Cautivos y condicionados

Ensayo

Cautivos y condicionados: paradigmas macabros en 'Pelea de gallos' de María Fernanda Ampuero

Ana Palán

Número revista:

6

Tema dossier

BERNARDA: Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con imposibles.

Federico García Lorca, La casa de Bernarda Alba



Solo construimos nuestra sangre

cuando la limpiamos

de familia

Mónica Ojeda, Historia de la leche



Cada segundo existe creación. La concepción de nuevas caras, familias y extraños es una repercusión constante que ataca las mentes e instaura ideas macabras. Uno tras otro —linaje, mente y cuerpo— heredan carencias y traumas, y cada uno soporta una carga innecesaria que existe desde que llegamos al mundo. Nacemos condicionados, sin libertad, llenos de deseos que no nos pertenecen ni pedimos. Todo este replanteamiento de la existencia se remite a la aproximación que sentí con Pelea de gallos (2018) de María Fernanda Ampuero, una vivencia abismal. Dentro de estos relatos de ficción, la realidad cruda y tormentosa de diferentes historias parecen más íntimas que nunca —como si mi yo de cinco o más años se viera inmersa dentro de varias tramas—. En este libro violento y bello, Ampuero comparte una idea que, en apariencia, parece común, normal: la familia. Esta convención social, obligada y, en muchas ocasiones, reptante en nuestra agonía, se presenta de una manera dura, pero real en cierta medida. Cada uno de los cuentos, con un enfoque feminista, invita a una deconstrucción, a cuestionar la supuesta normalidad que nos han implantado desde niños. Los rezagos de los abuelos, padres y madres resaltan en cada página; esto, mezclado con todas esas ideas falocentristas y complejidades de género, resulta en un grito de ayuda interno para quien lo lee.


Dentro de estas páginas, el lector es un preso que sufre una metamorfosis constante, que varía de edad, género, miedos y curiosidades. Parecería que la capacidad camaleónica que se vive durante la lectura de Pelea de gallos (2018) se torna real por la deconstrucción recurrente a la que nos somete la autora, lo que nos lleva a un punto de quiebre y duda; sin saber quiénes somos, dónde crecimos y qué hemos seguido repitiendo con naturalidad, a pesar de lo inhumanas que resultan algunas acciones. Todo este asolamiento se remite al origen de todo, donde nos colocan brutalidades: el núcleo familiar. A todo esto, María Fernanda tiene una manera peculiar de referirse a esta idea que compartió en una entrevista:


Sí, yo creo que en los hogares hay una especie de secuestro y, en muchos casos, son el lugar donde padeces un síndrome de Estocolmo muy brutal, pues quieres que tus secuestradores te quieran y tú los quieres. Todo el mundo te dice que es un pecado no querer a tus secuestradores, hagan lo que hagan, digan lo que digan, aunque ejerzan sobre ti todos los poderes de destrucción que pueden ejercer los padres. (citado en Cavallin, 2019)


El cariño se transforma, convirtiéndose en un modo de idolatría. La familia, los padres, los allegados son queridos y respetados solo porque así debe ser, no hay cabida para el rechazo o la duda, solo porque nos une la sangre, los traumas y las carencias. Si fuese de otra manera, el villano de la realidad sería uno mismo. Así, la idea errónea de que la descendencia presenta un amor implícito se ha consolidado desde siempre, no existe oportunidad para hablar o expresarse. Todo ha sido restringido desde esa opresión e invalidez del juicio de cada uno. Nacemos condicionados y pocos lo critican; María Fernanda Ampuero lo hace.


“Subasta”, una prevención visceral


El relato exasperante, brutal, que abre la obra: “Subasta” describe lo torrencial y traumatizante de crecer en un ambiente peligroso y decadente. Desde la visión de la hija de un gallero, que se encuentra en un constante ir y venir de violencia, se aprecia lo difícil y complejo de vivir en este recurrente miedo. El padre, sus amigos, las paredes y la desolación están en un frecuente ataque contra la pequeña. La desean y abruman, lo que la llena de temor; así, ella quiere enfrentar el pánico como sea —como todas—. Cubriéndose con vísceras y restos de los gallos repele a los hombres que intentan abusar de ella, como si la única manera de hacerlo fuera lucir, oler y emanar repulsión:


Una noche, a un gallo le explotó la barriga mientras lo llevaba en mis brazos como a una muñeca y descubrí que a esos señores tan machos que gritaban y azuzaban para que un gallo abriera en canal a otro, les daba asco la caca y la sangre y las vísceras del gallo muerto. Así que me llenaba las manos, las rodillas y la cara con esa mezcla y ya no me jodían con besos ni pendejadas.  (Ampuero, 2018, p. 5)


Los años pasan y la niña ya no lo es; la historia nos ubica, después de este salto temporal, en el secuestro de una mujer que es llevada a una subasta. En este sitio decrépito se vendían personas para aprovecharse de distintas maneras —algunos saqueaban sus casas, sus cuentas bancarias, usaban sus tarjetas de crédito y violaban a las mujeres—. Así, el peligro y la violencia retornan a su vida, por lo que recurre a su propio modo de defensa: la repulsión. La muchacha cubre su cuerpo con sus propios desechos y llena de gritos el lugar, nadie la quiere ahora, antes tampoco lo hacían. Al final, lo que aprendió en casa, con su padre, sirvió para que la dejaran desnuda y desorientada en la vía perimetral. Al menos, con vida. Somos muchas las que por instinto hemos creado nuestras propias maneras de defendernos —la interacción con los otros, al ser mujeres, nos orilla a mantenernos alerta—.


Esta indignante historia muestra distintas realidades y problemáticas. En parte, el poco valor que tiene la vida misma desde que se nace, más si tienes vagina o peculiaridades femeninas —aún puedo escuchar al padre de la pequeña balbuceando “no seas mujercita”, como si el diminutivo y el sexo que refiere fuera un castigo, debilidad y peligro—.  En cierto sentido, es una frase que marca un epíteto en la vida de toda niña; así, desde siempre se ha dicho que no debes ser lo que eres, que es malo, denigrante. “No seas mujercita” es lo que se ha repetido para no tener miedo, para no llorar; como si los otros no tuviesen demonios de vez en cuando. Esta desvalorización se desencadena, también, en la subasta; ahí no se tiene respeto por nadie, ni hombres ni mujeres. Todos son una compra más, como si la vida valiera mínimos dólares.


La normalizada sexualización del cuerpo, tanto en la historia como en la cotidianidad, para ser una trama de ficción, traspasa las páginas a la realidad, nos ubica en una caminata por la calle repleta de garras y chillidos que parecen palabras; asusta salir sola porque la vida no son relatos ficticios. En cambio, los varones de la subasta se venden por su dinero y sus casas. A ellos no los desvisten, les chupan sus tetillas o los lengüetean —esto no sería heteronormado como están acostumbrados (ironías)—. El cuerpo femenino, según las ideas, historia y demás, está hecho para denigrar e irrespetar. La encarnación del pecado habita supuestamente en los cuerpos con vulva:


A Nancy, una chica que habla con un hilito de voz, el gordo la toca. Lo sé porque dice miren qué tetas, qué ricas, qué paraditas, qué pezoncitos y se sorbe la baba y esas cosas no se dicen sin tocar y, además, qué le impide tocar, quién. Nancy suena joven. (...) A Nancy el gordo la desnuda. Escuchamos que abre su cinturón y que abre los botones y que le arranca la ropa interior, aunque ella dice por favor tantas veces y con tanto miedo que todos mojamos nuestros trapos inmundos con lágrimas. Miren este culito. Ay, qué cosita. El gordo sorbe a Nancy, el ano de Nancy. Se escuchan lengüeteos. Los hombres azuzan, rugen, aplauden. Luego el embestir de carne contra carne. Y los aullidos. Los aullidos. (Ampuero, 2018, p. 8)


Desde siempre, el valor femenino es corporal y la posibilidad de autonomía, en todos los sentidos, se ha limitado —paradigmas y barbaridades—. Parecería que, en este tercer mundo del libro, las condiciones, la precariedad y el linaje determinan quién eres y serás. Si debes o no cubrir tu cuerpo con vísceras o sentir millones de tentáculos que creen que eres objeto: una trama de ficción que traspasa las páginas a la realidad. Qué indignación sentirlo tan próximo…


“Otra” que se revela


El relato que cierra este libro, “Otra”, es el broche de oro perfecto que une toda la crítica ficcional que se hace al sistema dentro de Pelea de Gallos (2018). En esta historia, el miedo, extrañamente, se transforma en valentía. La trama nos posiciona en un supermercado, lleno de caras y matices comunes, donde la protagonista —Ampuero lo describe como si fuera el propio lector— está embargada de distintos pensamientos, todos vinculados a la agobiante vida de mujer, esposa y madre estereotipada. Por esto, la autora comparte su cariño hacia este relato:


Me gusta mucho la idea de que sea un espacio cotidiano sin épica, el supermercado, banal, despojado de todo tipo de heroicidad, trivial, que sea allí donde se gesta esta heroína, hasta decir: ¡Basta! Para mí, es mi épica, es mi canto ético, y a todo el sistema cotidiano, repetitivo, doméstico y de maltrato, hay que visitarlo. Hay que sacarlo a la luz. (citado en Cavallin, 2019)


En esta historia, una mujer, en un acto simple como comprar víveres para su hogar, se quita una venda que tenía cosida a los ojos. En medio de las cosas que añade al carro de compras, llega un vaivén de recuerdos, maltratos y agonías. La más grande de todas: siempre hacerse de menos. Dejar que, por un contrato, esa figura transformada en verdugo tenga poder sobre el cuerpo y mente.


Es necesario hablar de analogías retrógradas; la mujer es igual a pureza y debilidad. Silencio. Desde siempre, la figura femenina que merece amor es la callada, la que hace lo que diga el marido, la que deja de comer, reír y opinar solo por el anhelo impuesto de satisfacer. Estas ideas y epítetos suenan lejanos, en apariencia, pero siempre han resonado en una generación tras otra. Las abuelas, madres y hombres de nuestro entorno —ellos de manera irónica— han querido enseñarnos cómo debe ser una mujer. “Siéntate”, “párate”, “no digas groserías”, “haz silencio”, “las mujercitas no fuman”, “cuando te cases…”, “cuando tengas hijos…”. Como si todo fuera deber, obligación y heteronormado. Quizá en varios hogares privilegiados la autonomía y el respeto se practiquen, pero en muchos no. Dentro de esta historia se realiza una fuerte crítica contra esa idea absurda de la obediencia y sumisión de la esposa y madre, como si fuera la única opción de vida:


abrir la cerveza y servir inclinando vaso y lata, de manera que no se le forme demasiada espuma. Ni tan poquita. Es capaz de decirte cretina, subnormal, maldita por no hacerlo correctamente.


–Cretina, me jodiste la cerveza. Ya sé que lo haces adrede porque lo único que te gusta en la vida es joderme.  (Ampuero, 2018, p. 71)


A pesar de lo complejo, doliente y atroz que resultan las descripciones, lo impactante de “Otra” se remite a la valentía. Durante toda esa batalla interna que tiene la protagonista se siente esa peculiaridad del cansancio; se sabe que ese día es, ahí se acaba, se retoma la libertad. No más golpes, humillaciones, no más de esa falsa felicidad por estar en silencio. Creo que esta experiencia es compartida; para las personas que han empezado o han tenido el placer de sentir cierta deconstrucción, sabrán que es complejo —que arde y quema en el fondo—, pero es necesaria. Sacarte la venda, pararte fuerte y gritar a tu manera es una sensación endulzante. Justamente, la mujer cansada, que compra las cosas para su marido, decide que es suficiente. Empieza a reptar su adentro y quiere salir, huir, ya no quiere condiciones:


Empiezas a pasar a ese otro carro las sardinas, las cervezas, la guata, las habas, las putas alcachofas, los yogures de mierda, el maldito Coffee-Mate, la mocosa badea y la revista Estadio con todos sus hijueputas jugadores de Barcelona y Emelec, cada uno más malo que el otro.


–¿Eso no lo lleva? –te pregunta la cajera señalando el segundo carro. La miras.


–Señora, ¿y eso no lo lleva? –insiste la cajera apuntando con el mentón el carro donde brillan las latas de sardinas.


Niegas con la cabeza. (Ampuero, 2018, p. 72)


Un simple acto puede decir mucho más. Negar con la cabeza y despojarte de lo que no se quiere es intrépido. Seamos intrépidas. Gritemos.


Desde el vientre, el primer golpe en la mano y las ganas de callar los llantos, nuestras mentes han sido víctimas de una larga cantaleta que nos dice cómo actuar y nos obliga a vivir un peso ajeno. La familia nos ha dicho cómo y qué debemos ser, con distinciones y desigualdades, para cumplir con lo estereotípicamente correcto. Pelea de Gallos de María Fernanda Ampuero nos muestra que lo violento es rutinario y que los cuerpos son sometidos desde que nacemos; leer cada uno de estos relatos es una invitación a la deconstrucción, la curiosidad y el desapego. Dentro de estos mundos decadentes, casi iguales al mío, la empatía nace y la sororidad crece. Ni una más, ni una menos.

Referencias
Ampuero, M. F. (2018). Pelea de gallos. Páginas de espuma.
Cavallin, C. (2019, Noviembre 18). La existencia de la alegría más extraña: Entrevista con María Fernanda Ampuero. Latin American Literature Today. http://www.latinamericanliteraturetoday.org/es/2019/noviembre/la-existencia-de-la-alegr%C3%ADa-m%C3%A1s-extra%C3%B1a-entrevista-con-mar%C3%ADa-fernanda-ampuero