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Narrativa

Cuerpo de mi cuerpo

Jéssica Zambrano Alvarado

Número revista:

9

La encontré sola y en pánico. Cada vez que siente a alguien cerca, grita pidiendo auxilio. «Me duele la cabeza. Ya no aguanto. Ay, ay».


Finalmente me ve y me reconoce. Me dice que estoy guapísima. Me pregunta si siempre he llevado el cabello largo. «Antes lo tenías cortito» –se acuerda–.


«A mí siempre me gustó llevarlo corto. El largo es para las cholas. Y a mí también me gustaba andar en bicicleta. ¿Por qué no has venido, mamita? Ya casi ni te reconozco».


Entonces me evade y sus ojos vuelven a perderse.


Con la voz aún más leve me dice que la arrope, que tiene frío, aun cuando la ciudad está a casi treinta grados y la humedad tiñe los limones con pintas grises de hongos y me tiene empapada de sudor.


Pero ella se estremece.


Dice que el frío se le ha instalado en los huesos y no la suelta. Siempre se ha jactado de haber tomado un montón de leche de vaca.


Cuando éramos niños, nos decía que había que tomársela toda y a pecho porque con eso creceríamos.


Siempre ha soñado con deshacerse de las características de nuestra raza mestiza. Pero ella, que ha vivido creyendo que la leche nos fortalece, tiene las caderas rotas y una prótesis que la ha llevado demasiadas veces al hospital para dejarla menos firme.


Le digo que se calme, que cierre los ojos y descanse, que le voy a leer un cuento para dormir.


«Cárgame, mamita, necesito irme a mi casa», me dice.


La tomo entre mis brazos. Ahora que su cuerpo se ha encogido, no pesa, pero no puede mantenerlo firme.


Yo, que nunca jugué a las muñecas de plástico, siento que cargo una. Me dice que la lleve a conocer el lugar en el que estamos, pero que necesita regresar a su casa y ver sus cosas.


Hago fuerza y no la suelto. Siento como si cargara a un muñeco vudú de tamaño humano. Cuerpo de mi cuerpo. Sangre de mi sangre. Hueso de mis huesos.


Empezamos el recorrido por el pasillo. Ve el espejo y se ve a sí misma.

Me dice que necesita maquillarse, que le han perdido todas sus joyas, que no tiene aretes, que se los robaron, que se le van a cerrar los huequitos que le hicieron de niña en las orejas.


Vamos al cuarto que está junto al pasillo. La luz siempre ha entrado de forma invasiva en esta habitación, pero ahora parece como si el moho que recubre gran parte de la madera de los muebles lo pintara todo de gris, y la luz no entra. Ni la luz, ni el calor. Me dice que esta cómoda la compró con Carlos, que siempre le gustaron los muebles grandes y llenar la casa de cosas, aunque todos sabemos que no eran necesarias y, por alguna razón, han desaparecido.


Mira el techo y ve las lámparas de cristal y sus caídas en forma de vestidos con crinolina. Dice que esas lámparas son carísimas, aunque ya ninguna tiene focos y los cristales están llenos de polvo. Salimos del cuarto y caminamos hacia la sala. Reconoce sus adornos, la muñeca de porcelana suiza, el florero con decorado azteca del viaje que hizo con mi madre y en el que terminé naciendo. Ve las vajillas del té que nunca nos dejó tocar. Me dice que todo está cambiado. Que le faltan platos, que sus cosas se han perdido. Entonces se encuentra una foto suya, de unos 20 años junto a un hombre redondo y rosado con bigotes negros, negrísimos.


Llora, me dice que Carlos la ha dejado, que siempre fue malo con ella, que ella no lo quería, pero que como era guapo y de ojos gatos se terminó casando con él y teniendo cinco hijos. «Ay, ay, me duele la cabeza, ya no aguanto. Vamos a la casa», me dice.


Voy perdiendo fuerza, el brazo derecho se me adormece desde el hombro hasta la punta del dedo meñique. Que no quiere quedarse aquí. Necesito sentarla un momento. Abro una silla para dejarla y llora. Cuerpo de mi cuerpo. Sangre de mi sangre. Hueso de mis huesos.


La levanto de nuevo y ya no la siento, ya no pesa, no llora. No enfría mis huesos.




Jessica Zambrano Alvarado (Guayaquil, Ecuador, 1990)

Periodista. Ciclista urbana en una ciudad caótica. Usa el ciclismo y el buceo a pulmón para hilar sensaciones del cuerpo con historias cotidianas. Desde que practica estos deportes –en los que la mente se involucra mucho más de lo que parece– ha buscado la manera para que su profesión, el periodismo que muchas veces condena a los profesionales a la hostilidad de un espacio laboral, sea también viajar, conocer, contar las historias que no se miran desde las ciudades donde –incrédulamente– se cree que todo acontece.