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Cuento

El color de la aceptación

Ayrton Jared Orozco Aguilar

El cansancio me domina, no quiero ir a trabajar, no quiero ir a estudiar. Pero pienso en mi familia, en mis hermanos y en todo. Y con pereza me levanto, ¿qué pensaría mi tatarabuelo sobre mí? Fue un héroe nacional, Alonso Illescas fue un buen hombre, lo admiro mucho y no sé si podré ser como él. Soy un afroecuatoriano y, aunque también llevo su nombre y su apellido, espero ser un héroe como él. Pero la gente lo hace difícil, mi padre siempre me decía que debo ignorar a la gente que nos desprecia, que nos trata diferente, que nos queda viendo cada vez que entramos a una tienda, que no aprecian nuestro trabajo. Y aunque él ya no esté, siempre llevaré sus palabras en mi corazón. Pongo en práctica lo que me ha enseñado, no dejo que la cadena de odio avance a través de las generaciones, resisto y sonrío a los problemas de la vida.


El odio a nuestra gente ha disminuido, pero aún se siente esa sensación que te recorre el cuerpo y el alma cada vez que un grupo de personas te mira; se siente extraño, me incomoda, pero no hago caso y sigo mi camino, es lo que debo hacer. De todas formas, mi madre, mis hermanos y yo tuvimos que venir a la Sierra. La muerte de mi padre significó cosas muy drásticas en nuestras vidas, vivimos actualmente en Quito, es un lugar agradable y frío, no estoy acostumbrado, pero tiene lugares hermosos, mercancía única, comida muy rica y gente amable, al menos la mayoría.


Mientras pienso una y mil veces las cosas de cada mañana, mi madre se para delante de mí, levanto mi mirada y parece preocupada.


—Oiga mijo ¿ute’ ta’ bien? —me pregunta mi madre.


—Sí, sí ‘ama. To´ bien, ando ocupa’o con el colegio y toda esa vaina —contesto con una sonrisa.


—Ay ete’ muchacho, ya anda con la pela’ —dice mi madre riéndose suavemente.


Mi madre me ha ayudado a convertirme en lo que soy, trabajo todos los días y estudio, soy el hermano mayor y, según mi madre, “el hombre de la casa”.


En la tarde, voy en bus hacia mi colegio, veo los árboles, personas vendiendo en sus pequeñas tiendas, a parejas, gente paseando a sus perros, riendo y disfrutando la vida. Sonrío al ver a la gente feliz, pero ¿sabrán lo que pasó yo? Realmente, ¿soy solo yo el despreciado? Me hago preguntas todo el tiempo, el desprecio que me demuestran está presente en todo lugar, intento no darle importancia, pero es muy difícil cuando todo el tiempo lo hacen. Cuando veo mi colegio, recobro la conciencia y me bajo del bus.


Tic Toc… Tic Toc…


Suena el reloj de la clase poco a poco, el profesor Castillo siempre nos explica las clases con una pasión increíble y con mucha energía. Suelo hacerle bastantes preguntas y él me responde con amabilidad, ¿por qué no toda la gente es como mi profesor? Me trata igual que a todos, e incluso le he agarrado un cariño por eso. En la hora de recreo se acercan a mí esos chicos… Esos jóvenes que siempre me molestan, nunca he hablado con ellos, pero siempre vienen hacia mí, uno de ellos me da un guineo y me dice con un tono burlón y sarcástico:


—Oye ve mono, te traje un guineo, como te gustan.


Y seguido de sus palabras se empiezan a reír. No quiero responder nada, la violencia física o verbal nunca es lo correcto; sin embargo, es mucho peor cuando llegan más chicos a burlarse de mí.


—Quesf’ pues, ¿no vas a decir nada? —me dice uno, riéndose.


Solamente bajo mi cabeza y me voy del lugar, no quiero responderles, no tengo ganas de hacerlo tampoco. Mientras intento irme, alguien me pone el pie haciendo que me tropiece y me caiga al suelo. Por suerte logro poner mis manos y amortiguar el golpe. Con algo de decepción, me levanto y salgo corriendo. Decirle a un profesor sería lo correcto, pero en ese momento no había nadie, así que me escondí en los baños hasta que acabara el recreo. No es algo que debería hacer, pero tristemente lo hago.


Cuando acaban las clases voy a pie hacia mi casa, el bus ya se fue y mi casa no está tan lejos, camino con tranquilidad mientras el sol se oculta.

De la nada veo a esos chicos, los mismos que me odian por una razón estúpida, no sé realmente por qué siguen en mi colegio, han tenido varios reportes, pero siguen intactos. De igual forma, oculto mi cara y paso al lado de ellos, lamentablemente se dieron cuenta y gritaron sin vergüenza alguna.


—¡Oye, mono! ¿Qué más pues? ¿No aguantas unas bromas de panas o qué?


Posteriormente se ríen a carcajadas, la gente de la calle se queda viendo con atención la escena; sin pensarlo dos veces salgo corriendo, no quiero entrometerme en algo tan tonto como una pelea. No es miedo, creo que se trata más de respeto. No lo sé, es el pensamiento con el que se me ha criado.


Cuando llego a casa mi madre y hermanos me reciben con un gran abrazo.


—Ya, ama’, ya ’toy aquí. Estoy bien cansao’ voy a cambiarme y bajo de una —digo con una sonrisa.


—¡Oe! ¡Primero come pue’, anda’ bien cansao’, ah!  —me dice mi hermano pequeño.


—Ya, ya, primero como pa´ irme a dormí’ un rato, ah —digo convencido.

Es medianoche, todos están durmiendo, pero por alguna razón yo no puedo conciliar el sueño, siempre suelo venir cansado de cualquier lugar y lo único que pienso es dormir, pero cuando estoy en la cama no puedo cerrar los ojos, es algo raro. La razón puede ser aquellos chicos, la discriminación, mi familia, o simplemente pienso demasiado.


Algún día me gustaría visitar la Costa de nuevo, el lugar donde me crié, donde está mi gente llena de energía y alegría. Algún rato lo haré, pero por ahora necesito estar en la Sierra. Aun así, desearía que todos fuéramos iguales, que no hubiera odio en la sociedad, que todos vivamos en armonía, es algo que quiero cumplir…. Sin darme cuenta, cierro los ojos y me duermo plácidamente.


Al día siguiente me levanto con el mismo cansancio, intento pararme antes de perderme en mis pensamientos mañaneros, pero algunos gritos se escuchan por mis ventanas, asomo la cabeza, pero solo veo gente… gris. Su color es un gris suave, se me hacía demasiado raro y parece que aquellas personas también lo notaron y era la razón de sus gritos. Voy al baño y, cuando me veo en el espejo, mis ojos se sobresaltan, me restregué los ojos para asegurarme que no era mi visión ni un sueño. Por alguna razón, mi color negro que siempre he tenido se ha cambiado por uno gris como el de esas personas. No sabía lo que estaba pasando, mi color era gris, grité desesperadamente y bajé a la cocina aún en pijama, mi cara se volvió aún más sorprendida cuando vi a mi madre y hermanos. Lo mismo, eran grises. Un color tan neutro y sin emociones. Ellos ya se habían dado cuenta antes de que me despertara, pero estaban mucho más calmados.


—¡Oe! Alonso mijo, tú también anda’ gris, ah —me dice mi madre sorprendida.


—¡Ama’ qué ta’ pasando, ya no somo’ negro! —digo gritando.


—No se, mijo, lo’ vecino’ también andan grise’, toda la gente anda así.


No sabía lo que estaba pasando, después de escuchar a mi madre me tranquilicé un poco y decidí analizar la situación. Por alguna razón todos somos grises, nadie se diferencia si es mestizo, blanco, negro, moreno, o cualquier otra raza. Es cierto, anoche pedí que todos fuéramos iguales y que no haya discriminación. ¿Será posible que mis palabras se hayan manifestado en el mundo? ¿Será por eso?


Pasaron unas semanas desde que todos en el mundo se convirtieran en gris, la normalidad había regresado, pero con un ligero cambio en nuestra vida. Las noticias decían que las guerras habían terminado, que el índice de bullying ha disminuido a casi cero, que las personas son más felices y que el gobierno toma decisiones mucho más beneficiosas para el pueblo.


Fui a trabajar, en dos semanas, la gente actuaba normal, algunos aún no se habían acostumbrado totalmente y en cuanto a mí, no sabía diferenciar entre las razas de las personas, todos eran grises como yo.


En la tarde, cuando fui al colegio, nadie me miraba, todos actuaban totalmente normal, todos éramos grises, incluso los profesores y autoridades de aquella institución y aunque me sentía confundido por todo, me sentía bien. En el recreo, esos chicos que siempre me molestaban nunca llegaron, solamente me quedaban viendo. Sin embargo, me sentía cómodo, me di cuenta de que ya no tenían razón de molestarme como solían hacerlo, son igual que yo, con ese color neutro que no demuestra nada.


Ya casi de noche regresé a casa, mis hermanos estaban felices e incluso bromeaban con que eran grises, mi madre, como siempre, me recibió con un beso en la mejilla y con un buen plato de comida, hablamos por un rato y fuimos a dormir. Esta vez, pude dormir casi al instante, ya no hay pensamientos que perturben mi mente, ya no hay discriminación en el mundo; hay algo que parece “armonía”, y es triste saber que la discriminación racial es un problema que engloba la mayoría de conflictos.


Por fin pude entender la respuesta a lo que yo llamaba “paz”, ese sentimiento de aceptación y amor en el mundo. Por fin somos iguales de alguna manera, las personas aceptan sus errores y se dan cuenta del verdadero valor de la gente, que somos iguales a ellos, y que reflexionen.


Pero, me alegra que aquellas personas que siempre sufrían, ahora puedan sonreír sin ninguna preocupación, que aquella gente que se burlaba o molestaba a los demás por su color de piel maduren y tengan conciencia de sus errores, que sean perdonados por sus “víctimas”. Es el verdadero valor que mi tatarabuelo, mi padre y demás héroes, que lucharon por la igualdad, hubieran querido en el mundo, y por una petición a la Tierra se cumplió. Ese es el verdadero valor de las personas. Ese es  el color de la aceptación.



*Relato ganador del concurso intercolegial “Cuéntame un cuento”, de la ONG Grupo de Pensamiento Afrodescendiente, ausipiciado por la Facultad de Comunicación, Lingüística y Literatura de la PUCE.