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The Stone

Wilfrid Wilson Gibson

Traducción de Juan Sebastián Castillo

Número revista:

4

“And will you cut a stone for him,

To set above his head?

And will you cut a stone for him –

A stone for him?” she said.

Three days before, a splintered rock

Had struck her lover dead –

Had struck him in the quarry dead,

Where, careless of a warning call,

He loitered, while the shot was fired –

A lively stripling, brave and tall,

And sure of all his heart desired . . .

A flash, a shock,

A rumbling fall . . .

And, broken 'neath the broken rock,

A lifeless heap, with face of clay,

And still as any stone he lay,

With eyes that saw the end of all.


I went to break the news to her:

And I could hear my own heart beat

With dread of what my lips might say;

But some poor fool had sped before;

And, flinging wide her father's door,

Had blurted out the news to her,

Had struck her lover dead for her,

Had struck the girl's heart dead in her,

Had struck life, lifeless, at a word,

And dropped it at her feet:

Then hurried on his witless way,

Scarce knowing she had heard.


And when I came, she stood alone –

A woman, turned to stone:

And, though no word at all she said,

I knew that all was known.


Because her heart was dead,

She did not sigh nor moan.

His mother wept:

She could not weep.

Her lover slept:

She could not sleep.

Three days, three nights,

She did not stir:

Three days, three nights,

Were one to her,

Who never closed her eyes

From sunset to sunrise,

From dawn to evenfall –

Her tearless, staring eyes,

That, seeing naught, saw all.


The fourth night when I came from work,

I found her at my door.

“And will you cut a stone for him?”

She said: and spoke no more:

But followed me, as I went in,

And sank upon a chair;

And fixed her grey eyes on my face,

With still, unseeing stare.

And, as she waited patiently,

I could not bear to feel

Those still, grey eyes that followed me,

Those eyes that plucked the heart from me,

Those eyes that sucked the breath from me

And curdled the warm blood in me,

Those eyes that cut me to the bone,

And cut my marrow like cold steel.


And so I rose and sought a stone;

And cut it smooth and square:

And, as I worked, she sat and watched,

Beside me, in her chair.

Night after night, by candlelight,

I cut her lover's name:

Night after night, so still and white,

And like a ghost she came;

And sat beside me, in her chair,

And watched with eyes aflame.


She eyed each stroke,

And hardly stirred:

she never spoke

A single word:

And not a sound or murmur broke

The quiet, save the mallet stroke.


With still eyes ever on my hands,

With eyes that seemed to burn my hands,

My wincing, overwearied hands,

She watched, with bloodless lips apart,

And silent, indrawn breath:

And every stroke my chisel cut,

Death cut still deeper in her heart:

The two of us were chiselling,

Together, I and Death.


And when at length my job was done,

And I had laid the mallet by,

As if, at last, her peace were won,

She breathed his name, and, with a sigh,

Passed slowly through the open door:

And never crossed my threshold more.


Next night I laboured late, alone,

To cut her name upon the stone.





La Piedra


-¿Y cortarás una piedra para él,

quieta sobre su cabeza? -dijo ella-

¿o tallarás una piedra para él?

Dásela, una piedra inscrita para ella.


Tres días antes, una astillada roca

ha golpeado su amor agonizante,

lo golpeó en una cantera desierta

donde, descuidado de la llamada peligrosa,

él acostumbraba su cuerpo al sol

mientras sonaba un disparo.

Es un jovencito valiente y alto,

y seguro de todo su corazón…

llega un destello, un golpe,

una caída tronante…

y, roto debajo de una agrietada roca,

un manojo de vida con rostro de arcilla.

Como cualquier roca él todavía yace

con sus ojos abiertos que miraron el fin.


Fui yo quien se lo dijo,

y podía escuchar mi corazón golpear

con pavor por lo que mis labios pudieran decir,

pero algún pobre tonto aceleró antes

y, abriendo la entrada de su padre,

hube clavado la noticia en ella,

hube golpeado su amor muerto,

hube apuñalado el estático corazón femenino,

hube golpeado la vida con una palabra

y se despeñó sobre sus pies:

apresurado en su camino tonto escapé

sabiendo que ella había escuchado.


Y cuando regresé -ella gravitaba sola

una mujer preparaba un mármol:

hablaba sin pensar en nada

y supe que todo le era conocido.

Porque su corazón estaba muerto

ni suspiraba o gemía.

Su madre lloró:

ella no podía llorar.

Su amante descansaba:

ella no podía descansar.

Tres días, ¿o eran noches?,

no pudo agitar sus manos.

Tres días, ¿o eran noches?

fueron uno para ella,

quien nunca cerraba los ojos

de la puesta al levante del sol,

del amanecer a su uniforme caída.

Sus perdidos y secos ojos

que miraban la nada, miraron el todo.


El cuarto día que llegué del trabajo

la encontré en mi puerta.

-¿Vas a grabar una piedra para él?-

dijo y no habló más,

pero me seguía cuando entré

y se hundió en una silla,

y fijó sus grises ojos sobre mi rostro

con la mirada todavía muda.

Esperó pacientemente,

no pude soportar la punzada:

aquellos grises ojos que me perseguían,

aquellos que arrancaban mi corazón,

grises ojos que chupaban mi respiración y

cuajaban mi sangre caliente,

esos ojos que me cortaban hasta el hueso y

traspasaban el tuétano como helado acero.


Y entonces me levanté y rebusqué una piedra. La

tallé en ángulo recto, suavemente,

y, mientras trabajaba, ella sentada miraba a mi lado.

Noche tras noche bajo la luz de una vela esculpí el

nombre de su amado

y noche tras noche, tan quieta y pálida

como un fantasma, llegaba

a su misma posición agonizante,

a insuflar la habitación con sus párpados.

Captaba cada duro movimiento,

metálica y puntiaguda,

y enmudeció como el acero.

Ni un sonido o murmullo rompió la quietud

salvo el martillo contra el grabado.

Fijos sobre mí:

sus ojos inflamaban mis dedos,

mis muecas, mis fatigadas manos.

Ella observaba con sus vacías piernas, aparte y

silenciosa, con aliento exhausto.

Mi cincel con cada golpe tallaba,

pero la muerte cortaba más profundo su corazón:

ambos estuvimos cincelando juntos,

la muerte y yo.


Y cuando por fin el trabajo estaba hecho y

solté el maso como si, por fin,

su paz estuviera ganada

ella exhalo su nombre y con un suspiro se

arrastró lentamente por la puerta.

Nunca más cruzó por mi umbral.

La siguiente noche trabajé tarde, solo, 

para tallar otro nombre en la piedra.