La enfermedad de Bartleby

Ensayo

La enfermedad de Bartleby

Gabriel Rosero León

Número revista:

4

Tema dossier

El silencio, el apartamiento, la parquedad, la austeridad, la acinesia, el “preferiría no hacerlo”: todo esto hace que Bartleby sea impenetrable, secreto, indescifrable. Un recién llegado, un extraño, un neófito, una entidad que llega a apoderarse de los pensamientos de quien en un principio lo acogió. Con la intención de revelar este misterio, se han emitido un sinnúmero de hipótesis. Se ha dicho que es un signo de la frustración de Melville tras la pobre acogida de Moby Dick (Marx, 1953); que es un ejemplo de depresión clínica (Abrams, 1978); que es la renuncia de la literatura (Pardo, 2000); que es el hijo de una América enferma (Deleuze, 2000), y más. Los esfuerzos tendientes a desentrañar el enigma seguirán existiendo mientras haya lectores interesados en recibirlos. No hay una fórmula definitiva, no hay una conjetura verdadera; o lo que es igual, todas pueden ser verdaderas, pero fallidas.


Dejando de lado lo que resulta externo al relato (las posibles motivaciones de Melville, las circunstancias históricas, etc.), para descifrar a Bartleby lo más acertado sería observar con detenimiento el entorno de esta figura dentro de la narración. El lugar es New York, en Wall Street, en un edificio de oficinas, y luego en The Tombs, el antiguo Palacio de Justicia y prisión estilo Egyptian Revival. Como ya ha sido notado por algunos (v.gr. Marcus, 1962), la mecanicidad, impersonalidad, pasividad y esterilidad de Bartleby lo hacen idóneo para habitar este mundo. El tiempo sería a mediados del siglo XIX, durante el lapso de algunas semanas: desde que Bartleby llega al despacho, hasta su muerte en la prisión. El núcleo de la intriga se despliega a partir de la conducta cada vez más extraña de Bartleby.


Con todo, son las particularidades de la narración las que construyen verdaderamente el relato de Melville. Todo lo que sabemos de Bartleby viene del narrador, abogado jefe del despacho. Este narrador cuenta lo que sucedió con este extraño personaje desde que apareció en la puerta de la oficina, aplicando para el trabajo de escribiente. Dicho sea de paso, el narrador permanece innominado durante todo el relato, pero es quien pone nombre a los demás (Turkey, Nippers y Ginger Nut obtienen sus apodos del jefe) y quien expone el enigma vinculado al extraño huésped por prerrogativa propia y desde su punto de vista: “Soy”, “Tengo”, “Renuncio”, “Creo”. Lo que se sabe de Bartleby es lo que el narrador ve y reporta (aparte del rumor acerca de la “Dead Letter Office”): “Lo único que sé de Bartleby es lo que vieron mis atónitos ojos”. El narrador es, además, el único al que conmueve el comportamiento inaudito de Bartleby. Para acabar con las excentricidades, el narrador tendría que adoptar una actitud a la que se niega: “No podía echarlo a empujones; ahuyentarlo con insultos sería inapropiado; llamar a la policía era una idea desagradable”. Aparte de que asumir cualquiera de estas opciones habría significado terminar con el relato, el narrador es incapaz de adoptar una posición de confrontación (cosa extraña para un litigante), como ya ha quedado claro por las descripciones que ha hecho de los demás copistas de su oficina. Nippers es completamente incompetente, inquieto e insoportable durante la mañana. Turkey lo es durante la tarde y llega a ser insolente con el jefe. A esto se añade el joven Ginger Nut, cuya principal función es la compra de pastelillos de jengibre para el consumo de Turkey, y que guarda una colección de cáscaras de nuez en su escritorio. El despacho de este abogado es casi un circo, incluso antes de la llegada de Bartleby.


Bartleby, en un principio, es el perfecto escribiente. Si Turkey y Nippers hacen un trabajador decente entre los dos, Bartleby los supera él solo. Escribe sin pausa, de día, de noche, un documento tras otro, silenciosamente, maquinalmente.  Tres días más tarde, sin embargo, cuando el jefe le pide revisar con él un documento, Bartleby responde leve y firmemente: “Preferiría no hacerlo”. La traducción no es exacta, el original carece del verbo hacer: “I would prefer not to”. Yo-condicionalmente-preferir-no-aquello. Es una manera elusiva e indirecta que además se puede aplicar a casi cualquier cosa. Resulta extremadamente similar a la manera en que el narrador elude el enfrentamiento, a la actitud que lo conduce a cambiarse de oficina antes que llamarle la atención a un empleado inoperante. Después del primer would prefer not to, la frase se multiplica como una enfermedad. Los demás empleados empiezan a utilizarla, e incluso el jefe. Esto es un síntoma de que el huésped ha pasado de ser un parásito a gobernar el estado mental de los miembros del despacho. Poco después, Bartleby se niega completamente a realizar trabajo alguno, pasa los días mirando a un muro al otro lado de su ventana y no responde cuando se le habla si no es con su frase característica. El jefe se percata de que nunca sale de la oficina y que se ha adueñado de una de las llaves. La máquina de copiar se ha convertido en un artefacto inútil, un obstáculo que el narrador se niega a desechar. Más allá de eso, se ha adueñado de la oficina, moral y físicamente. Al final, sin embargo, Bartleby llega a un estado catatónico, va perdiendo toda cualidad humana, deja de comer y muere.


Sabemos que Bartleby es inexplicable, no tiene pasado y su comportamiento no delata nada que pueda evidenciar su situación psicológica. Sin embargo, ¿por qué la actitud absurda del narrador? Lo único que se compara a la conducta insólita de Bartleby es la manera evasiva de quien debiera tener la voz de mando en su propio despacho. ¿Por qué esta tolerancia desmedida? El narrador es impotente frente a Bartleby. También lo es con el resto de los copistas. Pareciera que los empleados quedan libres para trabajar cuando les plazca o incluso dejar de hacerlo si así lo prefieren. En sentido consuetudinario, quienes mandan son ellos. El narrador es como un padre emasculado, un militar sin fusil, un escritor sin pluma. En su ensayo sobre Bartleby, Deleuze (2000) ya advertía acerca de los problemas que un padre así ocasionaba en el hijo. El padre, en este caso, no ejerce autoridad sobre el hijo: lo deja libre. Como el autor que publica su obra y cuya obra lo excede. Sin embargo, la obra sobrevive al autor y lo contrario pasa con Bartleby.


Pardo (2000) intentaba hacer del narrador un escritor frustrado. Alguien que renunció a la novela y adoptó el modo del cuento. Según Pardo, esto equivale a renunciar a la literatura, porque la novela es su forma determinante. La falacia está en que el relato corto también es literatura. De hecho, hasta la oralidad puede ser “literatura” si llega a escribirse. En realidad, el narrador (por no decir Melville) elabora un relato memorable. El narrador renuncia a una biografía completa de otro copista que no fuese Bartleby. Así, construye el relato de lo que ha presenciado y, por lo tanto, del enigma que sus ojos no han podido penetrar. Quizás Melville sugiere algo respecto a la condición del escritor a través del léxico rebuscado del narrador y su tono jactancioso, en especial al principio del cuento y antes de que Bartleby cope toda su atención: “El difunto John Jacob Astor, un personaje poco dado al entusiasmo poético, no titubeaba en señalar que mi virtud principal era la prudencia y la segunda, el método. No es por vanidad, sino por registrar los hechos…”


Más tarde queda claro que la única función del narrador viene a ser hablarnos de la intriga que causa en él el comportamiento de Bartleby, que es la razón de ser o la sinrazón del relato. El abogado se convierte así en un autor efectivo, pero a pesar suyo. Bartleby se apodera de él, lo obsesiona. Al principio lo admira por su efectividad; luego le tiene lástima y se quiere hacer cargo de él, como su “misión en la vida”; más tarde solo le provoca desasosiego. Hay una interacción que pasa de la simbiosis al parasitismo. En determinado momento el narrador se identifica con Bartleby, pero luego lo juzga perdido y solo siente repulsión. Bartleby podría ser como un síntoma de la vida inane del oficinista, la vida que el jefe abogado delega en sus protegidos. Bartleby podría ser la enfermedad desatendida que poco a poco se convierte en cáncer.


Al final, el narrador llega a advertir la enfermedad y su origen. Del único pedazo de información que no proviene de su propia experiencia surge el principio del enigma llamado Bartleby. Corría un rumor, cuenta el abogado, de que Bartleby había sido empleado de correos. Allí lo habrían marginado a la oficina de cartas sin destino (Dead Letter Office). ¡Qué sentimiento de desesperanza habría producido este trabajo en Bartleby! He aquí la enfermedad, nacida de la acción sumida en la futilidad, de las cartas sin destino o sin otro destino que el fuego. Pero Bartleby marca también para el narrador el sentido oculto de una humanidad que yace en el desobramiento: “¡Ay, Bartleby! ¡Ay, humanidad!” Esta es una parte inalterable de la condición humana. El huésped pone ante los ojos del narrador el carácter fútil de una obra que no acierta a llegar a su destino. Se trata de la lección del Eclesiastés, del lamento de Macbeth, de la frase de Carlyle que Borges repite: “toda obra humana es deleznable” (1985, p.6).  Pero, aunque Bartleby haya acabado su vida en la prisión estilo neoegipcio de Manhattan, resurge de su sarcófago con nueva identidad en cada intento fallido que busca exhumarlo.

Referencias:

Abrams, R. (1978). Bartleby and the Fragile Pageantry of the Ego. ELH, 45(3), 488-500. https://www.jstor.org/stable/2872648?seq=2
Borges, J. L. (1985). Los conjurados (prólogo). Alianza.
Deleuze, G. (2000). Bartleby o la fórmula. En Preferiría no hacerlo. Pre-textos. https://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=391
Marcus, M. (1962). Melville's Bartleby As a Psychological Double. College English, (23), 365-368. http://web.ku.edu/~zeke/bartleby/marcus.html
Marx, L. (1953). Melville's Parable of the Walls. Sewanee Review (61), 602-627. http://web.ku.edu/~zeke/bartleby/MARX.HTML
Pardo, J.L. (2000). Bartleby o de la humanidad. En Preferiría no hacerlo. Pre-textos. https://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=391