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Cuento

Recuerdos de la infancia

Milena Sofía León Espinosa

Mientras Don Justo se mecía sobre su silla viendo el atardecer en su pequeña finca, Evaristo iba llegando. Los dos ancianos se saludaron con una sonrisa de felicidad absoluta.


Evaristo, mijito, a los años que se me ajoma por acá.


Sí, pues, mi Don, ya sabe, el camello y esas cosas. Con las justas alcancé a jubilarme.


Los amigos se regresaron a ver y soltaron una carcajada. Siéntate, le dijo Don Justo a Evaristo mientras le señalaba una silla. Una vez entablada la conversación y con la jaba de cervezas Pilsener a su lado, los recuerdos empezaron a volar como aves en el cielo.


¿Y qué dice?


Nada, nada, me enteré de que el patrón ya se ha morido.


No me diga eso. ¡Qué tristeja, mi Evaristo!


¿Y quién le está manejando el terreno ese, del arrozal?


Yo mijmo. Ya sabe lo que dicen, el ojo del amo engorda el caballo. Además, con eso le mantengo a la Rosy, pues.


Mientras las pocas gotas de luminosidad desaparecían en la noche, los grillos y cigarras se encargaban de ambientar el feliz encuentro.


¿Se acuerda de cuando noj conojimos?


Claro, claro. Yo fui el que se mandó el viaje dejde las montañas, hasta acá, pues. Tiempos difíciles pa todos, mi Don.


Me acuerdo, pues, de cuando llego usté al pueblo en mula, un muchachito nomá.


¿Y vos, puej? ¿Longo viejo? Nada que ver.


-Qué tiempos, ¿no?


Sí pues, aún recuerdo cuando mi viejo nos agarró a mí y a mi mamá, y nos recorimo todititita la montaña. Nada fácil, aún se ejtraña la tierra de uno. No pudiendo negar que el clima de acá ej más rico. Al principio nomás me ahogaba de la calor.


Don Justo, mirando el horizonte y recordando su infancia junto a su amigo, puso tal expresión en su rostro que Evaristo preguntó:


Y a usté, ¿qué le anda sucediendo?


Don justo suspiró.


¿Recuerda cuando vino esa sequía tremendisísima en el rancho donde vivíamos?


Pue, claro.


Mi papá siempre le decía al patrón, en épocas de vacas gordas siempre ej de guardar unas cuantas pa la época de vacas flacas. Nojotros no entendíamos lo que estaba pasando en el pueblo, ñaño, y ya ahora de viejo me doy cuenta de lo inútil que éramo.


Soltaba una carcajada.


No se deje lleva por la emociones. No recuerda que cuando a medio pueblo de Manabí le dio eja cosa, disque por los de lah montañas, y a la final no fue nada grave. Los dos íbamos ayudando de casa en casa para ver quién nejesitaba ayuda. No por mucho madrugar, amanece temprano, mi Don.


Bueno, bueno, tiene razón, ñañito. ¿Otra cervecita?


Entre carcajadas y recuerdos fueron armando sus vivencias.


Cómo no me voy a acordar de eso, si fui yo el de la idea de buscar las serpientes en lo cultivo del patrón de lado. Si no estoy mal, era lunes y nos habíamos dado el día libre luego de trabajar recolectando cacao. Nos cogimos las botas de nuestros papás, (que en paz descansen nuestros viejos), para poder ir tranquilos al terreno de plátanos pa coger las cuicas verdes.


¿De qué hablas, mi ñaño? Cuicas, dice. Claro, como a ti no te mordieron el brazo y no te dio algo. Dale gracia a Dio y a la Virgen santísima que esa cosa no era venenosa.


Jajajaja, usted sí que me salió gallina. Y qué, ¿hasta ahora le tiene miedo?


Claro, mi ñaño, a esos animalejos se le tiene harto rejpeto.


Mi ñaño, usted no sabe lo que es un animal al que hay que tenerle rejpeto. Me acuerdo claritito, antes de hacerme el viajesote hasta acá, allá en la montaña, cuando le acompañaba a mi papá al turno de cuidar el ganado en la noche. A veces se bajaban nomás unos gatotes, así como el tuyo, pero en vez de cazar la ratas, estos se comían a los pobres caballos. Y una vez casi le pegan a mi papá porque uno de eso animalejo se comió una vaca. ¿Sí me entiende, mi Don?


No me diga eso, ñaño, que después no me deja dormir.


Evaristo se estiró y destapó otra botella de cerveza. La charla continuaba y parecía que el reloj se detenía cada vez que se adentraban en los pensamientos y recuerdos de la infancia.


Por suerte, yo siempre he sido bueno en todo lo que hago.


Calla, ñaño, si vos siempre has sido 7 oficios 14 necesidades.


Jajaja sí, tiene razón, hermano. Pero al buen músico el compás le queda…


Sí, ¿y sigue tocando guitarra? ¿O ya nada que ver?


Pue, claro, ñaño.


Don Justo llamó a su esposa Rosy. Amablemente le pidió que le trajera su guitarra para enseñarle a Evaristo las nuevas canciones que deleitaban el corazón del Don, cuando en sus tiempos libres tocaba el instrumento. Luego de una serenata a la luna Evaristo recordó la época más divertida de su juventud.


Se me vino a la mente cuando recolectábamo en la plantación arroz. Qué bien que se pasaba con el grupito.


Sí, aunque recuerde que al principio lo molestaban por habla chistoso y no ser de aquí.


Pero igual, ya éramo amigos y usted siempre me defendía, aunque lo metía en problema. Jajaja.


Cómo olvidarlo, mi querido Evarijto. ¿Se acuerda de la primera hacienda del patrón?


Pues, claro, tremenda casota.


Qué chistoso cuando nos perdimos en la casa y no encontrábamos la salida…


O como cuando casi noj encuentran en la biblioteca.


Eso era más grande que las casitas donde vivíamo juntos.


Una ciuda podía haber vivido dentro de esa bibliotecota, jajaja.


Cantó el gallo. Inmediatamente Don Justo mencionó su dicho popular favorito.


Bueno, mi ñaño, ya sabe: al que madruga, Dios le ayuda.


Los dos ancianos se rieron mientras los primeros rayos de sol acariciaban sus rostros.


Bueno, mi Don, me despido con dolor.


Y vos, ¿pa ónde vas?


A la casita, pues, mi ñaño. No ves que la Juanita me está esperando.


Al fin te atrapó. Jajaja.


Ya sabe, tanto cae la gota en la piedra, que termina por romperla.



*Relato ganador del concurso intercolegial “Cuéntame un cuento”, de la ONG Grupo de Pensamiento Afrodescendiente, ausipiciado por la Facultad de Comunicación, Lingüística y Literatura de la PUCE.