rotos de quienes han huido por la desgracia. Pulseo con la caída de la red como una famélica internauta. Ya no puedo mirarme al espejo para encontrar paraísos azules porque se ha ido la luz, debo recluirme entonces en las noches y dormir temprano. He quedado sin odio y sin amor. Merma la esperanza. Bachelet, no eres la Virgen María, pero te pierdes en la mirada de una niña Asperger y verde, tan diminuta como tu voluntad para ayudar. Excavo hoyos para enterrar los rojos de plastilina a los cuales se les escapa la suerte, los muertos procurados por sus manos les escupen el aliento del infierno y gotas de agua de un cielo agujereado, mortal. Aún amo las pecas de tu espalda en estas tardes calurosas que me matan. Odio el acento cubano filtrado en órdenes castrenses. Observo el Cerro Morrachón desde mi balcón y espero a los gringos como aquellos que languidecen en La Habana, en un malecón mugriento y sin nubes, sesenta años después. Y te digo luego, esto no es poesía, es hartazgo puro. Odio el Comunismo, como lo odian todas sus víctimas. Pero amo tus ojos verdes y la separación entre tus dientes.





3.


Muertos en vida pero llenos de odio para la venganza.

Ya la suerte no será roja.

Caminaremos sobre cadáveres y casas desiertas.

Enterrando a los hijos en el patio,

las hojas de mango cubren la fosa improvisada.

El tirano ríe, pero ella le escupe la cara.

Atmósfera agónica que lanzaré

a un mar que no existe en una botella deshecha.

Crónicas para los moribundos y suicidas,

peste roja que quema y hurta ojos.

Un niño sin mirada, atado a los siglos.

Por qué nosotros, es la pregunta colectiva de los que nos quedamos.

El país en ruinas y diálogos que maceran la muerte.

Somos la escoria del Sur, así dicen,

nos piden llaves para entrar cuando antes fuimos huéspedes de honor.

La caída del halcón está preparada y sortearán las plumas entre los muertos.

Los mártires lloran su deshonra,

los traidores manchan los pisos con sus sangres.

Resistir la agonía con pausa y decoro.

Vivimos los días últimos de la mayor desgracia nacional.





4.


Mi odio no contribuirá a la restauración de la República,

mi amor no contribuirá,

mi perdón no será contabilizado por los desdichados,

los pájaros celestes acuden

tapando el oprobio de los traidores,

el país muere de mengua,

contemplo las lágrimas de Dios en mis manos

no las quiero beber

las soplo en las trochas

para que los desaparecidos

crezcan como trepadoras que besan el sol

y los que huyen taladren sus pasos

en la desmemoria colectiva

de quienes nos quedamos apresados.

Soy yo, Casandra.

Y esta es mi ciudad bajo las cenizas.

Y este es mi bastón y estas mis cintas de profeta.

Y esta es mi cabeza llena de dudas.

Yuber fue arrastrado por la moto

su piel quedó pegada a las piedras renuentes a su martirio,

diecisiete tiros astillaron

todos los poros amados por su madre,

no vio la libertad que proclamaban sus labios

y las profecías de su Iglesia,

Lolita gime y sus alaridos aturden a los asesinos

y a los ecos circundantes,

las mariposas ya no llevarán sus besos

a los trapiches del hijo ausente.

Hemos perdido la esperanza,

la crueldad se apodera de las mentes,

el país en desbandada

los pájaros regresan muertos.

La fiebre del oro y la sed de gasolina

cunden las manos de espesa sangre balbuceante.

Cuento los minutos como monedas lanzadas a una fuente

y preciso la hora exacta de los cortes eléctricos.

Wislawa no prescindió de los acentos.

Cierta impiedad se apodera de Amanda,

desmenuzó sus pastillas

y las tragó como Patria,

veía a los delatores con asco,

soportó con indiferencia a los aduladores.

Un Régimen maldito

que trituró vidas como cabezas de ajos,

ya lloré a mi país,

él me desgarró sin curar las heridas,

un país que tuvo historias felices,

las baterías se descargan,

no hay gasoil para los mechurrios;

Yuber llora ante su cuerpo tiroteado,

ya no lloro ante mi país destruido.

Burlas, pactos, traiciones,

dólares que gotean la sangre de un pueblo sufriente.

Lolita llora a su hijo torturado,

ya no lloro al país destruido,

todas mis lágrimas fueron arrancadas

de las cuencas de mis ojos,

vaciadas en un mar sin sal y sin ruidos,

donde todas las flores de ese país

reposan en la mayor profundidad.

Ya no puedo llorar a mi país.

Nunca más me arrodillaré en mi pequeño país,

junto a un río,

Para que lo pétreo en mí se pueda disolver,

Para que nada quede sino mis lágrimas, lágrimas.

Estos poemas pertenecen al libro inédito: “El país de Amanda”.