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Otras formas de la desmesura

Diálogo con Carla Badillo Coronado, por Luis Eduardo García

Número revista:

7

Desde hace poco más de diez años, la ecuatoriana Carla Badillo Coronado (Quito, Ecuador, 1985) ha desarrollado un notable trabajo a través de terrenos sonoros, visuales y textuales, poniendo al centro de sus búsquedas la experiencia poética y las tensiones que esta es capaz de desplegar. En la siguiente charla, la poeta, escritora y artista multidisciplinaria habla acerca de sus comienzos, su conexión con Armenia, sus autores de cabecera y, por supuesto, de su poética.

Luis Eduardo García (LEG): ...¿Qué hora es allá?


Carla Badillo Coronado (CBC): Son las 9:40 (pm). Mi régimen del sueño ya no es un régimen, sino un freestyle.


LEG: Justo eso es lo primero que quería preguntarte, ¿a qué hora duermes?


CBC: Depende mucho de lo que esté haciendo. Cuando estoy trabajando en un libro, el tiempo es mucho más abstracto; me meto demasiado y prefiero irme hasta la madrugada, pero no es tanto como antes, antes era muy nocturna y no es algo que ahora me enorgullezca tanto, porque te pasa factura en la salud.


LEG: Yo también, antes era más nocturno, pero últimamente de las desveladas me cuesta mucho recuperarme. Tardo tres o cuatro días en regresar a un estado mental más o menos claro.


CBC: Exacto. Ya de por sí no tengo un sueño realmente reparador. Y luego los sueños, que me despiertan más cansada que cuando me fui a dormir, precisamente porque hay mucha actividad cerebral incluso dormida.


LEG: Y luego, además, los sueños que son tan importantes para ti...


CBC: Se volvieron tan importantes en la medida en que son inevitables. No puedo un día ponerles off, y eso me encantaría a veces. Es agotador. Hay sueños que son muy jodidos, realmente violentos o agresivos. Yo digo, ¿de dónde sale todo esto? Me despierto y a veces me cuesta entrar en la dinámica del día, de la realidad; siento que hay un polvo onírico que se me queda en la piel. Y no me voy a quedar con todo esto, no quiero solo quedarme en la lamentación, sino que quiero meterme a indagar en ese polvillo onírico, empezar a darle forma a ese material oscuro.


LEG: ¿El libro en que estabas trabajando, lo terminaste?


CBC: En teoría, no lo empiezo como una cosa formal. Sobre todo, nace de una especie de diario de apuntes de sueños, muy disperso. Y una vez que comienzo a darme cuenta de que el tema me mueve más y más, ya no solo anoto los sueños que tenía regularmente, sino que comienzo a conectar todo lo que tiene que ver con el mundo onírico. Aparece una cita que leo por ahí con relación al sueño, a la pesadilla, y lo anoto. Y después comencé a darme cuenta de que también me llevaba a mi propia genealogía; con mi abuela Rebeca, por ejemplo, como estoy acá [Lisboa] no me comunico con ella, y cuando la veo de nuevo, en Ecuador, siempre me dice apenas me ve: “mijita, le soñé. Soñé con usted”. Entonces, de alguna forma las dos entendemos que nuestra forma de comunicarnos es a través del sueño. Comencé por ese lado de una propia genealogía, de la que se abren muchos ramajes, pero está en bruto.


LEG: ¿Cómo terminaste viviendo en Lisboa?


CBC: Es una larga historia. No estaba planeado en lo absoluto venir acá. Fue en el año 2016, a partir de que gané el premio [XXVIII Premio Loewe a la Creación Joven] con El color de la granada. Yo había pasado un año muy malo, el 2015 fue bastante lúgubre, muy jodido, y en ese momento ni siquiera estaba escribiendo poesía, estaba más escribiendo prosa, el primer libro de ficción [Abierta sigue la noche]. Después de este período me llegó esta noticia; fue un año después de que mandé el manuscrito y ya no estaba en mi panorama. En ese momento, fue para mí la posibilidad de un respiro, un antes y un después para poder salir a algo nuevo. Esa vocación de lo desconocido que me llama. Era ir y no volver inmediatamente Ecuador, porque me planteé tomarme un año viajando y escribiendo hasta llegar a Armenia. Estuve tres meses viajando por España, con muchos problemas de papeles, que era muy agotador, y en el momento en el que yo paso a Portugal, iba a estar cuatro días en Lisboa para avanzar a Berlín. Ya llevo cinco años, con todo lo que implicó este percurso de cinco años, de decidir que realmente esta era mi casa. Era una forma muy orgánica, muy intuitiva de decir “no puedo irme de aquí, si yo siento que es aquí donde tengo que hacer cosas”.


LEG: Si tuvieras que pensar en algunos tesoros lisboetas que te has encontrado en el camino,  ¿que te viene a la mente?


CB: Muchas cosas, por ejemplo, hablando de los libros y los autores, pondría a María Gabriela Llansol, que fue una de las autoras que descubrí cuando yo estaba aquí recién unos días, y quedé alucinada. Fue una escritora portuguesa que escribía diarios y también algunos libros que son como cuentos muy extraños. Incluso acá no es tan conocida, a pesar de que es increíble, tiene una obra muy basta. La nombro primera porque hace poco gané una beca para una residencia virtual de traducción literaria en formas breves, y postulé con María Gabriela Llansol. Postulé con algunos fragmentos de Lisboa Leipzig y de Livro de Horas. Yo no soy traductora, no estudié filología, pero al mismo tiempo sí porque ha sido un camino, he venido traduciendo a Llansol en este tiempo poquito a poco. Ese fue uno de los tesoros que me hizo quedar. Y bueno, de ahí la luz de Lisboa, sin duda, que es muy particular; me gusta que esta ciudad me da perspectiva, es una ciudad inacabable, inagotable. Y también me enamoré aquí...


LEG: Y bueno, también la luz puede contar como un color...


CBC: La oscuridad también, María Negroni decía que la oscuridad es otra forma de intensificar la luz. Esas contradicciones me gustan mucho, estaba pensando en esto por una cuestión de la mesura y la desmesura. Por ejemplo, yo paso mucho tiempo sola y callada, y cuando conecto con alguien o cuando es hora de hablar, sale como si algo se destapara ahí. Y después me preguntan: “pero, en El color de la granada hay poemas que son dos líneas o cuatro líneas, son muy cortos”. Cómo esa condensación, si yo soy muy desbordada al hablar. Leí hace poco a Sara Mesa, una escritora española, que decía que la condensación es otro tipo de la desmesura y eso me gustó mucho, porque es como un reverso. Ella decía: “me preocupa la mesura, me preocupa la buena letra, la buena caligrafía”. Sin embargo, la contención es otra forma de desmesura, y eso me gusta mucho porque creo que, para mí, la intensidad es el ingrediente vital de todo lo que hago, y cómo calibrar eso es lo más jodido.


LEG: Volviendo un poco a los lugares, ¿extrañas Ecuador?


CBC: Sí, claro, extraño muchísimo las montañas y el cielo de Quito. Nunca fui tan de la nostalgia de la tierra, sino más bien muy viajera, pero la diferencia es que siempre sabía que iba a regresar, tenía mi base ahí y ahora, no. Por eso me coge más fuerte, no sé cuándo regrese, cuándo vuelva a ver a mi familia, por muchos factores, más todavía en estos tiempos. Y, sin embargo, estoy más cerca de ellos, porque cuando tú te vas hay un silencio que opera de una forma que activa otras frecuencias de memorias. Últimamente me pasa que me vienen muchas memorias de hace años o décadas, cuando estaba niña o adolescente; se me viene una ráfaga, como flashes, tres segundos de una imagen muy clara de estar yo sentada en la sala de de la casa de mi abuela, y viene un olor de pronto... No sé por qué viene eso, pero últimamente es mucho. Y también me planteo cosas que me unen a ellos, a ese ADN en el que antes no reparaba, o contra el que me revelaba, y que ahora entiendo de otra forma.


LEG: Me llama la atención la fuerte conexión que tienes con Armenia. El color de la granada parte de una película acerca del poeta armenio Sayat-Nova. ¿Cómo fue que surgió ese pulso, ese llamado que te unió con Armenia?


CBC: Es loco, la gente podría pensar que ya había un trabajo más planificado en cuanto a conocimiento de Armenia o de Sayat-Nova, y la verdad es que yo no tenía idea. Mi primer contacto con El color de la granada, la película de Sergei Parajanov, fueron unas imágenes que llegaron a mí en forma de un videoclip súper random, alguien me mandó un video creo que de música electrónica, música experimental, y aparecían estas imágenes. Ahí vi que eran de una película que, para mi suerte, estaba libre en YouTube; la vi y fue ahí cuando sentí eso, cuando conectas con algo de una forma que está muy intrínseca, a priori no lo piensas, sino que te agarra. O como dice Emily Dickinson, sientes que te destapa la tapa del cráneo. Y eso me pasó: era madrugada, comencé a ver la película y no pasaron ni doce minutos y ya, la primera parte del libro salió casi inmediatamente, tuve que parar para escribir. Claramente, no es una película convencional. No hay diálogos, no hay trama, luego descubrí detalles como que la actriz principal que hace de Sayat-Nova, en realidad hace seis papeles en el film. Y luego, para entender un poco más —porque hay mucha simbología— empecé a leer más de Sayat-Nova, que no solo era un poeta del siglo XVIII sino también músico, este trovador itinerante que iba de pueblo en pueblo, construía sus propios instrumentos, dicen que llegó a componer más de mil canciones. Y luego, con Sergei Parajanov también, era un loco total, estuvo preso precisamente por El color de la granada, en la que hay mucha simbología de la resistencia del pueblo armenio. Fue acusado de presunto tráfico de antigüedades, de homosexualidad... Él trabajaba mucho con el collage, que es algo que también me gusta, que yo hago. Es como que se juntaron muchas cosas de la nada.


LEG: Ahora, gracias a una beca, vas a viajar en breve a Armenia.


CBC: Sí, es algo que me tiene muy contenta. Me contacté con Alice Ter-Ghevondian, que es la traductora de El color de la granada al armenio, y me dio la noticia de que el libro va a ser publicado. Aparte de todo lo que el mundo está pasando con la pandemia, Armenia es un pueblo que pasó más de una vez por una guerra, hace no mucho. Alice apostó por financiar parte de la publicación, que va a ser con una editorial independiente, y para mí es un sueño. Yo escribí El color de la granada hace unos diez años, pasaron cinco para que se publicara y después de cinco más se va a publicar en armenio, que no es una lengua tan común. Ahora estoy leyendo mucho de historia de Armenia, sobre todo de la caligrafía, que es muy particular. Son una lengua y un pueblo casi en extinción, tan de sobrevivencia, de resistencia, y es increíble para mí que el libro esté traducido a esa lengua tan linda, antigua, rara y única.


Estoy alucinada con lo de la beca. En 2016, mi objetivo era ir a Armenia y llegar a la tumba de Sayat-Nova y a la de Parajanov, en una especie de peregrinaje, y decirles “gracias”. Aparte, ese año se cumplieron 100 años del genocidio armenio. Pero ya me quedé acá y nunca tuve esa prisa, dije “bueno, sigo viajando de alguna forma”. Esta vez, hubo estas becas que se llaman i-Portunus, que son dadas por la Comisión Europea e impulsadas por el Instituto Goethe. Al final fueron casi 500 proyectos que se presentaron y solo salieron 66, y entre esos salí seleccionada. Para mí también fue como un vértigo. La idea es que vaya allá y después cree algo sonoro, y obviamente voy a escribir también.


Hace poco pasó algo bonito, yo había visto una entrevista en la página de Alma Negra, una librería en Chile, estaban algunos editores y entrevistaron a Patricio Grinberg, editor de Zindo & Gafuri. Es una de las editoriales que a mí me encanta, sigo mucho el catálogo. Patricio hablaba del criterio del catálogo, de cómo lo escogían, y él decía que, de chiquito, cuando lo llevaban la playa con sus hermanos, para que no molesten su madre les mandaba a recolectar caracoles; luego ellos traían toda una colección de caracoles y ellos hacían el Museo del Caracol. Esto, para decir que la editorial terminaba por ser una especie de Museo del Caracol, por la diversidad. A mí me gustó mucho esta idea y quise escribirle. Fue como un puente, justo salió el tema de Armenia y me mandó el libro La tierra de los niños, de Diego Tatian. Yo me quedé encantadísima, este libro es básicamente un reencuentro, una reconstrucción a partir de unos manuscritos en armenio de la familia de Diego y de su abuelo. En el prólogo se menciona a El color de la granada, a Parajanov, y es uno de los libros que voy a llevar para el viaje. Estoy ahí, llenándome de ciertos estímulos, de lecturas, preparando un poco el terreno.


LEG: No he podido conseguir ese libro, pero es una de mis obsesiones que tengo ahí. En Argentina, Alción Editora publicó Un idioma también es un incendio, que es una antología de poetas armenios, de las pocas que debe haber rondando en nuestro idioma. Ahí está, por ejemplo, Ana Arzoumanian, que es una poeta estupenda.


CBC: Hablando de esto de los catálogos, intento, a pesar de estar muy lejos, estar siempre en sintonía de qué está pasando del otro lado. Últimamente me gusta muchísimo el trabajo que hace [la editorial] Barba de Abejas; el trabajo de Eric Schierloh es un respect total. Eso es lo que me motivó mucho; si tuviera los medios, quisiera comprarme una impresora y hacer libros. Lo que me inspira es escuchar a los editores artesanales, el proceso que tienen con lo táctil, desde la selección, la traducción, el comprar el papel... Es lo que en el último tiempo más me ha motivado. Necesitas tiempo para eso y armarte de una base para arrancar. Por ejemplo, con los cuadernos que hago me he replanteado muchas cosas. Estoy en un momento en que todo lo que he hecho hasta ahora es como una semilla chiquitita de una obra temprana, que está en una fase que pasó. Todos estos años seguí escribiendo, pero todo eso está inédito, disperso. Para mí el objetivo, sobre todo el último año, ha sido cerrar ciclos, ordenar esos archivos en la medida de lo posible, para poder avanzar con esta otra etapa que siento que el cuerpo me pide. Todas estas cuestiones de las ediciones artesanales, de poder hacer in situ, que es un poco lo que en la música hacemos con Metamorphosis, con mi compañero; es esto de hacerlo tú mismo, es muy punk en ese sentido. No esperes nada, hazlo.


LEG: Tú haces periodismo, música, experimentaciones sonoras, búsquedas en torno al cine… Como yo lo entiendo, todo tu trabajo —escritura o no— está cruzado por la poesía.  ¿Recuerdas qué fue lo que te unió a este fenómeno del lenguaje?


CBC: Es verdad lo que dices, siento mucho esta cuestión del cruce. La experiencia poética atraviesa todo lo que hago, todo apunta o inevitablemente me lleva hacia allá. Me parece que es esa cuestión de la urgencia que tiene la poesía, a diferencia del resto de cosas. Ella no espera, y creo que tiene que ver mucho con la intensidad; por eso, hay una especie de sensación que al leer un poema está muy presente; no importa si fue escrito hace 100 años u hoy.


El detonante podría decirte que, a los 19 años, tal vez, me dije: “no me veo haciendo otra cosa que explorando la escritura”. A esa altura sentía que había perdido muchísimo tiempo; yo no vengo de una familia que heredó una biblioteca, una familia lectora. Empecé en cero. Hoy me da hasta ternura de cuando inicié, porque, incluso, nunca fui a un taller de literatura, de poesía, nunca pertenecí a un grupo para esto de mostrar los textos, que también puede ser muy valioso. Más bien, yo intentaba leerme como un enemigo, destrozarme a mí misma, porque sabía que no podía ser condescendiente. Y entonces ir limando y afilando la intuición.


También ahí conocí a ciertas personas que estaban escribiendo, haciendo poesía, pero era un medio muy hostil, muy machista. Eso me hizo alejarme. Pero, al mismo tiempo, creo que ese fue un poco el detonante para arrancar, porque hasta entonces yo era ‘la novia del poeta’. Y yo sentía “algo no está bien aquí”. Eso me motivó. Fue el detonante, también, para viajar y luego escribir. No quiero ser la musa; quiero escribir mi propia historia, no que me la cuenten. No quiero ser Penélope, yo siempre fui más alma de Ulises.


LEG: ¿Qué buscas en la poesía, qué tiene que haber en ella para que logre entusiasmarte?


CBC: Pulso, vida, algo que me permita ver lo que no es tan evidente. La mirada, que haga un zoom in en algo en lo que no todo el mundo repara. Eso es la poesía, cuando sale se disloca algo, y eso que se disloca es la mirada de quien escribe. Es cómo calibras la mirada y eso es algo que me parece intransferible. Para mí la mirada tiene mucho que ver con el estilo del poeta. Ahí, no me importa si el poema abarca tres páginas o una o dos líneas, si me tiene de principio a fin con esa tensión y ese pulso.


No es que sea crítica literaria o de cine, pero cuando conecto con algo es porque siento que es genuino, que hay algo ahí que es intransferible. Es lo que hablábamos de la mirada: cuando hay un matiz, cuando te provoca algo, entonces da igual para mí en qué registro esté, siempre y cuando tenga este pulso que me dé algo que sea genuino, que sienta que es honesto con lo que está haciendo con el lenguaje, con esa exploración. Espero que haya ahí algo que tú sientas que se te va la vida ahí, porque, a la final, creo que es eso. Escribimos porque creemos en esto.


LEG: Me da la impresión de que en tu libro, El color de la granada, el misterio juega un papel esencial; está ahí como una presencia latente, como algo que hay que preservar. ¿Qué papel juega el misterio en tu escritura y en tu vida?


CBC: Es una buena pregunta y es muy compleja, porque el misterio podrá ser tantas cosas, tener tantas formas. Incluso lo que decíamos de la inspiración, que puede estar sobrevalorada —como, también, infravalorada—, no se puede desdeñar dependiendo de qué nos mueve, entendiendo la inspiración como algo que me mueva, que me lleve a otro lugar. De igual forma, el misterio para mí es muy importante en la medida en que hay un velo permanente que mi conocimiento no alcanza a entender, pero que mi intuición sí. El misterio, para mí, tiene que ver no necesariamente con algo etéreo, sino más bien con lo mundano. Por ejemplo, cuando voy con las calles a caminar, a vagabundear, a callejear, encuentro misterio en las paredes que están desgastadas, que son como un mapamundi que se genera a partir de la oxidación de los colores, aparecen mapas con otras geografías y eso, para mí, tiene un misterio. El misterio no necesariamente tiene que ser algo intocable. En la escritura, creo que mucho de lo que me interesa explorar son los cruces entre lo sagrado y lo profano. Y eso se nota en El color de la granada y va asociado con este misterio que, al final, es lo sagrado y es lo humano. Para un creyente, yo soy súper hereje, profana hardcore, y para un ateo yo soy totalmente mística, media bruja; entonces, me parece que en esa contradicción hay una grieta muy rica para poder explorar, para llevar al lenguaje lo que quiero explorar sin ningún tipo de prejuicios.