Santa Maria el mundo imposible de Juan Carlos Onetti

Ensayo

Santa María: el mundo imposible de Juan Carlos Onetti

Anita Palán

Número revista:

8

Tema libre

“Después todos hablaron de lo que harían con veinticinco dólares. Todos hablaban a la vez, insistentes y contradictorias sus voces, convirtiendo lo irreal en posible, luego en probable, después en hecho incontrovertible, como hace la gente al transformar sus deseos en palabras”.


William Faulkner, El ruido y la furia (1929)



La decadencia y la angustia se entretejen en lo cotidiano de Santa María, donde el existir sucumbe entre lágrimas, locura y deseos que no se cumplen. El mundo ficticio de Juan Carlos Onetti presenta una constante duda del devenir; en este lugar los distintos personajes que lo habitan se ven inmersos en una irrefutable impotencia. Tal es el caso de Juntacadáveres (1964), obra en que los personajes de la historia se mantienen entre el anhelo y el abismo.  Santa María representa el lugar de la imposibilidad —lo que se quiere nunca se consolida—, hecho que se constata en tres figuras de la novela: Larsen, Jorge y Julita. ¿De qué manera se desarrolla lo imposible en la vida de cada uno de estos tres personajes?


Se podría decir que, para entender a los actantes que mueven la trama y toda la construcción del universo onettiano, una vida no es suficiente, debido a la complejidad de su intertextualidad. En este caso, se trata de dar una posible explicación sobre el anhelo y la carencia con la que viven los personajes. Para entender esto, es útil la teoría del deseo mimético de René Girard, autor de Mentira romántica y verdad novelesca (1985), quien propone un triángulo compuesto por un sujeto, un objeto y mediador. Se entiende por sujeto al ente que anhela cierto objeto y por mediador a la figura que ayuda a conseguir lo que se desea. Ahora bien, la figura del mediador puede ser un arma de doble filo, en vista de que puede albergar un deseo hacia el objeto, igual que lo hace el sujeto: “El mismo mediador desea el objeto, o podría desearlo: mejor dicho, este deseo, real o presunto, es lo que hace que el objeto sea infinitamente deseable a los ojos del sujeto. La mediación engendra un segundo deseo absolutamente idéntico al del mediador. O sea: siempre nos encontramos con dos deseos competidores. El mediador ya no puede interpretar su papel de modelo sin interpretar igualmente, o aparentar que interpreta, el papel de un obstáculo” (p. 14). Así, se puede plantear un triángulo —de tipo isósceles como lo aclara Girard—, en el que se encuentra cierta complejidad para conseguir lo que el sujeto quiere. Entonces, con este incentivo, el incremento de las ansias por el ideal que se ambiciona se mantiene entre estos tres puntos.


Además, Girard (1985) describe la posibilidad de dos tipos de mediación: externa e interna. Para el presente análisis se toma en cuenta la mediación externa que, a diferencia de la interna, se sustenta en que el sujeto y el mediador no entran en contacto, no se intersectan ni física ni mentalmente. En este sentido, se plantea estudiar cómo funciona el triángulo del deseo con una mediación externa en el caso de cada uno de los personajes elegidos —Larsen, Jorge y Julita—, y cómo este anhelo desemboca en la imposibilidad de Santa María.


Larsen, entre murmullos y cadáveres


Es necesario regresar al origen de todo: la llegada de Larsen. La novela en cuestión empieza con el arribo de este personaje —conocido también como Juntacadáveres o Junta— a Santa María. El propósito de llegar a este lugar desde El Rosario es su nueva idea de negocio: un prostíbulo. Así, en compañía de tres mujeres viejas y con aspecto desaliñado, la idea parece prometedora; pero el odio y el rechazo que están por vivir en Santa María serán solo el comienzo de una constante exclusión. Una vez descrita la llegada, los entretejidos de la escritura de Onetti presentan a otros personajes y alteran el tiempo narrativo de la historia. Tal cual, después de algunos años en Santa María, durante una conversación con Diaz Grey, Junta sigue sin lograr su sueño. “—Disculpe, pero ya no me interesa. Hace tres años que estoy aquí por eso, nada más que por eso. Y dos o tres veces por año Barthé me hace decir que el asunto está arreglado. Ahora me río —trató de hacerlo—. ¿Comprende? En este pueblo inmundo. Y yo me seguí quedando, pudriéndome aquí. No me importa decírselo, usted conoce. Y ahora viene con otro aviso, tiene la poca vergüenza de mandarlo a usted. Pero para mí se acabó, ya tengo bastante de Santa María” (Onetti, 1964, p. 35).


En apariencia, Larsen se había dado por vencido, pero aquí aparece una pequeña esperanza y el inicio de su triángulo del deseo. Por un lado, la respuesta del doctor Diaz Grey insinúa que pronto, con la aprobación de Barthé y el apoyo de cierto grupo político, podrá abrir su prostíbulo. Por otro lado, la aparición y construcción del mediador del triángulo que plantea Girard se consolida en los moradores de Santa María. Esto como fuerza opositora a su idea de negocio —que resulta en un deseo alterno a su objeto anhelado—. Así, la imposibilidad y los infinitos obstáculos empiezan a traslucir.


Los habitantes de Santa María se mantienen dentro de un tradicional dogma social, en el que visitar una casa de citas, presta para la vida bohemia e infiel, no es bien vista. Por estos motivos, varias personas influyentes y mujeres furiosas empiezan a atacar el establecimiento de Junta: “Aquel fue el principio de la guerra y los anónimos saltaron enseguida a las bolsas de los carteros para confirmarlo (...) casi todos estaban dirigidos a mujeres y denunciaban la concurrencia al prostíbulo de hijos, hermanos, novios, escasos maridos. No insultaban ni mentían; en aquel tiempo, el inmediato al primer sermón ofensivo del cura Bergner, se limitaban a mencionar nombres, fechas y horas, insinuaban apenas las represalias que muy pronto iban a dividir la ciudad” (p. 91). Con esto en mente, se ve cómo los habitantes de Santa María se dividen. Por una parte, se presentan los que visitaban el prostíbulo y, de cierta manera, apoyaban a que el negocio siguiera abierto. Por otra parte, estaban los colectivos que atacaban el lugar. Se entiende que estas posiciones son antagónicas –pese a que ambas quieren el mismo objeto–, debido a que la finalidad de su deseo se altera y resulta opuesta. Se reafirma el obstáculo que son para Larsen, dado que no hay un acuerdo y el conflicto se mantiene.


De esta manera, el triángulo que nace entre Larsen, el pueblo y el prostíbulo se va construyendo de una extraña manera. En palabras de Girard (2006), esta transformación del mediador podría desembocar en una rivalidad, la cual llega a ser más fuerte, incluso, que el deseo por el propio objeto (p. 152). Así, el anhelo también sufre una metamorfosis: no solo se fundamenta en que el negocio prospere para Larsen o que cierre, como lo quiere el poblado, sino en estar uno por encima del otro. La disputa ya no se centra solo en el lugar, en la forma de lucrar, sino en cómo una de las partes logra mayor relevancia, poder y supremacía. Al final, los rumores y las disputas por el prostíbulo son los que terminan por ganar y el imposible queda atado al destino de Larsen.


Casi en el desenlace de la novela, el narrador confirma que Junta debe irse de Santa María, debido al constante miedo, los paradigmas y el ataque. No obstante, aún cuando los pobladores eran el ente mediador y aportaron para que los sueños de Junta no se lograran, todo, una vez más, recae en Santa María, el lugar del imposible. Esto se evidencia en una reflexión que hace Lanza, amigo de Larsen: “—Ah —dijo el viejo Lanza—. Les juro que todos vamos a recordar esta noche. Los vencidos, los vencedores y los curiosos neutrales. Larsen luchó por la libertad, la civilización y el honrado comercio (...) Después de todo, no debemos echar toda la culpa sobre el padre Bergner. En realidad, es Santa María la que puso punto final a la empresa inolvidable (p. 177)”.


Jorge, la sombra no correspondida


En este lugar de condena, varios personajes resultan afectados por la imposibilidad del entorno. Jorge se encuentra en una encrucijada constante, debido a su afecto por Julita, la pareja de su difunto hermano Federico. La imposibilidad que persigue a Jorge radica en la tragedia de no poder suplir a Federico. Por esta razón, Julita nunca lo va a amar como él espera. La necedad de este personaje lo orilla a mantenerse cerca de su cuñada y prestarse a llenar sus vacíos. Jorge vive en una confusión de identidad frente a la mujer que desea, hasta el punto de que él se vuelve Federico ante los ojos de Julita:  “—Todo esto —digo—. ¿Qué hacía yo acá? ¿A qué venía cada noche? ¿Quién era yo? Porque yo no estaba, no contaba. Nunca se te ocurrió pensar que yo era otro, que no era Federico, ni era tú, ni era Dios o un mueble. Estoy vivo, no soy Federico, no soy hijo de Federico. Soy otro, te dije; siempre fui otro” (Onetti, 1964, p. 126). En este sentido, el triángulo del deseo se construye por Jorge como sujeto, Julita como el objeto anhelado y Federico como el mediador. Resulta que, al ser ella a quien ama, es la única que tiene la libertad de corresponder o no a su amor, pero lo único que permite un posible cariño es su cercanía y relación con Federico.

Los encantos de Julita empujan a Jorge a dudar de su propio ser para poder llegar a lo que desea, lo que lo convierte en alguien en quien no se confía, incluso, desde su propio juicio. Hasta cierto punto, Jorge también participa de esta duplicidad cuando quiere asemejarse a su hermano para poder estar con la mujer; entonces, aparentemente, el deseo cae en una transformación. Por una parte, Jorge anhela que se lo reconozca como él y no como su hermano; por otra, él, en algún punto, ya no quiere convivir a como dé lugar con Julita, pues no concibe seguir en esa encrucijada de ser y no ser para poder recibir su amor.


Este estado caótico en el que se encuentra Jorge, de una u otra manera, siempre recae en Julita. La trama misma se encarga de descartar las opciones que tiene esta figura masculina en constante meditación. Con la muerte de Julita, el deseo que tiene Jorge se vuelve completa imposibilidad: antes, aunque su relación no era como quería, había alguna posibilidad porque el objeto de deseo, Julita, vivía. Necesitaba una Julita para que el deseo existiera —aparte de que el ente mediador también desaparece con su muerte—; la incompletitud, una vez más, se hace presente en Santa María. Jorge se queda en la carencia, sumido en la sombra de su hermano, con la imposibilidad de estar con quien ama, mientras ella se reúne con su amado Federico.


Julita, en la intemporalidad del recuerdo


Ahora bien, Julita y Jorge presentan una conexión irrefutable. En este sentido, se pueden observar algunos aspectos ligados a ella. Julita se encuentra dudosamente embarazada e inmersa en una pena relacionada al constante recuerdo. La pérdida de su querido Federico, padre de su primogénito, marca un antes y un después en su vida, hecho que se evidencia desde el inicio de la novela. Así, Julita está presa en ese pasado feliz y en la carencia con la que vive. Jorge le ayuda a sobrellevar la pena y angustia, aunque la manera en que ella lo percibe no sea la que él prefiere.


Es evidente cómo se construye el triángulo del deseo de Julita: es ella el sujeto que anhela, Jorge su mediador y Federico lo que desea conseguir. En un inicio, la manera en la que sobrelleva el luto parece normal —asimilando que es un episodio traumático que puede desencadenar actitudes extrañas—. No obstante, la forma en la que su hermano Marcos la describe cambia la percepción con la que vemos a Julita, en la que resuena el epíteto de loca. Se entiende que Fedrico no está, ha muerto, pero el deseo constante de tenerlo incita ideas disparatadas, como concebir a su hijo.


En consecuencia, se puede comprender hasta qué punto llega la divagación de la muchacha, lo cual se constata en la percepción que tiene de Jorge. La metamorfosis que ella experimenta en su cabeza sobre el hermano de su amado, en cierta medida, le permite seguir ahí, en su aparente normalidad, cerca de lo que perdió; sin embargo, no es suficiente. A pesar de que Jorge está allí y que todos refutan la existencia del niño en su vientre, Julita no puede sobrellevar la pérdida.

Su suicidio representa, una vez más, la imposibilidad que se vive en Santa María. La carencia y el vacío siguen allí, aún cuando ella intenta rellenarlo con lo que más se le asemeje, pero que nunca será lo mismo. Se podría pensar que al morir se reencontrará con Federico, pero de eso no hay garantía. Además, en Santa María eso no va a suceder —este lugar físico no puede corromper lo metafísico y la trascendencia espiritual—. Por tanto, Julita muere con un supuesto hijo dentro, dejando a Jorge como él mismo, sin ser más como su hermano. Se marcha sin conseguir lo que anhela: Federico.


En las calles de Santa María, la decadencia y la imposibilidad son constantes en la vida de sus personajes. El deseo por el ser querido, por la propia perseverancia y el ánimo de resurgir desde la oscuridad, para tener una vida mejor, no es viable. Los murmullos atroces y la muerte no permiten una existencia pacífica y feliz. Larsen, Jorge y Julita representan muy bien este espacio, donde nada sucede, porque la imposibilidad da la bienvenida al pueblo.



Referencias

Girard, R. (1985). Mentira romántica y verdad novelesca. Anagrama.

Girard, R. (2006). La violencia y lo sagrado. Anagrama.

Onetti, J.C. (1964). Juntacadáveres. Debolsillo.




Anita Palán (Quito, Ecuador, 1999) escritora independiente. Actualmente es egresada de Comunicación con mención en Literatura de la PUCE. Pertenece al área de Arte y Cultura en Tremendas Ecuador y colabora activamente en la Sección Ensayos de Elipsis Revista Digital. Feminista, con interés en la narrativa y poesía con enfoque de género.