Atlas y Aucas la resistencia a traves de la derrota

Ensayo

Atlas y Aucas: la resistencia a través de la derrota

Juan Romero Vinueza

Número revista:

4

Tema libre

Eduardo Galeano (2003) escribió que el fútbol se parece a Dios “[e]n la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. Se suele pensar que este deporte es el opio del pueblo. A veces, también, se piensa que la gente que ve fútbol y se emociona con él, y lo sigue, y lo consume, es ignorante y de poca cultura. No se relaciona al fútbol con las esferas de la cultura. Más bien se lo aparta como si fuera un simple espectáculo o, en su forma más actual, un negocio. Que se considere o no al fútbol como algo de “alta cultura” me tiene sin cuidado porque la verdad es que no lo es. No obstante, me interesan ciertos vínculos que algunos escritores tienen con el fútbol.


En países como México o Ecuador no es tan común ver a intelectuales debatiendo o hablando sobre fútbol, aunque muchos sean hinchas de clubes o esperen cada cuatro años para ver el mundial, recluidos en su casa o en bares a los que no va una sección de sus amigos intelectuales. No me ocuparé en este ensayo de aquellos que rehúyen a esa clasificación, sino de los que la aceptan y la incluyen en su literatura. Pienso en dos poetas, uno mexicano y otro ecuatoriano: Ricardo Castillo (Guadalajara, 1954) y Ramiro Oviedo (Chambo, 1952). Me interesa la poesía y también el fútbol. Por eso quiero hablar de cómo el fútbol se muestra y se representa en su obra como una excusa para hablar de la derrota.


Castillo, sin duda, es un fanático del fútbol. Aunque diga que no le va a ningún equipo, siente simpatía por el Atlas, un equipo de Guadalajara que no ha obtenido tantos trofeos como otros clubes mexicanos. No podía irle a las Chivas porque es el mejor equipo de la ciudad, el más exitoso. Ante ese panorama, dice Castillo que, si fuera hincha de algún equipo, sería del Atlas porque un poeta tiene que apostarle al peor equipo, al que tiene menos esperanzas de ganar.


Por su lado, Oviedo es seguidor del Aucas, un equipo importante –pero menor– de Quito. Conocido como el club “ídolo del pueblo”, aunque nunca ha ganado un solo campeonato, se enorgullece de tener la hinchada más fiel del país. A diferencia de los dos equipos exitosos de la ciudad (Liga de Quito y El Nacional), la relación del Aucas con la muchedumbre es distinta, ya que se dice que son el equipo de los pobres y de los “indios”.


Esta elección futbolística, en realidad, es también una elección literaria y vital. Escoger un club es una forma de escoger una visión del mundo. Irle al Atlas o al Aucas es en el fondo estar del lado de los perdedores, emparentarse con los derrotados. Esta característica es constante en la obra poética de ambos autores. Ellos recurren al fútbol para hablar de la derrota. Yo, en cambio, tengo primero que hablar del fútbol para rastrear parte de su poética.


En El pobrecito señor x (1976) de Castillo, hay dos referencias al fútbol que sobresalen. El título del primer poema, “Autogol”, y el reconocimiento del sujeto poético como “un campo de fútbol sin porterías” (“El pelícano”). Asimismo, en el poemario La oruga (1980) hay varios fragmentos relacionados con este deporte: “y la afición está muy lejos de considerar a la poesía / como otra forma de patear el balón” (2, I) o “las piernas deben ser ágiles y fuertes para sostener cualquier ritmo / y patear con seguridad no importa qué clase de balón” (2, II). Al autoreconocimiento en “El pelícano”, hay que sumarle el último verso de “Autogol”, el cual reza: “Como alguien me dijo alguna vez: Valgo madre”. Ser una cancha de fútbol sin arcos es una metáfora del ser como un vacío, como un sinsentido. Afirmar que se vale madre es aceptar la derrota por adelantado. En ambos fragmentos citados de La oruga, aparece, más bien, la noción de la creación literaria. Castillo la compara con patear un balón, es decir, la forma de creación futbolística. Ergo, patear el balón es otra forma de escribir poesía.


No obstante, patear un balón como consciencia de la escritura no se queda únicamente en un señalamiento artístico. No solo es cómo se patea el balón, sino contra quién. Por eso, “Autogol” es un título clave. El gol que se anota en propia puerta es quizás el punto más álgido de la humillación en el fútbol. Anotar un autogol es una vergüenza, una culpa, una derrota. Más aún si ese autogol es el que ocasiona que el equipo, al final, pierda el partido.


Oviedo se refiere en su poesía al fútbol de manera más recurrente que Castillo. Sin embargo, por motivos de espacio, solo citaré un par de ejemplos de Esquitofrenia (2000): “Liga dos Aucas cero” (“La anoche boca-arriba”); “¿Quién diablos me mandaría a estar siempre / con los perdedores?”, “Digo soñar porque entonces de vez en cuando / los ‘indios’ sí ganaban” (“Un balde de agua fría”). El poema “La anoche boca-arriba” contrapone a los dos equipos más populares de Quito (Liga y Aucas). Esto no solo es un señalamiento futbolístico pues la Liga se ha convertido en el equipo de la clase media alta quiteña, el más exitoso de la historia del fútbol nacional, el “Rey de Copas”. Por otro lado, el Aucas es el equipo del pueblo, el que nunca ha ganado un campeonato oficial (sino, solamente títulos provinciales). Sin embargo, hay que decir que el “clásico” de la ciudad justamente es protagonizado por ambos clubes: Liga vs. Aucas, ricos contra pobres, exitosos contra perdedores, el campeón de América contra el campeón de Pichincha.


Aquí cabe hacer un apunte sobre la iconografía del Aucas. Su escudo se compone del rostro de un indígena waorani (auca, peyorativamente) y de los colores amarillo y rojo, correspondientes a la empresa Royal Dutch Shell, que trabajó en la región amazónica y fundó el club. Si bien el origen del equipo se dio en el oriente ecuatoriano, pronto se trasladó a Quito y se convirtió en uno de los clubes más populares de la capital. Cuando Oviedo dice que el Aucas es el equipo de los “indios”, no solo se refiere a este ícono sino también al origen obrero y pobre de la mayoría de la hinchada que aún se mantiene.


La derrota se vincula con la escritura, pero sobre todo con saberse parte de esa muchedumbre quiteña. El poema “Un balde de agua fría”, plantea que ser hincha del Aucas es ser un derrotado, pero también, de cierta forma, es enorgullecerse de eso. Esta noción de pertenencia es más compleja que simplemente practicar o ver fútbol. Se dice que el Aucas solo tiene hinchas abuelitos porque todos los nietos ya son de la Liga. La fama de la Liga creció en los últimos diez años; la de Aucas, decayó. La Liga fue campeón a nivel internacional cuatro veces en esa década; el Aucas descendió a segunda división. La victoria y la derrota.


Ana María Amar Sánchez (2010) señala que “formar parte de los derrotados garantiza pertenecer a un grupo superior de triunfadores: el de los que han resistido y fundan su victoria en la orgullosa aceptación de la derrota”. La palabra clave apuntada por Amar Sánchez es resistencia. Ambos poetas resisten contra el campo cultural y ante el canon. La elección de sus respectivos clubes refleja el lado de la tradición en el que desean estar.


Por ejemplo, Arturo Dávila (2015) apunta que Castillo forma parte de los poetas “bárbaros”, del grupo “más apegado a Efraín Huerta y a Jaime Sabines, [el cual] era callejero, instintivo, urbano, rocanrolero, futbolero, fugaz. Se movía en camiones o en el metro y respiraba esmog”. Por su parte, Hernán Rodríguez Castelo (2004) señala que Oviedo fue uno de los “jóvenes poetas que opta[ron] por las hablas ordinarias […] contra el lenguaje de la convención social”.


Ser un bárbaro e ir en contra de la convención social unifica a ambas poéticas. Por lo mismo, la insistencia en el tópico de la derrota es notable. Ir a contracorriente, buscar lo anticanónico es apostarle al equipo perdedor, al antioficial. Al hablar de los antis es imposible no referir a Nicanor Parra, antipoeta que influye en ambos autores. Sin embargo, Castillo y Oviedo son más radicales porque no son parte del canon ni del contracanon.


Parra, con el paso del tiempo, llegó a formar parte del canon poético chileno. Se instauró en él luchando contra la misma tradición chilena. Castillo está en una especie de canon “de culto” de la poesía mexicana de mediados del siglo XX, en el que se encuentran poetas como Mario Santiago Papasquiaro y José Vicente Anaya. Oviedo podría ubicarse en el canon “sucio” de la poesía ecuatoriana, junto a Fernando Nieto Cadena y Jorge Martillo Monserrate.


¿Por qué hablar de cánones si lo que quieren es huir de los cánones? Porque la decisión misma de la huida es significativa. Huir es una forma de resistencia, de rechazo. Deslindarse de una parte de la tradición significa ser afín a otra de las partes. Los poetas citados en el párrafo anterior no forman parte del círculo de la poesía oficial, mucho menos solemne. Más bien, son los que la combaten: son los bárbaros.


Referir a la poética y a la postura que tanto el mexicano como el ecuatoriano tienen frente al canon ayuda a figurar la noción de la derrota. La elección del lado desde el que se va a concebir la literatura es similar a escoger a qué equipo de fútbol apoyar. Por eso, que ambos autores sientan simpatía por el Atlas y el Aucas, respectivamente, es un posicionamiento escriturario desde la derrota del individuo frente a la sociedad.


Ser hincha del equipo que resiste al gran negocio que es ahora este deporte, querer formar parte del club que es el eterno perdedor del fútbol nacional, los ubica en la casta de los perdedores que miran el mundo sin ser el centro de atención. El canon literario también es un centro. La escritura de estos autores se contrapone a ese centro. Se marginaliza a sí misma. Elegir escribir desde el margen de la tradición es una forma de ponerse la camiseta del equipo de los que saben que no ganarán el campeonato. Pero, sobre todo, es admitir que no les interesa en lo más mínimo, porque la derrota está en la poesía.

Referencias:

Amar Sánchez, A. (2010). Instrucciones para la derrota. Narrativas éticas y políticas de perdedores. Anthropos.
Castillo, R. (1980). El pobrecito señor x / La Oruga. FCE.
Dávila, A. (2015). Ricardo Castillo: una lengua sin pelos en la lengua. En R. Guedea (coord.) Historia crítica de la poesía mexicana. Tomo II. FCE.
Galeano, E. (2003). El fútbol a sol y sombra. Siglo XXI.
Rodríguez Castelo, H. y Adoum, J. (2004). Antología esencial del Ecuador Siglo XX. Eskeletra Editorial.
Oviedo, R. (2000). Esquitofrenia. Eskeletra.