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Cuento

Alfil

Natalia García Freire

Número revista:

7

Tiene el cuerpo roto. Un pie encima de la mecedora, una mano que, desde donde la mira, parece estar limpiando el espejo del pasillo. De la otra mano no hay pistas. Solo tiene torso y cabeza juntas y se mece como una tortuga, como un nené, un nené manco piensa y no sabe qué palabra puede usar para lo de las piernas. Por cierto, ¿esas dónde andan? Ve el otro pie fuera del armario y quizá eso que sale de la cama es la pierna o un codo porque no recuerda tener la rodilla tan flaca, como de avestruz. Aunque las avestruces tienen dos, piensa, dos rodillas. ¿Cómo puedo memorizar todas estas tonterías y estar aquí tiesa como un tronco? Se ríe bajito porque lo oye caminar por algún lado.


–¿Te vas a quedar ahí tirada? –le dice él.


No sabemos dónde está. Su voz llega desde distintos lugares. A veces les pasa, él habla en la cocina y ella puede escucharlo como si hablara desde el balcón o la lavandería, como si estuviese por todos lados, como un dios omnipresente que la vigila. Siempre la vigila. Se llama Dixon y le está hablando sin parar, sobre el doctor y el ejercicio y algo sobre la madre de ella, a quien siempre saca a colación en momentos como este.


–Mañana iré a verlo, lo prometo –dice ella–, ahora, pásame una pierna, sé bueno.


–Dijiste que lo harías hoy. De todos modos, para qué te la paso, si no te vas a levantar.


–Es raro. Tengo la impresión de que están aquí, justo debajo de mi abdomen, pero no las miro. Me hace sentir… ya sabes, disparatada.


–No puedes hacer esto cada vez que no quieres ir.


–No lo hago a propósito.


Al fin aparece Dixon, cierra la puerta del cuarto y va directo hacia el pie de la mecedora. Le mira las uñas mal cortadas y en lugar de talón siente un gran callo. Pero es un pie fino, delgadito, eso le gustaba antes, que podía atraparlo en una sola mano como se atrapa un pájaro y siempre estaba frío.


–¿Sabes qué es lo que quisiera? –dice ella.


Él sigue buscando y encuentra un brazo dentro del cesto de ropa sucia, cuando lo levanta le queda un panti de ella colgando del extremo, con esas manchas rosas que les han ido quedando con los años, porque a ella no le gusta comprar ropa nueva, la hace sentir mal, por algo que él ya no recuerda, pero que tiene que ver con aves, todo tiene que ver con aves. Se lo lleva y lo pone donde debe estar, pegado al hombro, aunque está seguro de que es el hombro equivocado, porque tiene la apariencia de estar roto, torcido…raro.


–Ir a mirar pollitos. Tienen solo un diente, muy pequeño. ¿Lo imaginas? Les sirve para salir del cascarón. Lo leí por ahí. Algo así podría hacer que me sintiera mejor. Ya sabes, por todo eso de pensar en el otro, en lo otro, en el mundo ahí afuera. Creo que si viviese en una granja esto no me sucedería.


-–Podrías vivir en Marte y aun así no ser capaz de ver más allá de ti misma. Seguro que la tierra roja te haría pensar en las costras que te dejaba tu padre de pequeña y entonces te echarías a llorar.


Él está poniendo bien los brazos, en el lado correcto, cuando dice esto y siente, cuando menciona al padre, un ligero temblor en las manos y también sudan.

–Es solo que no eres capaz de salir de ti misma.

–Mis extremidades no opinan lo mismo.

–...

–Es broma. Al menos ya soy capaz de reírme de mí misma.


–Eso es lo peor. Cuando lo haces tienes una forma de autocompadecerte que dan ganas de dispararte solo para hacerte un favor.


Ahora ella ya tiene puestos los brazos y se mueve con ellos, balanceándose de atrás para adelante, como si le divirtiera haberse convertido en una atracción de feria. Y, para mirar bajo la cama se lanza de espaldas al piso y rueda para alcanzar lo que a todas luces es una pierna. Cuando sale de debajo de la cama está casi completa, tiene dos brazos y una pierna y salta en ella en busca de la otra, hasta que cae al suelo, es como si cayera en cámara lenta y se queda en el piso lisiada, estropeada.


–Cariño, soy vertical, pero preferiría ser horizontal –dice ella.


–Lo siento, dice él.


–No soy yo, es Silvia Plath.


–Poetas suicidas no, por favor.


–Oh no lo sientas, Dixon. No tienes la culpa de ser superior moral, emocional y hasta físicamente hablando.


–¿Ves? Ahí vas de nuevo. Autocompasión.


Cuando al fin está completa, se acerca a él y le toma la mano. Él está ahora sentado al filo de la cama. Está más ojeroso cada vez y si es sincera tiene que decir que también está más flaco. No se ve feliz, eso está fuera de duda. Pero al menos es, no sabe cómo decirlo sin que suene raro, compacto.


–Dixon, creo que necesitas un abrazo. Ven aquí.


Lo aprieta demasiado. Más que un abrazo es una tortura, pero él se deja hacer hasta que uno de los brazos pierde fuerza y cae al piso y cuando él se aparta todas las extremidades están alejándose otra vez. Esta vez, él ya no le dice nada, ni las recoge, ni la ayuda a levantarse. Solo retrocede mirando ese torso quieto, sin manos, sin brazos, como un alfil, muy blanco, y ella habla, pero él no escucha, solo ve su boca abrirse, pero enseguida la ignora, porque ahora todo lo que mira es eso, un alfil casi demasiado bello, un tótem, algo que quiere meterse en el bolsillo y acariciar en momentos como estos, cuando quiere llorar, o estrellarse contra un muro y explotar.