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El lenguaje como provocación de la memoria

Diálogo con Siomara España, por Juan Carlos Astudillo

Número revista:

10

Siomara España (Manabí, 1976) es poeta, narradora, crítica y docente universitaria, y uno de los nombres más representativos de la poesía ecuatoriana actual. Su obra, conformada por seis poemarios, ha ganado el Primer Premio Juegos Florales (Casa de la Cultura Ambato), en 2012 y el Primer Premio Poesía Universitaria Universidad de Guayaquil, en 2008, entre otros reconocimientos.

En el contexto del XIV Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana Alfonso Carrasco Vintimilla, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuenca, en el que fue parte del homenaje póstumo a Eliécer Cárdenas, platicamos sobre su vida, su poesía y aquello que se teje entre ambas.

Juan Carlos Astudillo (JCA): Quiero partir de una idea que encontré en una entrevista que te hicieron hace algunos años, y te quiero pedir que la continúes. Decías que tu relación con la poesía te viene desde la primera infancia…


Siomara España (SE): Muy sencillo. El caso es que, en mi casa, mi papá toca la guitarra y mi madre canta. Lo que escuchaba en casa eran pasillos. Tú sabes, las letras de los pasillos son poemas modernistas; entonces, me quedaba siempre en la música de la guitarra y de la voz de mi madre. Luego, también, por las revistas que había en la casa, herencia del abuelo paterno. Y paralelo a esto, el tema de los cuentos: mi padre es un gran contador de cuentos. En el invierno, sobre todo, la época de lluvias que nos tenía a todos atemorizados por los rayos y las tormentas. En el campo, en donde viví, la zona rural de Manabí, era muy tenebroso el tema del invierno. Entonces mi padre nos consolaba o nos alegraba la vida contándonos cuentos. Cuentos que jamás he encontrado en ningún libro de texto —y los he buscado— y que él contaba y los dejaba en continuación para la noche siguiente; era una algarabía y una necesidad el estar a las siete de la noche al pie de la hamaca de mi padre, todos congregados para escuchar el resto de la historia. Esa infancia la recuerdo con muchas carencias económicas, pero nunca carencias afectivas o de imaginación, porque mi padre nos ayudaba a tener esa relación tan rica y fértil. Eso nutrió mi vida futura: la música de los pasillos y la poesía modernista y, luego, esos cuentos de mi padre que hicieron un todo para que yo me dedicara a la literatura.


JCA: Tenía otra pregunta que ya casi me has respondido: ¿Qué te interesa más, en cuanto lectora y en cuanto escritora: el ritmo o la imagen? Me cuentas que en tu infancia te acunaron ambos, en la música y el cuento…


SE: Una de las cosas que más privilegio en la poesía, siempre, es la música. Tal vez lo que más retarda la publicación de un libro, el trabajo sobre el texto, es la música. Si veo que la música no funciona, si los textos no tienen esa musicalidad —que no tiene nada que ver con la rima, sino con esas concomitancias internas que tienen cada una de las palabras, esas fuerzas íntimas que tienen que concatenarse unas con otras— el libro no sale, está incompleto. El ritmo y la música en el poema los trabajo mucho. No sé si sale, eso ya lo dirán los lectores y las lectoras, pero creo que esa es mi mayor búsqueda. La imagen, creo que ya viene. A veces se la busca, pero otras viene como un flujo de conciencia que llega en ese todo que vas creando.


JCA: El ritmo en tu poesía es evidente. Sostienes un ritmo pero usas muchos cortes que te obligan, como lector, a regresar. Las repeticiones de palabras, los juegos entre ideas y sonidos y esa forma de tejer continuos para que el corte nos obligue o nos recupere en una atención, también, continua. Siguiendo esa idea, te consulto por un recurso constante en tu obra: el uso de la hoja como lienzo, ese pintar con las palabras usando la espacialidad.


SE: Tiene que ver con el ritmo y con las pausas, también. Es, como dices, una forma de expresar lo que quiero decir, lo que pienso, pero, además, lo que quiero que quien lee sienta. Ahí esas pausas son absolutamente necesarias. Y como es muy difícil lograrlo en la poesía, la pausa se la dan estos espacios, lo permiten. Hace algún tiempo he trabajado como ejercicio la no puntuación en mis textos; entonces, ¿cómo pausas? ¿Cómo sustituyes un punto o la coma dentro del texto poético? Pues con los juegos visuales que heredamos de la poesía de Huidobro y otros poetas que nos han legado tanto. Ahí la poesía chilena tiene una fuerza sustancial en las ideas de la poesía visual. Eso me permite encontrar un mecanismo en esas búsquedas que tengo con el ritmo y la música para ponerlas dentro de la obra.


JCA: Me encantó que no haya punto final en ningún poema. Es muy sugerente, ¿no? ¿La idea que apenas sugiere un curso, que se niega a terminar?


SE: Sí. La idea, desde mi poemario que ganó el premio de Ambato, es pensar al libro como un conjunto. Un poemario en el sentido de representación de una idea y de una continuidad. Los poemas deben estar integrados unos con otros. Me gusta mucho la idea del poemario (aunque tengo muchos textos sueltos y es otro problema) como una sola voz que inicia y tiene fin, y no necesita la puntuación que cortaría esa idea rítmica y, si se quiere, sensual dentro del propio texto que busca esas relaciones internas entre uno y otro poema. A veces no hay cómo ni titularlos, ¿no? Es el poema de la página 54 (risas).


JCA: Y es un reto el largo aliento, para el lector como coautor en poesía. ¿Crees en esa noción?


SE: Tengo algunos reparos. Pienso en esta línea del poema que camina todo el texto, hasta el final, en donde el reto también es que el lector o lectora puedan abrir el libro en cualquier página y entiendan el poema, que el poema funcione de manera independiente, sin necesariamente leerlo en orden. Tiene que funcionar de manera independiente. Doble reto: no solamente escribir de corrido, sino también como pequeñas piezas o partituras.


Muchas veces, cuando estoy escribiendo me he preguntado (por eso digo que tengo mis reparos) “¿escribo para otro, o escribo porque tengo que escribir?”. Ese planteamiento creo que todavía no lo resuelvo y que tardará mucho en resolverse porque es un pensar, ¿no? Pensar en mi posición de escritora, de poeta, de qué estoy haciendo, por qué lo hago; cuál es la función de mi poesía —o de la poesía en general—, cuál es el propósito que tengo al escribir, o si existe tal propósito. Son cosas que me pregunto constantemente y ahí también interviene el otro, ese otro que intercepta, que recibe; creo que en ese sentido manejo el texto con mucha responsabilidad, porque hay que respetar a ese lector y tengo que pensar en él o ella, para que no le llegue una entelequia, ni un texto que sea un crucigrama, que tenga que buscar en otros espacios para entenderlo. Ahí tengo una responsabilidad. ¿Pero, hasta qué punto esta responsabilidad es, si quieres, más fuerte que lo que escribo? Pues no lo sé. Mientras pasan los años, pienso con más fuerza en esta responsabilidad para con el otro, porque no estamos solos, no somos seres aislados. Celebro a quienes dicen “yo escribo para mí, no me interesan los lectores”; a mí sí me interesan, desde el respeto que siento por el otro ser humano.


JCA: Y en el ejercicio de escritura, ¿cómo empiezas? ¿Con una idea? ¿O la escritura te lleva a un lugar?


SE: Una de las cosas que tengo es que siempre escribo en libretas. Tengo un montón de libretas (risas). Siempre escribo a mano, no he podido saltar a la escritura directa en la computadora. A veces resulta que estoy caminando y aparece la idea, por eso voy con la libreta. Pero también hay textos que necesitan mucha búsqueda —investigación, observación, escucha—, sobre todo cuando son ideas que quiero trabajar como libro completo. Tengo dos libros de poesía terminados en el primer proceso, después del corte y del tirar a la basura; pero hay mucha investigación por detrás, como en un libro en que trabajo el tema de los femicidios, a partir de un par de poemas que escribí para una amiga, que murió…. Pero también hay un momento en que la escritura te somete un poco. Quizás en la narrativa pueda aportar fluidez, pero en la poesía te lleva a otros espacios de fuerte depresión, o a momentos de silencio que a veces te tiran al suelo, cuando ves algunas historias o situaciones.


JCA: ¿Cómo te ubicas dentro de la tradición literaria nacional? ¿Existe una tradición poética en el Ecuador?


SE: Una gran pregunta. Yo creo que hay una gran tradición poética masculina en el Ecuador. Tenemos grandes poetas, como César Dávila, poeta de cabecera, o David Ledezma… Pero no hay, creo, todavía, para hablarlo de manera política, una democratización de la poesía escrita por mujeres. Hay grandes voces, pero han sido como islas, que han trabajado de manera independiente y que aún no superamos esa situación. Si bien es cierto, existen muchas mujeres poetas que están escribiendo y han sido grandes poetas —como Ana María Iza, que falleció recientemente, con una voz torrencial, una fuerza y un lirismo impresionantes, pero además con mucho significante—; no obstante, son poetas que se quedan en lo local, que no les privilegiamos… Iliana Espinel Cedeño, otra tremenda poeta que, sin embargo, no ha trascendido como han trascendido otras poetas de países hermanos, como Blanca Varela en Perú, por ejemplo. Entonces, resulta que esa tradición no se constituye como tal. Hay que trabajar mucho en eso. De alguna manera, somos continuadoras de esos procesos que nos anteceden y que han sido como zapadoras, que van abriendo el camino y, por ahí, hay que hacer homenajes a esas obras tan importantes.


Yo no te puedo decir cómo me ubico en la tradición de las que estamos hablando, creo que solo el tiempo podrá decirlo; pero creo que, sobre todo en la poesía, el panorama en el Ecuador es muy complicado: ganamos algún premio y los libros se quedan represados, no circulan, no tenemos políticas editoriales desde los organismos rectores de la cultura, entonces, la escritora anda con su libro bajo el brazo. Yo he tenido suerte en España, sobre todo, publicando allá con alguna acogida, pero también obedece a que vivía en Madrid; es decir, tienes que salir y moverte para que la obra se visibilice, que se vea, que circule. Es complicado, bastante.


JCA: Y además el rol de la crítica, ¿no? ¿Crees que hay una deuda del trabajo de la crítica en el país?


SE: Mira, ahora que hemos estado hablando de Eliécer Cárdenas, pienso en una frase de él que me ha calado profundamente. En una entrevista, le preguntan sobre esto y él responde que en el Ecuador existe una crítica cicatera. La palabra me remite a tantas cosas… y ahí está una incisión, una herida. Esa herida que dice que en el Ecuador adolecemos de crítica. Existen personas dedicadas a la crítica en narrativa, ahí se evidencia que no hay mayor interés por la poesía, lo que nos muestra una falencia enorme en lectores, en consumidores y críticos de poesía. Entonces, creo que sí hace falta. Y hace falta más generosidad, refiriéndome nuevamente a eso que dice Eliécer, que se privilegia más a autores y autoras de fuera, se lee más a autores de fuera, se hacen más estudios, más tesis… No nos preguntamos o preocupamos por la valía de nuestros escritores. Solo cuando ya mueren, nos preocupamos en hablar de él o ella. Tenemos que pensar cómo se posibilitan esas nuevas voces para una crítica seria, que sea amplia, que mire hacia todos lados, que mire la escritura de las mujeres, por ejemplo, que es tan necesario. Nos falta mucho; hay una gran labor para, por ejemplo, las universidades, de formar voces que ejerzan la crítica como profesión y que los medios den espacio para la crítica.


JCA: He oído a mucha gente hablar de un estado de explosión de la poesía ecuatoriana en estos últimos años. Hablan de autores de una generación de entre 35 a 45 años que han ganado muchos premios y publicado internacionalmente. ¿Podemos hablar de un momento especial en nuestra poesía?


SE: Creo que es un momento especial para la literatura del Ecuador, en general. Es cierto lo que dices, hay muchos escritores ganando premios. Pero también es cierto que está dado por este devenir de la globalización, de la tecnología, la posibilidad de enviar nuestros textos por mail a múltiples concursos por la vía virtual. Antes no existía eso, tu mandabas un manuscrito a España o a México, y te costaba un ojo de la cara. Existe esa posibilidad del mundo virtual, de que puedan leerme en Rusia, en Japón, en cualquier otro lado. En este sentido, esa gran acogida está sostenida, pero el talento siempre ha habido; la calidad literaria en el Ecuador, de poetas ecuatorianos, siempre ha existido, pero la posibilidad de salir es posible ahora, que un texto de cualquier buen escritor llegue a las manos adecuadas para conseguir premios y publicaciones fuera, que es lo que están consiguiendo muchos jóvenes y es maravilloso.


JCA: Escritores y escritoras ecuatorianas, poesía o narrativa, que recomiendes leer.


SE: Los autores contemporáneos están muy visibles, no necesito recomendarlos porque se conocen. Creo que hay que volver a escritoras como Iza o Espinel; la poesía rica, sugerente, sensual de Marie Corylé, por ejemplo, una poeta fuera de todo contexto. Hay que buscar en nuestras escritoras, como Sonia Manzano, una de nuestras voces más fuertes, por ese trabajo minucioso. Yo pienso en la poesía como el ajonjolí, diminuto, pequeño, que va formando cosas. Y la poesía de Manzano, heredera de una tradición. Esas lecturas son fundamentales para formarnos en el mundo de la creación, como tal, y de los estudios culturales que hay que pensar y replantear siempre.


JCA: ¿Qué opinas del Encuentro de Literatura “Alfonso Carrasco Vintimilla”, de la Universidad de Cuenca?


Primero, alegrarme profundamente de que se haya retomado. Es un encuentro con una trayectoria tan grande que no puede dejar de ser visible en todos los espacios, en todos los ámbitos, y estas actividades previas, que son una novedad, son baluartes del proyecto que reúne el pensamiento latinoamericano. Hay una fuerza y una tradición, en el sentido más progresista de la palabra, que hay que continuar, que posiblemente en estos encuentros, quienes asistimos, nos enriquecemos mucho más que al estar en una sola lectura, tenemos varias miradas, varias lecturas...




Siomara España (Paján, Ecuador, 1976)

Poeta, crítica y catedrática de arte y literatura. Ha sido Directora del área de Literatura de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, catedrática y directora de la Carrera de Literatura de la Universidad de Guayaquil, directora de Investigación y Posgrado de la Universidad de las Artes y catedrática en la misma institución. Magíster en Literatura Comparada y Doctora en Estudios Artísticos, Literarios y de la Cultura, en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha sido incluida en Antologías de Ecuador, Perú, México, Cuba y España. Obtuvo el Primer Premio del Concurso Nacional de Poesía ‘Juegos Florales’ y el Primer Premio Concurso de Poesía Universitaria Universidad de Guayaquil, entre otros reconocimientos.



Juan Carlos Astudillo Sarmiento (Cuenca, Ecuador, 1979)

Ha publicado 14 libros entre poesía, fotografía, periodismo e investigación. Su obra poética se ha incluido en antologías en Argentina, El Salvador, Venezuela, México y España, y su fotografía en revistas especializadas en Argentina, Costa Rica, EE.UU. y España. Ganó la Mención de Honor en el Premio Jorge Carrera Andrade (2000), en el 7mo Concurso Internacional de Fotografía Temas Antropológicos (2019) y en el II Concurso Nacional de Crónica (2022). Ganó la Convocatoria internacional “La tibia garra testimonial”, de la Universidad Nacional de Salta, en el género Crónica y fotografía (2020), y la Convocatoria Nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, en el género Artes visuales/fotografía (2020) .

 
 
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