otros números

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Elipis

Primer número

Elipsis viene del griego elleipsis que significa omisión o falta. La elipsis como figura retórica es el lugar de una ausencia, de una omisión que resalta aquello que esconde; es un salto, un espaciamiento, un paréntesis, una suspensión temporal que permite al infinito alcanzar los límites de lo pequeño. Página en blanco, vacío como posibilidad de que el relato se encadene como un espacio fragmentado, discontinuo, sin alcanzar la totalidad. La voluptuosidad del significante, que requiere de la pausa para crear articulaciones, da paso a la expectación atemporal, particular y lírica de lo real. 

Poema

Segundo número

Poema es la apertura hacia los posibles; fulguración que ciñe la eternidad y despliega un espacio en el que cada trazo o inscripción no pueden ser un logro definitivo. El poema es el lugar propicio para la recepción de un don que libera de todo muro que impide el fluir incierto de la vida. La libertad del fluir deja-ser, pues nada en el poema puede llegar a ser definitivamente aferrado. El poema pone en camino, es andadura que insta a la decisión abierta: salto, precipitación, abismo.

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Silencio

Tercer número

Un incesante vértigo anida en el silencio; es umbral en el cual oscuramente todo se suscita a partir de nada. En cada encrucijada, cada instante en que una decisión debe ser tomada, el silencio apremia a dar el salto, incita al grito. La palabra solo puede atisbar, insinuar el silencio; nunca lo abraza, simplemente se solapa a él, lo ahonda. 

El logos presume ser puente que permite comunicar lo pleno, lo total; pero, mientras un puente tan solo une, el silencio separa. En lo callado, el azar se cocina, caldo primigenio del cual todo puede brotar; singularidad grávida de posibilidad en la cual lo lleno linda con lo vacío y lo que es yace aferrado a lo que no es.

El logos aspira a ser, mas el secreto persevera en su oscuro primitivo. Síncope, pausa, intervalo en la que la palabra se hunde, se ahoga y renueva luego el ansia de decir, de ser. 

Huésped

Cuarto número

El huésped es el umbral en el que se aúna la experiencia de la paradoja: su ser radica tanto en la llegada como en el recibimiento. Pura transitoriedad en la cual el que acoge se convierte en rehén del que viene de fuera; irrupción del otro que desestabiliza la relación conmigo mismo, la ipseidad, el «estar en casa», convirtiendo al centinela —aquel que resguarda la frontera— en invitado del que llega. Momento de queda inquietud, de espera, que sume al anfitrión en la más completa vulnerabilidad, pues torna en ajeno el espacio que le es propio. Paradójico don de la hospitalidad que da la intemperie a aquel que acoge. Oscura simbiosis que otorga un inasumible don de alteridad.

El vocablo huésped viene de uno latino antiquísimo: hospes, hospîti, que a su vez se compone de dos vocablos de raíz indoeuropea: ghos-(ti)-pot; donde ghos es extranjero y pot, señor, por lo que se podría traducir como señor o patrono de los extranjeros. Etimológicamente el don de la hospitalidad se configura como una protección y como una ofrenda que reserva un espacio para la llegada del otro, del extraño, del extranjero.

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Encierro

Quinto número

La posibilidad de un horizonte, de un resquicio de cielo por donde se cuela un rayo de luz se desvanece con el encierro. Dispositivo inmunológico, habitación oscura, sin detalles, sin colores, alrededor el mundo se marchita y pierde su lumbre, la realidad se idealiza en su deriva hacia el adentro invisible. Solo la memoria guarda la sensación del fulgor —ya antiguo— de un mundo antes del encierro.

Cerrar o abrir los párpados deja de tener importancia, el espacio deviene en imagen, cada paso ciego puede convocar un objeto nuevo, perdido con el temor de convertirse en nictálope. El encierro suspende el movimiento en el espacio; pausa que exacerba el pensamiento de la prisión del ensueño, lo inmóvil abre la puerta al espíritu sediento, el vacío interior se devela como un campo por encontrar una y otra vez lo ya hallado. El encierro dura un instante, el instante en el que el paisaje íntimo dibuja la línea de un nuevo horizonte que se abisma con la mirada ensimismada.

Cuerpo

Sexto número

El cuerpo es incisión hiriente en el espacio: titubeo, temblor, herida, goce. Pendemos del cuerpo, es cuerda y posibilidad. Sin embargo, él subsiste sin un yo; moneda al aire ajena a la voluntad. Hogar, madriguera, territorio abandonado al instante cada vez incierto. Sin conquista posible, solo la ajena aspereza puesta a descubierto, apta para la caricia. Cuerpo, monolito incuestionable de la llegada al mundo, lágrimas de sudor, huellas sobre los espejos, piel muerta y renaciente aún. Su terneza es afrenta a la postración y a la genuflexión. Mi cuerpo subyace fuera de toda relación de propiedad, márgenes partidos, espacio sembrado en la contigüidad irrenunciable: contagio.

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Fuga

Séptimo número

El tenue espacio dado en el encuentro del follaje con la cola del pez al surcar la corriente, puerta por donde el viento ahonda las distancias, produce que el horizonte abandone el límite y expanda sus confines.


La fuga, fugue, fuguere no es huida, tan solo huellas que abren caminos en el impulso; piedra y hueso, carne palpitante que fluye ligera hacia una mar indómita; ritournelles, melodías que encantan y persiguen el oído hasta alcanzar el nido en el empalme de un grito.


En esta caverna —la cavidad torácica— aliento y voz son uno; en lo profundo, el aire guarda la potencia del aullido, del bramido, y el temblor antecede al llanto; la fuga nunca es solitaria, es un saludo de bienvenida a aquello que existe desde siempre en otro espacio, en otra vibración.

Androginia

Octavo número

La superficie del mar muestra la faz del cielo, mientras el límite interno del azogue ahonda lo profundo: los opuestos se topan en el tenue punto ciego en el que se abre el infinito. Multitudes ausentes se diluyen en cada murmullo del mar. Tantos rostros presos en la infinidad de reflejos del cuarzo; cuerpo traslúcido, marea que no cesa, gestos que se miran en cada grano de arena.


Me miro desde los rostros que horadan mi cuerpo, desde mi corva veo la ribera, desde mi pecho alcanzo a sentir la sal que corroe mis alvéolos y mi tráquea; granos de sal que dibujan estrías en la faz de mis piernas. En mi espalda palpo un rostro que no ha crecido aún. Una cadena ininterrumpida de perfiles me envuelve en la superficie fluyente del lenguaje.

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