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Cuento

Antonieta

José Oviedo

Número revista:

4

Casi completamente sumergida en el agua tibia de la tina, Antonieta acariciaba su vientre hinchado mientras tarareaba una canción de cuna. Su panza brillaba como el hocico de un hipopótamo en el río Nilo. La piel paliducha de su vientre, de un tenue tono gris solo perceptible por el contraste con la luz blanca que la bañaba, guardaba la razón de su feliz encierro.


Su tarareo la relajaba, estaba segura de que se comunicaba en una lengua anterior al orden impuesto por las reglas gramaticales con el ser que llevaba dentro; era un lenguaje directo, telepático. Sabía que la relajación que sentía era una respuesta de este intercambio pre-lingüístico. Su voz surgía de lo más profundo de su vientre, como un monje tibetano que hace temblar todo su cuerpo con las vibraciones guturales de su diafragma. Así, con la idea fija de esta conexión indescriptible con el ser dentro de su útero, podía pasar horas enteras.


El trance se rompió cuando su móvil empezó a sonar. El ruido la sobresaltó y sintió una punzada en ese otro cuerpo que todavía sentía suyo. “Estaremos conectados por siempre”, pensó. Tomó su móvil, que siempre tenía a mano, vio en la pantalla brillante que era una de sus amigas quien la llamaba y contestó todavía en la tina después de un suspiro.


—¡Amiga! A los años que te escucho, ¿cómo estás? —dijo sorprendida. Salió de la tina, puso el móvil en altavoz junto al espejo y empezó a secar su cuerpo con una toalla blanca mientras se veía reflejada.


—¡Hola amiga! —respondió alegremente la voz incorpórea—. Oye, ¿qué pasa que no respondes? Te he llamado como loca ya tres días, ¿estás bien? Pensaba que ya no querías hablar conmigo, sabes que no tengo nada que ver con lo que te hizo ese estúpido.


—¡Ay, amiga, todo bien! —acercó su rostro al espejo y vio detenidamente sus enormes ojos verdes, su amplia frente y larga nariz—. Solo necesitaba un tiempo para pensar, para aclarar mi mente, pero ya estoy mucho más tranquila.


—¡Qué bien! Estaba tan preocupada. No me hagas esto otra vez, tú sabes que te quiero mucho. De repente desapareciste, no contestabas a nadie, nadie sabía de ti, te busqué por todos lados, pero como que no querías que te encuentren, ¿verdad? Pero al fin respondiste. ¿Dónde estás? —se escuchó desde el móvil.


—Disculpa, amiga. Te juro que necesitaba estar sola, no contesté a nadie en todos estos días, ni siquiera a mi madre, ¿te imaginas? Tenía que pensar. Y mi padre me ayudó, me dio las llaves de uno de sus departamentos, ¿te acuerdas de ese nuevo edificio en el centro, a orillas del río? Como es nuevo, no hay nadie aquí. Además es el penthouse, parece que estoy solita, nadie me molesta y tengo todo lo que necesito. Era justo lo que necesitaba, te juro —dijo mientras se acercaba a la ventana, cubierta por la blanca toalla, para ver al río iluminado por las luces de la ciudad. Acariciaba su vientre y sonreía. Los edificios iluminados eran una victoria de la sociedad frente a la oscuridad. La ciudad celebraba algún evento: desde un estadio cercano, un rayo de intensa luz blanca se proyectaba hacia el cielo; unos segundos después, fuegos artificiales adornaron el cielo y confundieron a las aves. Parecía que la ciudad entera compartía ese sentimiento de unidad, de luz artificial.


—Ya todo está mejor, amiga; ya no necesito a ese tipo, te lo juro, tengo todo lo que necesito. No sé cómo pude irme con ese estúpido, si mi familia puede darme mucho más; pensé que estaba enamorada, pero me equivoqué.


Por un instante sintió tristeza por su pasado perdido, pero vio alrededor de su departamento en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, sonrió y ese sentimiento empezó a esfumarse. “Ahora sé quién nos quiere de verdad”, pensó y acarició su vientre.


El aislamiento, la altura y la luz que vence a la noche la influyeron para mostrar su cuerpo enfático en el balcón del departamento. Dejó caer la toalla. Sabía que nadie podía verla. Sentía la extraña libertad del aislamiento.


—Mira, sonará extraño, pero tengo que pedirte un favor. Sé que eres justo la persona que necesito para esto, ¿te apuntas? —sonó la voz de su amiga a través del telefóno, después de algunos segundos de silencio.


—Pero primero tienes que decirme de qué se trata, pues —respondió Antonieta mientras respiraba el aire urbano a grandes bocanadas. En medio del río, un barco brillante iluminaba las oscuras aguas en reflejos rotos por las olas.


—No, no. Primero debes aceptar, sabes que nunca te he fallado, es que te juro que eres la persona perfecta para esto.


—Ok, bueno, bueno. Pero te digo que acepto solo porque confío en ti. Y porque entiendes lo que está pasando conmigo.


—Claro, amiga, estoy segura de que te va a encantar mi idea. Mira, ¿te acuerdas del campamento de verano en la amazonía que montamos con mi marido? Uno de los asesores enfermó y necesitamos a alguien que lo reemplace, solo por dos días. Yo sé lo mucho que te gustan los niños; además, necesitas practicar para cuando tu hijo nazca, jaja, ¿no crees? Podrías relajarte un poco en la naturaleza, después de estar tanto tiempo encerrada en medio del ruido de la ciudad. Te va a encantar, créeme...


Sonaba muy bien: era el momento perfecto. Después de este aislamiento autoimpuesto podría ir a la naturaleza y empezar a entender la mentalidad de un niño antes de dar a luz al suyo propio. Al fin y al cabo había decidido convertirse en una madre soltera, tenía que demostrar y demostrarse que estaba lista para criar a su bebé sola. Se sentía lista. Era el momento preciso.


¿Pero, qué pasaría si algo malo ocurriera? Era el momento de probarse que podría vivir sola, sería el primer paso para una vida independiente, ya estaba cansada de vivir bajo la sombra de su padre. ¿Qué tal si este era el primer paso de una nueva vida? Sí, eso era.


En camino hacia el campamento, Antonieta veía su reflejo en el vidrio del auto que la llevaba y en su cuerpo sentía cómo el clima poco a poco cambiaba mientras se acercaba a su destino: la humedad había transformado su cabellera en una suerte de melena confusa; el aire parecía espesarse a cada minuto, el sudor aparecía en su piel sin la necesidad de moverse y la sentía incómodamente pegajosa. Todavía no había llegado y ya sentía la urgente necesidad de tomar un baño.


“Quizá me equivoqué”, pensó por un instante y sacudió su cabeza para limpiarla de pensamientos como esos. ¿Ni siquiera había conocido a los niños y ya iba a darse por vencida? Imposible, no podía ser así.


Llegó por la noche, cuando ya todos descansaban. El campamento era un conjunto de círculos concéntricos excavados en medio de la jungla, se veía como una mina a cielo abierto en cuyo centro brillaba una piscina iluminada por bombillas incandescentes que colgaban frente a  cabañas hechas de armazones de metal, paredes de madera y techos de hoja de palma, que parecían espectadores de un imposible anfiteatro que tenía aires de enorme fogata.


Alto en el campamento, al nivel del suelo, Antonieta miraba con curiosidad, sin reconocerlos como tales, cómo pequeños murciélagos, en ágiles clavados, tomaban a los insectos que habían muerto y flotaban en la piscina; eran fugaces haces de sombra, lo contrario a una estrella fugaz.


La noche selvática estaba preñada de vida: infinitos insectos morían y nacían en perpetuos chirridos, los sapos cantaban en introducción a una orgía anfibia, mamíferos aullaban en las copas de los árboles altísimos, era el hermoso ruido de la proliferación de la vida que resultó una excelente tonada para dormir, a pesar del alboroto.


La mañana siguiente era fría y silenciosa. Cuando salió de su cabaña, la plácida corriente del río era una suerte de ritmo en el que una fina neblina se movía, sus partículas, como rocío, se disolvían en sus mejillas como si constantemente la rociaran con un atomizador. Abrió la bata con la que durmió para que su vientre rotundo sintiera también esta mañana de aire espeso y frío. Estaba ahora lista para conocer a los niños.


A pesar de que sentía que se preparaba para un cambio irrevocable en su vida, enfrentarlo le tomó mucho menos tiempo de lo que esperaba. Todo estaba ya calculado al dedillo. Los niños habían sido entrenados para acatar cualquier orden, eran computadoras que esperaban unas líneas de programación para actuar siempre bajo sus operaciones lógicas. Nunca supo si le tenían confianza, o si era para ellos un símbolo de autoridad, o simplemente estaban acostumbrados a recibir órdenes con una sonrisa en los labios. Era tal su disciplina que, en camino hacia una cascada cercana, los niños se movían como partes separadas de un único ser, como esas ratas que han sincronizado tan bien sus movimientos que al moverse en fila parecen una serpiente arrastrándose. Después de un desayuno rápido, los niños estaban listos para la expedición, la última de todo el campamento, hacia una cascada cercana.


Resulta que la cascada estaba dentro de una cueva. Sus aguas caían directamente hacia la cueva desde afuera de ella, como si unas manos recibieran agua en su cuenca dispuestas a saciar la sed del cielo. Haces de luz entraban por los resquicios de la cueva como el agua resbala entre los dedos. Siglos de erosión habían alisado a las piedras y las había hecho resbaladizas; Antonieta sintió el peligro y empezó a contar a los niños que esperaban como perros ansiosos su orden para poder jugar en la cascada. Había más niños de los que había contado al empezar la expedición, ¿de dónde salieron? Por un instante pensó que iba a perder la compostura, pero se dio cuenta de que algunos de ellos no llevaban el uniforme del campamento: varios niños de recintos aledaños se habían sumado al ver al grupo intentar adentrarse en la selva; era fácil reconocerlos por la poca ropa que llevaban. Después de su aprobación, los niños se mezclaron con los lugareños en una explosión de energía infantil: juegos, gritos y lágrimas se mezclaron con el violento caer del agua que alumbraba los rostros felices de estos niños que hasta hace poco actuaban como autómatas. Antonieta pensaba “así es como será: reiremos, jugaremos, todo será perfecto”, y miró su vientre mientras la alegría de los niños aligeraba sus preocupaciones.


El día pasó volando. Los niños, siempre obedientes, estaban ya en sus cabañas. Era tiempo de relajarse. Flotaba en la piscina con los ojos cerrados, se dejaba llevar por el casi imperceptible ritmo de las ondas que el viento formaba en el agua. Abrió los ojos, luciérnagas volaban encima de ella, sus luces verdes insinuaban un ritmo natural que Antonieta apenas intuía, parecían estrellas fugaces en el cielo nocturno. Una luz blanca, artificial, interrumpió el hechizo. Ella se paró en el filo de la piscina para buscar la fuente de esta luz: de entre las ramas de la espesa jungla que rodeaba al orden del campamento brillaba una intensa luz blanca en intervalos, tan fuera de lugar que era inevitable investigar qué la estaba creando.


Con el agua escurriendo todavía en su cuerpo, se adentró entre los matorrales en busca de la luz. Pensaba que serían unos pocos pasos, pero se dio cuenta de que ya había caminado varios metros cuando sintió el barro en sus pies descalzos y el cloro secándose en su cuerpo, que atraía a los mosquitos. Ya no tenía sentido volver atrás. La luz se hacía cada vez más intensa y sus intervalos más cortos. Un niño desnudo encendía y apagaba una potente linterna para atraer a toda una variedad de insectos, pero parecía tener una cierta predilección por las luciérnagas, pues, cuando una se acercaba lo suficiente, la atrapaba en sus manos y la depositaba en una botella donde se veían ya a algunas fulgurar. Al acercarse, Antonieta, se dio cuenta de la desnudez del niño y también de las costras de barro que cubrían algunas partes de su cuerpo. No lo reconoció como uno de los lugareños de la expedición de la mañana, era como si el niño hubiera aparecido directamente desde la tierra húmeda de la selva.


—¿Qué haces?, ¿por qué haces eso? —preguntó Antonieta contrariada mientras se acercaba a la espalda del niño. Él apenas sintió su presencia, giró un poco la cabeza y respondió tranquilamente:


—Quiero saber dónde tienen la luz estos bichos. Después los voy a abrir para sacarles el jugo de luz y dárselos a mis hermanos y hermanas. Tengo que ayudarlos—. Antonieta vio los ojos de enormes pupilas negras del niño y no vio nada, o quizá la manifestación material inexplicable de la nada.


—¿Pero, no te das cuenta de que los estás matando?


—Sí, como tú lo estás haciendo con esos niños. Yo quiero la luz de estos bichos, tú quieres la luz de esos niños. Pero eso no importa, así ha sido siempre, ¿no te has dado cuenta? Además, necesito la luz, o, si no, no me van a perdonar.


—¿Perdonar qué?, ¿quién?, ¿de qué hablas?


—Mis hermanos y hermanas saben que yo corté la cuerda. Íbamos todos en fila y corté la cuerda. Pensé que nos liberaría, pero ahora no los encuentro. La luz los alumbrará cuando vaya a buscarlos.


El niño se levantó y echó a correr entre chillidos. Antonieta empezó a perseguirlo entre los matorrales; sentía la imperiosa necesidad de consolarlo. Empezó a gritar para que parara, pero ya era inútil, la luz había desaparecido. Cansada, alzó la mirada y se dio cuenta de que empezaba a clarear. Tenía que regresar ya. Sus pasos habían creado un camino en la selva, así que empezó a desandarlo. Sintió un gran alivio al ver el claro entre la selva que era el campamento; mientras se acercaba, se dio cuenta de que había una multitud alrededor de la piscina, vio a varias personas en uniforme policial, a ninguna de ellas le parecía extraña su apariencia. Los niños en fila con los ojos llorosos, como esperando por una orden para soltar sus lágrimas. Se paró pálida y confusa, fantasma de sí misma, y vio el cadáver de un hombre flotando en la piscina. Solo veía su espalda, como si estuviera buscando algo en el fondo de la piscina infantil, y una de sus manos, que se estiraba en un extraño gesto que le ofrecía una cuerda mojada.