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Cuento

Balcones

Alejandra Rivadeneira

Número revista:

2

Estaba parada con su espalda en el barandal de metal negro, con un cigarrillo apagado entre las manos, viéndolo por la ventana. Él buscaba un encendedor entre los cojines de los sillones, los papeles de la mesa de la sala y las basuras de sus bolsillos. Recordaba cuando, años atrás, él había comenzado a fumar, y ella, por supuesto, le había guardado el secreto. Pocos meses después de aquello había dejado de verlo con la frecuencia de siempre; aunque sus madres seguían tomando el café en su casa cada domingo, Cristopher se había ido a la universidad en aquella ciudad enorme, en la que ella ahora también estaba. Sintió el viento correrle por la espalda, a quien sabe cuántos pisos de altura, con el abismo detrás de ella.

Que Cristopher fumara era una de las pocas cosas que aún recordaba de él. De hecho, cuando la había recogido en el aeropuerto, su madre le había hecho el favor de pedírselo, casi no lo había reconocido. Parecía que la brecha de edad entre ambos se había achicado; que Lucía y Cristopher no habían pasado ninguna Navidad juntos, que no habían ido al mismo colegio ni que sus madres, cuando eran muy pequeños, los hubiesen obligado a dormir en el mismo sillón en las fiestas de año nuevo. En ese entonces la madre de Lucía lo adoraba; se preguntaba constantemente cómo es que Cristopher no se llevaba con el mayor de sus hijos, lo presumía como si fuese su propia familia, y claro que fue la primera en darse cuenta de que Lucía estaba enamorada de él, incluso antes de que ella misma lo supiera. Para cuando ella se dio cuenta, Cristopher ya estaba en la universidad, ya no se veían y ella había dejado de ser su sombra; ya no estaba donde él estaba; de pronto ya no quiso estudiar su misma carrera; se olvidó de todos los detalles que había recopilado sobre él desde que tenía memoria o, al menos, los enterró  muy bien entre sus recuerdos.

Le tomó un tiempo encontrar las minucias en las cuales se había podido fijar años antes: las chompas que usaba, la costumbre de sacarse los lentes y limpiarlos con el aliento, la costumbre de fumar. Pero esto último no solía hacerlo en ningún balcón, hasta que ella tuvo uno en su habitación. En ese entonces ella misma había aprendido a fumar a espaldas de su madre, y los dos habían dejado de dormir en el sillón para desvelarse ellos también, para morir de frío mientras el olor del humo se les pegaba en el cabello y en los bolsillos de la ropa, donde escondían las colillas, cuando ella aún no se graduaba del colegio y él regresaba de vacaciones. El balcón en el que ahora se encontraba se parecía al que tenía ella en su propio cuarto, pero ella nunca había tenido plantas enormes en macetas, ni mesas para desayunar, ni siquiera una luz en el suyo. El balcón era lo que más le había gustado de la nueva ciudad hasta el momento. Y lo que más le había gustado de este Cristopher desconocido.

Pero ahora estaba él encendiendo un cigarrillo en la hornilla de la cocina, por supuesto que no había encontrado el encendedor.

—No, no importa— dijo él cuando ella intentó abrir la ventana, unos segundos después de haber encendido ella también su tabaco. Dudó un par de segundos,  pero decidió que fumar en interiores le recordaba a cuando ella iba a la universidad, por lo que decidió permitírselo.  Se rió al pensar en qué diría su madre si los viese fumando en la cocina, ya sin esconder las colillas ni perfumarse después, y no pudo evitar contárselo. Desencadenó la conversación en sus madres y su amistad extraña, en su hermano, en su balcón, en la carrera que finalmente había elegido y en  cómo la casualidad había hecho que terminaran en la misma ciudad. Lucía, quien había llegado hacía pocas semanas, intentaba convencerse de esto último.

No se dio cuenta en qué punto de la conversación es que el espacio en el sillón del departamento se había achicado entre ellos, cuándo es que habían jugado a poner las manos muy juntas y a comparar su tamaño, como cuando eran niños, ni cómo es que ahora Lucía sentía las manos heladas de Cristopher bajo su camiseta. Si años antes no había podido descifrar que  Cristopher le gustaba, mucho menos llegaría a imaginarse un momento como ese. En su cabeza irrumpieron pensamientos  como  que Cristopher tenía la edad de su hermano, que odiaba sentir cosas frías sobre su piel, que la puerta del balcón estaba abierta y que le entraba el frío; le pareció irónico que no hubiese sucedido en un balcón.

Se despertó en el mismo sillón a la mañana siguiente; Cristopher se había dado la molestia de buscar una cobija, en algún punto de la noche, para taparla; también había cerrado la puerta del balcón. Ella apenas recordaba haberle dicho que no tenían por qué seguir compartiendo el sillón estando en el departamento de Cristopher, y, entre sueños, lo vio caminar hacia su habitación y cerrar la puerta detrás de él. Lucía recogió sus medias, las cuales se encontraban en la mitad de la sala, buscó en el perchero de la entrada su saco y su cartera, guardó sus cigarrillos y quiso escapar. Aún así, tocó la puerta del cuarto de Cristopher, la abrió solo un poco, y sin entrar murmuró:

—Tengo que ir al trabajo— quiso agradecerle, pero no estuvo muy segura por qué. Salió, asegurándose de poner seguro en la puerta y bajó por las gradas; el edificio era tan viejo que no tenía ascensor.  Ya en la calle regresó a ver hacia el edificio, sin saber si por curiosidad o por arrepentimiento; se dio cuenta que los balcones de cada departamento daban a la calle en la que ella se encontraba. La enorme planta en la maceta le permitió identificar el balcón de Cristopher, pero si entrecerraba los ojos lucía igual al suyo, por lo que se permitió admirarlo unos segundos. “No salgas, no salgas, no salgas”, pensó mientras lo hacía.