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Cuento

Contraportada

Jorge Cevallos

Número revista:

3

En ocho días se cumplirá el duodécimo aniversario de la primera publicación en la que participé desde el momento en el que asistí a una reunión para escuchar las reglas del “juego”. Ahí conocí a los demás contendientes listos para cumplir o frustrar su sueño de aparecer, tal vez, y por primera vez, en un libro. Por su apariencia de literatos o por sus palabras tan solemnes, era evidente que aquel libro sería de la más alta calidad, y que solo lo mejor de lo mejor plasmaría la tinta final que pondría algo de negro al vacío rectángulo blanco de la página. Y aquí estaba yo, muchos años después de ser rechazado por el editor general. El tiempo había pasado, y hacía tres años que trabajaba como diseñador editorial de la imprenta Copy Paste. Me concentré en el diseño gráfico para no volver a pensar en mi sueño frustrado de ser escritor profesional, hasta que recibí una noticia de parte de la actual dueña, la señora Yuribeth, una de las bisnietas de Doña Lupita, quien fue dueña del tercer linotipo en llegar a Ecuador: quería hablarme de algo relacionado con un nuevo trabajo, información que me estremeció tanto escuchar, como si me hubiera chupado un limón con sal.

La señora Yuribeth me dijo que un grupo de escritores querían publicar un libro que correspondía a la tercera edición de una antología de cuentos y poemas con la participación de varios escritores quiteños jóvenes. Cuando escuché el nombre del editor que debía entregarme los textos, para que yo empezara con el diseño de la portada y la encuadernación, sentí cómo la saliva que tragaba se hacía dolorosa. El doctor Fernado Ramírez (la misma persona que hace casi doce años me había dicho que mi texto no servía para ser publicado) era con quien debía reunirme. Yo podía tomar la decisión de pedirle a mi ayudante Pableins que lo hiciera por mí y que se encontrara con el “doctorcito” para evitar problemas, pero recordé que hace una década era un muchacho de veinte años, sin barba y sin experiencia en la vida. “Seguro que ya no sabe quién soy”, pensé.

Le dije al doctor Ramírez que la reunión sería en una cafetería “aniñada” que quedaba por la González Suárez. Creí que así no sospecharía de mí y de cuáles eran mis verdaderas intenciones. Al llegar, lo vi en la mesa del fondo de la cafetería, la que queda junto a los baños; no estaba solo, lo acompañaba una chica muy joven. Cuando me acerqué a la mesa me presenté y me di cuenta, por las tazas y los platos vacíos, que ellos ya estaban ahí hacía bastante tiempo. Al sentarme, él me dio una carpeta y un sobre, ambos repletos de hojas. Los abrí y noté que algunas hojas eran de cuadros, otras de líneas, otras mecanografiadas y otras escritas a mano. Algunas estaban numeradas, otras no. Y también pude notar unas hojas con varios dibujos. Antes de preguntar, el doctor adivinó en mi cara la incertidumbre y se adelantó diciendo que eran los bocetos para la portada, contraportada, lomo y solapas.

Me retiré de la cafetería recordando porqué odiaba tanto a ese doctor Ramírez. No había cambiado en nada: me resultó tan presumido y fanfarrón como siempre. Alguien detestable. Fue entonces que comenzó la ejecución de mi plan. Me encerré durante tres semanas para diseñar el libro. Varias veces presenté cumplidamente los avances que me pedían en la imprenta.

El 31 de marzo cobré mi sueldo (sabía que sería el último), mientras el libro salía de la imprenta listo para ser presentado. Con el dinero en el bolsillo, le pedí a Pableins que me ayudara a cargar los libros en el camión de mi tío Humberto. Cargamos diésel de un dólar por galón, mientras yo miraba en google maps la ruta más rápida para llegar a Buenos Aires (cuatro días apenas). Me imaginé entonces la cara del doctor Ramírez al ver los cinco mil ejemplares de su libro con mis antiguos cuentos (esos que él rechazó) y otros que había escrito en secreto los últimos tiempos.