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'Aquí no es un canto general, es un llanto general'

Diálogo con Balam Rodrigo, por Juan Romero Vinueza

Número revista:

9

Balam Rodrigo es uno de los poetas mexicanos más importantes de las últimas décadas, además de ser uno de los más laureados. Conocí su obra antes de llegar a México a través de fragmentos de sus libros publicados en portales web. Ya en México adquirí algunos de sus libros y me aproximé mucho más a su escritura. Llamaron mi atención, particularmente, los libros vinculados con el tópico transfronterizo y migratorio. Es así que hace un par de años conocí a Balam en un encuentro en Ciudad Juárez, precisamente acerca de la educación y la lectura en contextos fronterizos. Es por eso que para cerrar la novena edición de Elipsis, que abarcó el tema Frontera, hemos entablado este diálogo con Balam para aproximar a los lectores  a su obra, así como a varios de los problemas sociales, culturales, económicos y lingüísticos que se tienen al vivir y escribir desde una frontera.

Juan Romero Vinueza (JRV): Es un gusto tenerte acá para hablar del tema que nos interesa en este número de Elipsis: la frontera. El tema fronterizo cruza gran parte de lo que he podido leer de tu obra, que es bastante amplia. Y digo cruza pensando, por ejemplo, en lo que pasa en tu Libro centroamericano de los muertos, en el cual unes México con dos cosas: por un lado, los dos ríos —abajo el Río Suchiate y arriba el Río Bravo— y, por otro, el tren que cruza todo México, llamado “La Bestia”. ¿Cómo surgió este interés transfronterizo en tu obra? ¿Por qué está tan presente? ¿Por qué has decidido retratarlo así?


Balam Rodrigo (BR): Mirá, en primer lugar, este proyecto fronterizo tiene un pie bien instalado en Centroamérica y otro en México, y dialoga desde la sureñidad, no desde la norteñidad. Yo soy habitante natural de esta latitud, de la frontera Sur. El lugar en el que nací, me crié, crecí, estudié, viví, merqué y trabajé es Tapachula, que está a unos cuantos minutos de Guatemala. Con mi familia viajábamos a Guatemala de manera muy natural, porque compartimos ese mismo espacio que yo denomino geopoético. Es un espacio geopolítico, pero también es un espacio en términos geoliterarios. Cuando decidí comenzar a enunciar estos bordes, estos límites en apariencia bien establecidos, me di cuenta de que había afinidades en un lugar y en otro, y que no había libros —de poesía, al menos— decisivos que hablaran sobre esa área. Entonces, me pareció —y me ha parecido siempre— que hay hasta un agotamiento estético, una romantización, un cliché, un exceso en la frontera norte, por lo que representa y por el país con el que se hace frontera. Por el contrario, desde que era niño me di cuenta de que acá había una comunicación bastante natural, fluida, pese a la geopolítica en ambas fronteras. Entonces, decidí comenzar con un primer libro, Marabunta, que está situado en esa geopoética de ambas fronteras: Chiapas – Guatemala, es decir, es bastante Guatemex. Quería hablar desde lo personal: de los migrantes que se asoman ahí, que vivieron con mi familia, la que los adoptó y recibió. Muchas y muchos de estos centroamericanos migrantes históricos que venían pidiendo asilo, refugio o huyendo de las guerras intestinas centroamericanas fueron mi familia. Quería hablar también de mi padre, un personaje que atravesaba y atraviesa la frontera. Todos los días, él iba de un lado a otro vendiendo sus mercancías. No quiero decir que lo hacía de manera ilegal, porque no hay humanos ilegales, sino sin tener los permisos como cualquier otra persona que vende en la calle. A esto me dediqué yo también. Una vez que pude hablar en Marabunta de estas violencias que se entrecruzan en la frontera Sur, de esas voces, de esas personas, me di a la tarea de lo otro. Me dije: tengo que continuar, ampliar el mapa geopoético de esta latitud y hablar de esta migración que va hacia el Norte, cuyos efectos están más hacia el Sur profundo. Unir, pues, con Libro centroamericano de los muertos, el segundo volumen de la “trilogía Centroamericana” que estoy terminando con un libro-ensayo próximo. Unir ambos ríos, como dijiste: el Río Bravo o la frontera Norte con un río de historias sobre muertos, pero —sobre todo— también sobre muertas, y vivos y vivas, centroamericanas y centroamericanos, familia, conocidos, que van hacia la frontera Norte. Pero los muertos están desperdigados en ese campo santo, que es todo México, y montados en “La Bestia” o en otras bestias; están padeciendo violencias. Mi idea era que las almas de los migrantes muertos regresaran hacia el Sur profundo y volvieran a comunicarnos —no solo a los chiapanecos, sino también a los quintanarroenses, tabasqueños, campechanos, habitantes de la frontera Sur— con nuestro presente y pasado bastante compartido, bastante centroamericano. Es por ello que las almas que van buscando el Inframundo, el Xibalbá, vienen desde el Norte hacia el Sur en una migración distinta: hablando, dejándonos sus historias, sus voces. Algunas las ficcioné y otras las recuperé de la memoria y de otros y otras migrantes que aparecen ahí, en este entramado de vivas y vivos, muertos y muertas, centroamericanas y centroamericanos. Quería hacer hablar a la frontera Sur y decir que el Sur existe de manera distinta y que los muertos y los vivos de esta latitud tenemos más en común con aquellos de Centro y Sudamérica. Y había que hacerlo en ese lenguaje fronterizo —“transfronterizo”, como vos decís— y acercarnos. Yo tengo amigos y amigas, conocidos, escritores y escritoras de Centro y Sudamérica, que casi nunca pasan por el Sur. Son capaces de conocer Estados Unidos o estos lugares de la frontera Norte, Tijuana o Ciudad Juárez, que ya son clichés, íconos dentro de la mexicanidad, sin saber que si ponen un pie en Chiapas o en Tabasco, o en partes de Quintana Roo, Campeche y en buena parte de la península, se van a sentir tan caribeños como en algunas partes de Colombia, Venezuela, Ecuador o en las islas que están desperdigadas en el Caribe, o tan centroamericanos como si estuviesen en cualquier país de Centroamérica. Aquí, en Chiapas, todavía el voseo sienta sus reales y se extiende y está presente desde aquí hasta el Sur profundo.


JRV: Respecto a esta relación con el voseo que tienen los centroamericanos, a mí, como alguien que vosea —porque crecí en los Andes, en Sudamérica—, se me hizo bien particular. Muchas veces en México me han dicho que no vosee, que no diga “vos”. Y yo les decía a estas personas: “pero, los mexicanos también vosean, hay un montón de gente al Sur que vosea” y me decían: “no, eso no es hablar mexicano”. Entonces, te pregunto esto porque en uno de los versos que vos tienes, justamente, en el Libro centroamericano de los muertos, dices: “Sólo sé que no soy mudo. / Lejos de Centroamérica, me quedé sin voz” y después continúas: “Me quedé sin vos, / mi amada Centroamérica”. Están estas dos voces: la voz que estás dando y, al mismo tiempo, este “vos” que es muy centroamericano, pero no en el sentido mexicano, porque, según ellos, quienes vosean, son centroamericanos y sudamericanos, no mexicanos. Creo que esta contraposición que pones en tus textos plantea esta sureñidad, esta centroamexicanidad, que es lo que propones en este libro de ensayos que quiere poner en el panorama mexicano literario —geopoético, como dices tú— que también existen una corriente y una escritura y un hablar centroamexicano. Creo que esto es importante destacarlo, porque también está en tu obra. En alguna de las entrevistas que te hicieron cuando ganaste el Aguascalientes [Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes], vos decías que eres el primer centroamericano en ganar el premio más importante de México, justamente, porque tu texto está escrito en centroamexicano.


BR: Sí. Y, además, porque el lugar desde el que enuncio, desde el que yo escribo —tanto en términos de lenguaje y de palabra— es Centroamérica. Mi libro Marabunta literalmente lo escribí en estos camiones, en estos buses que van por los pueblos de Guatemala y en los que viajaba con mi padre vendiendo. Ahí fui tomando notas y deconstruyendo, reconstruyendo memorias y escribiendo este libro. Luego, el Libro centroamericano de los muertos lo escribí en este inframundo de San Cristóbal de las Casas, parapetado en los Altos de Chiapas, que se comparten históricamente con los Altos de Guatemala. Quetzaltenango y San Cristóbal vienen a ser ciudades muy similares y muy cercanas, también con Antigua Guatemala. Pero había que poner algunos puntos en cuanto al voseo. Las mexicanas y mexicanos desconocen que se vosea, principalmente, en Chiapas. Estuve impartiendo un taller en Tabasco y me interesaba mucho saber si realmente estaba noqueado, en términos lingüísticos, el voseo en Tabasco. Y testigos, mujeres y hombres que estuvieron en mi taller, me dijeron: “No. En pueblos pequeños, alejados de Villahermosa y, sobre todo, los pueblos más cercanos a Chiapas, todavía de Tabasco, se vosea”. Las personas lo hacen tímidamente, sobre todo, los adultos más grandes, pero vosean con mucha naturalidad. Eso significa que no solo en Chiapas, sino en Tabasco, se vosea. Eso sí, no he encontrado registros escritos de poesía en Tabasco donde se vosee, en tanto que, en Chiapas, se han incrementado con el tiempo e, incluso, ya hay cierta aceptación en medios académicos, en medios de escritura periodística, en los medios de comunicación. Tengo un ensayo extenso sobre eso que lo documenta más allá de la comunicación, digamos, de lenguaje referencial popular. Por otra parte, si bien Rosario Castellanos vosea en sus novelas, por ejemplo, en Balún Canán, en Oficio de tinieblas, y en algunos otros textos, hay una buena cantidad de otras autoras y autores que, históricamente, han escrito con voseo y lo han retratado, pero sobre todo en la poesía. Más de 200 poetas contemporáneos —algunos que ya han fallecido— escriben, escribimos, con una voz voseante. Hay un desdén cuando la población en general, pero sobre todo escritoras y escritores mexicanos, dicen: “Eso no. Eso es muy centroamericano”. En un principio, yo me molestaba porque es una forma peyorativa de decir esos no son mexicanos, quizá porque hay muchos migrantes aquí. En San Cristóbal hay una buena cantidad de chilenas, de argentinos, uno que otro uruguayo, y se podría pensar que ellos han llevado el voseo. Aquí, en Centroamérica, se comenzó a vosear 50 años antes que en Sudamérica, es decir, es medio siglo más antiguo que el voseo sudamericano. El primer español del continente se habló en Centroamérica, dado que los colonizadores llegaron, por primera vez, a estos lugares cercanos a Honduras y El Salvador. Ahora, me parece que si ellos reconocen que quien habla así es un centroamericano, entonces, somos centroamericanos. Y lo que yo digo es que, al igual que en el norte del país se ha generado este constructo que define una identidad llamada méxicoamericana y que, sin empacho, se la adjudican y se suscriben a ella varios miles o millones de mexicanas y mexicanos, ¿por qué no reconocer lo que yo propongo? Yo hice ese constructo, lo propongo desde esta latitud: la centroamexicanidad. Por ejemplo, del otro lado, de Guatemala, el Departamento de Huehuetenango colinda con México. A algunos habitantes de toda esa franja fronteriza los mismos guatemaltecos les dicen los mexicanitos, porque hablan de manera muy similar a los mexicanos de Chiapas. Ahí están estos puntos que a mí me interesan y la poesía —que es lo mejor de todo: no solo en mis libros, sino en los libros de más autoras y autores— se ha encargado de poner en comunicación esto que yo llamo identidad bisagra. Si los y las otras mexicanas dicen que quien habla o escribe así es centroamericano o sudamericano, bienvenido. Entonces, eso nos pone aquí en Chiapas no con un pie, sino con pie y medio en Centroamérica y Sudamérica. A mí me parece hermoso, porque quiere decir que seguimos manteniendo cosas en común, pese a los procesos históricos de mexicanización; una mexicanización casi forzada, sobre todo, en los pueblos originarios fronterizos, que fueron despojados de sus lenguas, obligados a no vestir su ropa tradicional, a casi abandonar su lengua. Algunas lenguas se extinguieron, pero muchas de ellas —las compartidas con Guatemala, que son siete— siguen vivas y se escribe poesía, aquí en Chiapas, en esas lenguas. Entonces, lo que yo platiqué en Quintana Roo, en Tabasco y en Campeche, es que compartimos en toda esta franja fronteriza de más de mil kilómetros, compartida con Belice y con Guatemala, alrededor de 16 lenguas aproximadamente, más sus variantes dialectales, lenguas en las que —de un lado y de otro— se escribe poesía. Lo más relevante es, entonces, que están mucho más vivas que aquellas lenguas de la frontera norte reconocidas como binacionales. Lastimosamente, los pueblos originarios compartidos con Estados Unidos conservan latentes lenguas minoritarias en términos de hablantes. Aquí no. Aquí se mantienen vigentes y hasta se escribe poesía en estas lenguas. Son más las lenguas compartidas, por ejemplo, con Guatemala, las lenguas originarias, todas ellas mayenses, que las lenguas que son propias o exclusivamente de Chiapas. Eso a mí me parece maravilloso. Estas construcciones, estas proyecciones y estas reflexiones, hicieron que yo desistiera de escribir un tercer libro de poesía y que lo que escribí en Marabunta y Libro centroamericano de los muertos se quedara en el ámbito poético. Por eso decidí hablar de este Centroaméxico en el libro de ensayos que integra estas latitudes geoidentitarias, geopoéticas, geoliterarias que, me parece a mí, pueden ser el punto de partida para otro tipo de discusiones que nos hermanan aún más y nos acercan y ponen un puente, y varios pies de Centro y Sudamérica hacia México y de México hacia allá.


JRV: Sí. Comentabas respecto de las reacciones violentas que ha tenido México con las lenguas originarias que están al sur, con las personas que están al sur. Al mismo tiempo, dentro de lo que planteas en Marabunta y en el Libro centroamericano de los muertos, retratas a México como este camposanto, este cementerio, el cementerio más grande de Centroamérica. Justamente, realizas este juego de palimpsesto con la obra de Fray Bartolomé de las Casas. Cambias algunas palabras, algunas referencias, y es increíble cómo al leer el texto hoy, que ya han pasado centurias, sigue siendo igual. De hecho, México se ha convertido —como tú dices— en este sitio violento, este sitio de paso que no termina de ser un puente, sino que, más bien, es una barrera. Estados Unidos construyó un muro, pero no lo construyó en Ciudad Juárez, lo construyó en todo México.


BR: Sí. Esta construcción, el muro. Y ahí lo dijeron: “el muro somos nosotros”, es decir, es un muro xenófobo, un muro discriminatorio, en el que no solamente se extiende la norteñización xenofóbica —yo la llamo así—, la norteñización discriminatoria de todo este país llamado México. Cuando uno escucha “los mexicas” o “los aztecas” para hablar, por ejemplo, de la selección nacional de fútbol-soccer de este país. Y digo así, de fútbol-soccer, para hacer particular énfasis en ese deporte. Ahora eso brinda más ímpetu nacionalista —en estos nacionalismos retrógradas—, más que el amor por los pueblos, las lenguas originarias de nuestro país, que no son “mexicas”. Lo mexica está bastante forzado en todo el sur de México, particularmente en Chiapas. En Chiapas, solamente en el Soconusco se habló una lengua náhuatl, el náhuat-pipil, que se habla ahora y se comparte con El Salvador; pero la mayor parte de los pueblos tienen lenguas mixe-zoqueanas, mayanses, mayenses —casi la mayoría— y lenguas otomangues. La lengua chiapa queda también latente, pero está ahí. ¿Qué tenemos, entonces, de mexica? ¿Qué hay de azteca? En estos términos identitarios, poco. Nos han obligado a aceptar estas identidades forzadas, a través de estos nacionalismos de la educación —como yo digo—, de la domesticación pública. Por el contrario, habría que discutir la pertinencia de un estado plurinacional, como otros países. En México, eso da mucho temor. Para mí, sería un avance para el reconocimiento de los pueblos originarios. En el caso de Chiapas, se hablan alrededor de 14 lenguas. Yo pongo 15, porque el dialecto centroamericano del español que hablamos aquí, además del dialecto mexicano, no está reconocido como otra lengua. El chiapaneco, la forma de hablar del chiapaneco, tendría que ser reconocida y, de hecho, está reconocida por especialistas, por lingüistas, como parte del dialecto centroamericano del español, con algo de mexicano. En fin, este gran muro discriminatorio-xenófobo se extiende, pero incluso ha logrado ir más allá. En países como Costa Rica ya ha habido manifestaciones de rechazo, marchas contra las y los migrantes y las caravanas, donde se acusa a nicaragüenses de los delitos, de los crímenes, de las malas cosas que pasan ahí. Es decir, estos fundamentalismos, esta norteñización mediática que tocó a las caravanas y que extendió la xenofobia, la encendió en todo México, es sumamente dañina. A mí lo que me interesa es el voseo, la sureñidad, la centroamericanidad, y esta centromexicanidad, que no es difícil de identificar y ver, y naturalmente convivir con ella, desde siempre, aquí en Chiapas. Espero que, poco a poco, se abra paso en los intersticios de ese muro, donde se vaya cariando y pueda uno irse abriendo camino para ver un poco de luz del otro lado. Pero no hablo de ver hacia el norte, sino del muro puesto, que es todo México: del norte hacia el sur, porque la mayor parte de las y los mexicanos le dan la espalda a Centro y Sudamérica. Y esa espalda nos la dan, también, a los habitantes del sur. Discutí esto en el viaje largo que hice por toda la frontera sur, durante tres semanas, donde estuve impartiendo talleres, presentando libros, dialogando sobre estos temas en varios lugares: nosotros casi nunca representamos lo mexicano, la mexicanidad, siendo que algunos de los pueblos más antiguos de Mesoamérica están en el sur. Somos exotizados, tropicalizados hasta el exceso, pero un norteño, un ranchero, un charro, sí nos representa. Esos son constructos muchísimo más recientes. En realidad, por ejemplo, en términos literarios, nos representa más el Popol Vuh que las escrituras coloniales o decimonónicas. Para hablar en términos nacionales, La suave patria, en comparación con el Popol Vuh: buena parte de las personas del sur, seguramente, nos sentiremos más cercanos a lo que el Popol Vuh nos dice en términos identitarios, que a lo que nos aporta esta suave patria lópez-velardiana, este Edén subvertido. Hay más de machete, hay más de estas cuestiones mayanses, mesoamericanas, centroamericanas en nosotros, que de pluma y espada, que puedan hallarse en el centro occidente, noroeste, noreste de México. Y quiero dejar en claro que no niego estos otros Méxicos, porque me acusan. Me dicen: “Bueno, vos, entonces, no crees ser mexicano”. No es que quiera o no. Soy mexicano, en términos de nacionalidad; pero en términos identitarios, soy centroamericano. Es por ello que yo propongo que hay que decirnos, entonces, centromexicanos, ¿no? Porque somos ambas cosas.


JRV: Ahorita mencionaste algo sobre el Popol Vuh y sobre esta diferenciación que sientes que existe, no solo en tu obra, sino también en otras obras que se producen desde el sur de México. Quiero que nos hables un poquito más para nuestros lectores en Sudamérica que, como te dije antes, tenemos una impresión de México más centralizada en las ciudades grandes, como Monterrey, Ciudad de México, Guadalajara, Puebla. Sin embargo, de Centroamérica o del sur de México hay, más bien, poco conocimiento, a pesar de que hay voces muy importantes que nacieron y escribieron ahí. Hay grupos importantes como La Espiga Amotinada. Además de los escritores Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Óscar Oliva, ¿de dónde crees que has bebido tú, como lector y como escritor? Y para redondear la pregunta: en tu caso, además de ser escritor, estudiaste biología y, también, fuiste pastor y futbolista. Tienes varias vertientes de donde te has nutrido, de experiencias y también de lecturas, así como a nivel cultural. ¿Cómo todo ese constructo de las lecturas que tienes, ya sean centroamericanas o centromexicanas, más tus otras características vitales, ha influido en tu obra?


BR: Estudié biología y algo muy importante para mí es que, además, me especialicé en botánica. Y cuando comencé a estudiar, a aproximarme al conocimiento de la flora que habita no solo Chiapas, sino la cintura de México —por llamarla de algún modo—, que es el istmo de Tehuantepec, e incluso más adentro, y hasta buena parte de Centro y Sudamérica, hasta antes de los Andes, toda esta flora del neotrópico. ¿Por qué menciono esto? Compartimos más del 80% de la flora y la fauna en esta región. ¿Cómo ser distintos, cuando nuestra cosmogonía y nuestra cosmovisión, que están dadas por este paisaje natural, son tan cercanas? Es inevitable que seamos sumamente similares. Y en términos históricos, toda esa parte que es Colombia y Venezuela pertenecieron a la capitanía general de Guatemala, de la nueva España y demás. Hay un pasado común. Hablando en términos biológicos, hemos comido, soñado y vivido en los mismos ámbitos de este gran geo-paisaje. Eso, para mí, nos define y marca mucho de nuestra identidad. Por otra parte, esta visión de biólogo, esta visión también de pastor, de futbolista, me ayudó a aproximarme a la literatura no de una manera canónica, sino de una forma más abierta, más ecléctica. Yo me especialicé en la maestría en sistemática, es decir, en categorizar, en hacer taxonomías, en hacer estudios, en encontrar por ahí alguna nueva especie, y, cuando hice paleobotánica, de algún fósil de planta. Pero yo quería escapar de esas categorías cuando me aproximara al arte, a la literatura y, particularmente, a la poesía. Pero uno encuentra que, en términos identitarios, en términos geo-literarios, parece que lo que quieren las personas es justo eso: hacer un montón de categorías que sirven para el estudio, pero que no limitan las identidades compartidas, que no las separan del todo. Uno encuentra un poco de todo eso en uno y otro lado. Me parece que todo este escenario que va desde buena parte de la Sudamérica cercana a Centroamérica, hasta Chiapas y otras latitudes del sur, es un lugar común donde la migración se ha dado por miles de años. Este ha sido un espacio natural de la migración de la flora, de la fauna y, cuando aparecieron los seres humanos, de los humanos. Entonces, tenemos que ir de la mano con la historia, que también ha migrado hacia uno y otro lado. Eso me parece sumamente relevante. Cuando comencé a escribir sobre estos temas, me pareció que tenía que ampliar ese panorama, ver esa cartografía extendida sin cortar. Comencé a leer de ese modo. Ahora que decís “¿cuáles son tus influencias?”, bueno, me influyeron muchos cronistas de la Nueva España. Puse este contexto porque ellos describieron la flora, la fauna, los animales, los mitos, las leyendas. Ya en términos de literatura, me fueron muy cercanos El tiempo principia en Xibalbá de Luis de Lion, de Guatemala, Luis Cardoza y Aragón, Miguel Ángel Asturias. Me parecían chiapanecos, no solo guatemaltecos. Yo decía “estos son escritores que hablan del lugar del que yo también vengo”. Para mencionar algunos: Otto René Castillo, Roque Dalton, Ernesto Cardenal, Roberto Sosa, Leonel Rugama, Alaíde Foppa, Liliam Jiménez, para nombrar también a mujeres poderosas. Ana María Rodas me pareció tan cercana, tan subversiva como los chiapanecos. Y para hablar de las influencias de Chiapas, por recordar simplemente a Daniel Robles Sasso, un escritor que no se suscribió formalmente a La Espiga Amotinada, pero perteneció, de alguna manera, al grupo que conformaron Eraclio Zepeda, Óscar Oliva, Juan Bañuelos, chiapanecos; Jaime Augusto Shelley, Jaime Labastida, los no chiapanecos. Comencé a leer los libros de estos autores, que son poesía testimonial, poesía comprometida, social, política; pero, además, es una poesía testimonial-documental. De ahí es donde abrevé. Igualmente, Roberto López Moreno, quien es poco leído en Chiapas; también Rosario Castellanos, que me influyó dada su vasta inteligencia. Todas estas escritoras y escritores ayudaron a conformar en mí una visión distinta, menos limitada por lo que nos y les habían dicho. Además, en mi generación nos comenzamos a cuestionar todas estas latitudes identitarias, porque aquí en Chiapas se dio el surgimiento del EZLN en el 94, que es un machetazo, digamos, a la clase política mexicana, pero también a la clase política de la cultura, tan castiza, tan dada todavía al criollismo —tan colonial— que permanecía en Chiapas y en buena parte de México. Se había soslayado y se ha soslayado durante mucho tiempo en la prístina y limpia poesía mexicana. Entonces, primero este machetazo de La Espiga Amotinada y otras y otros escritores que escribieron poesía testimonial y que me formaron ética y estéticamente. Estas violencias, ahora sí en toda nuestra Latinoamérica —pero, particularmente, en México— obligaron a esto. Se comentó en un momento que a la poesía mexicana le falta calle, pero ahora resulta que no es necesario estar en la calle porque la violencia está en las casas. Está metida más allá de las casas, en las sábanas, en todos lados; es una violencia exacerbada por el narcotráfico, desbordada por todos lados. Ahora, estos cómodos escritores y escritoras de poesía mexicana tuvieron que comenzar a escribir sobre las muertas de Juárez, estas desapariciones masivas en todo el país, las muertas y muertos derivados de la guerra fratricida del gobierno y del narco-gobierno contra los poderes fácticos del narcotráfico. Es entonces que se comienza a aceptar que esta poesía tenga cabida. Pero no es algo reciente. En realidad, en México siempre ha estado más presente en el Sur, particularmente en Chiapas, porque tenemos la misma tradición con Centroamérica, donde las violencias han estado instaladas desde hace mucho tiempo. Este panorama no me obligó, pero, naturalmente, me orilló a escribir sobre estos temas de los que yo, en un principio, quería alejarme porque pensaba: “Bueno, ¿qué sentido tiene continuar con esto?”. No solo era desde lo estético. Vos lo has dicho, mi obra es muy vasta, pero me hacía falta volver al principio, a estos cauces de la poesía testimonial, de los que nunca salí del todo y a los que he vuelto y, seguramente, volveré más veces porque es un compromiso estético y personal. También un compromiso político desde la escritura: una postura política e ideológica. Hay que decirlo.


JRV: Aquí topas un punto interesante. En Sudamérica se piensa que México tiene una relación bien particular con la muerte porque nos lo han dicho desde que somos niños: que la Santa Muerte, que El día de muertos, etc. Pienso, igualmente, en Pedro Páramo, donde todos están muertos. Me llama mucho la atención esto. No sé si tú conozcas el libro Cementerio general, del poeta peruano Tulio Mora.


BR: Fíjate que tengo la referencia del libro; lo ubico, pero no lo he leído.

JRV: Te lo menciono porque Tulio Mora, al igual que Edgar Lee Masters, hace su cementerio. Me parece interesante porque también Chetumal Bay Anthology, de Luis Aguilar, trabaja con esta dinámica. Creo que tus dos libros, justamente, Marabunta y Libro centroamericano de los muertos juegan con estas ideas de Pedro Páramo, donde todos están muertos, pero, al mismo tiempo, con la noción de un “cementerio general”, ya sea el de Tulio Mora o el de Lee Masters. ¿Cómo crees que esta imagen de la muerte está presente, no solo en tu obra, sino también en otros textos escritos por autores del sur?


BR: Hay una relación. Cuando propongo estos rasgos característicos que parecen construir —no solo definir— esta centromexicanidad, uno de esos, además del voseo, es la permanente referencia al inframundo en términos del Xibalbá, de este Mictlán del que hablan los mexicas y otros mesoamericanos antiguos. Este lugar está muy presente porque es el lugar de los muertos, del trasmundo, de la muerte. Este lugar es una y otra vez mencionado en la escritura de las y los escritores del sur, pero también de Centroamérica. Además, hay una visión natural de este trasmundo e inframundo, no es solo esa fiesta mexicana de los muertos que es muy norteñizada, muy edulcorada. Por ejemplo, el Hanal Pixán se celebra en Chetumal, Quintana Roo, pero también en el estado de Campeche y en otros lugares de la península de Yucatán. Es una celebración de los muertos llevada a cabo durante un mes y, en algunos lugares, sacan los huesos, los limpian, los pulen. Desde los niños hasta las personas mayores conviven con los huesos de sus antepasados y los tocan. Esa visión, ese tipo de celebración de los muertos en el Sur nunca aparece, porque estas fiestas de los muertos que te comento, o la de los mayas chamulas, que están a unos cuantos kilómetros de San Cristóbal de las Casas, son muy diferentes y tienen vínculos con la muerte muy vivos y están más allá de esta muerte de colores y de pintarse la cara. Son habitantes de esta real realidad, lo mismo que de este inframundo. Yo había leído la Antología palatina, después leí a Edgar Lee Masters, también leí Chetumal Bay Anthology, el Popol Vuh y otros libros como los Anales de los Xahil, los de cosmogonías mayenses. Eso me hizo pensar que en mis libros tenía que reflejarse esta cosmovisión o visiones de inframundo; pero cuando uno se da cuenta de esta realidad de los y las migrantes, parece que no estamos vivos sino en un Xibalbá permanente y, en ese viaje, en lugar de encontrar estos elementos grecorromanos o helénicos —que sí están en el libro de Edgar Lee Masters, muy cercano a la antología palatina, con estos epitafios griegos sobre la muerte, que también están presentes en Chetumal Bay Anthology, de Luis Miguel Aguila—, yo lo que quería era dotarlos de esta sureñidad. No podemos decir que no estamos occidentalizados, pero la muerte mesoamericana está viva, ese inframundo está muy vivo, más vivo que los vivos, de tal suerte que ahí aparece Pedro Páramo y es Ixbalanqué y Hunahpú, es ambos. Aquí no hay solo uno, sino que están estos gemelos del Popol Vuh que hacen este viaje mítico en la búsqueda de acabar con los poderosos; así lo vemos en el segundo capítulo, que se llama Ukab, cuando asesinan a Vucub Caquix. En Libro centroamericano de los muertos quise poner en diálogo estas tradiciones. Me parece curioso que menciones Cementerio general porque aquí no es un canto general, es un llanto general. Aquí estamos llorando por la muerte permanente y, a veces, creo que se llora porque todavía no nos ha tocado; quizá hay casi un anhelo de saber cuándo nos va a tocar, por todas las violencias que se viven. Hay un llanto permanente por las constantes pérdidas, porque la pérdida es inminente y se vive dentro de ella, dentro de esta muerte y se vive y se convive con la muerte y con los muertos. Además, me parece que en obras como El tiempo principia en Xibalbá de Luis de Lion, de Ernesto Cardenal o de Leonel Rugama, los muertos parecen estar más vivos, esas voces están más vivas que las de los vivos que estamos todavía por acá. Eso siempre me ha parecido sumamente relevante, pero también es un reflejo de las violencias y de lo limitado que es la aspiración a llegar a viejo. Aquí en realidad no se sabe cuándo podés morir o vas a morir; por lo tanto, hay que cantar y convivir cercano a la muerte. Tutearla, como dice Óscar Hahn: “Yo tuteo a la muerte. / Hola, flaca, —le digo—. ¿Cómo estái? / Porque todavía soy un diente de leche”. Así, como esos dientes de leche que están en las calaveritas de azúcar. Es un diente que está apenas colgando, próximo a caer y no se sabe cuándo. Obviamente, Rulfo aparece ahí porque también pertenezco a la tradición literaria mexicana; muy influido por lo chiapaneco y lo centroamericano, pero también por lo mexicano. Me pareció que había que mezclar en ese inframundo, en ese viaje que es centroamericano, estas tradiciones, imbricarlas. Mi propuesta de lectura, como se puede advertir, muestra que mientras va apareciendo el lugar de coordenadas en el que van muriendo los muertos y muertas hacia el norte, ellos y ellas —o sus almas— van regresando en un viaje hacia el Sur. Es un libro, una guía o una cartografía del inframundo; van a encontrarse, así, varios Pedros Páramo, varios Edgar Lee Masters, varios Luis Miguel Aguilar. Este Chetumal Bay Anthology se convierte en una especie de “Suchiate River Anthology”, de algún modo. Es lo que quería y no sé si lo logré del todo, pero por eso el tono y las maneras tenían que ser desde la sureñidad y la centroamericanidad y, en ocasiones, claro que desde el voseo.


JRV: Como última pregunta, ahora que te veo comer recuerdo que, cuando estábamos en Ciudad Juárez, justamente hablamos sobre la comida mexicana. Y cómo esa comida mexicana, o lo que nosotros entendemos como “comida mexicana” desde Sudamérica, es esta mezcla medio rara del tex mex, o lo que se hace en Jalisco como tex mex, o lo que hacen los chilangos más la carnita asada del norte. Pero, cuando leía tu Libro centroamericano de los muertos, encontré cosas bien interesantes porque, como documento, también se habla sobre la comida, la gastronomía. Y ahí encontramos particularidades como los tacos de plátano. Recuerdo eso ahorita porque, como vos sabrás, para la gente que está en Venezuela, Ecuador y Colombia, el plátano es un ingrediente que está en todas partes. Comemos plátano en todo, en diferentes presentaciones. Eso es algo que en ciertas partes de México, como en Jalisco, donde vivo ahora, no es tan común. Sin embargo, en el sur de México sí lo es, porque hay otro tipo de frutas, hay otro tipo de gastronomía, otra forma de entender la comida. Ese entender la comida tiene algo ver con la centromexicanidad, así como el voseo.


BR: Sí, es muy claro. Has mencionado un alimento muy importante: el plátano, que se consume en todo y en todo momento. Está en muchas comidas dulces o saladas, se prepara tanto verde como maduro. El otro, para nosotros, es el guineo, el que llaman en México o Guadalajara “plátano”. Aquí, si pedís un plátano, te dan un plátano macho; aquí es el guineo y hay distintos tipos: grandes, pequeños, morados. Y otro es la yuca, por ejemplo, la yuca es la base de los caldos, tortitas, dulce y está en la gastronomía del Sur. Aparece la yuca y se ramifica hacia el sur. ¡Qué sería el Caribe sin su yuca! Y, claro, igualmente, en la comida de Centro y Sudamérica. Ahora que pusiste el dedo en Chetumal Bay Anthology, hablando de estas cartografías de este Centroaméxico, justo ahora que estuve allá, mi idea era poner en discusión con las chicas y los chicos del taller que tienen experiencia en la literatura y que ya habían leído Chetumal Bay Anthology, preguntarles por sus relaciones con la beliceñidad, esta cultura beliceña y su impronta en Chetumal y lo chetumaleño en Belice. Ellos no se dan cuenta, pero esa beliceñidad está ahí, que es también una caribeñidad. México tiene más territorio Caribe que una buena cantidad de islas que son caribeñas por excelencia. Hablando de deportes, ingresa a estos torneos de béisbol, de los campeones centroamericanos, en la liga del Caribe, que parecen olimpiadas pero son concursos de deportes y ahí están los campeones centroamericanos y del Caribe. México no tiene empacho en decir que hay un nadador, corredor, ciclista campeón centroamericano y del Caribe, pero niega que es caribeño, y que tiene más relación con los caribeños de Colombia, Venezuela y de todo el Caribe insular que con los y las otros mexicanos del Norte. La gastronomía ahí está: están los rones y las bebidas fuertes de caña, compartidas en toda la región caribeña sin caer en los clichés. Yo pude ver en Belice que esta comida maya beliceña es la misma que la comida maya chetumaleña o quintanarroense. Hay más certeza en la centroamericanidad, en eso beliceño-mexicano, en eso guatemalteco-mexicano o centroamericano, en eso centroamericano-mexicano, en lo centroamexicano, que en la existencia real de esa frontera en el Sur. Todavía no tenemos muros —o no se han extendido— sino que son muros mentales, xenófobos, discriminatorios. Creo que es un buen tiempo para que, a partir de la literatura, se generen al menos discusiones utópicas; pero me gustaría que, en un futuro, mis hijas, mis hijos y otras personas que habitamos la frontera sur, nos reconozcamos tan centroamericanos, caribeños; o afromexicanos, afrodescendientes porque la beliceñidad justo radica ahí. En Chetumal Bay Anthology aparecen estos beliceños y sus descendientes, que son chetumaleños o quintanarroenses, de los cuales casi nunca se habla en la literatura mexicana. Es un tiempo necesario para decir: “Bien, mientras están allá discutiendo, hay que regresarles el muro, que se vaya un poco hacia el norte, y extender la sureñidad hacia bien entrado México”. Creo que no solo Chiapas y la frontera Sur, sino otros lugares del Sureste de México son bastante más centroamericanos que mexicanos en términos de identidad. Que no se hayan dado cuenta o no lo reconozcan es otra cosa, pero ahí está y es cuestión de ponernos en contacto. La poesía es el mejor motivo o mejor pretexto para iniciar estas discusiones.

 
 
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