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Narrativa
Huacos familiares

Cuestionario sobre la salud del paciente

Adriana Borja Enríquez

Número revista:

Huacos

Nombre y apellidos: Adriana Borja Enríquez


Motivo de consulta:

Ataques de pánico después de un delito de odio, en North Circular Road, Londres. Sin heridas visibles.


Fecha de nacimiento:

Cuando nací, mi piel fue motivo de conflicto. Mi abuela se refirió a ella en términos de fracaso y mala suerte. Quisiera poder decir que honro a las mujeres de las que vengo, pero también quisiera no haber tenido la abuela que tuve. Me veo en el espejo y no reconozco en mi cara los rasgos de la suya. Tengo, eso sí, las cejas de mi madre, las orejas de mi padre, y los ojos tristes de ambos. Me costó varios años aceptar el cabello que me tocó, que mi abuela describía como “pelo de longa”. Hasta entrada la adolescencia, mi abuela seguía recordándole a mi madre que conmigo falló, porque las culpas domésticas no suelen caer muy lejos de las madres. Le decía que falló terriblemente porque no siguió el consejo del agua de piña. Aquel que sí siguió con mi hermana: lavar su cabello con el agua en el que habían reposado las cortezas de una piña, con el objetivo de rizar y aclarar el cabello. Mi abuela siempre intentó borrar cualquier indicio marrón de su historia, pero la cara de mi padre reflejaba que el hombre con quien lo engendró no habría sido, precisamente, blanco.


Identifique su raza:

Cuando observo las fotos que mis padres guardan de mi infancia, no me reconozco en la pequeña niña calva que me mira. Aunque conmigo no se siguió el consejo de la piña, sí se siguió otro: rapar la cabeza del recién nacido para evitar que el cabello siga creciendo liso. No funcionó. Tampoco funcionó bañarme con leche para aclarar mi piel. No muy distinta a mi abuela es la gente blanca que me ha dicho que les recuerdo a Pocahontas, a modo de halago o como forma de empezar una conversación que termina pronto. En Estados Unidos, a los veinte años, descubrí que ante sus leyes era menor de edad y que hablar español me exponía al riesgo de que me gritasen que regrese a México, o que aprenda inglés aunque estuviese en silencio. En Europa he sido sudaca y, en un terminal de autobuses en Barcelona, el motivo por el que un hombre regó agua en un asiento, mirándome a los ojos con rabia, dejando claro que ahí no me podía sentar, que ahí no había lugar para mí. Sin ir muy lejos, en la lista de razas que muestra este formulario, en la aplicación de salud pública del Reino Unido, se exhiben en detalle las mezclas colonizadoras del imperio británico con personas africanas, asiáticas o caribeñas. Las únicas opciones aparentes para mí son “Hispana” u “Otras razas mezcladas” en las celdas que se despliegan en la aplicación. Termino, por supuesto, siendo otra.


Durante las últimas dos semanas, ¿con qué frecuencia se ha sentido mal sobre sí misma, o que era un fracaso o que ha decepcionado a su familia?

Cero equivale a ninguno de los días y cinco, a todos los días. Aquí estoy ahora, treinta años después de mi origen y a más de nueve mil kilómetros de distancia de mi lugar de nacimiento, recibiendo una beca generosa, en condiciones bastante dignas para sobrellevar una pandemia siendo migrante en Londres. Una de las primeras preguntas de la psicóloga que me atiende de forma remota se enfoca en averiguar si conozco el síndrome de la impostora. Es bastante común en estudiantes de posgrado, menciona. Me envía por email una cartilla para identificar mis creencias y mis distorsiones cognitivas, me pide que haga yoga, que salga a caminar y que considere adquirir una lámpara para la depresión estacional. Una luz artificial que me recuerda al método con el que se engorda industrialmente a las gallinas, colocándoles una luz que les convenza que siempre es de día, siempre tiempo de comer. Intento hacer un chiste sobre esto, ella no lo entiende. Por alguna razón me la imagino blanca, o muy ingenua o muy privilegiada, del otro lado del teléfono, confiada en que tener talento o intelecto es suficiente para estar bien en la vida. Y sí, podría decirse que me ha ido bien, que he tenido suerte, pero lo cierto es que a pesar del privilegio adquirido, no dejo de sentir ni el miedo ni el fracaso que precede a mis logros temporales. Ahora tengo privilegios, pero en unos meses quizás tenga que volver a tender camas o servir té para sostenerme. Mi psicoanalista en Quito me preguntaría, tal vez, de quién es ese fracaso que tanto me pesa. Pero, aquí, tengo que pensar en números, en la escala del cero al cinco. Me pregunto si, al sentir en números y vivir en una lengua que no es la mía, intento defenderme de algo que me atraviesa el cuerpo, de lo que ni un océano me aleja lo suficiente.


Durante las últimas dos semanas, ¿con qué frecuencia ha tenido pensamientos de lastimarse a sí misma?

No llevo la cuenta de los días, pero tengo una tristeza tan grande en el cuerpo, como si llevara a cuestas el peso de mis huesos en vidrios rotos. Me duelo. Me ardo. No sé quién sería yo sin este vacío que pesa y al que desde siempre, he percibido sonoro. Desde niña sentí esta hiper consciencia del cuerpo. Un día le pregunté a mi madre: “¿Mami, por qué viviré?”. Una interrogante por la vida futura conjugada en la curiosidad sobre la vida que ya me habitaba. “Porque toca”, respondió ella. Sentí su respuesta como una sentencia, pero no dije nada. Dejé de hacer preguntas y empecé a rascarme la piel hasta herirme. Fantaseaba con la muerte más de lo que fantasean algunas niñas con príncipes de cuentos o bebés de plástico. Mis muñecas se morían y yo las enterraba debajo de los muebles. No siempre lloraba.


Durante las últimas dos semanas, ¿se ha asustado o ha sentido pánico sin motivo alguno?

Alguien debió advertir la angustia en la niña que yo era. Le atribuían a “los nervios” mi llanto fácil, los rituales que tenía al comer, al cerrar las puertas y el miedo que me causaban los pasillos sin luz. Aunque mucho me felicitaron por la velocidad con la que leía, la precisión de los colores que no escapaban de las líneas, la obediencia infinita; varias veces intentaron curarme el “espanto”. La primera vez, me recuerdo saltando sobre una pequeña fogata de hierbas aromáticas y palo santo; habré tenido unos siete años. Luego de los saltos, una mujer rezaba mientras recorría con un huevo mi cuerpo asustado. El ritual para curar el espanto, como la lámpara para la depresión estacional, no funcionó.


¿Tiene antecedentes de trastornos de salud mental en su familia?

Se sabe poco del hombre con quien mi abuela concibió a mi padre. Ella decía, a veces, que había sido un empresario de joyas; otras veces era un embajador en Rusia, que le mandaba joyas por su cumpleaños. Mi abuela decía muchas cosas. Cuando era niño, mi padre le creía. Él dice haber crecido creyendo que se apellidaba Córdova, por ejemplo. Así lo había declarado su madre; a él, a sus maestras, a los vecinos curuchupas en la vecindad, en el Centro de Quito. Cuando él se dio cuenta de que solo llevaba el apellido materno, mi abuela le dejó claro que no podía hacer preguntas. Recuerdo los recuerdos de mi padre, en esta habitación lejana, y me pregunto cómo sería no conocer sus traumas. Las conversaciones sobre la mesa solían girar en torno al maltrato que había recibido, por su madre y los vecinos que la acusaban de moral liviana; por haber nacido con una discapacidad, o porque su obediencia nunca fue suficiente para mi abuela. Mi padre solía señalar la parte superior de su oreja; decía que su madre le arrancó un pedazo con sus largas uñas, cuando era niño. Desde que nací, a mí me falta el mismo pedazo, en la misma oreja. Con los años, entiendo que las versiones de la infancia son parte de una novela que nos contamos, según nos la cuentan.


¿Tiene hijos, o a alguien dependiente a su cargo o bajo su cuidado?

Cuando éramos niñas, mi hermana y yo, mi padre nos hablaba como si nuestra escucha fuera la de un terapeuta. Supimos, antes de aprender a leer, los traumas causados por mi abuela y las parejas que tuvo antes de casarse con mi madre, a quien conoció con el claro objetivo de tener hijos cuando se acercaba a los cincuenta. Siempre supe que mi origen se basó en el miedo de mi padre de llegar a viejo y no contar con nadie que lo cuidara cuando las limitaciones de su cuerpo lo llevaran a una postración solitaria. Lo supe porque desde que cumplí los seis años y antes de que mi padre empezara a tomar antidepresivos, repetía cada año que ese sería el último de su vida, pero que menos mal tenía hijas que lo cuiden. Recuerdo la edad que tenía porque, en 1996, él se jubiló del periódico en que trabajó durante algo más de treinta años, y eso lo llevó a pasar más tiempo en casa, escuchando poco, preocupándose mucho, exhibiendo la oreja. Mi padre llegó a saber que su papá no fue embajador, sino taxista. Un taxista casado que en aquellos tiempos, según la ley, no podía dar su apellido a hijos bastardos.


Durante las dos últimas semanas, ¿con qué frecuencia ha sentido dificultades para conciliar o sostener el sueño?

Desde el incidente, dejé de dormir. Le explico al médico que me atiende por teléfono, no sin dificultad, que no sé si mi amiga y yo fuimos atacadas por ser mujeres, por ser marrones, o por hablar español en público. Me sorprendo tratando de explicar que no es que no pasó nada, porque el grupo de muchachitos blancos no tocó nuestros cuerpos. Digo que nos gritaron, pero no sabemos qué nos gritaron. Mi amiga habla cuatro idiomas, yo tres. Ninguna identificó palabra alguna. Un grito sordo de largo aliento, acorralándonos. No nos robaron. Tampoco nos apuñalaron, como suele suceder bastante en Londres. Nos lanzaron al vacío a gritos y se marcharon, sin siquiera reir. Después del insomnio de varios días, pienso, de repente, que no importa ya la velocidad con la que lea, los idiomas que hable ni los títulos que obtenga; la huella de la opresión no deja de deprimirme. Intento acceder a medicación para dormir, aunque, en más de una ocasión, algún colega ha repetido que las pastillas no hacen más que cubrir el síntoma. “Más de la mitad de los días”. La opción que elijo en el formulario que debo llenar cada semana para ser atendida no es suficiente para explicar quién soy, ni lo que me duele, ni el grito mudo de significantes que permanece, en forma de pesadilla.


Durante las dos últimas semanas, ¿con qué frecuencia ha sentido poco interés o placer en hacer las cosas?

Me pregunto si mi abuela vivió el placer con culpa, como yo a la edad en que ella tuvo a mi padre; o si a ella también la violaron alguna vez, o varias. A los veinticinco años, mi abuela paterna tenía a tres de sus seis hijos; mi madre, dos hijas. Yo a esa edad sobreviví a un terremoto y me enamoré por primera vez de una mujer. Me pregunto si hay semejanzas en mi angustia y la que mi abuela intentó llenar con fantasías, o si vaticinaba que parecer Pocahontas me iba a traer tantos agravios como piropos fallidos cuando creciera. Quizás pensar que la leche me quitaría la mancha colonial de la carne pudo haber sido una forma perniciosa de cuidar. Se me ocurre que quizás tenemos más cosas en común de lo que yo pensaba, o de lo que la memoria de mi padre me ha autorizado a pensar. Ahora, ella está muerta. No podré saber si los ataques que le dirigía a mi piel eran hacia mí, o hacia lo que yo despertaba en su propia memoria, en ese silencio que no respondía preguntas. Nunca sabré lo que para ella significaba el fracaso, o si ella también llevaba un vacío en la oreja.


Durante las dos últimas semanas, ¿se ha estado moviendo o hablando tan lento que otras personas han podido notarlo? O, por el contrario, ¿ha estado tan agitada que se ha estado moviendo más de lo normal?

Hace algunos años, mi psicoanalista me preguntó, sin cuestionarios, si yo pensaba que si algo de mi novela familiar se iba a resolver poniendo fronteras en medio. Recién ahora, creo entender la pregunta.


Durante las dos últimas semanas, ¿ha deseado estar muerta y lejos de todo?

Lejos, estoy. Estoy.

*Texto resultado del “Taller de escrituras familiares” de Gabriela Wiener, llevado a cabo en el Centro Cultural Benjamín Carrión , en Quito, en marzo de 2022.

Adriana Borja Enríquez (Quito, 1990)

Psicóloga clínica y narradora. MA (c) en Género, Sexualidad y Cultura por Birkbeck College. IWP Alumni 2018, The University of Iowa. Parte de sus relatos han sido publicados en: MicroQuito I (FONSAL, 2010), Bajo las luces oscuras (CCE, 2012), Ajeno Amanecer (CCE, 2013), Escenarios (AEN, 2013), Il Futuro, un luogo nel mondo (Ibiskos, 2013), Nunca se sabe (Cactus Pink, 2017), Generazioni (Ibiskos, 2017), Señorita Satán: Nuevas narradoras ecuatorianas (Editorial El Conejo, 2017), La estrategia del ciempiés (Colectivo Quilago, 2018).