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La poesía va por los márgenes y los reversos de la escritura

Entrevista a Jorge Boccanera por Juan Suárez

Número revista:

4

Sobre mi mesa, el libro abierto. Releo las palabras de Jorge Boccanera centelleando en un poema semejante a una navaja. El poema habla de una mujer joven atrapada en estrechas paredes. Las fibras de la quietud ceden ante el corte que ejecutan sus versos con la maestría de quien está acostumbrado a defenderse. Por las páginas del libro el ritual se repite: afilado asombro, sacudida, pregunta, y la familiaridad del poema. Conocí a Jorge Boccanera hace dos años, aquí, en Ecuador, en aquellos tiempos que ahora se me antojan más luminosos en las conversaciones y en las largas caminatas. El poeta venía como uno de los homenajeados del festival de poesía Paralelo Cero; cruzamos algunas palabras, un intercambio tímido (por mi parte) de libros; un consejo repartido generosamente por él y acogido silenciosamente por mí. Su poesía es, desde entonces, un lugar de aprendizaje y de asombro.


Con su lírica que está vestida de una necesaria solidaridad y recubierta de un claro compañerismo, con su palabra que conoce el momento preciso para el humor y para la ironía, con sus versos que se exploran a sí mismos y buscan ese material misterioso que hace al poema, con su frescura, añoranza y curiosidad –ecos de una vida originada en puerto–, el nombre de Jorge Boccanera se alza como una de las voces más importantes de Argentina, de América Latina y de nuestro idioma Español.


Aquí una breve entrevista que nos acerca su obra que nos recuerda “una cifra tristísima de gente que no está” y sus palabras que “rayan el muslo del silencio”.

JS: Quien lee tu obra en conjunto puede notar que en gran parte de ella muestras interés por definir la relación que tiene el poeta con la palabra y la poesía misma; relación que parece tener dos momentos. En principio, tu voz poética busca hacer de la poesía una herramienta; recuerdo los versos: «Hay que incendiar a la poesía/y cantar luego/con las cenizas útiles», y estos: «Este es un poema tirado por caballos/ vean arder mi látigo sobre el viejo tambor de la poesía». El poeta sujeta las riendas del poema persiguiendo un cierto objetivo. Pero en un segundo momento de tu obra prefieres el recato: «con mi hocico escarchado poco puedo decir./ Para ella los aplausos»; el poeta se vuelve un escucha de la poesía antes que alguien pretendiendo guiarla como se guía un carromato. Me surgen dos preguntas: ¿por qué sucede este cambio en tu relación con la poesía? y, actualmente, ¿tu relación con la escritura se acerca más al trabajo de  guiar el carro del poema tirado por salvajes caballos o al acto —quizás menos eufórico, más paciente y pasivo— de arrojar el anzuelo a la boca de la «sordomuda» poesía?


JB: Es exactamente así. Desde Sordomuda, mi octavo libro editado en 1991, la metapoesía pasó a ser uno de los ejes. Se pude observar incluso en títulos que le sucedieron: La poesía se come cruda, Monólogo del necio y las antologías personales Poemas tirados por caballos, Ojos de la palabra e incluso en la antología reciente Tráfico / Estiba, que reúne mis once libros publicados y alude en las correspondencias subterráneas del hecho creativo, el “tráfico” de significados, de símbolos, etc; y a la vez el trabajo, esa “estiba” que alude a llevar la carga y acomodarla. Aunque no creo que el tema se abra en dos líneas diferentes; son variaciones de lo mismo que, hay que decirlo, es un tema muy utilizado dentro del género.  Quizá lo que diferencia a mis textos sea el tratamiento- La metapoesía aparece las más de las veces a cargo de estructuras lógicas y esquemas conceptuales, mientras que en mis libros casi siempre la poesía aparece personificada.


JS: El joven Boccanera parece mostrar afinidad por el motivo del amor y el desamor, pero lo acompaña la ironía, el humor, los juegos lingüísticos. ¿Cómo es que estos motivos se juntan en tu poesía?


JB: El joven Boccanera y también el veterano (risas). Estos motivos se reúnen de modo natural; y siempre guarda entre sus pliegues dicha y tristeza, plenitud y caída, abrigo y soledad. Es sin duda uno de los núcleos capitales de la poesía, y ni se diga de la escrita en América Latina; ahí están para certificarlo el “Tango del viudo” de Neruda, “Los Amorosos” de Sabines, “Gotán” de Gelman, “Alta Marea” de Enrique Molina, “Amantes” de Jorge Gaitán Durán o el libro Poemas de Amor de Idea Vilariño que viene reeditándose desde 1957. Yo coordiné la antología Nueva poesía amorosa de América Latina hace varios años para una editorial mexicana, que lleva muchas ediciones, y en 2018 salió una compilación de mis textos de amor titulada Arder. Respecto a las torsiones de lenguaje, el humor, la ironía, son ya característicos de mis escritos y que agregan, creo, otra mirada a un tema que por su carga emotiva podría volverse patético o con una carga dramática  que podría dar en lo sentimentaloide. Le escapo a la adustez; me gustan poetas de gesto mordaz como el peruano Antonio Cisneros que describió así su soledad: “no me aumentaron el sueldo por tu ausencia/ sin embargo/ el tarro de Nescafé me dura el doble/ el triple las hojas de afeitar”.


JS: Llega un momento en que tu interés se inclina hacia una dimensión más “política” para tus poemas. Se lee con claridad una reflexión y un reclamo social en tus libros Contraseña, Poemas de tamaño de una naranja o Los ojos del pájaro quemado; y el tiempo de publicación de estos concuerda con los años que viviste en el exilio a causa de la dictadura. Cuéntanos de esta época y de la formación de estos libros, y cómo es que el exilio, la condición de extranjero, modificó tu poesía. ¿Consideras posible que esto no suceda?


JB: Debo decirte que de niño me daban bronca las injusticias, y de adolescente trabajando en talleres y fábricas me fui formando en el gremialismo y viendo cada vez más la importancia de la solidaridad, las labores cooperantes. Unos años después entraba, como muchos de mi generación, a la lucha contra el autoritarismo en un país que acumulaba mano dura, corrupción y golpes de estado. En 1976 salí al exilio a México y comprobé el trato fraternal de la gente que me ayudó en un viaje que duró seis meses. Estuve primero en Perú y cuando se decretó allí el toque de queda viajé a Guayaquil donde hice buenos amigos; entre otros: Salazar Tamariz, Cazón Vera, Jaramillo, Nieto Cadena. También a Adoúm que presentaba en Guayaquil por esos días su pieza El sol bajo las patas de los caballos. Cuando nos presentaron él había sido el primer poeta premiado en casa de las Américas en 1960 y yo acababa de obtenerlo. Yendo a tu pregunta, es lógico que la trama política se integre a los hilos de mi poesía, porque la poesía habla de la humanidad en sus distintas circunstancias, desde hechos íntimos a colectivos. El asunto no es el tema sino los resultados por fuera de propagandas simplonas o arengas fáciles. Es extraño que algunos críticos hayan subrayado la cuestión “social” en mi poesía, siendo que apenas un veinte por ciento del total podría encuadrarse en la cuerda coyuntural. Respecto al exilio, diría que al destierro político y geográfico, se agrega el relegamiento del poeta en un sistema que privilegia la “utilidad” de todo. Además, como expresión artística la poesía va por los márgenes y los reversos de la escritura. En síntesis el exilio me cambió la vida, la familia, el trabajo, mi concepción del mundo, el habla, todo, hasta mi modo de comer, y por lo mismo se metió en mi poesía como tema y quién sabe de cuántas maneras más. Pero ojo, el haberme ido al exilio a los veintitrés años, me trajo años de padecimiento y años de aprendizaje.


JS: Pienso en tu poema «Ensayo breve sobre la honestidad poética», que —además de lo divertido que resulta este texto— puede ser leído como una excusa que pone el poeta ante un eventual reclamo por una carencia de honestidad en la poesía. Pienso en Joan Margarit y su rechazo a la «impostura en el poema». Pero ¿cómo es posible y cómo se logra la honestidad poética?


JB: Se me ocurre una imagen: la honestidad poética frente a toneladas y toneladas de basura. Aquella que produce el afán consumista con que atornillan a la gente a un sistema que produce enormes cantidades de deshechos que contaminan valles, llanuras, ríos y mares. Y pone a la naturaleza al borde de colapsar. Porque dentro del rubro “basura” también están las falsedades con las que intoxican a los ciudadanos, las fake news, desde la prensa escrita, la televisión, las redes sociales, etc. Creo que el hecho poético creativo –me refiero a grandes poetas: Baudelaire, Whitman, Donne, Martí, Vallejo, Cesaire, Pizarnik,  Neruda, Gabriela Mistral, Girondo, entre muchos-, se sustenta en la libertad creativa, la fuerza de la imaginación y la búsqueda de la verdad.


JS: Vuelvo a aquel verso: «Hay que incendiar a la poesía/y cantar luego/con las cenizas útiles», y lo acompaño de este otro: «Debo enterrar palabras en el fuego». El acto de incendiar nos hace pensar en una purificación; ¿qué es lo que se debe incinerar en la poesía?


JB: Te quiero aclarar que no soy pirómano. El fuego en la historia está asociado al sol y a lo divino, y en la literatura simboliza al erotismo. De este modo entra en alegorías poéticas o como un modo de representar el trabajo de pulimento, de corrección de textos, que es arduo. Alude a una especie de depuración y a una necesidad de incinerar, podar, toda clase de ornamento, de tonos discursivos y altisonantes, de nexos explicativos; me refiero a todo lo que es ornato, retórica.  En uno de mis últimos poemas, “Afanes del poeta”, hablo precisamente de quitar lo accesorio: “el aceite rancio”, “los rulos de la trenza”, “los piojos del decir”, y dejar sólo “el vislumbre, lo desguarnecido”.


JS: Al leer tu poesía me parece imposible ignorar el hecho de que en un mismo poema («Marimba») hagas mención a dos poetas: Mallarmé y Martí, con dos versos de su autoría ciertamente memorables. Estas figuras literarias no están presentes como un epígrafe, sino como parte constituyente del poema, como dos voces que se unen a la tuya para construir el verso final. ¿Por qué estos dos poetas, tan distantes, tan distintos, tienen este lugar privilegiado en tu poesía?


JB: En mi poesía abundan los personajes. Justamente acabo de escribir “El jardinero de Paumanok”, un texto extenso atravesado por la figura de Walt Whitman, un poeta que me impresiona desde los catorce años, cuando lo leí por primera vez. También es usual la intertextualidad; vale decir, que use en el tejido de mis escritos algunos hilos de versos ajenos; claro, dejando en claro que son ajenos. Todo eso forma cierta teatralidad en mi poesía, provoca cierta trama dialógica. En el texto que citás, “Marimba” hay una especie de carrera desenfrenada: “este es un poema tirado por caballos,/ voy de pie, voy aullando… a contrapelo vamos/ volando… dejen libre la calle… ¡que nadie se me cruce!”. Con la inclusion de los versos de Mallarmé y Martí se multiplica la urgencia. El primero dice llevar “todo el hocico en llamas” y el cubano: “mis versos van revueltos y encendidos como mi corazón” –de nuevo el fuego. Es como si el hablante alternara las riendas con esos poetas, sus compañeros.


JS: En muchos de tus textos está presente un «espacio interior». Noto los poemas «Yo digo adentro mío» o los textos de Sordomuda. Y lo escribo entre comillas porque, además de ser un lugar propio de la intimidad del poeta, es también —y sobre todo— un lugar simbólico, donde sucede el universo que cuenta la poesía. Si pudieras imaginarle una dimensión física a este «espacio interior» —algo como la frase de Shakespeare «I could be bounded in a nutshell, and count myself a king of infinite space»— ¿dónde estaría este lugar, qué sitio ocuparía? Y ¿Qué hay en ese «adentro» para Jorge Boccanera que aún aguarda por ser descubierto?


JB: Es otra pregunta matrioska, en el sentido de que guarda muchos interrogantes dentro. Sobre todo para mí. Creo que ni siendo psicólogo podría dar una respuesta acorde, porque aun los psicólogos se analizan con algún colega. Así que, como él, yo debería recurrir a algún colega para que me interprete ese “interior” que trasunta mi poesía. Podría decir, respecto a la frase de Shakespeare: que aun encerrado en el espacio de una nuez, yo guardaría en un sueño apretado los afectos de la vida y los misterios de la poesía.