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Reseña libro

'Bruselas': la ética del testigo, la vida solamente

Gabriela Ponce

Número revista:

7

Bruselas es un libro de siete cuentos. Bruselas es, también, un libro que contiene siete libros. Bruselas es además un libro que atraviesa por lo menos dos países, pero que, en realidad, despliega la problemática de dos mundos y es también un libro que multiplica las voces del extranjero: es, en ese sentido, una escritura que, siendo situada, se expande como cartografía múltiple, abundante, de otros textos, de varios territorios, de paisajes híbridos. Sin embargo, no es un libro pretencioso, precisamente porque su lugar de enunciación es el desarraigo albergado en lo más personal de la experiencia: se escribe por la necesidad visceral de atestiguar el mundo, en sus contradicciones, en sus injusticias y también en la tregua que nos da, a veces, de manera siempre provisional, el afecto.


Con solvencia Noriega teje tramas, crea suspenso, articula conflictos, arma discurso y, sin embargo, lo que comparten los relatos y en donde radica, desde mi perspectiva, su fuerza, se encuentra en esos momentos en los que la progresión se paraliza y reconoce, la acción, su fracaso. Los personajes, a la vez que actúan en un mundo  hostil, lo padecen: su agencia, a lo Beckett, queda pasmada frente a la brutal acometida del poder, del destino o simplemente de la vida. Ahí, en la fragilidad de estos seres que fracasan, de sus acciones incompletas, de lo equívoco de su diáspora, se desliza ágil la literatura de Noriega. Nadie pisa en estos cuentos tierra firme (con excepción de los representantes del poder); nadie sabe con certeza tomar decisiones; nadie entrevé las consecuencias de sus elecciones o se atreve a dar lecciones de vida: su ética frente al acontecimiento es la del testigo, que persevera con distancia, pero sin tregua, en la vida que pasa y enuncia su error y su aprendizaje con sencillez. En el cuento “Ecuador”, por ejemplo, tras la violencia y la brutalidad policial, sucede un diálogo entre ecuatorianos que se encuentran en un aeropuerto para ser deportados (ecuatorianos del Congo y ecuatorianos de este Ecuador):


“—Entre ecuatorianos nos entendemos, ¿verdad? —me dijeron.


—Verdad —respondí yo.


—¿Qué está pasando? —solté.


—Nada —dijo una de las mujeres—, la vida, solamente”. (95).


En esa afirmación —“la vida, solamente”— se juega el subtexto clave para leer este libro. En esa “vida, solamente” se tejen los errores, las malas decisiones, la amistad, el duelo y, claro, el dolor de la vida cotidiana: tejido de signos que la literatura devela. Dice un personaje del cuento “Rayuela”, al relatar sus sensaciones frente a la enfermedad mortal que atraviesa:


“Huevón, morirse no es el problema, lo que me resulta difícil es tener que mirar hacia atrás. Llevo más de dos años acordándome de cada una de las estupideces vividas, de cada cañonazo recibido, de las mujeres dejadas en una esquina, de cada una de las hijas de puta que me traicionó, de todas con las que pude haber hecho una familia, recluido en una casita yendo y viniendo del trabajo sin otra pretensión que una caricia. Cada vez opté por el abismo, y me arrepiento”. (56)


La vida, experiencia siempre de desproporción.

La vida, constatación de lo absurdo y lo arbitrario.

La vida, siempre insuficiente.

La vida que solamente pasa, aquí o en cualquier parte:


“¿Qué tal es vivir en Bruselas?”, pregunta el protagonista del cuento “Qué viva la música”, y su interlocutora responde: “hermoso, si tienes de qué vivir y con quién estar; sino, es como cualquier otra ciudad: un hueco” (115). Como un hueco. Como vivir en Quito. O como vivir en París. O cualquiera de las ciudades que recorren estos personajes, en una huida que sabemos no lleva nunca a ninguna parte, pero que devela la política sistemática de la injusticia y también la capacidad del afecto para darle sentido a cualquier lugar.


En el centro de este libro está Bruselas, pero la ciudad devela una cartografía muy particular, la del migrante y su manera de llevar dentro de sí todos sus huecos: su país de origen, su infancia, su comunidad de amigos, sus paisajes, todo lo que dejó. Migrar es la condición más propia de lo humano y es, a la vez, pura impropiedad. Se advierte, entonces, la voz del autor: Bruselas será siempre un lugar extraño, le será imposible encajar en Europa. Pero su país, su barrio, su casa se vuelven lugares también ajenos y ocurre entonces, otra vez, el desencuentro. El migrante, al menos el de este libro, jamás está en su casa. Se siente en cada uno de los relatos la necesidad honesta de mapear una condición extranjera cuyo paisaje de fondo es siempre el marco político de la desgracia. Otra vez: la vida solamente, a pesar de la política, muy a pesar de toda la injusticia que legitima y sostiene.


Decía, al iniciar esta intervención, que en este libro están por lo menos siete libros. Lo están también como mapa afectivo, como pretexto, como tributo, gesto conmemorativo y nuclear: el origen de cada escritura es otra escritura. Se padece lo que se lee, se es lo que se lee, se escribe lo que se lee.  Cada cuento lleva el nombre de un libro y cada cuento lleva también un epígrafe de ese libro:  y qué es el epígrafe sino la palabra que advierte de alguna manera el texto por venir, o que, en el mejor de los casos, entraña un misterio que no necesariamente se revela con la escritura que llega, pero que sí nos anuncia un impulso que se sintió propio en el escrito de alguien más, una resonancia que puede, como en este caso, provocar otra escritura, una suerte de inspiración que se encuentra en la escritura de otro. Si yo tuviera que elegir una frase de Bruselas como epígrafe, sería sin duda: “—Nada —dijo una de las mujeres—, la vida, solamente”, pero la seguiría de otra, igualmente desoladora: “La vida, como quien dice, siempre sigue, aunque desaparezcan de ella los seres más amados”. (163)


Este libro de libros, libro de ciudades y de trayectos incompletos y erráticos, es una invitación para habitar la vida de la cual desaparece todo el tiempo lo que amamos, pero en la que volvemos a amar, otra vez, para volver a errar y para nuevamente perder.