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Atlas del cuerpo y la imaginación (fragmento)

Gonçalo M. Tavares

Traducción de Carla Badillo Coronado

Número revista:

6

MANO, MATERIA Y OBJETOS



frente a la hostilidad, con las formas animales de la

tempestad y el huracán, los valores de protección y

de resistencia de la casa se transponen en valores

humanos. La casa adquiere las energías físicas y

morales de un cuerpo humano[1].

Gaston Bachelard



el cuerpo hecho Casa


Hablemos de la casa. Bachelard es muy claro cuando señala que el «espacio habitado trasciende el espacio geométrico». No se trata entonces de una cuestión de líneas, sino de carne y calor. Una casa habitada deja de ser un espacio para convertirse en aquello que rodea un cuerpo, que es distinto.


La casa habitada por olores y gestos se convierte en un abrigo más amplio, en una vieja prenda que ya conoce, prevé y protege nuestros movimientos.


En el capítulo El Nido, Bachelard cita a Michelet:


«El pájaro» —dice Michelet— «es un trabajador desprovisto de cualquier herramienta.» No tiene «la mano de la ardilla ni el diente del castor». Sin embargo, posee un instrumento: «el propio cuerpo de pájaro». Es así como con su pecho «aprieta y comprime los materiales hasta hacerlos absolutamente dóciles, hasta mezclarlos y sujetarlos a la obra general.» En el pájaro todo el cuerpo es mano.


En consecuencia, estamos frente a una «arquitectura de los pájaros». La casa es una ampliación de la anatomía; un anexo anatómico, por así decirlo. Bachelard cita de nuevo a Michelet: «En el interior, el instrumento que impone al nido la forma circular no es otro que el cuerpo del pájaro. Girando constantemente y empujando las paredes por todos lados es como consigue formar ese círculo». Es el propio movimiento del cuerpo el que lo hace, sin ningún órgano especializado: el pájaro lo hace porque se mueve —porque no es un animal inmóvil—, el pájaro lo hace porque evita la inmovilidad, o mejor: porque es incapaz de estar inmóvil. Desde luego, aquí la salida de la inmovilidad es una salida con un determinado sentido: salgo de la quietud de forma práctica; me alejo útilmente de la inmovilidad: construyo.


Michelet continúa: «La casa es la persona misma, su forma y su esfuerzo más inmediato, diría yo: su sufrimiento. El resultado solo se obtiene por la presión constantemente repetida del pecho». Estamos en el ámbito del trabajo duro —no hay «un solo camino que, para afirmar y preservar la curvatura del nido, no haya sido presionado mil veces por ese pecho, por ese corazón, perturbándole seguramente la respiración».


Vemos aquí el nido como resultado directo de las formas del cuerpo del pájaro; y he aquí la imagen fuerte: el corazón, el pecho, la respiración, todo gana dedos, diríamos, convirtiéndose en un instrumento de construcción. El corazón físico del pájaro como herramienta privada, privadísima, una herramienta que no se puede compartir, una herramienta capaz de construir la casa única, el nido que tendrá pulsaciones cardíacas como cualquier otro ser vivo. Vemos aquí que el espacio asume un papel animalesco (de animal únicamente), de ser vivo: el espacio es un animal. Diríamos incluso: es un animal que responde al cuerpo que lo hizo, un animal que entra en diálogo con el habitante que fue —y sigue siendo— constructor.


Michelet apunta una hipótesis, una línea de investigación: «Sería útil comprobar si las formas que un pájaro da a su nido —aunque nunca haya visto un nido— no tienen alguna analogía con su constitución interna». Estamos ya ante la posibilidad de que el nido sea el resultado, no solo de las formas externas del cuerpo, sino de las internas; una casa que responde al esqueleto del animal que la habita; una casa, en definitiva, que responde a los deseos y defiende los miedos, como el verso de un poeta. En ese sentido, «la concha del caracol —la casa que crece a la medida exacta de su huésped— es una maravilla del Universo». Y es la imagen de la fusión entre constructor y construcción, entre anatomía y acción.







[1] Bachelard, Gaston - La poética del espacio, 1996, p. 62. Martins Fontes (en adelante, todas las citas pertenecen a este libro).





MÃO, MATÉRIA E OBJECTOS



diante da hostilidade, com as formas animais da

tempestade e da borrasca, os valores de protecção e de

resistência da casa são transpostos para valores

humanos. A casa adquire as energias físicas e morais

de um corpo humano.[1]

Gaston Bachelard



o corpo que faz Casa


Falemos da casa. Bachelard é muito claro quando salienta que «o espaço habitado transcende o espaço geométrico». Não se trata pois de uma questão de linhas, mas de carne e calor. Uma casa habitada deixa de ser um espaço para passar a ser aquilo que rodeia um corpo, o que é diferente.


A casa habitada por cheiros e gestos torna-se um casaco mais amplo, uma velha roupa que já conhece, prevê e protege os nossos movimentos.


No capítulo O Ninho, Bachelard cita Michelet:


«O pássaro», diz Michelet, «é um operário desprovido de qualquer ferramenta.» Não tem «nem a mão do esquilo nem o dente do castor». Não em tanto tem uma última ferramenta: «o próprio corpo do pássaro». Assim é como o seu peito que «ele aperta e comprime os materiais até torná-los absolutamente dóceis, até misturá-los, sujeitá-los à obra geral.» No pássaro todo o corpo é mão.


Estamos perante uma «arquitectura dos pássaros». A casa é uma ampliação da anatomia; um anexo anatómico, se assim nos podemos exprimir. Bachelard cita de novo Michelet: «No interior, o instrumento que impõe ao ninho a forma circular não é senão o corpo do pássaro. É virando-se constantemente e recalcando as paredes de todo os lados que ele consegue formar esse círculo.» É o próprio movimento do corpo que faz, não há nenhum órgão especializado em fazer: o pássaro faz porque se mexe, o pássaro faz porque não é um bicho imóvel, faz porque evita a imobilidade, ou melhor: porque é incapaz de estar imóvel. Mas claro que aqui a saída da imobilidade é uma saída com um determinado sentido, saio da imobilidade da maneira prática; afasto-me utilmente da imobilidade: construo.


Prossegue Michelet: «A casa é a própria pessoa, a sua forma e o seu esforço mais imediato, eu diria: o seu sofrimento. O resultado só é obtido pela pressão constantemente repetida no peito.» Estamos no âmbito do trabalho esforçado —não «há um só desses caminhos que, para afirmar e conservar a curvatura do ninho, não tenha sido milhares de vezes pressionado pelo seio, pelo coração, certamente perturbando a respiração».


Vemos aqui o ninho como resultado directo das formas do corpo do pássaro; e eis a imagem forte: o coração, o peito, a respiração, tudo ganha dedos, diríamos, e torna-se instrumento de construção. O coração físico do pássaro como ferramenta privada, privadíssima, ferramenta não partilhável, ferramenta capaz de construir a casa única, o ninho que terá pulsações cardíacas como um qualquer ser vivo. Vemos aqui o espaço a assumir um papel animalesco (de animal apenas), de ser vivo: o espaço é um animal. Diríamos ainda: é um animal que responde ao corpo que o fez, é um animal que entra em diálogo com o habitante que foi, e continua a ser, construtor.


Michelet aponta uma hipótese, uma linha de investigação: «Seria útil verificar se as formas que um pássaro dá ao seu ninho, mesmo que nunca tenha visto um ninho, não têm alguma analogia com a sua constituição interna.» Estamos já na hipótese de o ninho ser resultado, não apenas das formas exteriores do corpo mas das formas interiores; uma casa que responde ao esqueleto do animal que a habita; uma casa, em última análise, que responde aos desejos e defende dos medos, como no verso de um poeta. Neste particular, «a concha do caracol, a casa que cresce na medida exacta do seu hóspede, é uma maravilha do Universo». E é a imagem da fusão entre construtor e construção, entre anatomia e ação.







[1] Bachelard, Gaston - A poética do espaço, 1996, p. 62. Martins Fontes.

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«Mano, materia y objetos» pertenece al libro O ATLAS DO CORPO E DA IMAGINAÇÃO
(fragmentos, teorías e imágenes), de Gonçalo M. Tavares. Editorial Caminho. Lisboa, 2013.