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Una poesía de las cosas concretas

Entrevista a Juan José Rodinás por César Eduardo Carrión

Número revista:

3

Juan José Rodinás es uno de los poetas ecuatorianos más notables de los últimos años. Ha obtenido premios dentro y fuera de su país, su obra ha sido reseñada y antologada dentro y fuera del continente, y sus poemas se han traducido a varias lenguas. Su nombre está vinculado a una nutrida promoción de escritoras y escritores ecuatorianos, cuya notoriedad ha roto las barreras geográficas y políticas de la nacionalidad, y ha empezado a remontar los límites de la lengua española. En este diálogo, preparado especialmente para la revista Elipsis, realizamos un sobrevuelo a su vertiginosa trayectoria, mediante un acercamiento a sus ideas sobre el oficio de la escritura poética, la naturaleza del poema, el significado de lo poético y su trascendencia.

César Eduardo Carrión (CEC): Tuve la oportunidad de conocer tu primer libro hace un par de décadas y, motivado por ese encuentro, promover la publicación de algunos de tus primeros poemas en la revista País secreto, que editamos en Quito junto a varios colegas durante los primeros años de este siglo. Entre aquel suceso y estos días de crisis pandémica, han ocurrido muchos eventos que han transformado la escritura y recepción de la poesía en general y, en particular, de los escritores nacidos en el Ecuador. ¿En tu criterio, cuáles son los cambios más importantes que hemos experimentado como lectores y escritores en estas dos décadas, y cómo cambió tu manera de concebir la poesía y escribir poemas?


Juan José Rodinás (JJR): Yo comencé escribiendo cuentos fantásticos y de humor negro en el taller que dirigía Abdón Ubidia en la editorial El Conejo. O sea, he escrito cosas desde la infancia, pero creo que esos son los primeros recuerdos de algo que tenía un cierto valor literario. Ojalá en algún momento me atreva a retomar ese impulso. Y, bueno, paralelamente escribía poemas para mí, casi por capricho y necedad, que solo conocían algunos amigos de una tertulia pequeñísima. En algún punto ambas cosas chocaron, colisionaron, colapsaron y empezaron a aparecer esos poemas lacónicos de mi primera plaqueta (Intención de Sombra) que es a la que te refieres. No creo que sean poemas muy singulares, pero sí eran buenos poemas. Y sintonizaba con el enfoque neosimbolista de País Secreto. Publiqué luego en una autoedición un libro casi artesanal llamado Grabados sobre una columna derridaba, libro hermético, áspero, del que aún me gusta una decena de poemas (y mucho un par que salvo para mis antologías). Finalmente, publiqué Los rastros, donde junté y remastericé esos poemas junto a otros más. Todavía creo que es un libro estimable.

Ahora, yendo a tu pregunta, el niño friki con transtorno maníaco depresivo que se sentaba en el piso de la librería Librimundi a buscar libros de poesía francesa ha cambiado tanto que me resulta sorprendente que use el mismo número de cédula. No obstante, el mundo ha cambiado mucho más. Ahora los libros más interesantes circulan en micro librerías o proyectos de casas-café y cosas así: todo es ghetto. La tecnología nos ha destruido y nos ha salvado, pero sobre todo ha minado una cierta relación con la atención, con la contemplación, con la introspección. Y, en ese camino, han aparecido propuestas con diferente nivel de ejecución, calidad, singularidad, etcétera, que han tratado de expresar este despedazamiento de la metafísica, ese colapso de la espiritualidad como experiencia histórica. Bajo la tutela del neobarroco ochentero y de la poesía del lenguaje norteamericana (y sobre todo de una aproximación a la prosa como medio expresivo, cosa que ya señalaba Timothy Steele respecto a Pound) aparecieron numerosas obras, entre las que yo incluyo algunos de mis libros (básicamente los que van desde Barrido de campo hasta Anhedonia).

Mis libros parecen haber llegado tarde –yo he llegado tarde siempre y no son excepción las filas que permiten subir al autobús de la posteridad- con unos años respecto a las óperas primas de los autores que son mis co-generacionales (y que detentan las franquicias estéticas de esos estilos). Sin embargo, hay fragmentos de esos libros que fueron recibidos con interés por varios lectores a lo largo de esta región que mal llamamos Latinoamérica, muchos de ellos poetas a los que admiro, quiero, respeto, y que se convirtieron en interlocutores circunstanciales o incluso de largo plazo: Luis Eduardo García, Daniel Bencomo, Ángel Ortuño, Maurizio Medo, Jorge Humberto Chávez, Eduardo Espina, Eduardo Milán, León Félix Batista, Plinio Chahín, Rafael Espinosa, Giancarlo Huapaya, Jorge Posada, Cristián Gómez Olivares, Diego L. García, Carla Badillo Coronado, Alejandro Tarrab, Freddy Ayala, Agustín Guambo.

Un año antes de irme a Inglaterra sentí que ya no podía ir más allá en ese registro expresivo e intenté algo diferente donde quise poner en tensión esa añeja poesía simbolista y los recursos de la poesía del lenguaje. Ahí me salió Kurdistán, mi libro más extraño. No es neobarroco, pero quizás sí poesía del lenguaje, aunque tiene momentos casi cursis. Y finalmente, ya en Inglaterra, golpeado por el contexto, por el fantasma del medio literario ecuatoriano, por los afectos violentados, aparecieron los tres libros por los que quizás –y sólo quizás- seré recordado: Cuaderno de Yorkshire, Yaraví para cantar bajo los cielos del norte y Un hombre lento. En esos libros, habla un hombre demasiado roto como para obturar miradas, perfilar giros conceptuales o celebrar rizos fonéticos (aunque hay algo de eso también, claro, pero ya no “lo intentaba” de ese modo). Hay en esas páginas una voz cruda, burlona, inocente, sentida, necesaria para mí como medio para sortear el suicidio y posponer la muerte. Con frecuencia, me desprecié con tal violencia que solamente esa extraña música que venía de los poemas de Don Paterson o John Burnside me salvó la vida y salvó mi poesía. Hoy, para mí, la poesía tiene que ver con esa voz segregada, sensitiva, reflexiva, donde la vida de alguien parece estar en juego, pero siempre permitiendo la burla hacia uno mismo, para evitar la grandilocuencia y el guruísmo.


CEC:  A partir de esta reflexión, que nos revela a breves rasgos la evolución de tu escritura poética, ¿podrías compartir con nosotros alguno de los secretos de tu oficio de escritor? En otras palabras, quisiera que nos ayudaras a responder una pregunta sencilla que, sin embargo, entraña complejidades de origen muy diverso: ¿Cómo se escribe un poema? o, mejor aún, ¿cómo escribes tú poemas?


JJR: Comienza con un verso que se me ocurre en un momento de particular sintonía con alguna experiencia y, a veces, con un verso ajeno que me gusta mucho y que necesito destruir (para no robarlo). Ahora, a esto se ha sumado una tendencia a buscar lo que en mí me diferencia de los demás como sujeto (cómo hablo, cómo me muevo, cómo trago) y pensar en esos rasgos como elementos de un ritmo existencial que busco impregne y defina lo que escribo. Desde luego, buscar la originalidad como teleología es un disparate: es algo que ocurre cuando tu vida está suficientemente recorrida y se vuelve de algún modo irreversible. Yo trato de defenderme de los textos que amo, escribiendo los míos. Como te dije en la respuesta anterior, ahora me interesa especialmente la poesía de las cosas concretas, de las cosas que puedo sentir: en eso los japoneses (como Keijiro Suga) y los ingleses son maestros luminosos. Bajo esa luz hablo de las cosas que me rodean, de la vida que tengo, de las bromas con las que me defiendo de mí mismo y mi ego muchas veces exageradamente molesto.


CEC: Hablemos un poco de uno de los rasgos menos conocidos de tu obra: la traducción. No ha sido común entre los escritores ecuatorianos acercarse a la traducción de otras lenguas, mucho menos como una oportunidad de ampliar sus horizontes creativos. No es común entre tus coetáneos y, en ese sentido, tu figura es excepcional: eres un notable poeta que traduce poemas al español.  Tienes un libro de traducciones de poetas estadounidenses de lengua inglesa, que revelan tu interés en las tradiciones poéticas de ámbitos distintos del latinoamericano. ¿A qué lenguas y tradiciones te has acercado, desde qué lenguas has traducido y cómo ha afectado este ejercicio en tu escritura?


JJR: Creo que, al traducir o sencillamente al leer en otras lenguas, viajas a través de sensibilidades remotas, extrañas. Eso es lo que encanta del asunto. Si me preguntas que tradiciones en lengua extranjera han sido influyentes en lo que escribo creo que la poesía norteamericana y británica, particularmente la que viene de Stevens y Williams, por ejemplo, Mark Strand, James Wright, Merwin y algunas cosas más raras como Kenneth Koch o James Schuyler. De los posteriores he leído con entusiasmo a muchos británicos como Don Paterson, Armitage, Burnside. De los americanos también Pinsky y algunos poetas “del lenguaje” como Michael Palmer.


CEC: Además de las transformaciones que tu poesía ha experimentado a lo largo del tiempo, tus lectores encontramos que, en determinado momento, empezaste a firmar tus libros con otro nombre: dejaste tus apellidos Rodríguez Santamaría, para firmar bajo el seudónimo o heterónimo Rodinás. Te pido que nos cuentes brevemente aquella anécdota que te llevó a tomar esa decisión, pero, aún más importante, te invito a que compartas con tus lectores la siguiente reflexión: ¿El uso del heterónimo coincide con algún cambio significativo en tu poesía? ¿Tiene que ver con la construcción de tu propia identidad como autor literario? ¿Cómo te ha afectado esta decisión como escritor?


JJR: Básicamente fue un mensaje de Facebook, en el que un escritor mexicano que escribe novelas sobre el narco –que se llama Juan José Rodríguez- me dijo –creo que en broma (y las bromas hay que tomárselas en serio)- que lo habían felicitado por la invitación a la feria del libro de Bogotá (cuando en realidad se trataba de mí) y sugería que uno de los dos se quedara con el nombre. A partir de allí, las cosas en mi vida como escritor han ido mejor, mejor, mejor. Claro, hay unas personas con presbicia emocional a las que les parecerá raro, pero me da igual.


CEC: Existen varios rasgos que comparten casi todos los escritores ecuatorianos de las últimas promociones. Nombro quizá los más evidentes. Son doctores en literatura, estudios de la cultura, ciencias sociales, humanidades y artes... Han viajado y recorrido, y algunos han vivido o residen en distintos países. En el caso de los poetas, entre quienes te encuentras, además debemos sumar una lista de premios y reconocimientos internacionales poco común en el ámbito nacional hasta hace un par de décadas. En suma, se trata de escritores profesionales o que cuentan con la más alta formación académica, que han migrado o son trashumantes inagotables, y que además han logrado sobresalir en diversos certámenes literarios. En tu caso, estas tres condiciones se cumplen: tienes varios títulos universitarios incluido un doctorado, has viajado y residido en el extranjero, y eres uno de los escritores más premiados de tu país. ¿Qué otras circunstancias añadirías y qué valor tienen para ti y tu obra literaria?


JJR: Por una cuestión familiar –yo vengo de una familia de clase media baja donde la idea de los estudios era pensada como una forma de realización en sí misma- yo sentía que debía estudiar. Mi madre es una destacada profesora universitaria y una pionera de la cirugía en Ecuador, que vivió una infancia durísima en las vecindades pobres de Ambato. Mi abuelo materno aún más: incluso vivió como niño de la calle comiendo sobras en las fondas y terminales de Guayaquil. A pesar de esa historia, yo, muy poco práctico, me dediqué a algo que para nada representa económicamente algo promisorio, pero que me ha abierto la cabeza de tantas formas que no lo cambiaría. O quizás sí, pero solo para ser un banquero que apenas acabó el bachillerato (ríe). Además, cuando te sumerges en una investigación literaria seria y lees en profundidad a un autor que no eres tú mismo aprendes cierta ética de la humildad, una mínima consciencia de que no siempre eres el núcleo del universo. Por otro lado, la verdad —creo— que es el mejor momento de la literatura ecuatoriana en toda su historia, pero quizás ya no son tiempos literarios o lo son de un modo secreto, que persiste a pesar de la contundente evidencia de un mundo plastificado, egoísta y oscuro (del que los escritores somos, por supuesto, parte, aunque ocasionalmente algunas páginas se salven de ese juego monstruoso con el espectáculo masivo que nos constituye).