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Narrativa

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Julia Rendón

Número revista:

9

Iván sale del baño sin camisa, es flaco, tiene poquísimos pelos que, extrañamente, trazan una línea recta desde el medio de su pecho hasta el ombligo. Catalina está en la cama boca arriba y desnuda, cuando lo escucha venir se da la vuelta. Saca la cola arqueando bien la lumbar para que se la vea más grande y abre un poco las piernas. Iván le da una palmadita en una nalga y le dice que está riquísima, luego se agacha a buscar su camisa y su mandil que están debajo de la cama. Antes de ponérselos, se acerca al escritorio de pino y se toma, entera, una de las botellas de agua que hay encima. Está seguro de que Catalina la rellena porque siempre el agua le sabe a grifo. Tiene mucha sed, mientras toma, mira por la ventana con marco de plástico blanco, cubierta con cortinas transparentes. Es un barrio que siempre le pareció sucio y atestado de gente, recuerda que, de chiquito, su papá compraba sus maletines en un local de cueros cercano. Él lo acompañaba arrugando la nariz hasta que cumplió dieciocho años, estaba por ingresar a la facultad de medicina, y, al fin, tuvo la valentía de decirle que no lo quería acompañar más. No sabe qué ven los demás en los edificios y casas coloniales, a él le parecen horribles, invivibles con esas ínfimas ventanas, todo oscuro, anticuado.


Catalina se levanta y se dirige hacia él. Le quita la botella de la boca y se la toma. Tiene el pelo largo y teñido de rubio, y su boca sigue roja por el pintalabios que le compró a una amiga que trabaja en Yanbal, quien le prometió que no se salía por nada. Iván se pone la camisa y Catalina, que ya se ha terminado el agua, se la abotona. La mano de Iván queda muy cerca de su muslo y ella, sabiéndolo, se acerca y la roza, Mientras abotona va moviéndose, así que la mano toca muslo, toca vagina, toca y toca. Iván, como con furia, le agarra por atrás, no por la cola, por las piernas. Sus manos se hunden porque son mucho más chicas que los muslos descomunales de Catalina. Ella ha terminado de abrocharle la camisa y él aprieta mucho y le dice muy bajito que tiene que volver al consultorio. Ella se suelta, camina y se tira en la cama.


—Según mi agenda, entre mañana y pasado te viene el periodo, ¿no? Quiero que la semana que viene empecemos con los exámenes.


—Pero me habías prometido que antes podía ir a ver a Maca— mientras lo dice abre y cierra las piernas, se acaricia el pelo.


—Tienes que quedarte tranquilita, ya te dije.


Catalina ya no mueve las piernas, ahora las tiene cerradas y se tapa con la sábana. Por encima se toca el bajo vientre. Ya no sabe qué decir. Piensa que va a ser más de un año en que no ha visto a su hija. Piensa en Bogotá, en sus amigas, en cómo le gustaría estar allá. Cuando Iván se acerca a darle un beso ella se incorpora y se pone su camiseta. Es fucsia con la imagen ilustrada de un helado con una cereza encima. Le queda apretada. No encuentra su calzón y cuando se para a buscarlo, Iván aprovecha a dar le otra nalgada y se va diciéndole que más tarde la secretaria le mandará los detalles de la internación.


Catalina nunca ha tenido problemas en dar a luz, inclusive con Maca, que fue su primera, y con dieciséis años, estuvo en labor de parto solo una hora. Casi ni alcanza a llegar a donde su tía que le ayudó con el puje. No se fue a un hospital, ¡con el tráfico que hay en Bogotá!, seguro iba a terminar pariendo en el taxi. Maca nació con los ojos muy abiertos y nunca lloró. Tenía bastante pelo, muy negro. Apenas salió, Catalina misma la agarró con sus dos manos, estaba resbalosa con esa cosa blanca por todo el cuerpito. Ahora sabe que eso se llama vérnix, Iván se lo explicó. Maca era tan chiquita. Cuando vio para abajo y se dio cuenta de que seguía sangrando se la pasó a su tía y se acuerda claramente que le preguntó si su panza iba a quedar así de floja. Su tía se la llevó a la nena de inmediato y le dijo que la traería en un ratito para que le diera el seno. Maca veía con esos ojos inmensos, seguía sin llorar. Ahora que se acuerda, su hija nunca ha llorado mucho. Ni cuando ella se iba de fiesta y se la dejaba a su tía para que la cuide, ni cuando el padre de Maca le pegaba sin importarte que la niña viera, ni cuando entró a la guardería, ni al primer grado, nada. Y mucho menos cuando se despidieron y Cata le prometió que volvería pronto. Se pregunta si llora a solas. Tiene ganas de hablar con Maca, pero cuando llama el teléfono suena y nadie atiende. Igual, se da cuenta de que a esa hora está en el colegio.


Ningún otro hijo, o más bien dicho, niño, le ha salido con los ojos tan abiertos como los de Maca. Ella les puso nombre a todos, aunque eso no le ha contado ni le va a contar nunca a Iván. Sabe que se enojaría. Siempre le dice que si se llega a encariñar la caga y hasta la ha amenazado con no pagarle si llega a querer a alguno de los niños. Le ha explicado mil veces cómo es el plan. Le ha dicho mil veces qué exámenes son obligatorios, qué ejercicios tiene que hacer, qué tiene que decir, en dónde tiene que parir, con quién no tiene que hablar, qué tiene que contestar a cualquier pregunta, qué fotos debe tomarse, dónde debe estar. También le ha dicho que si la mamá quiere que camine que ella camina, que si la mamá quiere que solo coma carne que se comerá una vaca entera, que si la mamá quiere que se haga vegetariana va a comer lechugas y listo. Es más, desde su oficina le mandan la comida por los nueve benditos meses. Las mamás de ahora, además, son simplemente jodidas, ni siquiera quieren que comas un helado o te tomes una Coca Cola. ¡Son una mamera! Cuando estuvo embarazada de Maca hasta fumaba hierba y nada malo le pasó. Cierto, y ni hablar de fumar cigarrillos. Iván le tiene recontra amenazada con eso. Un día le dijo que, si lo hace, él mismo se va directo al ministerio a exigir que le quiten la visa de refugiada. Con lo que le costó a ella conseguir esa maldita visa. Todavía siente arcadas cuando se acuerda del olor a oxidado que tenía la pinga del viejo de extranjería que tenía que firmar un último papel que le faltaba para el trámite. Ahí en Quitumbe, en ese baño asqueroso de la oficina de atrás.


De todas maneras, ella nombres sí les pone. ¿Cómo se va a enterar Iván? Lo único que falta es que le haya puesto cámaras en el departamento. Además, ¿cómo no les va a poner nombres? Hablarle a alguien por nueve meses sin llamarlo algo. Cómo más les va decir: el niño 1, la niña 2, la niña 3. Ella quisiera seguir, pero Iván le ha dicho que este es el último, que ya no es tan joven. Le parece que una liposucción más no aguanta. A Iván le gusta que quede completamente plana.


Se acerca a la ventana y se toma la botella de agua que queda. Mira hacia afuera, hay una nena de unos tres años jugando con un balón desinflado. Tiene sucia la cara y la camiseta rota. Cata busca a la madre en la tienda y en las veredas aledañas, pero no la ve. La niña corre de un lado al otro, esquivando a la gente que pasa. Cata se da cuenta de que tiene un poco de frío en las piernas. Se da vuelta para buscar su jean. Mira el reloj viejo que cuelga encima de la cama. Todavía no da la 1. Quiere esperar un rato para volver a llamar. Capaz hasta puede bajar a comerse una torta o algo.


A los otros hijos, niños, niñas, da lo mismo, no los agarró ella, por supuesto. Nunca sintió si estaban resbalosos, pero se imagina. Todos nacen con esa cosita blanca, solo que en los hospitales, no sabe bien por qué, están empeñados en lavarles lo antes posible. Recuerda lo rica que era la pielcita de Maca, lo calientita que estaba. Lo nerviosa que estaba ella de que se le resbalara. Era una culicagada de dieciséis años, nunca se hubiese imaginado que iba a tener más hijos.


Qué será que quiere la tipa nueva, nena o varoncito. No sabe, pero todas piden parto natural. Sería más fácil una cesárea con anestesia, ¿o no? La última vieja, que quería caminar con ella todas las mañanas en el Parque Metropolitano. Esa era la mamá de Gael, aunque luego cree que lo llamaron Eduardo. Por lo menos, así le decía su mamá luego de las caminatas. Cata se daba cuenta de que a la vieja le daba un poco de pudor hablarle y tocarle la panza, pero de todas maneras lo hacía. Sonrojada lo hacía. Era su hijo, al final, ¿no? Catalina siempre pensó que Eduardo es un nombre más para un adulto. Una persona que nace ya siendo adulta. Este, definitivamente se sentía como un Gael.


Catalina prefiere no bajar. Marca el teléfono de su hija de nuevo.





*Tomado de Yeguas y Terneros (2021), cortesía de Editorial La Caída.


Julia Rendón Abrahamson (Quito, Ecuador, 1978)

Autora de los libros La casa está muy grande (Linda y Fatal Ediciones Argentina, 2015) y La mano de Malena (Loqueleo/Santillana Ecuador, 2020). Varios de sus textos han sido publicados en diferentes medios impresos y digitales de Ecuador, Argentina y Estados Unidos. También en antologías como El otro portal (La Barra Espaciadora y Doble Rostro Ediciones, 2016) y Coro de voces: crónicas de un terremoto (Ayuda Directa Onlus, 2017). Es fundadora del Espacio Cultural PezPlátano.